El hombre llega a este mundo desnudo en sus carnes, desnudo en su espíritu. La madre le arropa y cuida de su crecimiento. El padre le inculca sus virtudes, y le enseña a   amar a la Patria, como le enseña a temer a Dios. Y más hombre se hará cuanta más fe y patriotismo le inculque en su alma joven.

La gran mayoría de los españoles somos creyentes, pero si no lo fuésemos, en nuestro interior la sinceridad enraizada y emanada de la verdad nos haría tener conciencia de lo bueno y de lo malo, ya que nuestro ser exige su existencia grabada en todos los corazones, como participación del Ser Superior Creador, cuya marca identifica en común a los seres independientemente del color de la creencia.

Su manifestación principal se delata en el amor a la Patria o patriotismo, que se especifica en el sentimiento que tiene un ser humano por la tierra natal o adoptiva, a la que se siente ligado por unos determinados valores, afectos, cultura e historia y para la que procura todo bien.

Aceptando este concepto podríamos preguntarnos: ¿Somos los españoles patriotas? ¿Mucho, poco o nada? ¿Todos o solo algunos? ¿Procuramos todo su bien? ¿Todo o solo parte? ¿Estamos dispuestos a dar la vida por España? Y otras cuestiones similares. 

Remontándonos brevemente a los hechos más relevantes de nuestra historia, que nunca engaña, recordemos a Numancia resistiendo el asedio en el año 133 A.C. durante más de un año, prefiriendo suicidarse la mayoría de sus defensores en vez de entregarse al enemigo como esclavos. Se le puede llamar a esta acción, patriotismo, porque los defensores demostraron que amaban completamente a su patria o a su tierra.

Dando un salto en la historia, el caudillo Pelayo, defensor de la civilización cristiana en la Península, comenzó la reconquista. ¿De qué? De una “tierra” que había sido robada, su religión desprestigiada y sus costumbres incomprendidas y todo lo quería recuperar y reinstaurar. Se seguía germinando el concepto al amor por “la tierra” en la que estaban enterrados sus familiares fallecidos. La “tierra” usurpada se acabó de recuperar en 1492, y sus máximos dirigentes, los Reyes Católicos, implantando sus normas, leyes y costumbres ayudaron a desarrollar el concepto de “Patria”. Habían defendido y recuperado lo suyo: su tierra, sus costumbres, su modus vivendi y su religión. En resumen, su Patria. España ya tenía su historia, ¡y que bella historia!

Tras el descubrimiento del Nuevo mundo, la palabra “España” comenzó a adquirir una connotación de anhelo, en referencia a la Patria de la que venían todos los habitantes de la Península. Los colonizadores que fueron a América cuando escribían a sus familias residentes en la Península solían referirse a ella llamándola precisamente “España” e incluso cuando estaban satisfechos con sus nuevas vidas, no dejaban de sentir nostalgia de aquellas cosas que “España” representaba para ellos, porque la ausencia de España, tanto entonces como hoy, a cientos de kilómetros, se volvía y vuelve real. La tierra de origen, la Patria, se sentía y siente muy fuerte y muy dentro. Nadie se refería al “país”, como se hace hoy democráticamente, sino a España. El sentido de pertenencia o de “patria” era normal. Se tenía lealtad hacia el reino en su conjunto.

El levantamiento del 2 de mayo de 1808 fue una revuelta popular, en la que el pueblo español se alzó contra los intrusos, ya que todas las clases y toda la nación se unieron en una común aversión a los republicanos franceses. El patriotismo regional, sobre todo vasco y catalán, fue agitado para la causa de España contra el extranjero. El patriotismo aumentó desmesuradamente.

El patriotismo ocasionado por la Guerra Civil entre todas las clases sociales fue inmenso y suscitó un idealismo y un entusiasmo inusitado. Morir por Dios y por la Patria fue el paradigma que, según el himno a los caídos: “lo demando el honor y obedecieron, lo requería el deber y lo acataron; con su sangre rubr4icaron la empresa y con su esfuerzo la Patria engrandecieron…”

Hoy el patriotismo está mermado y de capa caída, tendríamos que remontarnos a la época de Franco para situar el último intento, políticamente organizado, de inculcar en España un patriotismo de corte clásico. Estando basado en el conocimiento y en una interpretación grandiosa de nuestra historia, en la creación de un orgullo de pertenencia y en la fe, como decía José Antonio,  en un proyecto universal y común. En definitiva, arraigado en el compromiso voluntario de jurar la bandera que justificase de algún modo ese amor a la Patria.

