Seguimos con la serie "Los caballos de la Historia", que está escribiendo para "El Correo de España" Julio Merino. Hoy habla de los caballos de don Miguel de Cervantes y "Rocinante", el caballo de don Quijote.

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LOS CABALLOS DE

DON MIGUEL DE CERVANTES

Me voy a apartar de la senda histórica para irme de lleno al mundo de la ficción y la «locura caballeril»... Es decir, al mundo del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, que creó y glorificó don Miguel de Cervantes Saavedra. Fue en julio cuando Alonso Quijano el Bueno inició su primera salida montando en Rocinante...

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«Hechas, pues, estas prevenciones no quiso aguardar más tiempo a poner en efecto su pensamiento, apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según era los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que enmendar, y abusos que mejorar y deudas que satisfacer. Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención y sin que nadie le viese, una mañana antes del día, que era uno de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza y, por la puerta falsa de un corral, salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo.»

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Pero, antes de montarnos nosotros también en el príncipe de los caballos literarios, quiero recordar a los lectores tres cosas, sobremanera importantes: 1) Que Cervantes cita a Rocinante exactamente 181 veces (113 en la primera parte y 68 en la segunda) y que la famosa novela no podría sostenerse en pie sin la presencia de tan singular caballo... Quizá por aquello de que «caballero» viene de «caballo» y que sin éste no hubiera podido existir el caballero Don Quijote de la Mancha. 2) Que, curiosamente, Rocinante aparece antes que el mismísimo Sancho Panza (16 veces le cita el escritor en el transcurso de la primer salida) y que a lo largo de la obra es el rocín quien dirige los pasos del caballero y su escudero y quien mantiene el mayor afecto de Don Quijote...

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«Dichosa edad y siglo dichoso aquél adonde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser cronista de esta peregrina historia. Ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno mío en todos mis caminos y carreras.»

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...Y 3) que Miguel de Cervantes fue no sólo un gran lector de las «novelas de caballería» y, por tanto, un gran conocedor del «mundo caballeresco» de la Edad Media, sino también un amante de los caballos y su historia... como lo demuestran sus descripciones equinas y sus continuas citas de algunos caballos célebres, el que más el Babieca del Cid...

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«El nombre -escribe cuando está queriendo bautizar a Clavileño- no es como el caballo de Belerofonte, que se llamaba Pegaso; ni como el del Magno Alejandro, llamado Bucéfalo; ni como el del furioso Orlando, cuyo nombre fue Brilladoro; ni menos Bayarte, que fue el de Reinaldos de Montalbán; ni Frontino, como el de Rugero; ni Bootes ni Peritoa, como dicen que se llaman los del Sol, ni tampoco se llama Orelia, como el caballo [no era una yegua, como ya vimos en su momento] en que el desdichado Rodrigo, último rey de los godos, entró en la batalla donde perdió la vida y el reino.»

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Respecto a su admiración por Babieca, baste recordar aquellos versos que comienzan diciendo «Soy Rocinante el famoso, bisnieto del gran Babieca, aquél que por pecados de flaqueza fue a poder de un Don Quijote...» o el «Diálogo entre Babieca y Rocinante», que, en forma de soneto, dice así:

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B. -¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?

R. -Porque nunca se come y se trabaja.

B. -Pues, ¿qué es de la cebada y de la paja?

R. -No me deja mi amo ni un bocado.

B. -¡Anda, señor, que estás muy mal criado!

pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.

R. -Asno se es de la cuna a la mortaja.

¿Queréislo ver? Miradlo enamorado.

B. -¿Es necedad amar?

R. -No es gran prudencia.

B. -Metafísico estáis.

R. -Es que no como.

B. -Quejaos del escudero.

R. -No es bastante. ¿Cómo me he de quejar en mi dolencia, si el amo y escudero o mayordomo son tan rocines como Rocinante?

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El hecho es que para Cervantes el caballo es un personaje más (como para Home­ ro en su Ilíada o para Shakespeare en su Ricardo III) y que cuando piensa y crea a Don Quijote lo hace en unión de Rocinante... ¿No es curioso comprobar que en su «primera salida», precisamente en la que le arman «caballero», su único acompañante sea el rocín que ya ha transformado en «gran caballo»?...

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«Fue luego a ver su rocín y, aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela que Tanum pellis et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro, ni Babieca, el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque -según se decía él a sí mismo- no era razón que caballo de caballero tan famoso y tan bueno él, por sí, estuviese sin nombre conocido; y así procuraba acomodársele de manera que declarase quién había sido antes que fuese de caballero andante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre; y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba; y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante, nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.»

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Y así fue como entró Rocinante en el más bello relato novelesco que conocieron los siglos y cómo se puso a la altura o superó a los más grandes caballos reales de la Historia. Aunque de todo esto y de las mil aventuras que vivió con Don Quijote de la Mancha y Sancho Panza tendremos que hablar en otro capítulo... pues no en vano el autor puso este epitafio en la sepultura del personaje:

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Aquí yace el caballero

bien molido y mal andante

a quien llevó Rocinante

por uno y otro sendero.

 

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"ROCINANTE"

EL CABALLO DE DON QUIJOTE

Antes de hablar de Rocinante hay que decir, para que no se olvide, que Don Quijote de la Mancha es, entre otras cosas o en último término, una novela de caballerías en la que viven y se reflejan los grandes ideales de aquel mundo medieval de los caballeros andantes, los escuderos y los caballos... y que todavía cuando Cervantes está escribiendo su obra, allá en América, al otro lado del mar Verde (como se conoció durante siglos al océano Atlántico), los hidalgos españoles siguen realizando la «aventura quijotesca» más grande que conocieron los hombres. Porque ello es fundamental para centrar y comprender la importancia de Rocinante en la famosa novela.

