Una de las checas más violentas, sedientas de sangre y latrocinio del Madrid rojo de 1936, fue la de San Bernardo; situada en el Monasterio, que ocupaba los números 72 y 74 de la mencionada céntrica calle.

Su inicio se marca en la mañana del día 22 de julio de 1936, dos días después de la gran matanza de militares y falangistas, completamente desarmados y ya rendidos, del cuartel de La Montaña, donde se hicieron fuertes, al mando del general Joaquín Fanjul Goñi, los alzados. Ese día se instala allí el radio nº 8 de Partido Comunista de España y dos batallones del Quinto Regimiento. Al mando de esta checa quedará el comunista Agapito Escanilla de Simón y su hermano Carlos, pianista de profesión, y que se distinguirían por su maldad en la dirección los interrogatorios a muchos de los detenidos que por allí pasaron.

Su campo de acción se extendió a otras “delegaciones “de aquel siniestro lugar, tan  abominables con él, situadas en la casa marcada con el número 27 de la calle de la Princesa; la Fundación “Pasionaria”, muy frecuentada por la propia Dolores Ibárruri, sita en la Ronda de Atocha, y  donde se fundían todas las joyas y el oro robado en los saqueos realizados de forma indiscriminada a domicilios. Parte del oro que allí se fundió, terminó en los barcos que partieron de Cartagena hacia la Unión Soviética en octubre de 1936. La ultima “sucursal” de la checa de San Bernardo se hallaba instalada  en el ateneo libertario de Vallehermoso, en la calle Blasco de Garay 53.

Junto a Escanilla cabe resaltar a los patibularios siguientes: Santiago Álvarez, Manuel Tellado, Andrés Urresolo; Rafael Sánchez de las Matas Covarrubias,  Vicente Díaz, alias “El Piedra”, integrantes de las brigadas de ejecución de la checa, así como otros individuos como Ladislao Antón “El Ladis”,  “El Tomás, José Lechuga Soto “El Lechuga”, “El Benito”, Eloy de la Figuera y el conserje  de la propia checa y sus mujer Edmundo y Resurrección. Igualmente en aquella checa y sus” apéndices “se distinguieron también en el robo y asesinato, los de la brigada del Amanecer, brigada del Popeye, al mando de un estudiante de Derecho de 25 años que  era boxeador y los Leones Rojos.

Santiago Álvarez fue uno de los organizadores de las sacas de Paracuellos del Jarama y El Soto de Aldovea. Álvarez era un tipo violento, un comunista fanático y perverso.

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Carnet del partido Comunista del chequista Santiago Álvarez.

Una vez finalizada la guerra de Liberación, Álvarez huyó a Rusia, bajo un nombre falso, acompañado por su mujer Matilde y su padre. Miembro del socorro rojo internacional, en su sección española,  trabajaría en Radio España independiente, la conocida como Pirenaica,  junto al también comunista, delegado del Partido Comunista en el frente del  Jarama, Ramón Mendezona, que llegaría ser director de la emisora.

A principios de los años setenta, el gobierno del Generalísimo Franco permitió a Santiago Álvarez regresar a España, una vez publicado el Decreto-ley 10/1969, de 31 de marzo, por el que se declaraba la prescripción de todos los delitos cometidos con anterioridad al 1 de abril de 1939.  En el preámbulo de aquel decreto se manifestaba: “La convivencia pacífica de los españoles durante los últimos treinta años ha consolidado la legitimidad de nuestro Movimiento, que ha sabido dar a nuestra generación seis lustros de paz, de desarrollo y de libertad jurídica como difícilmente se han alcanzado en otras épocas históricas.

Por ello, y con ocasión de cumplirse el primero de abril de mil novecientos sesenta y nueve treinta años desde la fecha final de la Guerra de Liberación, es oportuno hacer expreso reconocimiento de la prescripción de las posibles responsabilidades penales que pudieran derivarse de cualquier hecho que tenga relación con aquella Cruzada, quedando de esta forma jurídicamente inoperante cualquier consecuencia penal de lo que en su día fue una lucha entre hermanos, unidos hoy en la afirmación de una España común más representativa y, como nunca, más dispuesta a trabajar por los caminos de su grandeza futura..."

Escanilla, por su parte, también logró huir, el día 8 de marzo de 1939, con nombre falso en un barco con destino a Rusia. Allí trabajaría para Radio Moscú y contraería matrimonio con una profesora rusa. En noviembre de 1970, fallecería de un ataque cardiaco. Su hermano Carlos,  no correría la misma suerte y será detenido con la entrada de las tropas Nacional en Madrid, a finales de marzo de 1939.  Curiosamente, y a pesar de declarar sus responsabilidades criminosas, en aquella sangrienta checa, sería indultado de forma sorprendente,  años después. Otro de sus hermanos Celso, alcalde de Bogajo (Salamanca) al inicio de la guerra, fue detenido y ejecutado en Salamanca en octubre de 1936.

