Durante la segunda quincena de julio se despertó, en toda la zona republicana, un poderoso movimiento de autodefensa, que se cristalizó en la formación espontanea de milicias, para cubrir el vacío que supone la quiebra del ejército regular y de las fuerzas de orden público.

    En Madrid, desde las milicias creadas por agrupaciones profesionales, fueron notorias, entre otras, el Batallón “artes blancas” de panaderos, el Batallón “artes gráficas” y las milicias de artistas de variedades de la UGT.

   En la euforia revolucionaria del momento, algunas milicias recibieron el nombre de mitos populares. Como fue el caso del “Batallón Aida la Fuente”, en recuero de la comunista muerta en la revolución asturiana de 1934, y del “Batallón Condés”, capitán de la Guardia Civil, implicado en el asesinato de Calvo Sotelo. Entre todas las formaciones de milicias destacó el llamado “Quinto Regimiento”, creado por el Partido Comunista en los primeros días de la guerra civil. No se trataba de un Regimiento, sino de un centro de alistamiento e instrucción, instalado en un convento de la calle Francos Rodríguez de Madrid. De él saldrían sucesivamente unidades entrenadas para combatir en los frentes. Dentro del Quinto Regimiento sobresalían por su capacidad nombres que tuvieron un papel importante en la contienda:  Enrique Lister y Juan Modesto, Enrique Castro Delgado, Santiago Álvarez y el comunista italiano exiliado Vittorio Vidal, que se hace llamar Carlos Contreras.

    Las primeras compañías que partieron para el frente desde el cuartel del Quinto Regimiento fueron las célebres “Compañías de Acero”.

    Un Decreto estableció la posibilidad de crear batallones de voluntarios con milicianos de 20 a 30 años.  Pero el reclutamiento no tardó en enfriarse a aquellos reservistas que puedan presentar un aval de cualquier organización del Frente Popular.

    Oficiales fieles a la República recibieron por su parte ordenes de formar dichos batallones de voluntarios. Como en Madrid subsistía parte de la estructura militar del Estado, núcleo de profesionales recibieron los esfuerzos destinados a formar un aparato de defensa que oponer a los nacionales.

    Mientras algunos oficiales encabezaban las primeras columnas rojas, otros desde el Ministerio de la Guerra intentaron recomponer una mínima organización militar. Fruto de ello fue la inspección general de milicias que se creó por el decreto de 8 agosto, para coordinar en lo posible los Batallones formados por Partidos y Sindicatos, y gestionar los suministros, las municiones y las pagas.

    Para restructurar un ejército regular se creó más tarde la Junta Central de Reclutamiento, que llamó a filas a los remplazos desde los años 1933, 1934 y 1935, a fin de incrementar los efectivos en armas. Mientras tanto, algunos sectores revolucionarios se opusieron a la militarización, prefirieron hacer la guerra manteniendo el sistema de milicias, mucho más próximos a sus planteamientos ideológicos.

     En la zona roja, las Centrales Sindicales y los Comités de Empresas, incautaron las fábricas, oficinas y talleres; y el Gobierno Frentepopulista, por su parte, decretó la apropiación de los edificios y propiedades de las congregaciones religiosas y confisca nueve buques a la compañía Transmediterránea.

     En estos momentos, el Alzamiento Nacional había triunfado prácticamente en toda Andalucía y su objetivo fundamental es tomar Madrid, y para ello está acumulando tropas procedentes de África, lo que hace reaccionar al gobierno rojo, con lo que el General Miaja recibe la orden de formar una potente columna para que dirigiéndose por Despeñaperros sobre Córdoba y Sevilla.  Esta iniciativa trata de impedir el acceso a la meseta mediante el control de la principal ruta entre Andalucía y la Capital. La columna de Miaja avanzó muy lentamente, saliendo desde Albacete con cautela y lentitud, llegando primeramente a Montoro el 28 de julio, donde se dedicó a pequeñas operaciones tácticas y represivas, sin decidir a atacar abiertamente.

     Mientras todo ese tiempo, las fuerzas de General Queipo de Llano consiguieron establecer enlaces con la guarnición de Granada, ciudad que quedó aislada en medio del territorio rojo. Partiendo de Sevilla, ocupó La roda, Antequera, Archidona y Loja, logrando establecer comunicación por tierras entre las dos capitales andaluzas.

