Es curioso que España sea un país de indudable influencia del catolicismo en su cultura y que, sin embargo, no haya experimentado ese fenómeno de los “escritores católicos” que se da en Francia y en otros países europeos. Pueden citarse los nombres clásicos de Claudel, Mauriac, Bernanos, Chesterton, Belloc, Sigrid Undset… En España, en cambio, tenemos dos extremos: el escritor clerical, normalmente sacerdote (el padre Martín Descalzo) y, por otra parte, el intelectual cristiano, influido, como no puede ser menos, por sus ideas y creencias  religiosas, pero que no “ejerce” públicamente -aquí está el matiz diferenciador-  como cristiano, al menos no lo hace de una forma muy visible.  Algunos de los que engrosan este grupo son grandes nombres de la cultura española (Joan Maragall, Delibes, Jiménez Losantos, Julián Marías, entre otros muchos) o figuras realmente egregias (Zubiri). Se puede añadir otro grupo: aquellos en los que sus creencias se identifican excesivamente con cuestiones ideológicas (Pemán, Maeztu). Si se busca en cualquier manual o artículo información, por ejemplo, de François Mauriac o Gabriel Marcel, no será extraño que comience el texto diciendo “escritor [o pensador] francés católico…” En cambio si se busca a Delibes o a Zubiri, será raro encontrar referencias a sus creencias. ¿A qué se debe este rasgo específico en la cultura hispana? La respuesta a este interrogante escapa a los límites de este artículo. Apunto una posible causa: en España el catolicismo ha estado (subrayo el carácter pasado) tan omnipresente en la cultura y en la vida social, que, al ser tan general, deja de suponer un carácter distintivo.

En este contexto considero digna de atención la novela La marea de Gironella, publicada en 1948[1]. Su autor es un nombre casi desaparecido hoy de la escena literaria y, sin embargo, en un tiempo fue el  autor del que quizá ha sido el primero y uno de los mayores best sellers de la literatura española, la trilogía sobre la guerra civil, compuesta por Los cipreses creen en Dios (1953), Un millón de muertos (1961)  y Ha estallado la paz (1966). Fue en su tiempo el primer escritor español en tener ventas millonarias y alcanzó un éxito y fama tan fulgurantes como su olvido actual. Sic transit gloria mundi. Escrita después de su primera novela, Un hombre (1946), ganadora del premio Nadal, y antes de Los cipreses, quizá La marea sea una de sus obras más desconocidas y menos citada.

Se trata, sin embargo, de una obra singular por varias razones. Aparte de sus aspectos literarios y estilísticos, supone una penetrante comprensión del fenómeno del nacionalsocialismo. Da la sensación la novela de una gran distancia, como si hubiese sido escrita muchos año después y/o por un escritor ajeno a los debates ideológicos de la época.  Pero hay que tener en cuenta que su fecha de publicación dista sólo tres años del final de la guerra y de la estrepitosa derrota del nazismo. Además, Gironella se incorpora voluntariamente al bando nacional, aunque no fue nunca una persona bien instalada en el franquismo (pero esa es otra historia).

¿Qué visión podía tener un franquista en los años 40 del nazismo? Hoy la  condena de esta ideología es un punto poco discutible, pero si nos situamos en la España vencedora de la guerra civil en los años 40, no es una cuestión tan obvia. El acercamiento diplomático a la Alemania nacionalsocialista, con la gran figura política de Serrano Súñer, el envío a Rusia de la División Azul, el entusiasmo de algunos intelectuales, como  Giménez Caballero y de otros que luego evolucionaron[2].  Hay muchos datos que me hacen pensar que no era tan fácil, para un español del bando nacional en los años 40, tener una idea tan clarividente del nazismo, un fenómeno histórico sobre el que tan poca distancia y tan poca perspectiva se podía tener en 1948.

Y el escritor gerundense la tiene. En la novela hay una comprensión profunda de este fenómeno que, a mi entender, por encima de sus valores narrativos y estilísticos, es lo más valioso de la obra.