Otro de los miembros de aquella checa, Eloy de la Figuera, sería fusilado, una vez finalizada la guerra, a pesar de haber refugiado en su casa a varios sacerdotes a quienes salvó la vida.

En la checa de San Bernardo y en sus delegaciones, al igual que en otras muchas de Madrid,  se emplearon “técnicas” de tortura novedosa, traída a España por agentes del stalinismo soviético, entre ellos Alexander Orlov.   Con unos nuevos métodos sádicos, refinados y malvados para hacer confesar a los detenidos, al igual que sucedería en Barcelona y Valencia, se disputaron el “enorme honor” de ser los primeros en lo concerniente  al crimen, latrocinio y barbarie. De ello alardeaban sin ningún tipo de pudor, sonrojo o moderación.

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Agapito Escanilla de Simón.

Por ejemplo la técnica del  “Quebrantahuesos”, que con una tenaza de punta hueca luxaban los huesos de cada dedo de las manos y pies. Con un artilugio denominado “Talón de Aquiles” luxaban de igual modo, todos los huesos de la mano y pies  a la vez. O “el gomazo”, que consistía en colocar alrededor de la cabeza una goma elástica ancha a la altura de la frente. De dicha goma colgaba una campanilla metálica que soltaban para  que esta impactara contra el cráneo del detenido, durante el interrogatorio. O “el collar eléctrico”, un artilugio a modo de collar con bolas metálicas que se colocaba alrededor del cuello de la víctima  y que iba conectado a un cable a través del cual se le administraban descargas eléctricas reguladas en intensidad.

Desde julio a diciembre de 1936, en la Checa de San Bernardo se ejecutó alrededor de nueve mil personas. Los detenidos eran llevados a los pisos altos donde eran interrogados y torturados, sobre todo por el antes mencionado Popeye, un matón despiadado  y sin escrúpulos.  

A última hora de la noche, las patrullas recogían a los detenidos. Los introducían  en un vehículo y se los llevaba  a lugares apartados de Madrid, como la Pradera de San isidro, la Casa de Campo, carretera de El Pardo, Maudes o los altos del Hipódromo. Allí, simulando una avería del vehículo, eran obligados a bajar y asesinados, con fuego de pistola o fusil, allí mismo de forma miserable y cobarde.

En febrero de 1937, aquel trágico lugar  pasaría ser el cuartel general de la división que mandaba Valentín González “El Campesino”

A aquella malvada y lúgubre checa, iría a dar con sus huesos el falangista de Corella, de la Ribera Navarra del Ebro, Manuel Mateo. Las ganas y el odio que los comunistas le tenían a   Mateo venían dadas por su antigua filiación comunista, Mateo, incluso llegó a viajar, en 1931, a  la Unión Soviética,  como representante de las bases del Partido Comunista de España ante la Komintern.  Mateo había ocupado la secretaría de las Juventudes comunistas, siendo también redactor de “Mundo Obrero” y miembro del comité central del partido.

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  1. La calle de San Bernardo en plena guerra de liberación española.

En 1934 conoce a José Antonio Primo de Rivera y decide convertirse al catolicismo y afiliarse a la Falange Española. Junto a Nicasio Álvarez de Sotomayor, antiguo secretario de la CNT y el también cenetista Francisco Guillen Salaya, fundarán bajo una idea de Ramiro Ledesma Ramos y por orden de José Antonio, el sindicato falangista C.O.N.S (Central Obrera Nacional Sindicalista) de la que Manuel Mateo será nombrado jefe, en enero de 1935, tras el abandono de Falange por parte de Sotomayor y Ramiro Ledesma. El sindicato falangista fue creciendo y tuvo una muy notable presencia en las áreas de la Industria del Pan y Similares; Metalurgia; Industria Hotelera y Similares; Empleados de Oficinas; Industrias Gráficas; Dependientes y Mozos de Comercio; Construcción; Transporte; Banca; empleados municipales y oficios varios.

José Antonio confió de forma ciega en Manuel Mateo, pues lo consideraba como el hombre idóneo para encargarse de la organización sindical. El dirigente falangista Francisco Bravo era de la misma opinión y el 26 de octubre de 1934 le escribe una carta  a José Antonio donde entre otros párrafos dice: Y sobre todo mima, auxilia y protege a Mateo, y demás amigos de los sindicatos que sean acreedores a ello”. A vuelta de correo José Antonio contestaría a Bravo: “Mateo, en efecto, se supera a sí mismo cada día. Es una magnífica adquisición”.

