Muchos ayuntamientos y la Generalitat de Cataluña se encargarán hoy de homenajear a Lluís Companys en su 81º aniversario de su muerte. La madrugada del 15 de octubre de 1940 fue fusilado en el castillo de Montjuïch. En el mismo lugar que el permitió que también lo fueran muchos catalanes que no pensaban como él o los que formaban las patrullas de control. El presidente “mártir” tuvo que ser arrastrado hasta el foso donde lo fusilaron. Durante este proceso perdió las zapatillas e, incluso se orinó encima. Poco antes del momento final retomó la compostura y se comportó con “honor”. Supongo que en aquel momento se dio cuenta del sufrimiento de miles de catalanes que pasaron lo mismo que él estaba sintiendo y, quizás, se arrepintió de no haber actuado de otra manera. De todas formas, hasta el final de su existencia, demostró su cobardía.

 

Companys no fue un santo. Su trayectoria vital así nos lo confirma. Sin embargo, ha pesado más lo que se ha escrito, falseando la verdad. Crearon un mito y el concepto ha llegado hasta nosotros. Muchos lo consideran un mártir y creen que dio la vida por Cataluña. La realidad es que Companys era un ser mediocre que vio en la política una oportunidad para ganar dinero. En una época en la cual la mayoría de los políticos rozaban la mediocridad, salvo honrosas excepciones, Companys no desentonó. También ha pasado a la historia como el gran estandarte del independentismo catalán. El, según algunos, fue el salvador de unos ideales patrióticos. La verdad es que se aprovechó de la realidad catalana del momento. Su ideología era simple y jacobina. Sentía indiferencia e incluso antipatía por el catalanismo y el independentismo. Era amigo de los anarquistas y se le podía considera más españolista que catalanista. A finales de los años veinte del siglo XX su pensamiento evolucionó hacia independentismo extremo. Sus cambios ideológicos le permitieron adaptarse a las circunstancias de una época cambiante políticamente hablando. Tampoco fue un revolucionario. Era miembro de una familia burguesa. Se adaptó y, al hacerse amigo de los anarquistas, los defendió en la multitud de juicios que se realizaron como consecuencia del pistolerismo que sacudió Barcelona durante esos años.

 

Si nos centramos en su perfil intelectual, debemos considerarlo bajo. Se aprovecho del sentimiento catalanista. No era intelectualmente brillante, pero supo llegar al corazón de los catalanes a través del sentimentalismo. Esto es, supo llorar y explotar los agravios históricos que Madrid había sometido a Cataluña. Hizo bandera de estado catalán y supo sacar partido de la política centralista de la República. Lo cierto es que otros políticos catalanes había reclamado más independencia y privilegios para Cataluña. A diferencia de estos, Companys lideró un independentismo que no era, en su origen, una política ideada por él. Al contrario, al ver que a Macià le había ido bien, se la hizo suya y la llevó hasta situaciones extremas. Su muerte no hizo más que sobrevalorar unos ideales adaptados conscientemente para sustituir a Macià en la presidencia de la Generalitat. La evolución ideológica de Companys estuvo basada en el aprovechamiento de unos sentimientos. Ya fueran anarquistas como independentistas, su oportunismo le llevó a la Generalitat y su muerte mitificó todo esto. En definitiva, un vividor que tuvo en los anarquistas y la masonería sus máximos aliados. Pretender elevarlo a los altares, calificándolo de mártir, no deja de ser una falacia.

 

Una de las personas que conoció muy bien a Lluís Companys fue Francesc Cambó. En sus Memorias le dedica un breve capítulo. Breve pero contundente. Cambó no se muerde la lengua en el momento de trazar el perfil de este personaje mediocre de la política catalana. Escribió Cambó…

 

No había pertenecido nunc a la Lliga ni a ninguna capillita catalanista. Bref [breve], no solo nunca había sido catalanista, sino que en su primera juventud era netamente anticatalanista. El era un revolucionario, un anti… todo lo que existiera. Cuando las circunstancias le dieron el poder se sintió un hombre de gobierno y, ya que debía actuar como catalán, es posible que posible que llegara a sentirse catalanista los últimos años de su vida.

Su primer contacto amical con el catalanismo, lo tuvo en la Asamblea de Parlamentarios. Y lo tuvo conmigo. Quedó sorprendido del orden, disciplina y eficacia de la Lliga. ¡Las cosas que me explicaba de sus correligionarios!

 

Siguió relacionándose conmigo, y el año 1930 per última vez me hizo una visita curiosa.

 

Muerto Macià, comprendió que la política sectaria de este llevaba la Generalidad y el Estatuto a la ruina. Estableció negociaciones que fracasaron por intransigencias de los suyos.

 

El fusilamiento fue un inmenso error de Franco. ¿Injusto? Él, el 6 de octubre del 34 había cometido igual delito que los militares… i fue indultado. En 1936 él hizo fusilar todos los militares sublevados”.

 

Cambó no es el único que opina de esta manera. Personas que vivieron aquellos días y que conocieron a Companys aseguran que fusilarlo le ha permitido permanecer en la memoria popular. De lo contrario su figura se habría olvidado, pues no aportó nada a la política catalana. Fue un simple imitador de lo que otros habían hecho o hacían.

 

Companys fue un cobarde. Se rindió al anarcosindicalismo y al comunismo. Tenía un miedo terrible a Madrid porque, gracias a su incompetencia, creía que la autonomía catalana desaparecería. Creyó en un momento que Cataluña era un país independiente y vivió con este pensamiento hasta el final de la guerra civil. Companys, como genocida, permitió que en la retaguardia catalana se asesinara a 26.606 personas. Para conocer en profundidad todo esto y más sobre Lluís Companys no se pierdan La cobardía de ERC. Un libro que no les dejará indiferentes.