En pleno Madrid de 1916 nos encontramos con un singular personaje de nuestra historia delictiva, Eduardo Arcos Puch, una especie de ladrón de "guante blanco" capaz de realizar mil fechorías en casas y hoteles que desvalijaba con maestría y audacia.

 

Ficha policial de Eduardo Arcos Puch “Fantomas”

De origen mallorquín, Eduardo Arcos, actuó entre 1905 y 1914 en diferentes ciudades de América y Europa, dejando un largo rastro de acciones delictivas que provocaron que sobre él recayesen requisitorias policiales de muchas Policías de estos países, especialmente Norteamérica e Inglaterra.

Conocido como "el rey de los ladrones" al bautizarlo así la prensa madrileña, también mereció el sobrenombre de "Fantomas" en recuerdo del personaje literario creado, en 1911, por los franceses Pierre Souvestre y Marcel Allain y llevado dos años más tarde al cine por el director Louis Feuillade, lo que acabó consagrando a este misterioso personaje como todo un símbolo.

El apodo de "Fantomas" le vino dado por utilizar frecuentemente una malla totalmente negra, con capucha del mismo color que le fue ocupado por el Cuerpo de Vigilancia cuando finalmente resultó detenido en Madrid. Con esta espectacular indumentaria lograba dos objetivos, el primero camuflarse entre las sombras de la noche y, el segundo, aterrorizar a la víctima caso de ser descubierto "in fraganti".

La personalidad de Eduardo Arcos le permitió introducirse en los ambientes más elegantes y de mayor poderío económico de la época. Cursó estudios de Bachillerato y llegó a conocer media docena de idiomas que utilizaba con soltura. Era elegante en el vestir, siempre a la última moda; educado; sutil en el trato con las mujeres, especializándose en viudas adineradas a las que conquistaba para más tarde "desplumar".

Durante su larga carrera delictiva utilizó diferentes alias usando como nombres habituales "Teddy" y "Eddy" y como apellidos Morán, Arias o Alvarez. Ante la buena sociedad, en hoteles, cruceros y casinos, se presentaba como Marqués, escultor bohemio e incluso piloto acrobático. 

Una de sus especialidades delictivas más recurrentes era la de "jugador de ventaja", utilizando malas artes en las partidas entre las que destacaban los espejos situados de tal forma que le permitía conocer la jugada del contrario. Con este modus operandi logró desbancar muchas mesas de juego, siendo este, precisamente, lo que provocó su primera detención.

Sin embargo, la especialidad por la que se sentía más orgulloso era la de ladrón de "guante blanco", desvalijando habitaciones de hoteles, viviendas e incluso camarotes de lujo en los trasatlánticos que cubrían la ruta Europa-América, en los que se alojaban personas que previamente había conocido en sus raids por estos lugares frecuentados por la alta sociedad. Accedía a través de las ventanas e incluso escalando fachadas y de sus cajas de caudales se llevaba principalmente joyas. 

Cuentan que, merced a sus buenas relaciones sociales en España llegó a conocer a la Infanta Isabel, “la chata”, tía del Rey D. Alfonso XIII. 

Tras realizar algunas acciones en Barcelona, San Sebastián, Valencia y Zaragoza, se presentó en Madrid acompañado de su amante Leonor Fioravanti, una bella mujer adelantada a su tiempo, que al parecer había conocido en Buenos Aires. Tal vez, presentarse en Madrid, fuese su mayor error ya que, por aquel entonces, la Brigada de Investigación Criminal del Cuerpo de Vigilancia de la plantilla de la Capital de España estaba mandada por el sagaz Comisario Ricardo Fernández-Luna, conocido por el sobrenombre del "Sherlock Holmes español", quien le venía siguiendo la pista desde tiempo atrás.

El Comisario del Cuerpo de Vigilancia Ricardo Fernández-Luna

Tras una primera detención y ulterior fuga de los Juzgados, finalmente la madrugada del 23 de septiembre de 1916, los hombres del Comisario Fernández-Luna proceden a su detención en el tercer piso del inmueble número 3 de la madrileña calle de Apodaca. En esta detención y registro participaron los Agentes del Cuerpo de Vigilancia Heredia, Blasco, Lacalle y Zorrilla. 

Tras su detención y la de su amante, se realizaron diferentes registros que permitieron la localización de varias maletas propiedad de "Fantomas" en las que guardaba pelucas, el traje negro usado para la perpetración de los robos y otros efectos, entre ellos una ganzúa a la que era incapaz de resistirse cualquier puerta por muy segura que fuese y que gracias al buen hacer del Comisario Fernández-Luna fue localizada, oculta en el colchón, en la habitación nº 12 del Hotel Royalty de San Sebastián donde se había alojado "Fantomas".

Otro de los objetos que le fueron ocupados fue una calavera humana que el detenido utilizaba como reclamo para viudas adineradas. Cuando llegaba a un hotel la colocaba, tan macabro reclamo, en la mesilla de noche al lado de la fotografía de una bella mujer, contándole al servicio de habitaciones que se trataba de la calavera de la mujer de la fotografía, el gran amor de su vida, a la que había matado por despecho. Aquella historia, contada de boca en boca y propagada por el personal del servicio del hotel en cuestión, se convertía en el mejor reclamo para que las viudas, impresionadas por la historia, deseasen conocerlo en persona. Lo demás era sencillo, tan solo se trataba de visitar la habitación de la incauta, rodeado de las sombras de la noche. 

Tras su detención, la fotografía de "Fantomas" fue distribuida por toda España lo que le obligó, tras cumplir su condena, a abandonar nuestra Patria y comenzar a operar en otras zonas europeas. En los años 20 su "trabajo" se centró en zonas con menos presión policial, los balnearios de los Alpes o el Berlín del final de la Gran Guerra. 

Hay quien dice que incluso trabajó como espía al servicio de Inglaterra, si bien tal vez esto forma parte tan solo de la leyenda. El resumen final de esta historia no es otro que la gran equivocación del ladrón, su mayor error, fue aparecer en aquel Madrid de 1916 donde le aguardaba vigilante el Comisario Fernández-Luna quien puso fin a su carrera delictiva.

No fue este el único éxito policial imputable al Comisario Fernández Luna ya que, 1913, había participado en la investigación y resolución de dos de los crímenes más mediáticos de la época, el del “Capitán Sánchez” y en el del “Señorito Anglada” y, en 1918, en el que pasó a la historia criminal española como el robo del “Tesoro del Delfín”.