Íntimamente unido al tema de la evangelización estuvo siempre el tema de la inculturización, al  que  era necesario enfrentarse. Los descubridores, a su llegada al Continente  se encontraron  con  un acerbo cultural importante, procedente de las aportaciones precolombinas de los aztecas y los incas, que bien pudiéramos decir que estaban a la altura de las antiguas civilizaciones, como podían ser Mesopotamia y Egipto, pero aún así se mantenían en un estado prefilosófico, donde el mito y los elementos animistas jugaban un papel importante, mientras que lo que los españoles ofrecieron fue lo mejor de la filosofía  y la ciencia europeas, en un momento histórico en que España representaba la hegemonía política e intelectual. La articulación  de esta  complejidad de elementos culturales diferenciados y a veces contrapuestos, no fue  una tarea fácil, fundamentalmente porque las fuentes de inspiración entre ambas eran distintas. El entendimiento entre las dos civilizaciones  exigía un proceso de integración que habría de durar su tiempo, pero que al final se produjo, no por razón de la fuerza bruta sino por la fuerza de la razón, que fue la que permitió hablar de asimilación y nunca de culturicidio ni de violencia, como ha venido propalando la leyenda negra y era lógico y natural que así fuera. Sabido es que la razón filosófica y la imaginación mitológica hablan lenguajes diferentes y uno de los dos debía prevalecer.

 

El que al final lograra imponerse el logos sobre el mito no fue ninguna desgracia para nadie, sino que todos salieron ganando . El hecho de que en estas tierras comenzaran a  germinar las semillas del conocimiento científico auspiciado por Galileo y se impusiera   por lógica la filosofía  de Platón y Aristóteles, fue un hecho cultural de primera magnitud, como en su día supuso para occidente el paso del mito al logos.  A partir de aquí  se abriría para el Continente  Hispanoamericano un nuevo periodo de desarrollo con la creación de universidades y prosperidad en todos los órdenes, lo que permite hablar de un antes y un después. El pensamiento animista y mágico no permite avanzar en el conocimiento de las cosas, no creo que haya dudas alrespecto, con imaginarnos la realidad poco o nada se puede avanzar, es preciso acomodarse a  sus exigencias y a las leyes por las que se rige y esto solo se consigue a través de la razón, que es la que descubre su porqué y penetra en su entraña, por eso, el discurso lógico- filosófico y el rigor científico europeos importados a estas tierras por los españoles, acabaron siendo determinantes para el desarrollo cultural de estos pueblos. ¿O es que vamos a pensar que sin la inculturización  en estas tierras se hubieran cosechados mejores frutos? Al contrario , lo razonable es pensar que si el Continente Americano hubiera permanecido encerrado en sí mismo, no habría alcanzado o habría tardado mucho tiempo en conseguir el nivel cultural que los españoles le obsequiaron como regalo.  Dígase lo que se quiera lo cierto es que la visión logocentrista que Europa, a través de España, proyectó sobre América fue el camino real y todavía no se ha descubierto otro, por el que sea posible emprender la búsqueda de la verdad.

                    

 

No comparto la idea de que cada sustrato étnico ha de inventar su propia verdad. La realidad de las cosas es la que es. Nunca la composición genética o el medio ambiente social y racial, son los creadores de la verdad. A los grandes descubrimientos científicos, se ha llegado con rigor y método y no se puede decir que existen unos principios científicos para Oriente y otros para Occidente, unas matemáticas validas para los americanos y otras diferentes para los europeos, unos principios lógicos para el nuevo mundo y otros para el viejo. Hay que reconocer por tanto que la presencia de los españoles  en tierras américas  fue fecunda y beneficiosa para los nativos  e incluso lo fue para España y por extensión también para Europa, pues las difíciles acomodaciones surgidas de la nueva situación  dieron motivo para que surgieran muchos interrogantes, aparecieran situaciones que antes no se habían presentado, que se dieran planteamientos inéditos.  Todas estas inesperadas cuestiones y problemas sirvieron para espolear el razonamiento filosófico y agudizar el ingenio. El resultado inmediato fue que la visión logocentrista  proyectada sobre la situación iberoaericana comenzara a dar sus frutos. 

 

Frente a la filosofía académica abstracta y un tanto adormecida,  la presencia del Nuevo Mundo descubierto, pone sobre la mesa unas situaciones desconocidas hasta ahora, lo que obliga a Europa a tener que replantarse muchas cuestiones. Emergen otros horizontes y las perspectivas ya no son las mismas, aparecen los debates filosóficos para clarificar gran número de cuestiones, que tienen como telón de fondo la propia identidad de los moradores de estas tierras , sus derechos como personas y como pueblo, la legitimación de la conquista de estas tierras etc. Una de las primeras expresiones de este debate lo tenemos en la polémica mantenida entre Bartolomé de las Casas y Ginés de Sepúlveda. Las discusiones acerca del hombre americano en los años que siguieron a la conquista, adquirieron una elevada altura filosófica. Con los controvertidos y polémicos Fr. Bartolomé de las Casas y Bernardino de Sahagún, hace su aparición la que podríamos llamar antropología americana, al tiempo que con la escuela de Salamanca surge una nueva filosofía política, que tiene en cuenta la humanidad y dignidad de los indios, sobre lo que se especula, mostrándose en contra de la errónea supuesta inferioridad natural de los mismos. A través de los dominicos de la Escuela de Salamanca, con Francisco de Vitoria a la cabeza,  quedaron fijados los puntales de una filosofía política, que inauguraba un  nuevo orden internacional. Él habría de ser el promotor de la formulación de unas normas garantes de los derechos naturales que tendrían como sujetos a los indios, por encima de la autoridad de los reyes de España y del papa. Por donde quiera que se lo mire, todo ello supone una aportación importante en el campo de la Filosofía del Derecho, como el tiempo se ha encargado de demostrar.

