“Tengo una salud admirable, como y duermo casi como en casa. Viva tranquila, amachu mía querida, que su hijo se encuentra muy bien…”

Así escribió el 9 de septiembre de 1936 a su madre, desde la bodega número 1 del “Cabo Quilates” el cura de Galdácano. En ese momento tenía ya en su cuerpo las mordeduras del látigo de los guardianes; arriba, en la cubierta regadas de sangre le rondaba ya la muerte. Está escrita con lápiz y con huellas de lágrimas. Pero no lograronn engañar a la madre.

Era, desde la niñez, uno de los caracteres más bondadosos que hemos conocido -decían de él los vecinos-, de esas personas que, por su bondad natural y delicadeza de trato, no pueden tener enemigos.

Le detuvieron el 7 de agosto. Llevaba ya la condena de muerte: amaba a Dios y a España y la fiera pedía que le inmolaran su vida. El día 22 de agosto llegó al “Quilates”. El 25 de septiembre, cuando los aviones nacionales llenaban con el roncar de sus motores el cielo vizcaíno, el P. Matías vio acabar su prisión, y su vida…

Al poner sus pies en la cubierta del “Cabo Quilates” empezó el martirio. Los milicianos le ordenaron que rompiera el Breviario que llevaba siempre en las manos. Don Matías se negó. Le golpearon y atenazaron sus manos hasta que el libro se rompiera y sus hojas volaran hacia el mar. Allí fueron también los escapularios.

Y después el escarnio. Obligaron al sacerdote a correr sobre cubierta. Tras él los milicianos, dejando caer sus vergas sobre la espalda desnuda del prisionero. Deporte que practicaban a diario, todas las noches, hacia las dos de la madrugada. Desnudo, le golpeaban con sus pistolas, hincaban sobre su piel las puntas de chicotes ardiendo, le daban duchas a presión de una bomba centrífuga.

Luego escribiría a su madre: “Anoche tomé una ducha que me sentó muy bien. Me ha arreglado el cuerpo y el espíritu…”.

Otras veces le ponían frente a otro peso, desnudos ambos, y les obligaban a azotarse mutuamente hasta saltar la sangre y los milicianos rugían complacidos.

El paradójico Unamuno escupía sobre las milicianas que después de febrero pedían por las calles llamas de retablos y sangre de españoles: “tiorras desgreñadas, sucias de cuerpo y malolientes de espíritu”. Porque eso eran las harpías que escarnecían el pudor del ungido de Dios y hacían retorcerse su cuerpo de dolor y su alma de vergüenza, con actos que la pluma se niega a repetir.

Un compañero de cautiverio, Manuel de Cortázar, relata uno de los episodios vividos en aquel encierro flotante: “El 25 de septiembre lo asesinaron. A D. Matías Lumbreras lo arrojaron al mar, atado con una cuerda. Prolongaron su agonía. Le hicieron morir ahorcado. Con los ahogos de la asfixia, por el boquete de una cuchilla se le fue el último aliento de vida”.

Los perseguidos suman legión. Lo sucedido en las Vascongadas lo describió muy bien el Papa Pío XI en su discurso a los refugiados españoles, cuando decía: “desposeídos, despojados de todo, cazados y buscados para daros muerte en las ciudades y en los pueblos, en las habitaciones privadas y en las soledades de los montes…” hasta lanzar al mundo aquella intrépida y magnífica palabra que le proclama indigno de tenerles: “Quibus dignus non erat mundus”.

Y los nacionalistas proclamando que todo aquello había sido obra de los anarquistas y comunistas. Falso. Porque algunos de ellos intervinieron directamente con fuerzas a su mando al encarcelar o al no impedir la muerte de estos mártires. La Jerarquía eclesiástica y el Papa les habían advertido que serían desbordados. No valió poner como excusa no poder evitarlo.

Si no pudieron evitar aquellos atropellos ¿por qué continuaron en el Gobierno? ¿Por evitar mayores males? ¿Aún eran pocos los sufridos?