A más de dos años del incendio de la Catedral de Notre Dame aún no sabemos cuáles fueron sus causas. Pero el hecho consumado allí está, no hay marcha atrás y el mundo sigue girando. Un suceso trágico y simbólico cuando se ve arder en llamas la imagen misma de Occidente. En ese mismo lugar, un 21 de mayo de 2013 se quitaba la vida Dominique Venner, escritor, historiador, hombre de acción y referente identitario europeo. Otro hecho consumado e igual de simbólico.

Me suicido para despertar las conciencias dormidas. Me sublevo así contra la fatalidad”. Su acto fue trascendente, una llamada de atención trágica y estremecedora, un mensaje desesperado impreso de manera indeleble en la memoria de los sobrevivientes a la decadencia que Venner no pudo soportar.  Una muerte paradójicamente vitalista que culmina en la desaparición física, pero que perdura metafísicamente. También ha sido una paradoja inmolarse por Europa y su tradición, con su suicidio en uno de sus lugares más sagrados. Nunca ha sido fácil de entender, ni lo será. Imposible también no recordar que hacíamos y donde estábamos cuando nos enteramos de lo que sucedido, como cuando ocurre un auténtico hecho histórico que marca un antes y un después.   

Un suicidio en un templo sagrado cristiano es una profanación. No se puede compartir el hecho ni su decisión de inmolarse, pero sí podemos entender su motivación por el insoportable sufrimiento que provocó ver el derrumbe de toda una Civilización. Su acto ha sido como un hito trágico que nos recuerda la importancia de no olvidar el legado de cultura y tradición eterno a preservar y continuar.  

Venner dejó como testamento el libro “Un samurái de Occidente”, un breviario, en sus propias palabras, y siete consejos prácticos para existir y transmitir, como un anexo.  Existir y transmitir se resumen como la clave para la supervivencia y la continuidad de la identidad milenaria de la cultura europea.

En él puede leerse: “Ya está, ya he dicho todo, o casi todo, lo que me asquea hoy más que nada y me convierte en un insumiso. Añado inmediatamente que tengo otros motivos para revolverme y no someterme a este mundo que nos han creado: sex, fun and money, Confieso mi asco hacia la impostura satisfecha de los poderosos e impotentes señores de nuestra decadencia, corruptos hasta la médula, serviles ante los verdaderos poderes y las nuevas mafias. Sí, los soberbios o lamentables dueños de la prensa y la publicidad, de las religiones, la política o la finanza, me inspiran más desprecio que revuelta. Revolverse sería reconocerles una importancia de la que carecen. Antaño, me alcé contra un hombre cuya política me parecía nefasta, pero aquel personaje, por odioso que me pareciese en su momento, era verdaderamente grande. Hoy delante de esos enanos pretenciosos y malhechores, soy un insumiso. Hablando claramente, “no marco el paso”. Hace tiempo ya que no creo en los discursos melosos y moralizantes, que esconden estafas devaluadas”.

Como arquetipo y modelo de insumisión tuvo a la figura del grabado de Albert DureroEl Caballero, la Muerte y el Diablo” (1513), reproducida en la portada de su libro. “La imagen del estoico caballero me ha acompañado a menudo en mis revueltas. Es verdad soy un corazón rebelde y no he dejado de alzarme contra la fealdad invasora, la bajeza ascendida al rango de virtud y la mentira alzada al rango de verdad. No he dejado de alzarme contra aquellos que, delante nuestro, han querido la muerte de Europa, civilización, pueblo y potencia, sin la que no sería nada”.

Como señala en su prefacio Alain de BenoistDominique Venner se sentía, evidentemente, hermano de aquel gran insumiso que ha cruzado el tiempo y aún nos habla. Sin embargo, él, que pensaba que las grandes civilizaciones constituyen “planetas diferentes”, no duda en presentarse también como in “samurái de Occidente” un adepto a los principios del Bushido”. Como el Caballero de Durero, Venner fue otro estoico insumiso que también nos habla hoy más allá del tiempo.

Existir es combatir aquello que me niega” afirmó, y nos advirtió de la invasión programada a nuestras ciudades, remplazo poblacional y la negación de la memoria e identidad europea, revelándose ante ello y también rechazando el fatalismo histórico. Cuando advierte de que Europa está “adormilada” lo hace con la certeza de su despertar. Y esa esperanza es vital frente a la actual degradación espiritual y material del mundo.

El italiano Marcello Veneziani definió a la trágica determinación de Venner como un ejemplo de esa “cultura heroica de la desesperación, la épica, la ética y la estética de la revuelta contra el mundo moderno, su decadencia y sus ruinas. Rebeldía heroica y nostálgica, pero generalmente destinada a la derrota, al testimonio solitario; heroísmo que se convierte en martirio”. Esta reflexión nos sirve también para ver que más allá de ese “martirio” hay continuidad, que la Historia no se detiene y que no hemos llegado al final de la partida. Dominique Venner, al igual que Yukio Mishima, despierta y merece todo respeto y admiración, pero no debe ser emulado su final, ni ser un ejemplo.

Dominique Venner fue un hombre de honor con un sentido trágico acerca de la vida y la civilización. En la derrota también hay nobleza espiritual y dignidad, y eso lo ha sabido transmitir en sus obras y su vida. La insumisión fue su signo hasta el final. No dejó respuestas ni formulas salvíficas, ni ejemplos ni consejos ante la decadencia, sino la paradoja de entregar su vida en clave vitalista y su amor infinito por la Civilización, la nuestra, la que merece defenderse, ser conservada y transmitida. En definitiva, por nuestra Tradición e Identidad.