Atendiendo al número de buques y hombres enfrentados a lo largo de la historia de la humanidad en batallas navales, hay tres que se llevan la palma: Salamina, que enfrentó a griegos y persas en 480 a.C; la de Actium, en la que lucharon los partidarios de Marco Antonio por un lado y los de Octavio por el otro en 31 a. C; y la de Lepanto en el año 1571 de nuestra era. Hay que destacar un detalle geográfico: las tres tienen lugar en el Mediterráneo oriental y las tres son decisivas para Occidente. Esto no es una casualidad, este mar es trascendente para la historia de la humanidad.

Efectivamente, como venía ocurriendo durante toda la historia, el mar Mediterráneo constituía un enclave estratégico de la máxima importancia para las potencias de ese entorno geográfico. Esta importancia se incrementaba notablemente a principios de la Edad Moderna por la apertura que suponía la implantación de las nuevas ideas renacentistas: aperturas políticas, mercantiles, científicas, culturales, diplomáticas… y, por supuesto, militares.

Pero, en el caso de España, el interés por este mar es incluso anterior, cuando Aragón inicia su expansión hacia Oriente, al terminar su Reconquista. Se afianza el dominio en el sur de Italia en la época de Fernando el Católico gracias, principalmente, a la figura del Gran Capitán. No obstante, el

Rey Fernando quiere asegurar igualmente el flanco Sur, es decir, el Norte de África. De hecho, en el Tratado de Tordesillas, a cambio de obtener soberanía sobre ciertas plazas africanas, cede a las aspiraciones portuguesas el hecho de trasladar al Oeste el meridiano divisorio de áreas de actuación entre Castilla y Portugal.

Posteriormente, tanto el Regente Cardenal Cisneros como el Emperador Carlos, mantienen esta política de control del Mediterráneo occidental. Se hace necesario asegurar enclaves puntuales como Melilla, Orán, Túnez... para la defensa de las costas levantinas españolas y del Sur de Italia contra los piratas berberiscos.

Por otra parte, el Ducado de Venecia había creado un imperio comercial que incluía el control de plazas en el Adriático (Zara, Ragusa...) y los Balcanes, y también algunas islas como Creta y Chipre. Este control era fundamental para su comercio con Oriente.

Durante la primera mitad del siglo XVI no se observan grandes amenazas para estas potencias. Es cierto que existe en la parte Oriental de nuestro mar otro imperio, el Otomano, pero su sultán, Solimán el Magnífico, no muestra excesivo interés a este teatro de operaciones; prefiere dirigir sus esfuerzos tierra adentro: Servia, Hungría… hasta Viena… Pero el Mediterráneo parece gozar de cierto statu quo relativamente aceptable para todos.

Hay que tener en cuenta una tercera fuerza occidental que son los Estados Pontificios, la Santa Sede, en el centro de Italia. Su potencia no reside en su capacidad comercial ni militar (aunque tampoco es despreciable), sino en su liderazgo espiritual sobre todos los países católicos. Esto le confiere una fuerza política de primer orden en el concierto internacional. Consciente de su obligación sagrada, mira con preocupación el auge que va adquiriendo la potencia turca, de religión musulmana.

Al morir Solimán, le sucede su hijo, Selim II, y esto hace que cambie sustancialmente la situación en todo el Mediterráneo en la segunda mitad del siglo XVI. ¿Por qué? Todos los sultanes, al subir al trono, tenían la obligación implícita de demostrar con campañas guerreras la inmensa gracia que suponía su nueva situación de dominio absoluto sobre su imperio. Estas campañas debían traducirse en un incremento territorial, engrandeciendo así a la nación otomana. Así, los turcos empiezan a mirar con más ambición al Mediterráneo.

