Los historiadores que estudiamos cualquier época o país siempre nos enfrentamos a la titánica tarea de ser lo más imparciales y objetivos posible, con el fin de mostrar, de la manera más fehaciente, la historia tal y como ocurrió. Por desgracia, esas buenas intenciones, las mismas que condenaron a Felipe IV y a los reinos hispánicos a su irremediable decadencia allá por el siglo XVII, muchas veces brillan por su ausencia, y construir un relato, y más si hablamos de hechos contemporáneos, cada día se convierte en una aventura de riesgo, fagocitado por el dedo acusador que automáticamente encasilla, políticamente hablando, en una opción u otra, con la consiguiente reprobación a gritos o aplauso atronador, según si se cuenta el hecho histórico ajustado a los intereses de unos o de otros.

Un buen historiador debería, y no es nada fácil, rehuir tintes políticos e ideológicos, pero seamos sinceros, es una quimera y casi una utopía, puesto que los que estudiamos el pasado no podemos sustraernos de los acontecimientos que cambiaron las sociedades pretéritas, los cuales la gran mayoría de ellos estuvieron suscitados por decisiones políticas. De hecho, Thomas Mann decía que «todo es política», pero, a pesar de ello, nuestra tarea como historiadores es mitigar las connotaciones ideológicas que pueden hacer desvirtuar, y mucho, ese relato que intenta aproximarse a la reconstrucción de los hechos. Por eso siempre va a existir algo de subjetividad, cosa de la que ya los romanos hacían gala muchas veces de manera sutil y otras tantas a flor de piel; siempre, claro está, conveniente a sus intereses, en este caso como pueblo, que no nación, conquistador, lo cual le permitía manejar la historia y el relato a su gusto.

En el caso de España, esto se multiplica hasta casi el infinito. Y me atrevo a decir que ha estado marcada por una palabra que en el siglo XIX se empezó a aplicar en toda Europa: el nacionalismo. Ya sea el nacionalismo español, que nace con la implantación paulatina del liberalismo tras la invasión napoleónica, como por los movimientos nacionalistas de índole regional de tinte separatista, especialmente el catalán y vasco de a finales del XIX. Absolutamente todos han estado marcados por la reivindicación de sus propuestas ideológicas y políticas a través de la historia, la cual, en demasía, no se ha dudado en manipular con intereses espurios, falsarios y sesgados.

Y en el siglo XXI, en la supuesta era de la información, librepensamiento y libertad de cátedra, o imbuidos dentro de lo que hoy se denomina «posmodernismo», en el que casualmente uno de sus pilares, el antidualismo, paradójicamente hoy no se da, me temo que, lejos de haber avanzado en lo que se refiere a una investigación metodológica cuantitativa y cualitativa, para dar un valor formativo y un enfoque desde el cual comprender la historia y trasladarla al contexto en que vivimos, parece justamente todo lo contrario. Se reavivan fantasmas del pasado a todos los niveles temporales, y haciendo auténticas manipulaciones que sonrojarían incluso a un neonato en la materia, lo cual se convierte categóricamente casi en un insulto para aquellos que aman y se esfuerzan, día a día, en reconstruir uno de los más bellos pasados históricos del planeta, con una riqueza cultural, artística, científica, literaria o religiosa inmensamente rica, cuyos portadores, que somos nosotros, que vivimos el presente, debemos preservar para las generaciones venideras.  

Por tanto, desde mi subjetividad, por ejemplo, ya no vale decir que los catalanes, como algunos sostuvieron hace algunos años, descubrieron América y que en América se hablaba exclusivamente el catalán –no niego que en algún momento y lugar concreto se hiciera, puesto que muchos emigrantes procedentes de Cataluña fueron al nuevo continente–; o que Américo Vespucio, el que dio el nombre a América, tuviera un origen catalán a través de un enrevesado juego de palabras relacionadas con la antroponimia, sin base alguna, convirtiendo el apellido Vespucio en Despuig. O eso de la llamada «raza vasca», promulgada por Sabino Arana, nacionalista vasco, con un componente étnico y moral que promulgaba la superioridad de los vascos frente al resto de España, a los que llamaba «maquetos», como signo de identidad nacional, basado en supuestos orígenes míticos poco demostrables.

Tampoco vale decir que el Cid Campeador luchaba por «España», creando un mito nacionalista, que debe ser superado, de un personaje que, nos guste o no, era un mercenario de la época, que combatió a árabes y cristianos por doquier, pura y simplemente por dinero. Lo que quiero transmitir es que no creo necesario apropiarse de la historia para sacarse de la manga narrativas pseudofantásticas con las que reivindicar ciertos acontecimientos clave de nuestra historia, endosándolos en un contexto a veces pueril, falto de rigor y sin cotejo con las fuentes históricas, para elaborar un discurso de tinte ideológico que acaba siendo pura propaganda. Hoy en día, considero que la politización de la historia, auspiciada por unos medios de comunicación que dejan mucho que desear a todos los niveles y que crean crispación, está fracturando a una sociedad que creo que, dentro de la pluralidad existente, necesita más unión que separación. Un ejemplo lo constituye la memoria histórica para las víctimas del franquismo, la cual es totalmente necesaria, reivindicativa y justa, pero no cuando, dentro del indudable componente ideológico, se aprovecha para crear división y confrontación como forma de hacer política. Hay que separar lo puramente digno y humano –como es la reparación de las víctimas y sus familiares–, de la intención de volver a sacar a la luz de manera puramente ideológica, que no puramente histórica, un pasado que está ahí y no debe olvidarse, pero no debería utilizarse para construir relatos cercanos a un cierto revanchismo, que no conduce a nada, en una sociedad que demanda otras preferencias más actuales.

Para terminar, no quiero olvidarme de la reivindicación de nuestra historia más allá de nuestro país. España tiene un legado cultural enorme, especialmente en América, fuente ahora de críticas emanadas de algunos políticos de allí, caso del mexicano López Obrador, que deberían de preocuparse más por su gente, y no culpar de todos los males sociales y económicos a la conquista y colonización hispana de hace cinco siglos, incluso hasta el punto de exigirnos el pedir perdón. Está claro que ni mucho menos todo fue ejemplar y que existieron abusos, guerras, desmanes y conversiones forzosas, exageradas a veces por la famosa leyenda negra. Pero no podemos obviar que los españoles también aportaron universidades, imprenta, la rueda, técnicas de navegación, avances sanitarios, el caballo, mayor diversidad alimentaria, metalurgia, ganadería, etc. En este caso, la historia debe demostrar, y creo que aquí lo hace, aunque siempre habrá debate –algo sano por otra parte–, qué es lo que realmente aportaron nuestros antepasados de hace cinco siglos, sin omitir, y por eso somos historiadores, la mentalidad y costumbres de aquellos tiempos, nada comparables con los de hoy en día. Parece una perogrullada, pero muchas veces se nos pasa por alto.

Por tanto, España, en conclusión, con sus luces y sombras, merece ser estudiada a todos los niveles con el máximo rigor posible, sin olvidar que somos personas, con nuestras ideas, conocimientos y preferencias, pero sin perder de vista el objetivo máximo de un historiador: reconstruir lo que, a través de las fuentes de investigación, a veces parciales y limitadas, pudo ocurrir en el pasado. No hay más. Y como decía el gran Josep Fontana: «la historia es un arma para los combates de hoy, una herramienta de construcción del futuro». Hagámoslo.