Este titular sugiere algún elemento peyorativo, intuye algo negativo o dudoso.  Porque mirar hacia atrás representa perder de vista la parte frontal, el horizonte, el futuro. Sin embargo, la experiencia aconseja que, para ir hacia el futuro, es preciso volver la vista de vez en cuando hacia el pasado, para contrastar el camino recorrido y evitar los errores cometidos hasta el presente o las enseñanzas aprendidas en el tiempo. Un filósofo nos aconsejaría de una forma gráfica: una mirada rápida al pasado y una atención constante al futuro, pero sin olvidar lo que nos rodea del presente. Porque en el pretérito ya no podemos influir, el futuro nos es desconocido y sólo intuirlo, mientras que, lo realmente válido es el presente, el tiempo real sobre el que logramos ejercer un control. En todo caso hay que pensar, hacerse preguntas y buscar respuestas.

Estas reflexiones vienen a cuento, como argumento de lo que venimos escribiendo sobre nuestra memoria histórica, respecto a lo sucedido en la guerra civil. La inmensa mayoría de los españoles queríamos olvidar los desastres y comportamientos previos a la confrontación, durante el desastroso período republicano y en el tiempo de la lucha bélica entre españoles. Tiempo que no nos tocó vivir. Pero llegan ahora unos personajes, dirigidos por quienes todos conocemos de sobra, porque es lo que han hecho siempre durante siglos, para contarnos que los malos, que los que mataban eran siempre los mismo: los vencedores. Pues no, ese cuento ya no cuela. Ojalá que muchos españoles de bien tuvieran el valor de narrar algunas de aquellas historias de verdad. Y que sepan que todos podemos desenterrar a nuestros muertos.

Pero volvamos nuestros ojos al pasado, a un pasado histórico, enfocado al mirar atrás, tal y como lo entendían las culturas más lejanas, más cercanas a la superstición que a la realidad.

El poeta latino Virgilio, del siglo I antes de Cristo, recoge en sus Georgicas esta creencia, al referir como Orfeo perdió a su amada Eurídice al volver su mirada, lo que abonó la creencia de que, si el novio vuelve la cabeza mientras aguarda la llegada de la novia al altar, el matrimonio será un desastre.

Es posible que estas manías participen de un pensamiento antiguo del que San Lucas se hace eco: “Ninguno que después de haber puesto mano en el arado vuelve los ojos atrás, es apto para el reino de Dios”.

En el Génesis, al narrarse los sucesos de Sodoma y Gomorra, se alude a la maldición que recae sobre aquel que gira la cabeza y vuelve la mirada: ”Y le pusieron fuera de la ciudad (a Lot y a su gente) y allí le dijeron estas  palabras: Salva tu vida: no mires hacia atrás, ni te pares en toda la región circunvecina: sino ponte a salvo en el monte, no sea que también tu perezcas”.

Hoy está muy extendida la creencia de que aquel que se vuelve para mirar el lugar o la persona que deja atrás, no regresará más. También se asegura que la persona desempleada encontrará trabajo si después de haber visto una monja se dirige hasta su casa sin mirar en ningún momento hacia atrás, ya hasta es probable que el mal de ojo, o mal agorero, tenga que ver con esta superstición: quien mira hacia atrás encuentra  la mirada del aojador; y en el terreno de lo práctico, quien lo hace puede tropezar con una farola, con un árbol y romperse la cabeza, e incluso caer en una zanja por no haberse apercibido del peligro. Curiosa forma de advertir.

En el mundo antiguo “mirar” tenía diverso tratamiento: para los latinos, mirari, de donde procede el término, significaba “asombrarse”; specto = mirar hacia adelante; aspicio = posar la mirada sobre una persona o cosa; circumspicere = mirar alrededor; inspectare =  mirar con atención; despicere = mirar con desprecio.

En el Libro de Apolonio (1240) se lee lo siguiente:

Sennyor so desta villa, mía es pora mandar,

díxenme: Antinágora, si me oyste nombrar.

Caulgué de la villa, sallime a deportar,

las naves que yaçién por el puerto a mirar.