En España quedan aún rescoldos de la época de las Reconquista, se produce la rebelión de los moriscos, una auténtica guerra interna de los descendientes de los musulmanes que quedaron en suelo español tras la conquista de Granada. Están disgustados con su situación de inferioridad dentro de la Monarquía Hispánica y son apoyados de forma más o menos soterrada por los turcos. Además, los piratas berberiscos, cada vez más en comunidad con el Imperio Otomano, incrementan sus ataques sobre las costas españolas e italianas.

La isla de Malta, donde están establecidos los Caballeros de San Juan (o de Malta), súbditos del Rey Felipe II, es atacada por una gran escuadra turca en 1565, cuando aún ostenta el sultanato Solimán. El ataque es apoyado con un fuerte componente terrestre y es rechazado, en gran medida, gracias a la actuación de los tercios, unidades de infantería española de gran eficacia y que gozaban del máximo prestigio, ganado de forma más que merecida a lo largo de su corta historia.

Es necesario tomar conciencia de la gravedad de la situación y comienza una política frenética de construcción de galeras en los dominios mediterráneos del rey Felipe; la galera era el barco de guerra específico del Mediterráneo desde tiempo inmemorial. Barcelona sobre todo, pero también Génova, Nápoles y Mesina se afanan en la construcción de estas naves.

Por otro lado, Venecia también ve amenazada su posición de privilegio en Oriente. Cada vez son más directas las indirectas que lanza la diplomacia turca en el palacio ducal de la Serenísima. Los convoyes comerciales de esta república italiana son presas frecuentes de los piratas musulmanes que operan en el mar Egeo con el beneplácito, como siempre más o menos soterrado, de la Sublime Puerta.

Ante esta nueva situación, es necesario tomar medidas. La amenaza es común y la actuación debe serlo también. Pero ¿quién tiene la capacidad de unir a diferentes potencias con intereses tan dispares? Evidentemente, aquella que, supuestamente, no tiene grandes intereses materiales pero si autoridad espiritual, la Santa Sede y su papa, Pío V, proclive a los intereses españoles. Así empieza a desarrollarse una intensa actividad diplomática en la que están implicados los Estados Pontificios, como aglutinante de las diferentes fuerzas, la Monarquía Hispánica, fuerza hegemónica mundial y la República Veneciana, implicada muy directamente en la nueva situación. Hay otras potencias menores como la República de Génova, el Ducado de Saboya y los Caballeros de Malta que participan en el empeño, pero están subordinadas o aliadas con la Monarquía Hispánica. Nadie más quiso unirse.

El punto crítico de no retorno para la formación de la Liga fue la invasión de Chipre por los turcos, iniciada en julio de 1570. Pero no sería hasta el 25 de mayo del año siguiente cuando las difíciles negociaciones entre las partes dieron fruto y se firmó el capitulado de la Santa Liga por todas las potencias implicadas. Aquí se estipulaban las aportaciones económicas para sufragar la campaña: España pagaría la mitad de los gastos, Venecia un tercio y la Santa Sede el resto, osea un sexto. Pero también la diplomacia española, liderada por don Juan de Zúñiga y contando con el apoyo del Cardenal Granvela, imponía que el mando de la fuerza fuese español, designando el rey para ello a su hermano de padre, don Juan de Austria. El Papa concede Indulgencia de Cruzada y jubileo extraordinario para toda la Armada.

La flota cristiana se va concentrando en la ciudad siciliana de Mesina a lo largo del verano; don Juan llega el 23 de agosto con las galeras españolas y poco después se inician las operaciones con la idea inicial, posiblemente, de socorrer Famagusta, única ciudad chipriota que no había caído en poder del enemigo; al menos esta era la idea de los venecianos. En realidad, esta ciudad había caído a primeros de este mes, pero la noticia no llegó a oídos de don Juan hasta finales.

Pero el objetivo real era mucho más amplio, era la flota turca. Ésta, tras la caída total de Chipre, se estaba dedicando a atacar enclaves venecianos de la costa dálmata, con la euforia que suponía su reciente conquista, pero con el desgaste que ello suponía también. Finalmente, y tras conocer que la flota cristiana se aproximaba en dirección al mar Jónico, los turcos se dirigieron hacia Lepanto, enclave estratégico situado a la entrada del golfo de Corinto, en un estrechamiento del mismo y al amparo de unas fortificaciones propias que les permitía reorganizarse y arreglar las naves tras la campaña veraniega.

