La historia de la cheka de San Elías es una combinación de crueldad y heroísmo. En sus salas, ubicadas en el sótano del convento de las clarisas de Jerusalén, tuvo lugar uno de los episodios más detestables de la persecución religiosa y civil de nuestra guerra civil.

El Real Monasterio de Religiosas de la Soberana Orden de San Juan de Jerusalén estaba situado, hasta la revolución de 1886, donde hoy en día se levanta el mercado de la Boquería o de San José. Las religiosas edificaron éste otro en el año 1885. El diario La Vanguardia publicaba, el 6 de octubre de 1936, la creación de una nueva Junta de Seguridad de Cataluña, que consolidaba la situación fáctica del poder en manos de las fuerzas dominantes. Las patrullas de control, por estas fechas, habían suspendido la dispersión de sus víctimas dentro de la ciudad y, para iniciar la siguiente etapa de asesinatos en los cementerios de los alrededores de la ciudad, efectuaron el agrupamiento de las víctimas en sus propios controles para su posterior traslado a los cementerios.

La salida espontánea de las religiosas se efectuó el 9 de julio de 1936 y la ocupación por los milicianos de la FAI se hizo pocos días después, porqué encontraron que los locales eran adecuados para hacer una prisión, y sí fue durante 10 meses. El lugar solitario y apartado del convento interesó al comité central de milicias por su amplitud, huerto con granja, dos torres y murallas altas. El recinto estaba rodeado por una tapia de cinco metros de altura cerrando la huerta y la granja de animales de corral para el consumo interior.

No todas las religiosas abandonaron el Convento. Se permitió la salida de todas, menos dos, a Italia. Estas dos se quedaron en San Elías y trabajaron en la cocina al servicio de las Patrullas de Control y del SIM.

El uso carcelario del convento se divide en dos etapas. La primera, desde julio de 1936 hasta primeros de mayo de 1937. Diez meses al servicio del Comité Central de Milicias Antifascistas. La segunda, desde mayo de 1937 hasta enero de 1939. En esta etapa San Elías estuvo en manos del SIM. Así pues, la leyenda negra de ésta cheka corresponde a la primera etapa. Quibus escribe que “un terror homicida llenaba aquellas celdas… cada noche llegaban a los oídos de los presos aquellas descargas sordas pero inconfundibles, que salían de los sótano y que ni la distancia ni los espesos muros y bóvedas herméticas lograban apaciguar del todo”.

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Y uno de los principales responsables del culto clandestino en Barcelona, el jesuita Bartolomé Arbona Estrades, afirmó que “los hombres del primer piso y las mujeres de la planta baja vivían el terror más espantoso, una desconfianza máxima hasta de los compañeros más cercanos, entre los cuales se sabía que los rojos habían intercalado espías. Las conversaciones los unos con otros eran por esta razón, breves y anodinas, empedradas de monosílabos y silencios, en un ambiente de recelo mutuo que halaba en la boca la más inocente confidencia. De ahí que resultase imposible conocer el estado de ánimo de nadie. Pero todos se daban cuenta -y eso era lo único que se veía con claridad- de que aquella situación angustiosa era una interinidad sumamente pasajera que muy pronto debía resolverse”.

Fernando Gómez Catón, en su libro La Iglesia de los mártires, sobre San Elías escribe que “de San Elías puede contarse el extremado deterioro de ánimo a partir de las nueve de la noche, cuando los internos, encerrados en sus celdas, hacían frente su solidaria angustia. Al llegar las once y las doce de la noche, oían pisadas, chirridos, bisagras. Una puerta se abría. Leía el miliciano los nombres de los condenados. A las despedidas, los pasos se perdían y el oído volvía al espeso silencio. Por la mañana, los cautivos se buscaban, se contaban: faltan diez, faltan veinte… Hasta aquel apartado lugar de Barcelona llegaron los últimos pasos de muchos desaparecidos y las finales esperanzas de sus amigos y deudos. “Cementerio de vivos”, según la prensa izquierdista, tiene al cabo de medio siglo todavía secretos indescifrables, leyenda terrorífica no igualada en las posteriores chekas máximas de Vallmajor y la Tamarita, aunque se parecía a ellas por el procedimiento, y desde allí no se salía sino para morir”.

