Seguimos con la serie "Los caballos de la Historia", que está escribiendo para "El Correo de España" Julio Merino. Hoy habla de "Orelia", la yegua de Don Rodrigo y de "Al-Lakko" el caballo de Tarif .

 

"ORELIA"

LA YEGUA DE DON RODRIGO

Pasaron los años, muchos años, y un buen día los árabes, que habían galopado a través del Sinaí, Egipto, Berbería, Tunicia y el Magreb hasta llegar a los montes del Atlas, se asomaron a las aguas del estrecho de Gibraltar y soñaron con las tierras de Hispania. La «Media Luna» era ya la primera potencia del Mediterráneo y Mahoma el gran profeta de Alá...

Corría el mes de julio del año 710 (88 de la Hégira) cuando Tarif ben Malluk, un capitán del gobernador Musa ben Nusayr, mandó subir a sus hombres en los cuatro navíos que habían de iniciar la gran aventura árabe de la conquista. Eran cuatrocientos hombres y cien caballos... y una leyenda: la del famoso conde don Julián. Era la «avanzadilla» de todo un ejército, de todo un mundo, de toda una cultura... Aquel ejército que justo un año más tarde -concretamente el domingo día 19 de julio del 711- iba a enfrentarse en las orillas de la laguna de la Janda a las huestes del rey don Rodrigo, el último de los monarcas visigodos.

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Mucho, mucho se ha escrito sobre este rey y sobre esa batalla, pues no en vano ahí comienza la «España musulmana» de los siete siglos. Aquella España que culminó en el Califato de Córdoba, fue «luz de Occidente» y vino a cerrarse en enero de 1492 con los Reyes Católicos como protagonistas (y Cristóbal Colón como testigo coetáneo y soñador). Miles de historias y leyendas que han mezclado de tal manera la verdad y la ficción como para despistar a cualquier humilde lector. Porque en realidad, ¿qué pasó en torno a don Rodrigo, el «traidor» conde Julián y aquel puñado de árabes que en un abrir y cerrar de ojos se apoderó del reino más consolidado de Europa...? ¿Existió, ciertamente, el tal conde don Julián? ¿Existió su bella hija, aquella que la leyenda hace responsable de la perdición de un rey y todo un reino?

En fin, vayamos a los hechos.

La Historia dice que cuando Tarif ben Malluk desembarcó en las playas de Tarifa y realizó su primera razzia por las tierras del sur de España, don Rodrigo se hallaba en el norte tratando de apaciguar a los vascos y reprimiendo los últimos vestigios de su antecesor, el rey Witiza ...

«El Rey Rodrigo -puede leerse en la Historia de España de Pericot- se hallaba a la sazón en Pamplona combatiendo a los rebeldes vascos, auxiliados éstos por los francos, y habiendo recibido noticia por el noble Wiliesindo de los acontecimientos que tenían lugar en Andalucía, se dispuso a marchar hacia el Sur, recogiendo a su paso a través de España cuantas fuerzas pudo allegar. Así incorporó una nutrida hueste que mandaba Sisberto, hermano o hijo de Witiza, predispuesto de antemano a la traición. Al conocer Tarif las disposiciones tomadas por Rodrigo, no obstante el considerable aumento que sus fuerzas experimentaron con la incorporación de numerosos elementos afectos a los witizanos, pidió contingentes armados al gobernador de África, Musa, que le envió cinco mil hombres...» 

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El hecho es que Rodrigo, conde de la Bética antes de asumir la Corona, abandonó el País Vasco y cruzó como un rayo España para enfrentarse al enemigo invasor en «su» Andalucía (bueno, lo del «al-Andalus» vino después y de boca árabe) y que esto se produjo en uno de los sectores del río Guadalete, allí donde las serranas aguas se detienen y embalsan por un fenómeno natural. Don Rodrigo hizo aquel viaje de norte a sur montado -¡cómo no!- en su fiel y ya famosa Orelia, la yegua negro azabache que, según la leyenda, le había regalado el mismísimo conde don Julián antes de la «afrenta del Tajo»; es decir, cuando Rodrigo se apoderó y abusó de la bella Florinda la Cava tras verla bañarse desnuda en las toledanas aguas del Tajo. Florinda era la hija del conde y estaba en la Corte por propio deseo del padre, que no quería perder su contacto con la cultura y el boato de la capital del reino.

Aquel día de julio, Rodrigo se presentó en el campo de batalla vestido con sus mejores galas, e igual hizo con Orelia, a quien había mandado ensillar con una fastuosa silla cuajada de esmeraldas y unos «arreos» de oro y brillantes... «Orelia caracoleaba como una reina -dicen las leyendas- y orgullosa de ser el centro de las miradas ...»