    Las primeras columnas andaluzas se formaron con contingentes del ejército, guardias civiles y de asalto y grupos de voluntarios, entre los cuales destacaban los caballistas del Algabeño, antiguo torero muy conocido y querido.

    Cuando Miaja decidió atacar Córdoba, su guarnición, inicialmente muy débil, tuvo tiempo de reforzarse con las tropas africanas enviadas por Queipo de Llano al mando del General Varela. El ataque rojo supuso un rotundo fracaso y miaja hubo de retirarse vencido.

    Las fuerzas nacionales llegadas de África iniciaron desde Sevilla la marcha hacia Badajoz para enlazar con las fuerzas del general Mola, que dominaban Castilla y el norte de Extremadura.

    El primero de agosto Franco, General del ejército de Marruecos y del Sur, desde África, ordenó que se dirigiesen hacia el norte tres columnas de vanguardia: columnas de Asensio, Castejón y Tella que saliendo por la carretera de Sevilla a Mérida y desde esta ciudad tomar Badajoz. Comenzando así la Batalla del Guadiana, cuyo objetivo es enlazar las fuerzas nacionales del norte con las de sur. Sin apenas oposición el 4 de agosto la columna de Asensio ocupó pueblo a pueblo y el frente avanza en un solo día 80 kilómetros, y llega al pueblo de Almendralejo conde choca con uno de los primeros focos de resistencia roja, ocupando toda la localidad salvo la iglesia, donde están parapetados algunos habitantes y milicianos. La lucha fue encarnizada, pero la falta de organización y munición hizo que, a las pocas horas, los milicianos parapetados en la iglesia se rindiesen y Almendralejo cayese en su totalidad.

    En de notar que había milicianos que luchaban y morían noble y bravamente por sus ideas, pero hay otros que viven sobre el inmenso cadáver de la zona roja, y se llaman a sí mismo “las hienas del progreso”; también hay milicianas que servían, por así decirlo, al reposo del guerrero, y sus propios compañeros las llamaron “las ametralladoras”, por las bajas que causaron;  algunos de sus jefes limpiaron sus unidades de esta porquería, de entre ellos, Durruti, el más prestigioso jefe anarcosindicalista, que venía desde Barcelona a los campos de Aragón, tras tomar Bujarelóz, personalmente fusiló allí a prostitutas y e invertidos; Castro, el comandante del Quinto Regimiento, según contó él mismo en su último libro, sufrió persecución de la Pasionaria por atacar a estos “refuerzos”.

      El 9 de agosto llegó Franco a Sevilla, que le recibió como a un salvador y en el Ayuntamiento el General Queipo de Llano, y la multitud enfervorizada no dejaba de Gritar ¡Franco!, ¡Franco!, ¡Franco!

    El amanecer del 9 de agosto despuntó con movimiento de tropas en Sevilla, y la tercera columna Tello se puso en marcha, hacia el norte, para enlazar con las otras dos columnas.

    El avance de estas tropas, constituidas fundamentalmente por fuerzas africanas, que ya se conocían como Ejército Expedicionario de Marruecos, marcharon, el día 11, al mando táctico del Teniente Coronel Juan Yagüe, y al llegar a Mérida, se encontraron con una primera resistencia, aunque muy rudimentaria, que no pudo contener el avance de las tropas nacionales. Así, los nacionales, al mediodía de ese mismo día, llegaron a la plaza principal y rindieron Mérida al Teniente Coronel Yagüe. Su ocupación permite establecer contacto con las fuerzas de Cáceres, lo que une las dos zonas dominadas por los nacionales.

    La caída de Mérida preocupó profundamente a los dirigentes políticos y militares del bando rojo, al comprender el peligro que corría Badajoz, así como un avance sobre Madrid por el valle del Tajo. Pero las tropas de Yague continuaron su avance hacia el norte a fin de establecer un a amplio pasillo que comunicase a Mérida con Cáceres. Yague ordeno el desvío hacia el oeste y después de tomar Talavera la Real, llegó a las inmediaciones de Badajoz, antes de conseguir el avance hacia Madrid.

