El domingo 10 de junio de 1934, tenía lugar en Madrid, un suceso trágico que vendría a marcar la vida cotidiana de la II república española.

Juan Cuellar

En la mañana de ese día, un  joven muchacho de dieciocho años edad, estudiante, llamada Juan Cuéllar Campos, militante de Falange Española de las JONS, se hallaba, junto a  otros camaradas falangistas, en la orilla izquierda del rio Manzanares, pasando la jornada matinal del domingo, bañándose en el rio  y resguardándose del sol primaveral bajo los árboles de la zona de Somontes-La Zarzuela, en el  Monte del Pardo.

En la zona se encontraban también miembros de los conocidos como “Chiviris”, unos batallones que se habían organizado dentro de los Partidos socialista y comunista, que se reunían los domingos en las zonas periféricas de Madrid, para realizar ejercicios de combate militar, con formaciones incluidas. En sus marchas paramilitares, en formación, entonaban una zafia cancioneta  cuyo estribillo decía: “Ay chiviri, chiviri, chiviri / Ay chiviri, chiviri, chon”. De ahí que en lenguaje popular se les conociese por  tal nombre.

Estos batallones, que se identificaban por su vestimenta, -los socialistas llevaban camisa azul celeste y corbata roja y los comunistas camisa roja y pantalón blanco-,  se formaron, en varios barrios madrileños,  con un número variable de militantes de ambos sexos. Entre 300 y 600 miembros compusieron aquellos batallones “Chiviris”, que tenían como asesores e instructores militares a conocidos miembros del ejército, de reconocidas ideas marxistas. Entre ellos el capitán de Ingenieros, destinado en la Guardia de Asalto Carlos Faraudo y el también capitán, en este caso de la Guardia Civil, Fernando Condés y los tenientes de Infantería  José del Castillo y Sáenz de Tejada y Máximo Moreno, quien también se encargaba de la instrucción paramilitar de las MAOC (Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas). Un detalle que no puede ser pasado por alto. El partido Socialista  y el Comunista instruían ya a sus milicias con mandos militares, afines a su ideología,  dispuestos a asaltar, a cualquier precio, el poder, como así lo harían en octubre de ese año 34, al estallar la revolución en toda España, produciéndose  una auténtica guerra en Asturias, a fin de derribar al gobierno legal la II república, que ellos ya acusaban  de “burguesa” y “reaccionaria”. Por aquellos sucesos revolucionarios el capitán Faraudo ingresaría en la Cárcel Modelo de Madrid, donde pasaría varios meses, por negarse a hacerse cargo del servicio de tranvías de la capital, con motivo del estallido de la huelga revolucionaria en la madrugada del 5 de octubre de 1934. El capitán Condés y los Tenientes Castillo y Moreno, serían expulsados de las Fuerzas Armadas, por su máxima implicación en aquel golpe de estado, perpetrado por el partido socialista. Todos regresarían al ejército con el triunfo fraudulento del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936.

Tras la instrucción, “los Chiviris” se reunían a  comer en un tono festivo en diferentes zonas de las afueras de la capital como la Casa de Campo o el Monte de El Pardo.

Aquella mañana del domingo día 10, Juan Cuellar y sus camaradas se toparían con un grupo de “Chiviris” que retozaban y se bañaban muy cerca de donde se encontraban Cuellar y sus amigos falangistas.

Al comprobar que los jóvenes falangistas no se integraban en el regocijo festivo de hombres y mujeres, comenzaron a cantar “La Internacional” con el puño en alto. Ante tal actitud los jóvenes falangistas silbaron el himno.

Grupo de milicianos marxistas.

Uno de los “chiviris”, como dejó escrito Felipe Xímenez de Sandoval en su obra “José Antonio. Biografía apasionada”, se acercó al grupo falangista preguntándoles: “Y vosotros ¿Cómo no cantáis la Internacional?”. Cuellar y los otros jóvenes falangistas repusieron; “Porque no nos da la gana”. El “Chiviri”, molesto con la contestación añadió “Ah sois de la CNT”. “No. Somos Falangistas”,  contestaron de forma resuelta los muchachos

De seguido Cuéllar y sus camaradas se vieron rodeados de una turba de tíos y tías, que comenzaron a insultarles y agredirles con inusitada violencia. A puñetazos, patadas y navajazos. Los muchachos falangistas se baten en retirada en busca de ayuda. Suenan dos disparos y el joven Juan Cuellar cae a tierra mal herido y queda desprotegido ante la furia marxista socialista que arremete con él.

Los “chiviris”, sobre todo las mujeres componentes del grupo, se ceban con el herido. Le pisotean, le arrancan el pelo, le machacan el rostro con una vasija llena de vino, le insultan, y una de ellas  llamada Juanita Rico, una modistilla que también  ayudaba a sus padres en un puesto de verduras situado en el mercado madrileño de Olavide, abre sus piernas, se coloca en cuclillas y  orina encima del joven Cuellar, que ya se debate entre la vida y la muerte.

Socialistas y comunistas huyen al comprobar que al lugar de la reyerta llegan otros jóvenes falangistas y varias parejas de la Guardia Civil. Los miembros de la Benemérita detienen a los jóvenes falangistas, que horrorizados contemplan el cadáver de su camarada Juan Cuellar.

El juez de El Pardo, Víctor Hernández de Deza, ordenó el levantamiento del cadáver de Juan y su traslado al depósito judicial, donde fue identificado por su padre, Inspector del Cuerpo de Vigilancia, que tuvo que soportar la cruel imagen de ver a su hijo casi irreconocible. A la madre, no se le permitiría el acceso al Depósito Judicial, a fin de presenciar  presenciar tan dantesca escena.

Juan Cuéllar había recibido dos impactos de bala y presentaba también heridas de arma blanca, por varias partes de su cuerpo,  incluso en la boca, así como desgarros en una oreja producidos por navajazos. Sus camaradas Casto Castro, Manuel Arredondo Souza, resultarían heridos de  carácter reservado, siéndolo de gravedad  Manuel Roldán Vallejo.

José Antonio Primo de Rivera, Jefe Nacional de La Falange Española y de las JONS.

José Antonio Primo de Rivera, Jefe Nacional de La Falange Española,  llamado urgentemente, se personó en el  depósito de cadáveres, acompañado por Juan Antonio Ansaldo, Manuel Groizard, Luis Arredondo y Agustín Aznar, entre otros. José Antonio quedó  impresionado  al comprobar el estado en que había quedado el joven Cuéllar. Sus labios, ante la indignación propia y de sus camaradas musitarán: “Esto se tiene que acabar”. Juan Cuéllar era el octavo falangista asesinado, desde la fundación de Falange Española, el 29 de octubre de 1933,  por elementos socialistas y comunistas, sin que hubiese habido por parte falangista ninguna acción de represalia, ante tanta sangre vertida.

Los siete anteriores caídos de la Falange habían sido: José Ruiz de la Hermosa, que había asistido al acto de fundación de Falange Española del teatro de la Comedia de Madrid celebrado el día 29 de octubre, era asesinado de un navajazo, el 2 de noviembre de 1933, en su pueblo de Daimiel (Ciudad Real), en un mitin socialista, tras replicar  a un dirigente socialista local. El día 4 de diciembre, en Zalamea de la Serena (Badajoz),  era abatido por un grupo de pistoleros el panadero de profesión Juan Jara, fundador de Falange Española en su pueblo. El día 26 de ese mismo mes le llegaría el turno a Tomás Polo Gallego, asesinado por la espalda de una cuchillada  por un grupo de marxistas en  Villanueva de la Reina (Jaén). El 11 de enero de 1934, el joven de 22 años, mecánico de la compañía Telefónica,  Francisco de Paula Sampol, era asesinado por la espalda, en la calle de  Alcalá, ante el teatro Alcázar de Madrid, cuando leía el periódico falangista FE. Matías Montero y Rodríguez de Trujillo, asesinado por la espalda, el día 9 de febrero de 1934 por un pistolero, en la calle de Mendizábal de Madrid, tras vocear y vender el periódico falangista FE. El 8 de marzo, de ese mismo año, en la Glorieta de Bilbao madrileña, caía abatido por el fuego de las pistolas marxistas  otro vendedor del periódico falangista  FE,  Ángel Montesinos Carbonell.  El séptimo de los caídos falangistas  sería el joven de quince años Jesús Hernández Rodríguez de Oviedo,  asesinado de un balazo, el 27 de marzo en la calle de Augusto Figueroa de Madrid, cerca de la Casa del Pueblo.

