Un pueblo que olvida a sus héroes no merece ser tenido como tal.

Otra vez, y ya van demasiadas, el rencor malvado, el odio visceral a lo que representa España, su Historia y sus héroes, los que han sabido escribir en sus páginas sus nombres con letras de sangre, de su propia sangre, ha sufrido un nuevo atentado producto de la ignominia de un puñado de tipos y tipas irrelevantes, cobardes y miserables que, sentados en sus cómodas poltronas, viviendo a cuerpo de rey con los dineros que les pagamos todos los españoles, se permiten el lujo en convertirse en jueces de la Historia, con el único fin de reescribirla a su medida. Realmente, no se puede ser más miserable y canalla.

Con estupor, hemos conocido la noticia de que el Ayuntamiento de la, hasta ayer, muy ilustre, noble y leal ciudad de Palma de Mallorca, presidido, por supuesto, por un socialista, un tal José Hila, contando con el apoyo de los miserables podemitas y otros, me supongo que de la misma catadura, tanto moral como personal, denominados “Más estiman Palma”, o algo así, han tomado el acuerdo de eliminar de su callejero a tres héroes de España: el Capitán General de la Real Armada D. Federico Gravina y Napoli; el Brigadier D. Cosme Damián Churruca y Elorza y el Almirante D. Pascual Cervera y Topete.

No vamos a hablar ni de la batalla de Trafalgar (1805), ni tampoco de la de Santiago de Cuba (1898), de las que han escrito plumas infinitamente mejores que la mía e historiadores con una capacitación intelectual fuera de toda duda. Sin embargo, si deseo hacer un par de puntualizaciones sobre la grave responsabilidad que debemos achacar a los políticos, tanto del reinado de Carlos IV como de la Restauración, principales actores, por error u omisión, de ambos hechos y no a nuestros gloriosos Marinos de Guerra que, con bizarría, valentía y coraje han sabido estar siempre a altura de los exigido y cuya noble conducta, en cualquier momento de nuestra Historia, está fuera de toda duda.

En ambos casos, tanto en 1805 como en 1898, jugaron papel destacado dos circunstancias que no deberíamos pasar por alto: de una parte, la desastrosa política exterior, y, de otra, lo erróneo de nuestra política naval, teniendo, en ambas situaciones, la máxima responsabilidad el poder político.

Si en 1805, nuestra forzada alianza con Napoleón nos obligó a declarar la guerra a los ingleses y que finalmente nos condujo, de forma irremisible, a la Guerra de la Independencia; en 1898, fue la falta de apoyos internacionales que se pusieron de manifiesto tanto en la posibilidad de que la Escuadra de Cervera carbonease en determinados puertos, como para que la Escuadra de Reserva pudiese atravesar el Canal de Suez y así socorrer las posesiones del extremo oriente.

Tras la derrota en San Vicente (1797), la Armada comenzó su declive que se vio acrecentado con lo sucedido en Trafalgar, sin que el poder político pusiese remedio a esta situación. Como es sabido, ni San Vicente, donde se perdieron cuatro Navíos, ni Trafalgar, donde perdimos diez, serían causas suficientes para tal decadencia, sin embargo, una vez más, la clase política dio la espalda a la mar, olvidando que la Marina fue, precisamente, quien hizo grande a España.

En 1898, sucedió más de lo mismo y los titubeos de los políticos a la hora a aprobar los créditos necesarios no permitieron disponer de una Armada con la suficiente capacidad operativa para poner en jaque a unos todavía emergentes Estados Unidos.

Sin embargo, de lo que no hay duda es de la valentía demostrada por nuestros marinos. En Trafalgar, a las órdenes de un incompetente, el francés Villeneuve, nuestra Armada, con D. Federico Gravina a la cabeza, cumplió las órdenes recibidas hasta sus últimas consecuencias y junto a él, D. Cosme Damián Churruca y otros, se enfrentaron con valentía a los ingleses. Churruca, entregó su vida en el combate, y Gravina, moriría al año siguiente como consecuencia de las heridas sufridas.