La narración se articula en torno  a tres personajes principales.  

Adolfo Stolberg, brillante arquitecto, profesional y personalmente al alza, es el arquetipo del ciudadano bien instalado en la sociedad, que comulga con unos valores que le sirven como escala para ascender socialmente, aunque lo hace sin extremismos, sin marcharse las manos. Lo que hoy llamaríamos un neoconservador. Es el típico ciudadano que  nunca se mancharía las manos con  la sangre de las víctimas, pero tampoco movería un dedo por salvarlas, si eso supone un riesgo para su vida o su posición. Considera estos crímenes, como efectos secundarios de una causa mayor, como una fatalidad social que no tiene solución.

Su hermano Gustavo Stolberg contrasta fuertemente con él;  es más inseguro, más sensible, más artista, poeta y amigo del alcohol. No tiene bien definidas sus ideas políticas y religiosas. Un día entra casualmente en una iglesia (luego se enterará que era católica) y oye a una muchacha que toca a Bach. Aquello abre una nueva perspectiva en su vida. Es como una especie de conversión. Se enamora de aquella joven, Wanda, que es  una  católica de origen polaco. Ahí se abre una nueva perspectiva para su vida. Desde lo estético va a ir profundizando en lo ético y, al final en lo religioso. Impiden su matrimonio por la deficiente salud de ella y  termina muriendo, sacrificada a  los experimentos médicos del doctor Paltz.  Que traten a su amada como una cobaya de laboratorio provoca en él una verdadera conmoción y un choque con su propia familia. Gustavo va a ir evolucionando  espiritualmente hasta convertirse a la fe y en un enemigo del nazismo, hasta el punto de participar en un sabotaje fallido, que intenta dar un golpe de mano dentro del mismo campo nazi.

El tercer elemento de esta tríada es Enna, la esposa  de Adolfo, es una mujer bella, inteligente, ambiciosa;  tiene todas las cualidades para escalar puestos en aquel mundo. Convencida de forma lúcida y total de las ideas nazis, sin un atisbo de duda o debilidad. Llega a un alto cargo en la estructura del partido y se convierte en la amante de un importante jerarca nazi, con quien quiere tener un hijo para seguir extendiendo esta raza privilegiada.

Apunto unos cuantos rasgos de la ideología nacionalsocialista que se deducen de la narración.

Primero lo que podemos llamar el naturalismo, la valoración de lo físico, lo biológico; la veneración  por la salud y la fuerza. La debilidad corporal, la  salud deficiente es considerada como una lacra física y moral. La filosofía de Nietzsche sin duda está detrás de estas ideas. Adolfo está obsesionado por la salud, por los ejercicios respiratorios; practica el nudismo. Igualmente Enna, considera el vigor físico con el más importante de los valores. Todos consideran normal que se sacrifique a Wanda, la novia de Gustavo, por su naturaleza enfermiza y débil.

Los intereses  del Estado y del Partido (que en esta ideología son los mismos) son los intereses supremos a lo que debe estar supeditado todo lo demás. El valor de la cada vida, sobre todo de los más vulnerables, queda en entredicho; depende en última instancia de los valores supremos del Estado-Partido. El doctor  Palt, eminente científico  que experimenta fríamente con seres humanos, justifica así, ante su novio Gustavo, el sacrificio de la polaca católica Wanda: “La orden es utilizar, en lo posible, vidas no alemanas”[3].

Todo este gran edificio social, político, espiritual, toda este gran proyecto de hombre nuevo y sociedad nueva termina en un gran desastre, no sólo político y militar (la pérdida de una guerra con las enormes consecuencias que eso conlleva), sino personal. El proyecto personal y existencial de cada uno personaje principales se encuentra  con un vacío, con un sinsentido que demuestra que tanta fortaleza aparente era una débil apoyatura, que tanta energía, tanta seguridad era un pobre andamiaje que se derrumba con la primera ráfaga de aire. Adolfo ve como un hombre triunfador como él experimenta la humillación de que su mujer lo abandone abiertamente y que, además, el amante de ella, un gran jerarca nazi, se muestre totalmente indiferente ante este tema, que para él es secundario. Se sume en la ruina psicológica  y física y termina su vida de forma dramática. Enna sufre su embarazo y aborto ante la total indiferencia del amante y abandonada de su marido. También su final es trágico.