La acción de represalia,  con el visto bueno de José Antonio, abrumado por el asesinato de su joven escuadrista, se organizó y coordinó por medio  de Juan Antonio Ansaldo y Arredondo.

Esa misma noche, sobre la nueve y media, un vehículo con varios falangistas en su interior, se dirige  a la calle Cardenal Cisneros, esquina con la de Eloy Gonzalo. Allí se estaciona  a la espera de la llegada de varios militantes del grupo socialista, que había atacado y asesinado a Juan Cuellar, y a los que los falangistas conocían perfectamente y tenían de sobra localizados.

Al ver la llegada del grupo de militantes socialistas, el vehículo hizo una pequeña maniobra hacia atrás, tropezando su guardabarros con una de los jóvenes socialistas, que iba con el grupo.  Con ese motivo, los acompañantes de la muchacha comenzaron a dar y gritos y proferir insultos dirigidos al chófer del automóvil  Tras ello los ocupantes de vehículo abrieron fuego contra el grupo, hiriendo a cuatro de ellos. Tras el tiroteo, el automóvil emprendió una veloz marcha por la calle del Cardenal Cisneros hacia la glorieta de Bilbao y desapareció, sin que ninguno de los testigos presenciales pudiera tomar la matricula del mismo, ya que llevaba las luces apagadas. Sólo se pudo determinar que el coche era de color gris, de tipo moderno, con capota de lona, y el número de matrícula era un 38  o 39.000 de Madrid. En el lugar de los hechos se encontraron  siete casquillos del 7,65

Juana Rico y sus hermanos Ángel y Luis.

El parte médico, que insertaron todos los diarios de Madrid en sus páginas del día siguiente o de los sucesivos,  informaba textualmente: “En la Casa de Socorro sucursal de Chamberí, establecida en la calle de Eloy Gonzalo. Los médicos de guardia, auxiliados por otros doctores que habían acudido al tener noticias del suceso, prestaron asistencia a las siguientes personas:  Juana Rico Hernández, de profesión modista, domiciliada en la calle de Trafalgar, núm. 39, piso primero, que presentaba una herida penetrante de arma de fuego, sin orificio de salida, en la región lumbar derecha, y otra en forma de sedal en el lado Izquierdo; se pronosticó su estado de muy grave, pues existían fundados temores de que la primera de dichas balas le hubiera interesado la medula.” “Ángel Rico Hernández, hermano de la anterior, de veinticinco años, sufría una herida de arma de fuego en el tercio medio del muslo derecho, con orificio de entrada en la cara externa y salida por la interna, y otra herida en forma de sedal en la región glútea; se calificó su estado de grave. Luis Rico Hernández, hermano también de los anteriores, de veintiún años, padecía una herida por arma de fuego en la región superior izquierda del tórax, «In orificio de salida; otra en la región glútea del mismo lado, otra en el tercio superior do la cara externa de la pierna izquierda, con orificio de salida por la interna; otra en el tercio medio del muslo Izquierdo y diversas contusiones y erosiones. El estado do este muchacho se calificó de gravísimo, pues además de las lesiones reseñadas, sufría un intenso "shock" traumático. Hubo necesidad Je aplicarle inyecciones para reanimarlo”. Juana Arroyo González, de dieciséis año», soltera, modista, domiciliada en la calle de Trafalgar. núm. 86, que sufría una herida por arma de fuego en la región lumbar izquierda, de pronóstico leve.

Todos ellos eran activos militantes socialistas. Juana Rico fallecería varios  días después de su ingreso en el equipo quirúrgico.

El Gobierno radical, presidido por Ricardo Samper, prohibió que los entierros de Juan Cuéllar y Juana Rico fuesen conocidos, obligándoles a ser enterrados en la clandestinidad, pero con horas distintas. Mientras el joven falangista será inhumado con las primeras horas del amanecer, el cadáver de Juana Rico lo sería a mediodía, con el consiguiente quebranto del secreto impuesto por el cobarde gobierno radical, siendo despedida entre un mar de puños en alto de los numerosos componentes de aquellos batallones “chiviris”.        

