Los 27 asesinados por la canalla marxista

Asistiendo a Misa, hace algunas fechas, en el Convento de Santo Domingo de La Coruña, encontré, sobre un banco, un folleto desplegable con el título de “Beatificación de 27 mártires dominicos”. No voy a negar que, en un primer momento, sospeché que podía tratarse de veintisiete frailes de la Orden de Predicadores, muertos en las distintas Misiones en Asia o en el continente africano a lo largo de los siglos XIX y XX, en las que, en fiel cumplimiento de su deber, como propagadores de la Fe, muchos miembros de la Orden entregaron su vida por Nuestro Señor.

Sin embargo, pronto salí de toda duda cuando leí el nombre de tres localidades españolas: Almagro, Almería y Huéscar donde los religiosos había sido martirizados y vilmente asesinados.

Aquello, me animó aún más a coger uno de los folletos, guardarlo en el bolsillo y llevármelo para casa con el fin de leerlo con atención.

Nada más comenzar a ojearlo recordé a algún indeseable de esos que, siguiendo las órdenes de sus jefes políticos, defienden a ultranza lo que llaman “memoria histórica” que no es más que una forma sesgada y perniciosa de entender la historia de España, vista con un solo ojo, el izquierdo, mostrándose ciegos, como así lo vienen demostrando a todo lo demás.

En el folleto en cuestión aparecen las fotografías de veintisiete personas -veintiséis hombres y una mujer-, la mayoría de ellos, concretamente veinticinco, religiosos de la Orden Dominicana y, junto a ellos, una monja de la misma Orden y un laico.

Por lo que reflejan las fotografías, las edades de los que en ellas aparecen oscilan, habiendo algunos muy jóvenes y otros de edad madura, señalando, únicamente, la edad de la monja -Sor Asunción-, 76 años.

Por supuesto, ninguno de ellos murió de gripe, ni en accidentes de circulación, ni tan siquiera por causas naturales, todos ellos, sin excepción, fueron martirizados y vilmente asesinados por las canallescas bandas de asesinos del frente popular.

No hubo formación de causa y, por tanto, tampoco acusación formal; tampoco tuvieron derecho a defensa alguna; simplemente, unos malnacidos decidieron segarles la vida por el simple hecho de ser sacerdotes, nada más.

Estos viles asesinatos, cometidos por la izquierda, esa que pretende, desde hace años, demostrar su superioridad moral que jamás tuvo ni tendrá, se sucedieron de la siguiente forma:

Entre el 14 y el 15 de agosto de 1936, en Almagro (Ciudad Real), trece de estos frailes fueron expulsados del convento y retenidos, durante dos semanas, en una casa rural hasta que fueron conducidos a un descampado, situado a dos kilómetros de la localidad, y una vez allí, fueron martirizados y asesinados.

Otros tres de ellos, tras huir de Almagro, fueron interceptados en Manzanares (Ciudad Real), detenidos, encarcelados y torturados durante días y, finalmente, el 8 de agosto de 1936, fusilados en las tapias del cementerio

Otros tres frailes, lograron evadirse en tren, siendo detenidos al apearse en la estación de Miguelturra (Ciudad Real). Allí mismo, en las propias vías, fueron fusilados el 30 de julio de 1936.

De igual modo, por el mismo procedimiento, en Alcázar de San Juan, fue asesinado, el 27 de julio de 1936, otros fraile Dominico evadido del convento de Almagro.

Pero hay más, en Almería, cinco frailes se refugiaron en casas particulares hasta que fueron descubiertos y ejecutados, al igual que el laico Fructuoso que fue detenido en su casa y ejecutado en la playa. Es de suponer que igual o parecida suerte correrían los que los ocultaron en sus domicilios.

Finalmente, en Huéscar (Granada), fue asesinada, en febrero de 1937, Sor Asunción, de 76 años. Su único delito: llevar una Cruz colgada del cuello.

Los nombres de los asesinados vilmente por la horda roja, todos hijos de padre y madre, son los siguientes: Angel Marina, Manuel Fernández, Natalio Camazón, Antonio Trancho, Luis Suárez, Eduardo Sáinz, Pedro López, Dionisio Pérez, Sebastián Sáinz, Arsenio de la Viuda, Ovidio Bravo, Dionisio Pérez, Fernando García, Antolín Martínez-Santos, Paulino Reoyo, Santiago Aparicio, Ricardo Manuel López, José Garrido, Junto Vicente, Mateo de Prado, Juan Aguilar, Tomás Morales, Fernando Grund, Fernando de Pablos, Luis María Fernández, Fructuoso Pérez (laico) y Sor Ascensión de San José.

Tal vez ahora, para honrar su memoria, pese a que ellos ya se sintieron honrados al morir por sus creencias, cumpla tratar de localizar la identidad de los autores de estos execrables crímenes, pues quien sabe si alguno da nombre a cualquier calle de una ciudad o un pueblo de España y habrá que exigir que se le retire de inmediato.

Qué Dios nuestro Señor, en su infinita misericordia, otorgue a las almas de estos religiosos vilmente asesinados el descanso eterno y se lo niegue, por toda la eternidad, a sus miserables asesinos.

Estos y otros muchos crímenes más, de los que fueron autores los miserables canallas del malvado frente popular, son los que nos pretenden ocultar.

Ya lo han hecho en otras ocasiones en las que, en su enfermiza búsqueda de muertos asesinados por los nacionales, han topado con fosas comunes donde reposan los restos de los masacrados por la canalla roja y que se han apresurado a tapar nuevamente para evitar que los españoles lleguen a saber, de verdad, las tropelías cometidas por milicianos y milicianas de puño en alto, esas que tanto les gusta glosar a los paniaguados de la ceja.

Cuánto mejor sería para todos no tratar de reescribir la historia y dejar que los muertos, de uno y otro bando, descansen para siempre en paz.