Uno de los grandes embustes de la transición es que el pueblo español se reconcilió entonces. Nada más lejos de la realidad: fue una reconciliación muy mayoritaria, conseguida en el franquismo y  reflejada en el referéndum de 1976, lo que permitió a unos políticos muy mediocres, con alguna excepción, efectuar una transición que, sin ser modélica, como a menudo se la ha calificado, se produjo al menos sin grandes traumas. Esa reconciliación ha venido siendo socavada desde entonces por separatistas, terroristas y una izquierda siempre con querencias totalitarias totalitarias. Junto con una derecha “falta  de formación histórica e ideológica”, y por ello condenada a “alimentarse de los desechos intelectuales de la izquierda”, según comentó alguna vez Florentino Portero.
La república había abierto abismos entre los españoles, resumidos en el diario El Sol en vísperas de la catástrofe: “Nada nos es ya común a los españoles”. Un punto fundamental de la gran estrategia de Franco fue, precisamente, establecer intereses, sentimientos e ideas comunes.  He señalado cómo ello se había logrado ya en los años 40, pues sin un fuerte respaldo popular, el franquismo no habría resistido las presiones alemanas, se habría derrumbado ante las soviético-anglosajonas, y no habría vencido al maquis comunista. Pues la orientación de Franco estuvo siempre marcada por esa  necesidad. 
Los “memoriadores” le han opuesto el mito de la “feroz represión de posguerra”. Lo que la convierte en mito es su exageración alucinada.  Naturalmente que hubo represión, en primer lugar porque los crímenes del Frente Popular habían alcanzado tal grado de sadismo y vesania que “pasar página” habría sido cerrar en falso las heridas. El libro de Miguel Platón, que esperamos publicado pronto,  sobre aquellos ajusticiamientos  –pues se hicieron judicialmente, no por medio del asesinato como ocurrió en  Francia, Italia, Alemania o países del este–,  revelará hasta qué punto han  falseado la realidad la caterva de memoriadores falsarios que hemos venido sufriendo durante décadas.  Fue necesario también una especial vigilancia ante las muy graves amenazas exteriores. 
Hay una carta, publicada por Aquilino Duque, del redomado antifranquista José Bergamín a María Zambrano  cuando en 1959 volvía a España,  animándola a que  siguiera su ejemplo. “Madrid me tiene verdaderamente encantado (…) La realidad supera siempre a los sueños. Y es tanta la afirmación de la vida y la verdad de la realidad española que, para nosotros, supera todo. No acabaré nunca de decirte –no puedo expresarlo enteramente– lo que es para mí esta resurrección madrileña, esta pura alegría. No hago más que darle las gracias a Dios por esta Gracia (…). Figúrate que ayer 3 de mayo me fui, después de Misa en San Jerónimo, a ver el ‘desfile’ militar. Y lo vi. Y lo que vi en las calles, en el Prado y Recoletos, Alcalá, las plazas de Cibeles y Neptuno, fue la gente, una gente increíblemente noble, limpia, elegante, seria, casi grave: una gente, un pueblo (?) más velazqueño que goyesco (…) El ‘aquí somos otra gente’ es, no sé si por dicha o desdicha, cierto. Esto, todo esto, me parece un mundo de distinta naturaleza. Y gracia. Sorprende la delicadeza, cortesía, ritmo sosegado de las gentes. Y lo bien vestido y calzado (!) que el mundo ‘gatuno’ de Madrid se nos presenta seriamente festero. O yo no me acuerdo muy bien o antes no era así.  Yo recuerdo gentes más vulgares y sucias y chillonas en estas fiestas. Ahora no (…) ¡Qué equilibrio y ecuanimidad!”. 
   La peculiar pensadora Zambrano no quiso imitarle: era una “cuestión de principio”. E insiste Aquilino Duque: “Cuando a finales de os años 60 Max Aub volvió a España después de un largo exilio. parece ser que dijo estar apenado no ya por la falta de libertad, sino más bien por el hecho de que no se notara esa falta. De sobra sabía él que la versión oficial de la España del exilio tenía muy poco que ver con la realidad. Poco antes había pasado por Roma, donde yo vivía, y su mujer (…) me dijo que ella solía ir a Valencia, donde tenía familia, pero que durante su estancia se negaba a salir a la calle para no ver aquella realidad con la que el exilio no quería enfrentarse”. 
Desde hace muchos años se ha impuesto en España la visión de aquellos exiliados. Por eso es necesario recuperar la verdad. Porque la falsedad enferma las mentes.