Todas las noches se dedicaban a ejecutar a los presos que, según el juicio de los milicianos, tenían que morir. Habitualmente los ejecutaban, en el lugar donde hoy se levanta un altar -como se puede ver en la fotografía-, donde todavía hoy son visibles los impactos de la ametralladora. Los salesianos prisioneros durante el mes de mayo de 1937 escriben que “la cárcel se hallaba vacía, albergando sólo un retén de milicianos rojos que se trataban a cuerpo de rey, so pretexto de imaginarios servicios. Nos condujeron a un vasto salón de la planta baja, completamente desamueblada; en un rincón había una gran bandera roji-negra, en medio del trapo destacaba una enorme calavera cruzada por dos puñales”.

El historiador Manuel García Miralles, en su obra sobre los dominicos de Barcelona durante la guerra, señala que “las paredes del claustro estaban acribilladas a balazos. El aljibe, desojado de su brocal y tapiada la abertura a nivel del suelo, para evitar el hedor de los centenares de cadáveres que estaba lleno. En los ángulos del mismo claustro, montones de basura y escombros, entre los que se veían zapatos, bolsos de señora y prendas de caballero. En los bajos y sótano, se conservaban claras muestras de fusilamientos; una de ellas en ciertos renglones escritos en el muro, con dedos tinos en sangre, en los que se leían estas palabras: Así acabaremos con todo los fascistas”.

Monseñor Antonio Montero, obispo de Badajoz, en su tesis doctoral sobre la persecución religiosa, Historia de la persecución religiosa en España, explica de San Elías que “actualmente se han encontrado testigos que nos refieren que, estando ellos presos en la cárcel de San Elías en el 1936, era de dominio público que el jefe de la cheka, un tal “Jorobado”, cebaba a un piara de cerdos con carne humana. Que muchos presos eran echados a dicha piara y que la Madre general de las Carmelitas de la Caridad, Apolonia Lizarraga Ochoa de Zabalegi del Santísimo Sacramento, fue una de dichas víctimas. La desnudaron, la ataron de manos y tobillos, la llevaron al patio, colgándola de un gancho en la pared, con un serrucho la cortaron en cuatro partes y luego en trozos más pequeños fue devorada por dichos animales, que en la citada prisión engordaban en número de 42. Mientras la cotaban oraba y decía a sus verdugos que les perdonaba como Cristo perdonó a los que le crucificaron”.

Cuando los nuevos dueños de la prisión, el SIM, hicieron un inventario de los contenidos del economato, las cocinas, el mobiliario y los locales donde se alojó una población de más de mil personas, señalaron que “había presos incomunicados en unos sótanos que llegan hasta debajo del presbiterio de la capilla y se veía a guardias rojos ir con ellos con fanalitos…hierros de la bóveda: de él colgaban las sogas que mantenían los cuerpos de las víctimas tocando el suelo únicamente con la punta de los pies, para que, en esa postura, las vergas se les adaptaran mejor a las carnes…; y allí tenían la ducha de agua congelada, los hierros y los garfios, la silla eléctrica y la guillotina”.

Una vez terminada la guerra civil, San Elías se convirtió en cárcel. No fue hasta 1943 cuando volvió a ser convento, regresando las monjas exiliadas en Italia. Las feligresas que ayudaron a reparar San Elías recuerdan la gran cantidad de sangre que tuvieron que limpiar. Por todas partes había sangre y huesos humanos. Estos fueron depositados en una habitación, tapiada posteriormente, sobre la cual se inscribió el siguiente lema: Ipsi vero mortui sunt pro Christo, et vivent in aeternum -los que murieron por amor de Cristo, y vivirán para siempre-. Con el paso de los años la existencia de San Elías pasó a ser historia. Diferentes párrocos eliminaron cualquier resquicio del pasado. Hoy en día no queda ningún rastro de lo que allí había. Sólo se conservan algunos casquillos y balas que extrajeron de las paredes. Balas destrozadas por el impacto en las paredes y casquillos sucios de tierra nos dan fe de los crímenes allí cometidos. A principios de la década de los setenta del siglo pasado las ocho monjas que quedaban vendieron parte del convento. De esta manera desapareció el pozo donde se echaba a los muertos y el terreno donde se crio a los cerdos. San Elías forma parte del pasado, pero su recuerdo perdura en la memoria de muchos barceloneses.

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En esta cheka, a parte de los fusilamientos que se produjeron, se tienen noticias que se utilizaron hornos crematorios para hacer desaparecer los cadáveres. En esta cheka ingresó Eusebio Cortés Puigdengolas y su sobrino.