 

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  1. Detrás de José Antonio, con sobrero y el pitillo ladeado, Manuel Mateo. En la foto, tomada a la  a la salida del mitin de Falange Española y de las JONS, celebrado el Cinema Europa de Madrid, el 2 de Febrero de 1936, también figuran entre otros, Julio Ruiz de Alda, Raimundo Fernández Cuesta, Manolo Valdés y Camilo Olcina.

En julio de 1936, con el Alzamiento del General Mola en marcha, Mateo regresa a Madrid procedente de Valladolid, donde se ha entrevistado con el General Andrés Saliquet, con quien no llegaría  a un acuerdo  en las formas de articular la colaboración de Falange en el alzamiento. En Madrid, junto a Mariano García, secretario en la Jefatura Nacional de Falange, administrador de los periódicos Falangistas FE y Arriba, se encarga de articular la participación de los falangistas en la clandestinidad, en el Alzamiento militar que se avecina, intentado conectar con Manuel Sarrión y Rafael Garcerán  Sin embargo no conseguirá enlazar con ninguno de ellos, al no poderse celebrar una reunión, ya pactada,  en casa de Enrique Garriguez, dueño de una imprenta situada en la calle Ventura Rodríguez, donde se habían confeccionado los tres primeros números del boletín clandestino de Falange “No importa”. En aquella imprenta, muy cercana al cuartel de la Montaña, se reunieron junto a Mateo,   Mariano García, sus dos hijos, el dueño de la imprenta señor Garriguez y su hijo,  dispuestos a editar un manifiesto de José Antonio, ante la inminencia del Alzamiento. Una vez confeccionado, los camaradas, que debían recoger los paquetes para su difusión, no aparecieron. Mateo consiguió ponerse en comunicación con Rafael Aznar, hermano de Agustín, conviniendo en avisar a cuantos falangistas pudiesen a fin de presentarse en el cuartel de la Montaña el día convenido y unirse de esa forma al Alzamiento en Madrid.

Mateo, ante la movilización de las masas comunistas, que ya conocían, el sábado 18  de julio, que parte del Ejército se había sublevado en Marruecos, tiene que ocultarse ante el peligro de que pudiese ser identificado por sus antiguos correligionarios comunistas, que le había jurado un odio eterno.

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  1. Reunión de mandos falangistas. Junto a José Antonio están Alejandro Salazar, Raimundo Fernández Cuesta, Julio Ruiz de Alda, Manolo Valdés, Manuel Mateo, Agustín Aznar y Rafael Garcerán.

Con la caída, el lunes 20 de julio, del cuartel de la Montaña, con la posterior e injustificable matanza de militares y falangistas y la rendición del General Fanjul, Manuel Mateo intentó suicidarse tirándose por un balcón, algo que lograron impedir Mariano García y sus hijos.

Con las milicias marxistas como dueñas de la calle, una patrulla compuesta por cinco milicianos fuertemente armados, registró la casa e imprenta de Garriguez, el martes día 21 de julio. Allí, en el taller estaban amontonadas y empaquetadas las hojas del manifiesto de José Antonio. Mariano García  le contaría posteriormente a Ceferino Maestú Barrio la emoción y el miedo que pasaron en aquel registro. Dice  Garcia: “Mateo (que iba vestido con un mono), cogió un cacharro de los utilizados para llevar leche y se dispuso a salir del piso. Uno de los milicianos esgrimiendo una escopeta de dos cañones se situó en el pasillo. El de la escopeta preguntó al portero si aquel “lechero” era de la casa, y el otro le contestó negativamente. Entonces ordenó a Mateo que bajara al portal, avisando a los miliciano que allí habían quedado para que lo vigilasen … El miliciano me preguntó a mi si era de la familia, y adelantándome al portero le contesté que primo carnal del dueño. Acto seguido comenzó el registro del piso, no encontrando nada comprometedor. Entonces le ordenaron al impresor que bajase con ellos al taller para registrarlo… Si descubrían el manifiesto de José Antonio nos fusilarían irremisiblemente. Pasamos como quince minutos que nos parecieron años. En esto vimos aparecer en la puerta del piso a Mateo, pálido y tembloroso por la emoción, que casi sin poder hablar me dijo: “Mariano, esos milicianos son unos incautos. No han visto el manifiesto ni me han llevado detenido. No me lo explico…”»

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  1. Boletín clandestino de Falange Española, No Importa, confeccionado en la imprenta de Enrique Garriguez, en la calle madrileña de Ventura Rodríguez.

