Hoy, día 1 de mayo de 2020, se cumplen 83 años de la caída del Santuario de la Virgen de la Cabeza, un Santuario que, como posición militar y como baluarte de fe, había sido defendido por la Guardia Civil de la provincia de Jaén, al mando del capitán del Cuerpo, Santiago Cortés González, durante más de ocho meses, en los inicios de la Guerra de Liberación. He dicho bien, el Santuario cayó, al ser derrotados los pocos defensores que aún quedaban empuñando las armas (y con su capitán ya herido de muerte), por un ejército atacante muy superior, tanto en personal como en material de guerra. Pero el Santuario nunca se rindió, y ahí radica su grandeza, pues sus defensores y quien los mandaba, tenían un alto concepto del honor y del deber, y por eso prefirieron siempre la muerte a la rendición.

Cautivado desde siempre por esta gloriosa página de heroísmo que la Guardia Civil escribió en la Sierra Morena de Jaén, mi provincia, no he parado de investigar todo lo concerniente al Asedio, y siempre me ha dolido que España, mi nación, haya olvidado tan pronto a aquellos héroes que, perdidos en la sierra y abandonados por todos, honraron a su Patria haciendo ofrenda generosa de sus vidas. No me extraña, desde luego, pues España, como ya he dicho otras veces, es una nación desmemoriada e ingrata.

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Pero hay algo peor que el olvido: la traición. Y eso es precisamente lo que la actual Guardia Civil está haciendo con los Héroes del Santuario, traicionarlos, pues no tiene otro nombre lo que están haciendo con ellos, los caídos, que ya duermen su descanso eterno en el recoleto cementerio del Santuario. Para ilustrar lo que acabo de decir, voy a contar una anécdota real que me sucedió en 2016, obviando los nombres de las personas implicadas, movido para ello por un elemental sentido de la prudencia.

Resulta que, desde hace algún tiempo, tengo una modesta página web, cuyo único fin es el de perpetuar la memoria de los Héroes del Santuario; ya no la modifico, pues estoy harto de que me plagien, sin citarme, copiando y pegando textos míos, apropiándose de mis fotografías, amén de otras barbaridades que minan el ánimo hasta del espíritu más templado. Pues bien, en esa página web, junto al Himno de la Guardia Civil, hay una acuarela preciosa: representa a una Compañía del Benemérito Instituto, vestida de gala, desfilando a los pies del Santuario, cuya silueta se dibuja al final de la escena, sobre un fondo azul celeste que a mí me recuerda los amaneceres de los domingos de romería que pasé en el Cerro con mis padres, cuando yo era pequeño.

A lo que iba: en 2016 se puso en contacto conmigo un señor que era uniformólogo militar, el cual, lo digo desde este momento, me merece un respeto enorme, pues fue exquisito en su trato para con mi persona; además, el hecho de que se interesara por la acuarela protagonista de este artículo, ya lo retrataba como un hombre con cierta sensibilidad para con las cosas del Santuario.

Transcribo parte de su primera comunicación: “Con motivo del 172 aniversario de la Guardia Civil, la Comandancia de Jaén me ha pedido que haga una exposición en esa ciudad que tendrá lugar del 13 al 15 de mayo en el Patronato de Asuntos Sociales. En su página web, he visto una pintura al óleo en la que se representa una compañía de la Guardia Civil desfilando a los pies del Santuario. Sin duda, sería perfecta para usarla como cartel para los actos descritos. Agradecería enormemente su colaboración si pudiera facilitarme copia de esa fotografía en buena resolución. Igualmente si se conociera al autor me gustaría comentarle la idea así como recibir su autorización. Significar que esta exposición y el cartel del evento tendrán una importante repercusión ya que se le dará difusión en la revista oficial de la Guardia Civil que se distribuye a nivel nacional y demás foros y web especializadas además de la prensa local y regional…”.

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Y yo, tras las palabras de cortesía oportunas, le respondí lo que sigue: “Respecto a la pintura, le digo lo que sé. En 1972, siendo director general del Cuerpo el teniente general Carlos Iniesta Cano (de grato recuerdo para el Santuario y su Gesta), se organizó una Jura de Bandera en el Cerro de los Héroes, dedicando la revista oficial del Cuerpo, un número especial y monográfico al evento. De dicha revista he sacado yo la acuarela, que me parece preciosa y cuya contemplación me retrotrae a tiempos mejores. Como autores de las ilustraciones de la revista aparecen los hermanos Guillermo y Santiago Blázquez Bestard; éste último era guardia civil y creo que aún vive en Madrid. Yo le adjunto la copia que tengo, aunque no es muy buena. Ha sido un placer el sólo hecho de que se haya puesto usted en contacto conmigo. Ojalá mis pobres datos le hayan servido de ayuda”.

Y esta fue la respuesta que recibí: “Estimado Sr. Blas. Con la copia de la pintura que me envió fue suficiente y lo cierto es que quedó un cartel precioso PERO me dicen que no es conveniente ya que se puede malinterpretar por las connotaciones políticas que pueda albergar. En fin, son temas que a mí se me escapan pero que sin duda el buen juicio y cautela de la superioridad han sabido captar. Aún así le agradezco enormemente su ayuda y colaboración. Espero verlo en la exposición la cual y créame que no es vanidad, jamás se ha realizado nada parecido ya que se representan todos los reglamentos de uniformidad de la Guardia Civil desde su fundación en 1844”.

Ya se pueden imaginar ustedes el cuerpo que se me quedó cuando leí este último correo. Allí donde yo veía guardias civiles vestidos de gala desfilando en una mañana abrileña, bajo el cielo azul de Sierra Morena, la ¿superioridad? observaba connotaciones políticas que podían dar lugar a malinterpretaciones. Allí donde yo contemplaba espíritu castrense adornado con belleza artística, la ¿superioridad?, con “su buen juicio y cautela”, adivinaba aviesas intenciones partidistas. Hace ya de esto cuatro años, y aún recuerdo la tristeza infinita que me invadió durante algunos días, máxime si tenemos en cuenta que, por aquellas fechas, yo estaba convaleciente de una operación y, para desplazarme a mi pueblo natal, que era donde tenía la publicación de la que saqué la acuarela, necesité la ayuda de terceras personas.

¿Y el cartel?

Se preguntarán ustedes qué pasó al final con el cartel anunciador de la famosa exposición de uniformes; pues sucedió lo que yo he dado en llamar la gran chapuza, que es la siguiente: cogieron un cuadro del gran Augusto Ferrer Dalmau, en el que aparecen dos guardias civiles, a caballo, que contemplan a un pobre hombre que va a ganarse la vida al campo, acompañado de su mula. Se ve que el agricultor, o la bestia de carga, o los dos, molestaban también, por lo que los suprimieron de la escena y, en el lugar de ambos, colocaron un olivo, para que así la cosa pareciera más de Jaén. En fin, como para estar llorando unos cuantos días.

Epílogo

Ya no merece la pena seguir. Ni que decir tiene que no asistí a la exposición de uniformes que tuvo lugar en la capital de mi provincia, pues yo no puedo compartir mi tiempo, por poco y humilde que sea, con una ¿superioridad? que reniega de sus mejores hombres, esos que descansan en paz en un cementerio de Sierra Morena, bajo el manto protector de la Virgen de la Cabeza; sí, una ¿superioridad? que ha olvidado a los Héroes del Santuario, esos guardias civiles intachables que prefirieron la muerte a la rendición, y de los que tanto tendrían que aprender los actuales.