Eusebio Cortés Puigdengolas nació en Igualada (Barcelona) el 16 de marzo de 1889. Empleado de Banca. Fue asesinado en la cheka de San Elías de Barcelona. Se desconoce la fecha de su fallecimiento. Casado con María Tossal. El día 4 de agosto de 1936 Eusebio Cortés y su sobrino Ramón Cortés marcharon de Igualada para refugiarse en Barcelona, en la calle Nápoles 175, piso segundo, donde vivía una hermana del primero. Ramón Cortés Jubert había nacido en Igualada el 22 de mayo de 1907. Estaba casado y tenía una hija. Como su hermano, Manuel, trabajaba en el taller de carpintería de la familia.

Aquel 4 de agosto habían sido asesinados Camilo Cortés Puigdengolas y Manuel Cortes Jubert, su hijo. Camilo Cortés habían nacido en Igualada el 13 de junio de 1886. Era un conocido dirigente carlista. Trabajaba como carpintero. Estaba casado con Providencia Jubert y tenían seis hijos. Supuestamente fue condenado por haber ayudado a varias religiosas. Manuel Cortés, hijo del anterior, había nacido en Igualada el 24 de abril de 1911. Trabajaba con su padre. Estaba casado y tenía un hijo. Al ser detenidos el 4 de agosto, los llevaron a las afueras de la ciudad. El primero en ser asesinado fue el hijo. Antes de darle muerte a Camilo Cortés, sus asesinos le obligaron a reconocer el cadáver de su hijo que acababa de morir asesinado. Fueron las primeras víctimas seglares de Igualada.

Eusebio Cortés y su sobrino se establecieron en Barcelona. El día 2 de septiembre una patrulla de control los fue a buscar. La familia siempre tuvo la convicción que fueron denunciados por una persona conocida de la familia, que conocía el paradero de los mismos. De la calle Nápoles se los llevaron a la cheka de San Elías de Barcelona. El 10 de septiembre los sacaron de San Elías y nunca más se supo de ellos. Su mujer buscó incansablemente los restos mortales de su marido y de su sobrino, pero nunca logró encontrarlos. Sin embargo, esa búsqueda permitió localizar nueve igualadinos enterrados en la fosa común del cementerio de Montcada y Reixach. Se supo que por aquellos días muchas víctimas habían sido descuartizadas y dadas como alimento a los cerdos. La familia siempre ha mantenido la convicción que tal cosa ocurrió con ellos. El presbítero Juan Cortés Tossal, hijo de Eusebio Cortés, nos ofrece su testimonio con referencia al posible final que recibió el cuerpo de su padre y de su primo:

 

Es verdad, soy hijo de un mártir. Toda mi familia tenía una idea tradicionalista, aunque el verdadero político era mi tío Camilo. Mi padre, más que nada era un buen cristiano, marcado por ser el hermano del “político”. Todos los hombres de la familia fueron asesinados, dejando solamente a los que por aquel entonces éramos niños.

Mi tío Camilo y su hijo Manuel fueron asesinados, los primeros, en Igualada. Mi padre Eusebio y mi primo Ramón, heredero del tío Camilo, huyeron a Barcelona, para refugiarse en casa de mi tía Pilar Cortés, hermana de mi padre. A los pocos días los fueron a buscar allí, y sabemos que fueron ingresados en la cheka que había en el Convento de San Elías, de Barcelona.

Cuando supimos que los habían sacado de la cheka, mi madre, que era una mujer fuerte y valiente como pocas, removió Roma con Santiago para encontrarlos. Nunca supimos donde los llevaron y asesinaron. Buscando archivos fotográficos y de recortes de ropa ella encontró muchos otros de Igualada; pero mi padre y mi primo nunca los encontramos. De manera que no sabemos dónde están sus restos mortales.

Se sabe que por aquellas fechas se hicieron monstruosidades, como dar carne humana a los cerdos... Nunca hemos podido constatarlo fidedignamente, pero mi madre y mi hermano mayor tenían sobre el particular pistas sólidas.

Le adjunto dos fotocopias de la partida de defunción. La manuscrita la arrancó mi madre del Juez suplente de Igualada, en mayo de 1939, previa inscripción. Pues al no constar en ningún sitio su defunción acarreaba mucha problemática a la familia. La otra fotocopia ya es posterior, como fruto lógico de la previa inscripción del 1939, urgida por mi madre”.