Conocida esta información, la flota cristiana se dirige con determinación y confianza al encuentro con el enemigo para cumplir la misión para la que fue creada: la derrota del Turco. Estamos a comienzos de octubre de 1571, va a comenzar “la más alta ocasión que vieron los siglos” como la calificó Cervantes.

Pero antes veamos quienes eran los principales personajes de esta heroica tragedia:

  • En primer lugar los turcos:

◦ Liderados por Alí Bajá, kapudan o almirante de la flota otomana desde 1569. Era el comandante general,designado por Selim II. Mandará el centro del despliegue con 87 galeras desde la suya, la Sultana.

◦ Mahomet Siroco, beylerbey o gobernador de Alejandría. Responsable del cuerpo derecho (Norte), el más próximo al continente, con 60 galeras.

◦ El ala izquierda, al Sur, mandada por Uluch Alí, beylerbey de Argel, corsario a las órdenes de la Sublime Puerta. Contaba con 61 galeras.

◦ Una pequeña reserva de Murat Dragut, con 8 galeras a retaguardia. ◦ Total: 216 galeras

  • Se enfrentan a las fuerzas cristianas:

◦ Como sabemos, don Juan de Austria es el líder de la Liga; su carisma infunde una gran confianza a todos los combatientes. Dispone de 62 galeras. Junto con el jefe de las fuerzas pontificias, Antonio Colonna, mandará el centro del despliegue cristiano desde su galera Real.

◦ Sebastiano Veniero, aristócrata veneciano, mandará el “corno sinistro”, el más próximo a tierra y al Norte del despliegue cristiano. En la batalla le sustituirá Barbarigo por desavenencias con Juan de Austria (había mandado ahorcar a un capitán, un cabo y dos soldados españoles). Contaba con 53 galeras

◦ Juan Andrea Doria, almirante Genovés al servicio de la Monarquía Hispánica.

Mandará el sur del despliegue, ala derecha, con 53 galeras

◦ Finalmente, don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz que tendrá una actuación decisiva al mando de la reserva con 30 galeras, a las que se unirán 8 de Juan de Cardona, general de la escuadra de Sicilia, que actuó en vanguardia hasta el contacto con el enemigo.

◦ Total: 206 galeras

Se contaba también con seis galeazas, barcos muy artillados pero muy poco maniobrables, que actuaron al principio de la batalla pero con poco rendimiento. Había otros barcos generalmente de aprovisionamiento y servicios.

Hay que conocer cuatro disposiciones importantes previas a la batalla. Tres son de don Juan de Austria. La primera es que ordena distribuir galeras y tropas embarcadas, sin tener en cuenta su nacionalidad, entre los diferentes cuerpos de combate de la flota; así se consigue la integración necesaria en el esfuerzo común y, de manera indirecta, introduce “delicadamente” fuerzas españolas en las galeras venecianas y en el flanco norte, por ser tropas mucho mejor entrenadas y más eficaces como ya hemos visto. La segunda disposición, que también responde al concepto de integración de esfuerzos, es asignar a cada cuerpo de la armada unas grímpolas de un color diferente: azules para el centro, amarillas para el norte, verdes el sur y blancas la reserva; ninguna nación enarbolaría su bandera. Solo el pendón del Cristo de Lepanto sería la enseña común de toda la flota. Finalmente, ya con el enemigo a la vista y ultimando el despliegue, don Juan se embarca en una nave rápida y desfila por delante de la armada enardeciendo a marinos y soldados; españoles, genoveses, venecianos… a todos hace sentir su espíritu heroico y vencedor. Conviene recordar su arenga: “Hijos, a vencer hemos venido, o a morir, si Dios lo quiere. No deis lugar a que vuestro arrogante enemigo os pregunte ¿dónde está vuestro Dios? Pelead con fe en su Santo Nombre; que muertos o victoriosos gozaréis la inmortalidad”.