Intervino el Juzgado de Guardia número 20, cuyo Juez Ismael Rodríguez Solano, auxiliado por el Fiscal Robles,  se hizo cargo de la diligencias del suceso. Por orden de él se detuvo a Gerardo Ossorio Moscoso, Conde de Altamira, por sospechar que el auto desde el que se había consumado el tiroteo  a los militantes socialistas  podría ser de su propiedad. Una vez tomada declaración y al no ser reconocido por ninguno de los del grupo socialista, que también manifestaron al Juez que el vehículo del Conde era totalmente distinto al empleado en el suceso, Gerardo Ossorio, fue puesto en libertad.

La Dirección general de Seguridad  distribuiría entre  los periodistas la siguiente nota informativa: "Con motivo de los Incidentes ocurridos estos días, y con arreglo a las atribuciones que confiere el articuló 47 de la ley de Orden Público, la Dirección General de Seguridad ha  impuesto 1O.OOO pesetas de multa a los Sres. D. Julio Ruiz de Alda, D. Juan  Antonio Ansaldo. D. Ramiro Ledesma y D. Manuel y D. Raimundo Fernández Cuesta. Se clausuraron varios centros de Falange Española. Por Iguales motivos ha impuesto también multas de 5.000 pesetas al presidente de la Asociación socialista Salud y Cultura y al presidente de la Asociación Socialista' Madrileña.”

Para  atajar aquellas trifulcas el ministro de la Gobernación, Rafael Salazar Alonso, leería ante los periodistas, que cubrían la información del suceso,  un borrador de una orden que se convertiría  en ministerial que decía lo siguiente:

"La reiteración de manifestaciones que a pretexto de Jiras campestres o ejercicio» de gimnasia se celebran en los alrededores de Madrid, constituyendo a veces actos políticos más o menos disimulados, y degenerando en ocasiones en reyertas que han producido diversas víctimas, han obligado a este ministerio a dar órdenes para cortar el mal, A este, efecto,  se servirá observar las siguientes reglas:

Primera. Se tendrá en cuenta por los agentes a sus órdenes que cuantos grupos excedan del concepto corriente de la familia, lleven uniformes, emblemas, banderines o constituyan formación de cualquier naturaleza, aunque tengan como pretexto ejercicio gimnástico que- constituyen manifestaciones a todos efectos de los artículos 10 y 11 de la ley de Orden público, debiendo precederse en consonancia con tales preceptos.

Segunda. Cuando los manifestante pertenezcan a Sociedades, sea cualquiera su denominación y finalidad, se atendrán a lo dispuesto en el artículo 12 en relación con lo que regulan los periodos de prevención y alarma en la ley de Orden público.

Tercera. Dará órdenes  a los agentes para que en las salidas de Madrid se proceda con todo rigor, sobre todo los días festivos, al cacheo de cuantas personas salgan, Incluso de las que ocupen vehículos de todas clases."

El día 12 de junio la policía detenía a Alfonso Merry del Val, acusado de ser el propietario del auto empleado en el tiroteo contra los hermanos Rico. Sin embargo los testigos declararían “Que el automóvil del señor Merry del Val era por completo distinto al que sirvió a los agresores.”  De igual manera ninguno de los testigos reconoció  a Alfonso Merry como uno de los agresores. Merry, sin embargo seria encarcelado y posteriormente juzgado.

En el juicio que se celebró se acusaba a Alfonso Merry del Val, como autor del asesinato de Juan Rico. El fiscal solicitaba 30 años por el delito de asesinato consumado y 15 años por cada uno de los otros dos delitos de asesinato frustrado. Tras la declaración de numerosos testigos, entre ellos José Antonio Primo de Rivera. El falo de la sentencia fue el siguiente: “Fallamos que debemos absolver y absolvemos al procesado Alfonso Merry del Val y Alzola de los delitos de asesinato y falta incidental de lesiones de que ha sido acusado en la presente causa, declarando de oficio las costas y cancelando los embargos que se hubieran trabado en bienes de su propiedad, que dando a su libre disposición el automóvil de su propiedad, marca Audi, matricula V. 12.220, depositado en la actualidad en la calle Núñez de Balboa, número 94, de esta capital. Póngase inmediatamente en libertad al referido procesado, siempre que de ella no estuviera privado por otro procedimiento o motivo legal y a tal fin, líbrese el oportuno mandamiento al director de la prisión Celular de esta villa.” 