Decíamos en el capítulo anterior que Rocinante aparece incluso antes que Sancho Panza y que él es el gran testigo de la «armadura de caballero» del personaje. Pero, ahora, ya, vamos a decir de la mano del propio Cervantes (repasar el capítulo III de la segunda parte) que Rocinante fue desde el primer momento un símbolo...

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«-Eso no -respondió el bachiller Sansón-; porque es tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella [se refiere a la novela]: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gente, que apenas han visto un rocín flaco, cuando dicen: "Ahí va Rocinante"...»

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Rocinante es, por encima de todo, el símbolo del «caballo desconocido», de esos miles y millones de animales sin nombre que hicieron posible la supervivencia del hombre, el avance de la humanidad, el triunfo o el retroceso de las civilizaciones, la ruptura de las fronteras... desde la servidumbre leal, el esfuerzo cotidiano, la entrega hasta el agotamiento y el callado sufrimiento. Rocinante no es el caballo bien comido, bien cuidado y ejemplar capaz de engendrar «puras sangre», sino el que «tenía más cuartos que un real» y más huesos a la vista que un esqueleto de no probar la cebada.

Y, sin embargo, ahí está, presente en toda la obra y con tanta o más fuerza que los personajes humanos. Porque ¿cómo habría podido embestir Don Quijote a los molinos de viento sin ir montado en Rocinante?...

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«Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo galope de Rocinante y embistió contra el primer molino que estaba delante...»

 

¿Y cómo se habría podido celebrar la «estupenda batalla» que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego sostuvieron en el camino de Puerto Lápice, aquél sobre una mula «de las malas de alquiler» y éste sobre el flaco Rocinante?

Curiosa es la escena que describe el autor en el capítulo XV, donde se cuenta «la desgraciada aventura que se topó Don Quijote en topar con unos desalmados yangüeses»... porque en ella aparece un Rocinante inédito:

 

«No se había curado Sancho de echar sueltas a Rocinante -escribe Cervantes- seguro de que le conocía por tan manso y tan poco rijoso, que todas las yeguas de la dehesa de Córdoba no le hicieran tomar mal siniestro. Ordenó, pues, la suerte, y el diablo -que no todas veces duerme-, que andaban por aquel valle paciendo una manada de hacas galicianas de unos arrieros yangüeses, de los cuales es costumbre sestear con su recua en lugares y sitios de yerba y agua, y aquel donde acertó a hallarse Don Quijote era muy a propósito de los yangüeses. Sucedió, pues, que a Rocinante le vino en deseo de refocilarse con las señoras hacas, y saliendo, así como las olió, de su natural paso y costumbre, sin pedir licencia a su dueño, tomó un trotico algo picadillo y se fue a comunicar su necesidad con ellas, que, a lo que pareció, debían de tener más ganas de pacer que de él, recibiéronle con las herraduras y con los dientes, de tal manera, que a poco espacio se le rompieron las cinchas, y quedó sin silla, en pelota. Pero lo que él debió más de sentir fue que, viendo los arrieros la fuerza que a sus yeguas se les hacía, acudieron con estacas, y tantos palos le dieron que le derribaron mal parado en el suelo...»

 

¿Y no vive Don Quijote el manteo de Sancho en la venta a lomos de Rocinante?

 

«Probó a subir desde el caballo a las bardas; y así, desde encima del caballo, comenzó a decir tantos denuestos y baldones a los que a Sancho manteaban, que no es posible acertar a escribirlos...»

 

Otras veces Cervantes se burla injustamente del pobre y flaco animal...

 

«En estos coloquios y otros semejantes -escribe en el capítulo XX- pasaron la noche amo y mozo; mas viendo Sancho que a más andar se venía la mañana, con mucho tiento desligó a Rocinante y se ató los calzones. Como Rocinante se vio libre, aunque él de suyo no era nada brioso, parece que se resintió, y comenzó a dar manotadas; porque corvetas -con perdón suyo- no las sabía hacer...»

 

E incluso piensa en cambiarle por otro, como dice Don Quijote cuando la aventura de los dos ejércitos (el de las ovejas y los carneros): «Lo que puedes hacer dél [se refiere al asno de Sancho] es dejarle a sus aventuras, ora se pierda o no; porque serán tantos los caballos que tendremos después que salgamos vencedores, que aun corre peligro Rocinante no le trueque por otro...».

Sin embargo, hay un momento muy bello entre caballero y caballo; es aquel del capítulo XLIX en que al verse libre Don Quijote le dice a Rocinante:

 

«-Aun espero en Dios y en su bendita Madre, flor y espejo de los caballos, que presto nos hemos de ver los dos cual deseamos: tú con tu señor a cuestas; y yo, encima de ti, ejercitando el oficio para que Dios me echó al mundo.»

 

En fin, así podríamos seguir cien páginas más si no fuese por la limitación del espacio y la presencia de los otros caballos famosos que esperan. Baste decir como colofón que Rocinante está presente hasta el final de la historia, cuando ya se muere el bueno de Alonso Quijano en contra de la voluntad del fiel escudero:

 

«-¡Ay! -respondió Sancho llorando-. No se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía...» 

(Agradecimiento. Por su ayuda inestimable para la realización técnica de esta serie no tengo más remedio que dar las gracias a José Manuel Nieto Rosa, un verdadero experto en informática y digitales.)