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Frente, curiosamente, hacía otro tanto un hermoso animal, bayo oscuro, de patas largas y fuertes, que acababa de cruzar el estrecho y llevaba sobre sí al bereber Tarif ben Malluk (y del que hablaremos en el siguiente capítulo), el «jefe» del ejército invasor en aquella jornada histórica.

O sea, dos hombres, dos ejércitos... y dos caballos como protagonistas de un sólo acontecimiento: la batalla del Guadalete. Orelia y Al-Lakko. La yegua cristiana y el caballo musulmán, la Cruz y la Media Luna frente a frente.

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«El domingo 19 de julio -cuenta la Historia- dio comienzo la batalla entre musulmanes y visigodos, atacando las huestes de Rodrigo a los invasores y tratando de atraerles a la llanura para que entrando en acción la Caballería visigoda, reconocidamente superior a la enemiga, alcanzara completa victoria. Terminó el día sin que el combate se hubiera decidido a favor de ninguno de los contendientes. Al reanudarse la lucha al amanecer del lunes, hallóse Rodrigo con que las fuerzas de su ala derecha, mandadas por Sisberto y algunos otros contingentes, habían hecho defección pasándose al enemigo ... Pero ello no le amilanó, sino al contrario. Porque entonces Rodrigo se lanzó con desesperada fiereza contra el enemigo, lo cual, sin embargo, no sirvió para contener la huida y el desorden de sus tropas ni para evitar la victoria de Tarif...»

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¿Y qué fue de don Rodrigo? Según unos, el último rey visigodo cayó heroica­ mente en el combate. Según otros, Rodrigo consiguió escapar y refugiarse con algunos de los supervivientes en la extremeña Mérida... Aquí la leyenda domina a la Historia y existen versiones para todos los gustos.

Sin embargo, en una cosa coinciden la leyenda y la Historia: en que allí, en los lodazales del río Guadalete, o tal vez en las encharcadas aguas de la laguna de la Janda, quedó muerta y asaetada la bellísima Orelia, la yegua del rey, aquella que entró en combate con bridas de oro, silla de esmeraldas y faldón bordado en diamantes. El animal símbolo de una España que fenecía víctima de la división, los enfrentamientos fratricidas y la traición...

Mientras, enfrente, otro bello animal relinchaba de ímpetu victorioso... como símbolo de la España que nacía. Orelia dejaba paso a Al-Lakko. La Cruz cedía ante la Media Luna proveniente del desierto. Alá y Mahoma juntos en un mismo estandarte... ¡Aquel estandarte que siete siglos y pico más tarde caería a los pies de los caballos de Isabel y Fernando! 

"AL-LAKKO"

EL CABALLO DE TARIF

Después de Guadalete -y dada la ruina que vivía la monarquía visigoda-, Tarif, el jefe de aquel primer ejército árabe, quedó dueño y señor del campo de batalla y libre para conquistar Andalucía y España entera... porque lo que había quedado en la retaguardia de don Rodrigo todo era una mezcla de descontento, división y apatía.

Así que sin pérdida de tiempo, e incluso contraviniendo las órdenes de su jefe inmediato, el gobernador de Marruecos, Musa ben Nusayr, lanzó a sus jinetes hacia el interior en dirección norte. Primero hasta Écija, donde se había refugiado parte del deshecho ejército cristiano (el grueso de los vencidos llegó huyendo hasta Mérida); después, hacia Córdoba, a la que ni siquiera dio categoría personal y mandó ocuparla al liberto Mugith (octubre del año 711), y en línea directa hasta Toledo, la capital del reino visigodo, que cayó en su poder sin resistencia alguna, quizá por la huida del primado de la Iglesia española, el obispo Sinderedo, y toda la nobleza y sus gentes.

Según la leyenda -y casi todo es leyenda en estas páginas de nuestra Historia-, Tarif entró en Toledo montado en su caballo al-Lakko («el del lago») y al frente de su ya famosa caballería. Naturalmente, de aquel caballo apenas han quedado noticias fidedignas, pero todo hace suponer que era de origen bereber y tal vez «nieto» de los llamados «caballos del desierto». Otras leyendas aseguran que Tarif, ya ensoberbecido por sus victorias relámpagos, tuvo la osadía de entrar en el palacio real y subir hasta las dependencias de la reina Egilona (la mujer de don Rodrigo) sin bajarse de su también arrogante e indómito caballo.