    Antes las alarmantes noticas de lo que estaba ocurriendo en Extremadura, el gobierno de la República, siguió enviando refuerzos a la zona.  Desde Madrid salió la columna “Oropesa”, desde Valencia la columna “fantasma” y desde Ciudad Real una tercera, que avanzó en dirección a Don Benito amenazando los flancos de las columnas africanas. En las localidades cercanas utilizaron todo tipo de vehículos para acercarse lo más posible a la ciudad cercada. Los miles de milicianos que acudieron a socorrer la ciudad, poco pudieron hacer, porque Badajoz quedó embolsada, puesto que los Nacionales continuaron con su avance vertiginoso, llegando a Badajoz el 13 de agosto. La ciudad estaba aparentemente bien defendida por unos 3.000 milicianos, sin preparación militar y entusiasmo desigual, a los que se unieron 500 soldados y dos piezas de artillería; los milicianos se parapetaron en las inexpugnables murallas, fue la primera resistencia coordinada y organizada. Y sobre Badajoz cayeron las primeras bombas aéreas, y los aviones nacionales pudieron dar cobertura a la infantería, gracias a la ausencia de la aviación roja, que no apareció en todo el día. Los muertos y heridos quedaron en las murallas tendidos, bajo el silencio agujereado de algunos disparos aislados. Se combatía en el fuerte de la Pardalara y en cuartel de Menacho, donde el Comandante Alonso y un grupo de Milicianos rechazaron un primer asalto. La guardia civil de la ciudad se sublevó, pero el motín fue sofocado.

    El 15 de agosto la artillería nacional retoma el fuego contra las murallas, inmediatamente después tuvo lugar el asalto de las tropas de Yague por las grietas. Y los regulares avanzaron por el lado derecho, entrando por la puerta de los carros.  Los legionarios establecen una avanzadilla para la conquista de la ciudad, que solo consiguieron llegar a la Plaza de la Trinidad, un capitán, un cabo y 14 legionarios. Estableciéndose la lucha en las calles. De inmediato, los nacionales dominaron gran parte de Badajoz, sin embargo, el combate en las calles continuó hasta el anochecer y los tiroteos internos no cesaron en toda la noche. Los milicianos retrocedieron. Aquella operación sangre y fuego convirtió la actuación de legionarios y regulares en el final, de una vez por todo, con la resistencia inconada de los defensores de Badajoz.  Sin embargo, la entrada de las tropas nacionales en Badajoz, una verdadera fortaleza amurallada, se hizo a costa de decenas vidas de los soldados de la cuarta y quinta bandera de la legión. La aviación roja no apareció por ningún lado y la nacional dominó el cielo sin dificultades.

    En la catedral se refugiaron 50.000 milicianos y pelearon hasta quedarse sin munición; los combates prosiguieron entonces al pie de las puertas abiertas en el baluarte y luchando bayoneta calada. La ciudad cayó al anochecer. El Coronel Ildefonso Puigdengolas, el Gobernador Civil, otros oficiales y aproximadamente un millar de soldados lograron huir a Portugal. El Camino en dirección a Madrid quedó abierto, por lo que Yague lanzó sus fuerzas a Madrid, abrió la frontera con Portugal y enlazó con el Ejército del Norte.  Pocas veces el soldado ha sido tan perfecto y el mando tan eficaz. Las consecuencias de lol ocurrido en Badajoz se hicieron sentir inmediatamente en Madrid, que vivía en medio de la tensión y el desorden. 

    En Madrid se recrudeció la persecución del enemigo interior. En las checas o cárceles políticas las represiones se agravaron, como en la del “Marqués de Riscal”, o las tristemente famosas de las “Brigadas del Amanecer”, que dirigió Agapito García Atadell, provocaron el terror en la población ciudadana, incluso en los adictos a la República.

    Algo insólito y que cuya notica embargó el alma española, fue el asesinato, el día 16 de agosto, del General Eduardo López Ochoa, el hombre que mando las tropas que sofocaron la rebelión asturiana contra la República en 1934; quien, estando ingresado en el hospital militar de Carabanchel, un grupo de milicianos con intención de vengar los sucesos de Asturias, le sacaron del hospital, lo fusilan, lo decapitan y seguidamente pasearon su cabeza clavada en una pica por las calles de Madrid.

    Las escenas pueden visionarse en el enlace: