Lo último, las palabras del cura de Lemona en el extraordinario documental de mi admirado Iñaki Arteta, Bajo el silencio. Durante decenios, peculiar interpretación del quinto mandamiento del Sinaí, No Matarás.  Las sendas de asesinos y sacerdotes, cruzamiento e intersección. Biblia y Parabellum, Evangelio y Goma-2, perfectamente conciliados. Lo sucedido durante cinco décadas no es cosa de un cura o dos. Indeleble Setién. La Iglesia vasca siempre estuvo del lado de los verdugos y nunca de los injustamente preteridos y masacrados. No hay ningún miembro de la Iglesia vasca - salvo Jaime Larrinaga- amenazado por el terror. Siempre esa consuetudinaria falta de piedad hacia las víctimas, siempre esa preocupación por la suerte de los verdugos y sus familiares. Los curas vascos, de armas tomar. Mejor dicho, de armas tomadas. Eta pro nobis. Amen.

Félix de Diego, asesinado por un religioso católico…

Félix de Diego, guardia civil retirado, varios disparos en presencia de su mujer, regentaba el bar Herreria, localidad guipuzcoana de Irún. Moribundo al inicio, arribó cadáver al hospital. Dejaba viuda y cinco críos de cortísima edad. Era el 31 de enero de 1979. La mano ejecutora, Fernando Arburúa Iparraguirre.  Igueldo, entre compis criminales. Y Fernando, en ese momento, era capuchino de la iglesia donostiarra de San José Obrero. No había colgado los hábitos cuando se integró en la banda terrorista. Tampoco cuando cogió las armas. Ni cuando apretó el gatillo y mató a Félix de Diego. Y Félix era guardia civil, a la sazón, el 7 de junio de 1968, pareja laboral de Pardines, José Pardines Arcay, primera víctima de la banda asesina Eta. Punto de no retorno.

Francisco Javier Etxebarrieta Ortiz e Iñaki Sarasketa Ibáñez dispararon a bocajarro al compañero de Félix de Diego cuando éste les dio el alto y, precipitadamente, se dieron a la fuga. Tirar a matar. Txabi hasta el culo de centraminas. E Iñaki transitando absurdamente a la historia como el etarra "bueno". Asesinaron a un guardia indefenso que comprobaba una matrícula. Ningún misterio más. Nada de grandeza ni honor. Cobardía y drogas. Y crueldad. Pocas horas después, Txabi tiroteado en Benta Haundi. Y muerto. Y Eta obtuvo su primer “mártir”, todo tan impregnado de léxico religioso.

…Y Pedro Sánchez legitima el espanto

Y otra vez, retornaron los hábitos. Los malos hábitos eclesiales. El asesinato de Pardines tiene, entre sus escenarios, una iglesia. La de Régil, en Guipúzcoa. Allí se ocultó el citado etarra Sarasketa. Otro ejemplo de armas tomadas del clero vasco, el siguiente crimen etarra, asesinato de Melitón Manzanas, preparado en la casa del cura  de Ceberio. Otro, Txikia, uno de los máximos dirigentes de la banda asesina Eta, fue monje benedictino. Y, por supuesto, no han faltado los inevitables momentos en que los etarras hallaron refugio entre religiosos en sus huidas policiales.

Y todo comenzó un 7 de junio de 1968. Nacional I. Villabona, localidad próxima a San Sebastián. Muchos nos largamos de allí para siempre. Mejor. Llegas a Madrid y un tal Sánchez blanqueando y legitimando el horror. Justificándolo: hacer justo algo, exacta etimología latina, iustum facere.

Cum Fraude hace justa, en ese sentido, una macabra estadística comenzada por Pardines. Y continuada con Manzanas. Y, desde luego, extendida años después con Félix de Diego. Sánchez hace justos más de 3.500 atentados. 853 seres humanos asesinados. Más de 6.000 heridos. 86 secuestrados. Más de 15.000 amenazados. Y exiliados. Y extorsionados. Y la consiguiente guerra sucia del Estado. Y la torturocracia española. Y todo comenzó en la Nacional I. Ta lur hori garbitu egiten da. Y se limpie aquella tierra. En fin.