Alí Bajá, el almirante turco, toma su disposición: manda sacar su flota del seguro refugio de Lepanto. Es una imposición del Selim II “buscar la flota cristiana y derrotarla en batalla”. Se lo desaconsejan sus subordinados pero, temiendo tal vez más las represalias del sultán por desobedecer que las propias consecuencias de la orden, se enfrenta en mar abierto al enemigo.

Empieza la batalla. Son las 8 horas del 7 de octubre de 1571 y la vanguardia cristiana de Cardona observa velas turcas que se dirigen a la salida del golfo. La flota de don Juan viene de Norte a Sur atravesando el estrecho brazo de mar entre la isla de Oxia y la costa continental griega para embocar, girando hacia el este, el golfo de Patras. Este golfo se va cerrando hasta formar el estrecho de Lepanto, Naupacto en la antigua Grecia y en la actualidad, para volver a ensancharse nuevamente formando el golfo de Corinto que en la época de la batalla se llamaba de Lepanto. La batalla tiene lugar en la embocadura del golfo de Patras

Esta maniobra hace que el ala norte de Barbarigo (sucesor de Veniero para el mando cristiano) ocupe su posición antes que nadie, muy próximo a la costa para evitar el envolvimiento de su oponente, Siroco. La primera maniobra del ala norte del turco es, efectivamente, tratar de envolver, pero la costa es muy recortada y difícil de navegar debido a los bajíos existentes; además Barbarigo se da cuenta y trata de ceñirse lo más posible a la costa para evitarlo, consiguiendo que apenas pasen 3 o 4 galeras y entablándose enseguida el combate frontal. El resto de la flota termina de pasar el estrecho siendo la última unidad la reserva de Bazán, así que tiene la oportunidad de apoyar al ala norte de manera eficaz, procurando la derrota total del bando enemigo en este combate. En esta acción mueren luchando noblemente los dos jefes, tanto Barbarigo como Siroco. Es necesario decir que en esta parte de la batalla luchó el insigne Miguel de Cervantes, soldado del tercio de don Miguel de Moncada y destinado, dentro de la galera Marquesa, a combatir junto a los venecianos a las órdenes directas del capitán Diego de Urbina. Su heroica actuación está refrendada por dos disparos de arcabuz que le alcanzaron uno en el pecho y otro en la mano izquierda que le quedó inservible. Afortunadamente para todos, le quedó la derecha para escribir el Quijote.

El último en llegar al despliegue fue, como era lógico, el ala sur de Doria. El contrincante que le corresponde, Uluch, quiere aprovechar esta circunstancia e intenta también el desbordamiento por el Sur. Para evitarlo, el almirante genovés alarga exageradamente su despliegue hacia el Suroeste para ocupar el mayor frente posible y así evita la maniobra contraria. Al alargar su despliegue, parece que las galeras están desertando de la batalla; esto es lo que piensan los venecianos que no tenían mucha confianza en el genovés. Pero no fue así, ni mucho menos; Andrea Doria lucharía con gran coraje e inteligencia hasta el final de la batalla.

Por fin, en el centro es donde se decide la batalla. La Sultana y la Real se citan. Son las dos galeras más poderosas y todos los ojos están puestos en este enfrentamiento ya que el efecto moral de la contienda será definitivo para el resto de las flotas. El envite es terrible, primero a cañonazos en la aproximación y enseguida con disparos de arcabucería y flechas. El resto de las galeras centrales se enzarzan en combates parciales intentando proteger a su buque insignia. El Marqués de Santa Cruz, que parecía ubicuo, consigue llegar en el momento decisivo y aporta un apoyo fundamental.