Los diarios madrileños  ABC y el Sol, harían un seguimiento especial de aquel juicio, con la transcripción literal de las declaraciones del acusado y de varios testigos. Ni la Policía, ni la  Justicia, serían capaces de resolver los asesinatos de Juan Cuéllar y Juana Rico.

Aquel asesinato de Juan Cuéllar y la consiguiente represalia por parte de la Falange “de la sangre” constituiría un punto de no retorno. Las escuadras falangistas contestarían a todo tipo de agresión marxista a sus militantes con la misma virulencia. Desde ese instante una espiral de violencia, se apoderaría de las calles de España, de forma trágica y habitual, teniendo su primer capítulo en la revolución marxista, de octubre, continuando con el robo fraudulenta por parte del Frente Popular de las elecciones de febrero de 1936, la primavera trágica, que desembocaría en el alzamiento Militar del mes de julio y la consiguiente guerra de liberación Española. 

P/D. Aquellos asesores militares de los Chiviris tuvieron  un trágico final. El capitán de Ingenieros Carlos Faraudo de Micheo, seria asesinado en la calle Lista de Madrid, el día 9 de mayo de 1936, cuando regresaba a su domicilio, acompañado de su esposa, por unos individuos que se aperaron de un vehículo y le asesinaron de un disparo.

El Capitán de la Guardia Civil Fernando Condés Romero, uno de los máximos responsables de asesinato del líder del Bloque Nacional, José Calvo Sotelo, al que obligó por la fuerza a salir de su casa, en la madrugada del 13 de julio de 1936, para ser asesinado  en la camioneta nº17 de la Dirección General de Seguridad, por el pistolero Luis Cuenca, miembro de las escolta motorizada del líder del partido socialista Indalecio Prieto,  tras esconderse de su alevoso crimen, en casa de varios líderes socialistas, una vez iniciada la contienda, caería muerto, a primeros de agosto,  en acción de guerra en los combates del Alto del León de la sierra madrileña de Guadarrama.

El Teniente José del Castillo y Sáenz de Tejada seria asesinado  por unos desconocidos al anochecer del domingo 12 de julio de 1936, cuando caminaba por la calle madrileña de Augusto Figueroa, en dirección al cuartel del Pontejos, donde prestaba sus servicios como oficial de la 2ª Compañía de Especialidades del Cuerpo de Seguridad y Asalto. Castillo había tenido una destacadísima y trágica participación en la represión de una marcha organizada tras el entierro del Alférez de la Guardia Civil, Anastasio de los Reyes, asesinado en Madrid el día 14 de abril de 1936. Castillo  disparó a bocajarro contra el joven tradicionalista Luis Llaguno. Para conocer más detalles de aquel entierro,  les remito a un artículo publicado en este Correo de España, el día 13 de abril de 2021, titulado “14 de abril. El asesinato del alférez de la Guardia Civil Anastasio de los Reyes.”

Por su parte el teniente Máximo Moreno Martín, otro de los responsables de la organización y posterior asesinato del diputado José Calvo Sotelo, encontraría la muerte el día 25 de septiembre de 1936, cuando volaba como piloto observador en un avión que fue alcanzado por la aviación Nacional y cayó a tierra cerca de Olías del Rey (Toledo), en territorio dominado por el Frente Popular, en plena ofensiva del ejército Nacional, a fin de liberar el Alcázar de Toledo. Desorientado y confuso, y creyendo equivocadamente que se encontraba  en territorio enemigo, se suicidó junto a sus compañeros de vuelo, el Sargento piloto Antonio González Flórez, el alférez ametrallador José Brea Expósito y el sargento mecánico Nicolás López Rodríguez, que habían resultado ilesos en el ametrallamiento. Los otros dos componentes de la tripulación, del avión frente populista, Joaquín Mellado Pascual y Vicente Vallés Caballé, fallecieron en la acción aérea.