En 1978, fue sancionada una Constitución que desarrollaba una monarquía constitucional capaz de dar salida a las reivindicaciones de los partidos regionalistas mediante la concesión de un elevado grado de autogobierno a 17 comunidades autónomas. Fue, no solo, el punto de partida por el que se perdió nuestra Unidad Católica, sino el arranque de lo que hoy estamos padeciendo por una posible ruptura de la unidad territorial. Y fue, sobre todo, a pesar de ser votada mayoritariamente, el detonante por el que se sustituyó a “España” por “País”, “Compatriotas” por “Ciudadanos”, y “Patriotas” por “fascistas”, complaciendo así a los partidos, tanto de los progresistas como de los cobardes.

A partir de entonces, ya que en algunas regiones el partido que mandaba ejercía una mayoría prácticamente permanente, eso significaba en la práctica que los oligarcas locales ejercieran un control incuestionable sobre el día a día de la región y dieran pie a la formación de redes de corrupción que se convertiría rápidamente en un rasgo típico de la política española. Lo trágico de la corrupción es que se ha engendrado en nuestra Patria permanentemente situándola al borde de la ruina económica. La lacra de la corrupción, no tengo la menor duda, ha socavado el sentido de Patria, Estado y Nación.

Y es que con democracia el sentimiento patriótico ha caído en desuso porque las nuevas élites políticas estaban tan decididas a desmarcarse todo lo posible de aquel régimen, que tras su perjurio y traición, no querían ni hablar ni que se hablara del amor patrio, porque era sinónimo de franquismo, y porque, además, estaban dispuestas a hacer lo que fuese por incorporar a los nacionalismos catalán y vasco. El resultado es que, hoy en día, a la mayoría de los españoles con menos de 50 años les resulta extraño el sentimiento patrio. Al menos se sienten bastante distantes de ese patriotismo vibrante del que hacen gala los ciudadanos de otras naciones. Naturalmente, tenemos lazos afectivos, lingüísticos, culturales, históricos y quizás de otros tipos, que nos hacen sentirnos identificados y unidos a esta nación. Estos lazos darían para hablar de un nacionalismo suave pero no para explicar esos ardores que vemos en otras partes. De tal modo que, si preguntamos a los jóvenes en España de donde son, te responden: soy murciano, catalán, extremeño, andaluz, vasco, gallego… pero ninguno te manifiesta que es español.

Parece evidente que la relación con la Patria ha ido perdiendo gran parte de su contenido sentimental o emocional, para irse transmutando en algo mucho más material, hedónico y pragmático: una relación contractual entre urnas, ciudadanos y gobernantes. Una relación en la que, a cualquier precio se busca el bienestar propio, egoísta, desconfiado e insolidario a fuerza de cultivar la atribución de derechos sin obligaciones y colorearse de un sentimiento reivindicativo de carácter económico, sea o no legal, quedando, por consiguiente, poco margen para el sentimiento patriótico y mucho menos compatriotico.

Y así, en nuestra Patria, sus intereses comunes, sus valores, costumbres y tradiciones, sus afectos, su gastronomía, su cultura, su arte y su historia han quedado obsoletos y desligados por una “democracia” que permite que los símbolos patrios, como son la bandera nacional, su himno o héroes y conquistadores que han dado prestigio a su patria internacionalmente sean desprestigiados y ultrajados.

Los demócratas de boquilla, eso sí, han aceptado el regreso de la monarquía parlamentaria, pero no la tradicional católica, la que creó nuestra unión, la España de Isabel y Fernando, la del yugo y las flechas… Casi cinco siglos después, la monarquía amoral reina en España, y nos preguntamos: ¿Existe patriotismo en lo que hoy llamamos España?

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