La semana pasada, mientras volvía a casa después del trabajo, escuché atónito en una emisora de radio, Es-radio para más señas, la presentación de un documental sobre Unamuno. Es Unamuno un escritor que siempre me había gustado, no sólo por sus escritos o por su labor docente si no porque en todo momento venía a decir lo que pasaba por su cabeza en cada momento sin importarle la opinión de nadie, ni políticos, ni personalidades de la cultura, de la universidad o de cualquier estamento o corriente social, él era por encima de todo Unamuno.

Lo más sorprendente del programa radiofónico fue la evolución de la conversación del entrevistador con el autor del documental, que poco a poco fue dirigida hacia la muerte del insigne profesor. Un tufillo “memoria democrática” comenzó a trascender de la misma y llevada, con dudas, aseveraciones discutibles y claras mentiras hacia la nueva aseveración histórica de la “memoria democrática” referida a que Unamuno fue asesinado por los franquistas.

La historia nos había contado, hasta el momento, que Unamuno había muerto de una hemorragia cerebral y ahora por arte de birlí biloque, fue asesinado por los fascistas.

Podemos entender que molesten las aseveraciones tan rotundas que D. Miguel de Unamuno hizo contra la situación revolucionaria asesina de la República y que criticase ciertas actitudes del bando nacional, no siendo una persona acomodaticia a la situación, pero su importancia internacional tanto para la cultura como para el pensamiento le convertía en uno de los apoyos más importantes del bando nacional y un baldón para una república que presumía de contar con la intelectualidad española en su bando.

“El movimiento a cuya cabeza se encuentra el general Franco tiende a salvar la civilización occidental cristiana y la independencia nacional”. Unamuno.

La catalogación de la última persona que le vio vivo como “temido y siniestro fascista” parece dirigir a él el hecho de su muerte, sin disimulo se culpa del crimen a un profesor de legislación mercantil de la escuela de comercio y licenciado en derecho por la Universidad de Salamanca, por el sólo hecho de ser falangista, cuando D. Fernando Barranco, profesor de la Universidad de Huelva, de donde procedía el “acusado”, habla de él como persona educada, formada y con buena relación con Unamuno. D Antonio Heredia califica de improbable el hecho y Jon Juaristi define el asunto como “estupidez siniestra”.

Si la Vanguardia, Público o el Periódico se hacen amplio eco del libelo, no es de extrañar que sea Dª Carmen Calvo referente de su campaña publicitaria y de memoria democrática para la descripción de la historia que le interesa de un hombre que no recibió el premio Nobel por no ser “políticamente correcto”.

 Unamuno se reunió con José Antonio, hablando con él sin ambages, asistió a su acto político en Salamanca y siempre tubo de él un concepto digno de alabanza.  Para la Falange intelectual, D. Miguel de Unamuno, fue uno de los suyos y siempre estará presente.