En consecuencia, dos héroes que, al igual que Cervera, combatieron defendiendo la dignidad y los compromisos contraídos por España y que ningún español de bien debería olvidarlos.

Y, sin embargo, ahora, la justificación argumentada por la colección de malvados que dirigen la ciudad de Palma que, merced a sus decisiones, ha dejado de ser ilustre y, por supuesto, noble y leal para convertirse en miserable y canalla, la basan en eso que los sociatas y demás patulea de la ultra izquierda llaman “memoria democrática”, cuando en realidad se trata de una operación de borrón y cuenta nueva para sustraer el alma de España y para que las generaciones venideras no lleguen a conocer nunca las gloriosas gestas protagonizadas por los españoles a lo largo de los siglos. Una ignominia.

No se puede ser más malvado ni más miserable para argumentar que los nombres de estas calles se eliminan por el pasado “fascista” de los que, hasta ahora, las titulaban. Sin embargo, que nadie trate de argumentar que todo ello es producto de la ignorancia ya que no lo es en absoluto pues yodos estos tipejos del Ayuntamiento de Palma de sobra conocen, aunque solo sea por encima, la biografía de los tres Almirantes y, caso de desconocerla, entonces tampoco podrían dirigir los destinos de una ciudad como la capital de Mallorca, simplemente por ignorantes.

Lo dijimos en más ocasiones, desde aquel más que extraño y sospechoso atentado de los trenes de Madrid, en 2004, y la irrupción en el gobierno de los socialistas, con el miserable Zapatero a la cabeza, todo comenzó a cambiar y el plan estratégico del Partido Socialista, contrario a los intereses de España desde el instante mismo de su creación, desde el minuto uno como se dice ahora, empezó a hacerse realidad paso a paso, poco a poco, con el único fin perverso de acabar con España.

El perverso plan, seguido paso a paso por este gobierno de miserables que está llevando a España a la ruina, consiste, entre otras cosas, aprovechando el terror que nos han inoculado a cuenta del “chinovirus”, en eliminar todo aquello que nos haga sentirnos, a diario, orgullosos de ser españoles. Es igual que sea el nombre de un héroe, que el de un hecho de armas, que el de un religioso, que el de un historiador o un científico si no casan con su ideología caduca. Todos son susceptibles de ser tildados de “fachas” y eliminados sus nombres de calles y plazas. Pero eso sí, jamás se tocará el de la Pasionaria, el Che Guevara o cualquiera de los asesinos de la ultraizquierda que seguirán siendo bendecidos por esta casta izquierdosa que nos desgobierna.

De esta suerte, siguiendo oscuros dictados sabe Dios de quién, todos aquellos signos inequívocos de nuestra cultura están tratando de llevárselos por delante. Es necesario igualarnos con los demás, perdiendo nuestras señas de identidad, para así, en ese afán globalista, convertirnos a todos en una sociedad uniformada, a nivel mundial, y, por tanto, más fácilmente manejable y moldeable.

Por eso, en este plan perverso, acelerado a la sombra del “chinovirus”, todo aquel atentado contra nuestra forma peculiar de ser, contra nuestra Historia, tienen cabida, amparándose en la falacia de que tal o cual cosa, tal o cual persona, son sinónimos de “facha”.

Hoy han sido Churruca y Gravina; mañana será Isabel la Católica, Cristóbal Colón, Daoiz y Velarde o la forma que tenemos de entender la Navidad, la Semana Santa, los Sanfermines e, incluso, las Fallas de Valencia.

Para esta canalla de socialistas, perroflautas, separatistas, golpistas y filoterroristas, todo lo que represente a esa España inmortal, la unidad de destino en lo universal, huele a “facha” y con esa burda excusa se están llevando por delante nuestra esencia como Nación y, mientras tanto, nosotros preocupados por la distancia social, los cierres perimetrales y las mascarillas. Penoso y lamentable.

A partir de hoy, en Palma, ningún niño podrá preguntar a sus padres quienes fueron Churruca y Gravina, simplemente porque una banda burda y maliciosa de rencorosos los han borrado de su historia.

¡Honor y gloria a los que dieron su vida por España!