Pero la Historia no se detiene en estos detalles. Sí lo hace, en cambio, en lo que sucede a su alrededor. Se sabe, por ejemplo, que inmediatamente después de Guadalete llegó a España un segundo ejército árabe, ya mandado por el propio gobernador de Marruecos, el general Musa ben Nusayr, y que fueron estas tropas (12.000 jinetes y 6.000 soldados de a pie) las que tomaron Sevilla y Mérida antes de encontrarse con los dominadores de Toledo. Musa tomó entonces el mando general e incluso castigó a Tarif golpeándole con su látigo por no haber cumplido fielmente sus órdenes de esperarle junto a la costa (o tal vez, dicen otras fuentes, por orgullo y envidia). A partir de ese momento comenzó realmente la conquista de España, pues los jinetes árabes y sus monturas parecían empujados por el viento en todas direcciones: Guadalajara, Zaragoza, Burgos, León, Galicia, Granada, Almería, y lo que andando el tiempo sería Cataluña fueron cayendo bajo el imperio de la Media Luna apenas sin lucha.

Después, ya en el año 714, Musa fue llamado a Damasco por el califa Al-Walid para «rendir cuentas» y con él viajó asimismo Tarif (aquí habría que extenderse para concretar si fue Tarif ben Malluk o Tarif ben Ziyad, los dos personajes clave en la batalla del Guadalete), quedando en España como «emir dependiente» Abd-al-Aziz­ ibn Musa (es decir, el hijo del general Musa), con la doble misión de terminar la conquista y pacificar las tierras ya dominadas.

Por cierto, que en torno a este príncipe árabe existen también miles de leyendas. Una de ellas asegura que Abd-al-Aziz quedó tan prendado de la reina viuda nada más verla que en cuanto pudo la transformó en su esposa y en la madre de su primer hijo. Los cronistas árabes llaman a esta princesa Ailo y los españoles, Egilona; pero la verdad es que, se llamara de una u otra manera, al convertirse al Islam adoptó el nombre de Umm Asim (o sea, la madre de Asim). Otra leyenda habla de que Egilona reinó en Sevilla junto a Abd-al-Aziz hasta que éste fue asesinado por un tal Ziyad ben Udhra, y como consecuencia de la denuncia de otra dama sevillana, envidiosa del poder de la antigua reina visigoda.

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Curiosamente, parece ser que fue durante los últimos días de Abd-al-Aziz cuando se acuñaron las primeras monedas con el término «al-Andalus» (que en un principio se refería a toda la «Hispania» o «Spania» conquistada por los árabes y que luego quedaría como nombre definitivo de la región meridional).

Pero ¿y qué fue de Tarif? Sencillamente, que la Historia se lo «traga» en Damasco, ya que una vez muerto Musa ben Nusayr nunca más se le vuelve a mencionar. Al parecer, el vencedor de Guadalete, desilusionado y lleno de «morriña» por su amada Toledo, murió cuando intentaba regresar a España. En cambio, se sabe que al-Lakko, su caballo, al que dejó en Sevilla al embarcarse para Oriente, fue a parar a una yeguada de «al-Mada'in» (nombre que se daba entonces a las marismas del Guadalquivir) y que allí terminó sus días como semental. Ibn Hayyan asegura que esas yeguadas llegaron a encerrar en tiempos de Almanzor 3.000 yeguas de vientre y 100 sementales, lo cual no debe sorprender si se tiene en cuenta que el ejército califal estaba formado en la proporción de tres jinetes por dos infantes. Según las fuentes más fidedignas, para una campaña por tierras enemigas se formaba un ejército de 40.000 a 50.000 jinetes y de 20.000 a 30.000 infantes. En 1002, el famoso Almanzor formó un ejército todo de caballería y además llevó 700 caballos sin jinete y 50 pura sangre para su uso personal... y todavía -asegura el mismo Ibn Hayyan- pudo dejar en Córdoba otros 1.000 recién llegados del norte de África (lo que demuestra que los árabes españoles nunca dejaron de importar caballos del otro lado del estrecho). Posteriormente, y cuando el ímpetu guerrero pasó otra vez de la Media Luna a la Cruz, los cristianos harían la Reconquista a lomos de animales árabes, pues no en vano muchas de las «correrías» de castellanos, leoneses y aragoneses se hicieron con el único objetivo de «robar» caballos a los jefes de los reinos de taifas.

Sobre estas «correrías» de moros y cristianos por tierras de «nadie» o en campo enemigo existen multitud de leyendas y alguna historia real, pero a quien esto escribe le encanta la de aquel conde de Cabra (o señor de Lucena) que en cierta ocasión se jugó la vida por apoderarse del caballo del qaid-al-ainna (comandante en jefe de la caballería) de un rey granadino. Según esta leyenda, el caballero cristiano tuvo que entrar disfrazado hasta las mismísimas «caballerizas» de la Alhambra y «robar» el animal con la ayuda de una princesa a la que previamente había conquistado y enamorado. Princesa que luego le devolvería su «engaño» huyendo a galope tendido y tras haberle traicionado con su propio hijo. 

(Agradecimiento. Por su ayuda inestimable para la realización técnica de esta serie no tengo más remedio que dar las gracias a José Manuel Nieto Rosa, un verdadero experto en informática y digitales.)