Vitoria, pisando tierra, fue adentrándose en un terreno que era preciso delimitar con el fin de llegar a establecer cuáles eran los derechos y los deberes de unos y de otros, de extranjeros y de nativos. El siglo XVI, que es cuando Vitoria escribe, es el tiempo en el que se están gestando en Europa importantes transformaciones. Hombres como Vitoria asumen el reto de plasmar una nueva concepción filosófico-política capaz de hacer viable la nueva situación originada con el descubrimiento de América.

En la “Relectio de Indiis”, que sus discípulos sirviéndose de los apuntes y anotaciones magisteriales se encargan de redactar,  quedaba expuesta la doctrina del maestro, dividida en tres partes: En la primera se plantea la cuestión de si los nativos son dueños y soberanos legítimos de sus tierras y la respuesta será positiva. Los indios antes de la llegada de los españoles eran los dueños y señores de sus tierras y posesiones, por eso en lógica consecuencia es por lo que en la segunda parte se pone  en cuestión presuntos títulos justificativos del dominio español en América, con lo que se nos viene a decir que el emperador, por muy emperador que sea, no es el dueño del orbe y ni siquiera el papa puede ejercer su autoridad temporal, ni tampoco espiritual, sobre todo el orbe. Existen, en cambio, algunos títulos susceptibles, como puede ser el de comerciar en estas tierras, radicarse y viajar por ellas, propagación del evangelio, la defensa de los neófitos que libremente habían aceptado la fe cristiana etc, interesantes cuestiones que conforman el contenido de la tercera parte.

Por todo lo dicho, a lo más que Vitoria estaba dispuesto a justificar, era una intervención temporal , pero nunca una conquista definitiva. Cara a los nativos es preciso reseñar que  con la antropología americana diseñada por la Escuela de Salamanca, se clarificó  y matizó el concepto de persona, lo que sirvió para regular los derechos humanos y poner en evidencia que ciertas prácticas primitivas y salvajes, como el sacrificio de seres humanos extrayéndoles el corazón en vivo, resultaban ser abominables. La condición universal de seres humanos era el supuesto del que se partía para conceder a los indios un trato humano, pero también era el punto de arranque para superar  primitivismos salvajes que no se compadecía con comportamientos humanizados.     

 

Estas ideas que hoy parecerían normales y de uso corriente no lo eran en aquel tiempo dominados por ideas absolutistas y hubo que esperar mucho tiempo para que fueran abriéndose paso. Al fin la proclamación de los derechos humanos en el siglo XX y la creación de los sistemas de protección de los individuos vendría a dar la razón a este ilustre español, pionero del derecho internacional.

 

Importante también sus ideas sobre la guerra. En “De Iure belli” se habla de guerra justa, pero la única causa que puede legitimar una guerra es la injuria recibida, por lo que no se debería considerar causa suficiente de la misma, la diversidad religiosa, ni ensanchamiento del imperio, tampoco el enriquecimiento, sea en la forma que fuere.

La genialidad del sistema político ideado por Vitoria descansa en la igualdad humana, idea esta fundamental de la antropología de la escuela salmantina. Precisamente, por estar fundamentado en la universalidad de la naturaleza, el derecho de gentes inaugurado por Vitoria estaba llamado a ser la base por la que se deberían regular las relaciones entre los pueblos. El Orbe entero, representado por todos los estados, entendido como persona moral, es el que tiene potestad para promulgar leyes justas que regulan el derecho de gentes. Este alumbramiento de Vitoria bien podría ser una de los más originales y fecundos de la filosofía política, que pudo coexistir con la idea de cristiandad y que tuvo como escenario la nueva realidad de unas gentes y unos pueblos que acaban de ser descubiertos.

 

El paso del tiempo ha venido a dar la razón a este español genial, al final del P. Vitoria acabaría  siendo proclamado el Padre del Derecho Internacional.  Vitoria junto con sus compañeros de la Escuela de Salamanca  vivieron en primera línea los acontecimientos del descubrimiento del Nuevo Mundo y se comprometieron como nadie en la defensa de los nativos, algo que la leyenda negra silencia, para no tener que decir que fueron los propios españoles los mejores valedores y defensores de los derechos humanos de los indios.