Mientras, en el ala sur ocurre algo increíble: Uluch Alí se retira de la lucha con las naves que le quedan; parece ser que no ve claro el desarrollo de la batalla y su corazón de pirata puede más que la lealtad a su capitán general. Esto permite a Andrea Doria apoyar el combate del centro, siempre necesitado de cuantas más galeras mejor.

Seguimos en el centro; y en el centro del centro están las dos capitanas , que han llegado a la fase crucial del abordaje. Más de 300 soldados de los tercios españoles (no hay ni que decir que esta infantería excepcional era la tropa embarcada en la Real) intentan abordar a la Sultana. Hasta tres veces son rechazados por los jenízaros (la élite de las fuerzas contrarias) que hacen lo propio contra los españoles sin lograr el éxito. Las dos naves están trabadas ya de forma ineludible. Todos estos asaltos son apoyados desde la altura de los palos por disparos de arcabuz y flechazos. En un momento dado, y en medio de un intento de abordaje español encabezado por el maestre de campo don Lope de Figueroa, una pelota de arcabuz impacta en la frente del almirante otomano y le produce la muerte instantánea, inmediatamente, un soldado español le corta la cabeza y la clava en su pica, paseándola enardecido por toda la cubierta mientras don Lope derriba el estandarte verde de Mahoma: el senjac. Esto produce el asombro y el derrumbamiento moral de los hombres del desdichado Alí y prácticamente da fin a la batalla. La cabeza clavada en la pica es presentada a don Juan de Austria, pero manda arrojarla al mar mostrando su desagrado por esta acción.

Solo queda la persecución de los restos otomanos y el acopio del botín de guerra que duró hasta el día siguiente.

Y ya podemos hacer un balance: de las 330 naves turcas que participaron en la batalla, se salvaron unas 40, que fueron casi exclusivamente las que desertaron con Uluch Alí. Curiosamente, se dirigieron a Constantinopla y el sultán las recibió de forma efusiva, quizá porque fueron las únicas que el corsario consiguió salvar, de tal manera que el sultán nombró a Uluch kapudan de su flota; extraña manera de premiar una deserción. 170 galeras y otros barcos menores iban a remolque de las de la Liga. El resto, yacían en el fondo del mar, deshechas o encalladas. Frente a este desastre, la flota cristiana contó entre sus bajas solamente cuatro galeras venecianas rendidas, dos hundidas y otros nueve barcos menores.

La diferencia en cuanto a bajas personales no es tan abrumadora pero sí muy grande: 30.000 muertos y 10.000 prisioneros turcos entre marinos y soldados (no se contabilizan heridos). Los cristianos contaron unos 4.000 muertos y 14.000 heridos de los que 4.000 morirían en los días siguientes; así, podemos decir que apenas quedaron ilesos la tercera parte de los combatientes cristianos

Queda solamente hablar, a modo de conclusión, de las consecuencias de la batalla, y sobre esto hay mucha disparidad de opiniones. Es cierto que la gran victoria no supuso casi ninguna anexión territorial por los cristianos, apenas la conquista de Túnez que fue reconquistada el año siguiente. Además, las discrepancias entre españoles y venecianos siguieron existiendo de tal manera que la Santa Liga se disolvió dos años después a pesar del espíritu de continuidad con que había sido creada por san Pío V (los venecianos iniciaron antes de la disolución conversaciones con la Sublime Puerta...). Con todo esto, no cabe más remedio que decir que tanto esfuerzo no tuvo apenas consecuencias inmediatas para la confederación de la Liga. Peo si miramos los años siguientes, o mejor las décadas e incluso los siglos posteriores, vemos que el afán otomano por expandirse hacia Occidente por mar, prácticamente desaparece. Si comparamos, por tanto, las dos situaciones, la anterior y la posterior a la batalla desde el punto de vista de la actitud del imperio turco, tenemos que llegar a la conclusión de que el 7 de octubre de 1571 supone un claro punto de inflexión respecto a la amenaza que suponía Oriente para Occidente. Es preferible no pensar, porque esto ya no es Historia, qué hubiera ocurrido en caso contrario.