 

La partida de defunción aportada por el presbítero Joan Cortés dice: “Don Juan Morera Sabater, Juez Municipal de Igualada provincia de Barcelona, y encargado del Registro Civil, CERTIFICO: que según consta del acta reseñada al margen y correspondiente a la Sección III de éste Registro Civil, D. Eusebio Cortés Puigdengolas nació en esta ciudad, de cuarenta y ocho años de edad, e hijo de Ramón y de Maria, de estado casado con doña María Tossal Cuadreny dejando de dicho matrimonio cinco hijos llamados Rita, Román, Ramón, Juan y Dolores. FALLECIO en el Convento de San Elías el día 2 de septiembre de mil novecientos treinta y seis a consecuencia de una hemorragia interna. Igualada a 21 de octubre de 1946”.

La fecha de defunción se desconocía, por eso fue elegido el día de su detención en Barcelona. Teniendo en cuenta las circunstancias del momento, es muy probable que falleciera ese mismo día o pocos días más tarde. El presbítero Joan Cortés continua su relato:

 

Con referencia al fin dramático de los restos de mi padre mártir, comprended que era un tema tabú en casa. Mi madre nos subió a los cinco hijos con grandes trabajos y dificultades económicas, y no era cuestión de marcarnos psicológicamente con detalles escabrosos. Así y todo tengo presente una conversación de ella con cierta persona, a la cual le explicaba veladamente el fin de los restos de mi padre, como una, no sólo posibilidad, sino realidad. Resulta ser que un policía de Igualada en activo durante aquellos tiempos, pero de alma “blanca”, se lo había explicado, añadiendo que incluso la prensa de aquellos días había constatado el hecho con una nota que, una vez realizada la macabra operación, se había castigado a los culpables. A parte de esto, mi hermano mayor, también sacerdote y misionero muy conocido y popular, aun manteniendo entre nosotros la temática como “tabú”, en alguna ocasión, en temas de comunidades de base o de cursillos de formación, lo había dicho públicamente, pero en círculos reducidos. Esto yo lo sé por personas amigas suyas que me lo han comentado. El murió santamente, después de un inmenso trabajo apostólico aquí y en Colombia, el 15 de diciembre de 1981.

Con referencia a mi primo Ramón, evidentemente, tampoco no hay ninguna certeza. Pero parece que salieron juntos. Este policía “banco” inmergido hablaba de la misma suerte para el tío y el sobrino, que salieron de la cheka el mismo día. Si de todo esto hacéis alguna reseña escrita, sed moderado y no digáis más de lo que un servidor os ha dicho.

Era a comienzos del 40, me parece, que un servidor en cierta ocasión acompañé a mi madre en la búsqueda de los restos de mi padre mártir. Recuerdo perfectamente que ella identificó algunos otros igualadinos asesinados, a través de recortes de ropa, y especialmente de fotos de cadáveres. Recuerdo que yo me mareé procurando mirar detalladamente aquellas fotos e intentando descubrir a mi padre. Ahora ya no recuerdo el número de identificaciones que ella hizo pero, al menos, parece, había los restos de Josep Terrades y Fortuny; Sadurní Rodríguez Fernández, Pere Serarols Mir, Eduard Tubella Serra.

Mi madre conocía muy bien a los cuatro – y probablemente eran más, ahora no lo recuerdo- porque Terrades vivía delante de casa; Rodríguez era el conserje del Círculo Carlista que en casa frecuentábamos; Serarols también asistía; y Tubella era un gran amigo de casa, donde venía con frecuencia.

No os podré servir para mucho más de lo que acabo de contaros. Han pasado muchos años y la memoria se va perdiendo. Aceptad esta prueba de buena voluntad”.

El Fomento de la Piedad publicó la siguiente nota: “Yo Eusebio Cortés declaro que profeso la Religión Católica y con esta Fe quiero vivir y morir como hijo de la Santa Madre Iglesia. Por tanto, hago constar mi deseo de recibir los Santos Sacramentos y auxilios espirituales de mi Religión en caso de enfermedad o peligro grave; así como mi voluntad expresa de que mi cadáver sea enterrado conforme al rito de la Religión Católica, Apostólica y Románica. Y para que conste y se cumpla lo firmo en Igualada el día 14 de abril de 1936”. Su deseo nunca se vio realizado.

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