Puerta de entrada a la posición de Monte Arruit al ser recuperada por los nuestros

Ayer, 9 de agosto, se cumplieron cien años del epílogo del llamado “Desastre de Annual”, con la rendición de Monte Arruit, donde se habían refugiado los restos de las tropas de la Comandancia de Melilla, tras la caída del campamento de Annual.

Más de 3.000 soldados españoles, en una marcha infernal de seis días de duración, en un clima agreste, bajo un sol abrasador, sin recursos, casi sin agua ni municiones y perseguidos de cerca por miles de moros enloquecidos, con sed de sangre, llegaron al fuerte de Monte Arruit, donde se dispusieron a su valerosa defensa, a las órdenes del General Navarro.

Allí, tras los muros de aquella posición, a 30 km. de Melilla, sin posibilidad de recibir apoyo, se hicieron fuertes y, de nuevo, en condiciones infrahumanas, como sucediera en Igueriben, se defendieron con bravura contra un enemigo que los superaba en número, en conocimiento del terreno y en moral de victoria.

El 31 de julio, el valeroso Teniente Coronel Fernando Primo de Rivera, segundo jefe del glorioso Regimiento de Cazadores de Alcántara, que a costa de sus vidas habían protegido el repliegue del resto del Ejército, resultó herido por la metralla de una granada que le destrozó el brazo, muriendo el 6 de agosto consecuencia de la gangrena.

El día 9 de agosto, sin agua, sin municiones, sin esperanza de sobrevivir, el mando, por medio del heliógrafo, autoriza al General Navarro a rendirse a las sanguinarias huestes de Abd el-Krim. Pactadas las condiciones de la rendición, entrega de las armas a cambio de respetar sus vidas, y aceptadas estas por los rifeños, nuestros soldados comenzaron a salir de la posición haciendo entrega de sus armas de acuerdo con lo pactado.

Los heridos y enfermos se alinearon en la puerta de la posición, preparándose para la evacuación. Pero cuando se dio la orden de partir, los rifeños atacaron a los indefensos españoles, abriendo fuego indiscriminado contra ellos, degollándolos e incluso profanando sus cadáveres. Una auténtica carnicería que demostró el escaso honor de los rifeños.

El balance final fue aterrador, casi 2.700 españoles fueron vilmente asesinados, muchos ellos mutilados, cuyos cuerpos, insepultos, quedaron esparcidos en la posición. De los restantes, según los datos oficiales, cerca de 600 fueron hechos prisioneros para ser canjeados por dinero, falleciendo un buen número de ellos durante el cautiverio.

Cuando, dos meses después, se recupera la posición de Monte Arruit, el espectáculo que allí se encuentra es auténticamente dantesco, macabro, los restos destrozados, mutilados y esparcidos por el recinto, de más de 2.600 españolitos.

Macabro aspecto de la posición de Monte Arruit al ser recuperada

Hoy, se cumplen cien años de aquella vil matanza sin que, por parte de este gobierno miserable, se haya realizado ni un solo acto de recuerdo, en su memoria. Es verdad que no resulta fácil conmemorar una derrota, sin embargo, aquellos españoles, la mayoría hijos de campesinos y de familias de clases populares, merecen, cuando menos, una oración en recuerdo de sus almas, toda vez que entregaron su vida por España.

Pone la carne de gallina leer, tantos años después, la carta de Pedro, un soldadito español, que, en los últimos instantes de su vida, escribió una emotiva carta de amor a su novia, María, una hermosa malagueña de cabello azabache y ojos verde esmeralda, a sabiendas de que no la vería jamás.

La carta fue encontrada entre los restos momificados de su autor que permaneció, pudriéndose bajo el sol africano, hasta que la posición fue recuperada por los nuestros. Nadie le había dado cristiana sepultura, ni tampoco rezado una oración por el eterno descanso de su alma.

Hoy, cien años después de aquella masacre, nadie se acuerda de aquellos españoles vilmente asesinados por el moro, sediento de sangre, en aquel lejano Monte Arruit. Ni siquiera se ha organizado un acto institucional en su recuerdo.

No ha habido ni una corona de laurel, ni un toque de Oración, ni una descarga de fusilería… Tal vez para que nadie pueda establecer relación entre estos, que muchos reciben emocionados, tras forzar violentamente nuestras fronteras, con aquellos que nos masacraron vilmente hace, tan solo, cien años.

Sin embargo, sí se acuerdan de las “trece rosas”, a quienes homenajean como grandes heroínas, cuando en realidad eran otra cosa, y de otros personajes por el estilo -Largo Caballero, Prieto, Azaña, etc.- que, en su afán totalitario, llevaron a España a una guerra civil, pero nadie recuerda a nuestros héroes que, mejor o peor dirigidos, con unos medios de combate obsoleto, con una preparación militar en muchos casos deficiente, abandonados por la clase política de entonces, igual que por la de ahora, entregaron su vida por España.

Eso sí, la Televisión Española, la que pagamos todos los españoles, se atrevió, en fechas pasadas, a realizarle una entrevista a la nieta del asesino Abd el-Krim, al igual que en los tiempos del canalla de Zapatero pretendió que se abonase una pensión a los descendientes de aquellos moros que nos asesinaron vilmente en Monte Arruit.

La nuestra, es una sociedad enferma, una sociedad donde el relativismo más feroz se ha convertido en la “religión” que se practica de forma mayoritaria. Una sociedad que no recuerda a sus héroes, agradeciendo su generosidad al dar la vida por la Patria, en una sociedad enferma, enferma de memoria, enferma de valores. Una sociedad que agoniza.

Estoy por asegurar que la inmensa mayoría de nuestros escolares, de nuestra juventud, desconoce lo sucedido en Monte Arruit y aquella penosa campaña africana de los años 20 del siglo pasado les suena a chino, mientras en los colegios les hablan del desembarco de Normandía o de la guerra de secesión de los Estados Unidos, hechos fundamentales para conocer la Historia de su Patria.

Somos una sociedad enferma que marcha, a paso ligero, hacia su destrucción total como no le pongamos remedio.

Y termino. Elevo, en silencio, una oración por alma de los caídos en Monte Arruit y por todos los españolitos que, en tierra africana o en cualquier otro lugar, dieron su vida por España. Descansen en paz.

¡Gloria y honor a los que dieron su vida por España!