Todavía aterrados, Mateo, Mariano y el impresor quemaron todos los manifiestos y los hicieron desaparecer por la cisterna del aseo. A los pocos minutos subió el vecino del piso inferior. Habían anegado la tubería pero el pobre hombre subió rogando que no le denunciaran a los milicianos que rondaban el portal ¡pensaba que el atasco lo había producido él con unos cuantos ejemplares del ABC que había tirado por el mismo sitio!”

En aquel registro los milicianos no encontraron el manifiesto de José Antonio, que se hallaba mezclado con impresos para bancos y con una biblias protestantes que estaban sin encuadernar. Mateo logró quedar en libertad al contarles a los milicianos una historia inventada de que llamaba Manuel Hedilla y era de Santander. Mateo tenía en su poder la cedula verdadera del falangista montañés y eso le sirvió para decir que acababa de llegar a Madrid en busca de trabajo y que el dueño de la imprenta le había acogido en su casa. En esa vivienda estará Manuel Mateo durante un mes, tras la caída del cuartel de la montaña.

Tras ello y ayudado por su novia Antonia, logra encontrar una casa en la calle Cadalso, cerca de la estación del norte, alquilándola a nombre de Manuel Hedilla. Mateo se dejó bigote y se tiñó el pelo, pasando por completo desapercibido.

Intentó por todos los medios huir de Madrid a zona  nacional. Logró incluso, gracias a la mediación del impresor Garriguez, un salvoconducto que le facilitó el señor Solana, arquitecto del Instituto Nacional de Previsión, muy amigo de los hermanos falangistas Aznar Gener, quien había montado una pequeña organización para ayudar a ciudadanos acosados y perseguidos. Solana entregaría  a Mateo un carnet de miliciano adscrito a la columna del teniente Coronel Mangada.   

Una mañana de finales del mes de septiembre de 1936, unos miembros del partico Comunista reconocieron por una calle de Madrid a  la novia de Manuel Mateo, Antonia, quien también había militado en el partido. Antonia iba cada dos días al piso donde se encontraba oculto Manuel, a fin de llevarle alimentos y enseres. Decidieron seguirla hasta el piso donde se hallaba Manuel Mateo. Allí mismo fue detenido y conducido a la checa de San Bernardo.

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Fotografía de Manuel Mateo, publicada por la prensa comunista madrileña. El pie lo dice todo. Odio y más odio.

La prensa comunista ávida de venganza llegó a publicar una fotografía de Manuel Mateo cuyo pie decía: “El repugnante cabecilla fascista, Manuel Mateo,  que aún sigue oculto en las sombras de la traición. Para ayudar a los milicianos a sacarle de ellas, publicamos la presente fotografía.”

Antonia y Manuel quedaron detenidos en la checa de San Bernardo. A la semana, Antonia fue puesta en libertad, no sin antes escuchar los gritos de su novio mientras le torturaban. Ya no le volvió a ver jamás. Fue brutalmente torturado por una jauría de malvados. Así lo conto en 1962, en su libro “Hombres made in Moscú”  el que fuera fundador del 5º Regimiento de milicias y miembro del Comité Central del Partido Comunista, Enrique Castro Delgado, quien al finalizar la guerra y tras estar en Moscú se desengañó de la enorme farsa del comunismo y se convirtió en un anticomunista visceral.

En las páginas de su voluminoso libro, editado en Méjico, Castro se refiere de esta forma a los tormentos y posterior asesinato del falangista, obrero, fundador de las C.O.N.S, Manuel Mateo y Mateo. “Cuando llegué al zaguán de la checa de San Bernardo, vi a las gentes andar de un lado para otro con cierta precipitación. — ¿Qué pasa? Pregunté al  camarada Santiago Álvarez. La caza ha sido buena esta noche, Enrique. Entre ellos Mateo. Si quieres presenciar un gran espectáculo, quédate.  No puedo, contesté. Entonces, contestó, ni te entretengo ni me entretengo. Y desapareció mientras yo me  se dirigí a mi coche. En ese instante pensé en las tareas de Santi Álvarez. Hice un gesto de desprecio. Muchos hombres para matar a un hombre. Muchas horas para convertir a un vivo en un muerto...” Durante horas y horas, Manuel Mateo, el joven navarro de Corella, de 32 años de edad, fue martirizado salvajemente hasta acabar con su vida  Su cadáver nunca apareció.