La raíz del problema es espiritual, religiosa: es cambiar la jerarquía de las cosas y poner a Dios y su Ley en último lugar.  La encíclica de Pío XI Mit Brenneder Sorge, publicada en 1937 (cuando todo este proceso está en sus inicios, lo que la convierte en una profecía) deja claro que: 

 

“Si la raza o el pueblo, si el Estado (…) tienen en el orden natural un puesto esencial y digno de respeto, con todo, quien los arranca de esta escala de valores terrenales elevándolos a suprema norma de todo, aun de los valores religiosos, y, divinizándolos con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios” ( párrafo 12).

 

El mítico y todopoderoso Estado-Nación-Partido  no puede sustituir a Dios:

 

“Solamente espíritus superficiales pueden caer en el error de hablar de un Dios nacional, de una religión nacional, y emprender la loca tarea de aprisionar en los límites de un pueblo solo, en la estrechez étnica de una sola raza, a Dios, creador del mundo, rey y legislador de los pueblos” (15).

 

El papa Rati, con su vista de águila, habla de un “neopaganismo” (17), basado en “el mito de la sangre y de la raza” (20).

 

Hay una escena en la novela que indica cuál la clave del problema espiritual que se plantea. Gustavo enloquece cuando sabe a que su amada la han sacrificado con fines científicos (“ha sido abierta en canal por el doctor Paltz, luego la han incinerado”[4]). Tiene una tensa discusión con su familia y, en especial, con su cuñada Enna, que una nazi químicamente pura.  Adolfo, equidistante, le dice a su mujer: “En el fondo tu clasificas las vidas en superiores e inferiores…”[5] Ella reconoce que esto es cierto. Gustavo, conteniendo su cólera, pregunta a Enna por qué han elegido a Wanda y no a otro, cómo se clasifica a las personas en superiores inferiores.  “¿Quién  -exclama Gustavo- es el Clasificador Universal?”[6]. Esta pregunta deja al descubierto la falta de fundamento de esta ideología demente. Lo que sostiene a  este edificio no es más que un simple voluntarismo humano, en realidad arbitrario. Si hay un fundamento es trascendente; si hay un Clasificador Universal, es Dios.

Desconozco si Gironella  ha leído  estos textos magisteriales (lo que no es improbable), pero su óptica está impregnada de estas ideas. No escribe, desde luego,  una novela de tesis católica donde haya buenos y malos  y los segundos se condenan; es algo más: una novela que se hace desde el punto de vista católico, comprendiendo el problema en toda su profundidad, con una gran amplitud de miras histórica y espiritual; es decir, comprendiéndolo, en última instancia, en su dimensión religiosa.

 

[1] Uso la edición de  la popular colección Reno, Barcelona, Plaza & Janés, 1980, 9ª ed. La 1ª edición se publica en Revista de Occidente. Igual que su primera novela, no tiene demasiado éxito de ventas. Ortega y Gasset le aconseja al autor que viaje, ya que el atraso cultural de España tiene una de sus causas en que los españoles viajamos poco. Gironella se va a vivir a París, donde comienza a trabajar en su famosa trilogía.

 

[2] Entre numerosos ejemplos que podrían aportarse cito al gran médico y humanista Pedro Laín Entralgo, autor de Los valores morales del Nacionalsindicalismo, (publicada en 1941, todavía en la euforia del bando vencedor), que luego, como otros compañeros, va a evolucionar a otros horizontes ideológicos (véase su Descargo de conciencia, de 1976).

[3] Ed. cit., p. 100.

[4] Ed. cit., p. 102.

[5]  Ed. cit., p. 103.

[6] Íbid.