En el año de 1998, aquel en el que conmemoramos el primer centenario de la pérdida de nuestras últimas posesiones ultramarinas, era Alcalde de la ciudad de La Coruña el inolvidable Francisco Vázquez, sin lugar a dudas, uno de los mejores regidores que tuvo la ciudad a lo largo de sus muchos siglos de historia.

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Francisco Vázquez, persona que goza del reconocimiento y admiración de miles de coruñeses, entre ellos el mío que me honro con su amistad, supuso un auténtico revulsivo para La Coruña en unos años en que languidecía. Muy atrás quedaban aquellos tiempos de pujanza en los que, merced a que el General Franco veraneaba en las Torres de Meirás, nuestra ciudad se convertía en principal foco de atención de la vida política y social española a lo largo del verano.

Todo aquello, era ya pasado y La Coruña, tras la muerte de Franco, quedó sumida en una especie de oscuro letargo al que contribuyó la presencia en el Ayuntamiento, al principio de la era democrática, de un gobierno municipal formado por una suerte de frente popular -comunistas, socialistas, separatistas- que trajo como consecuencia que los coruñeses perdiésemos la ilusión y, sobre todo, que se fuese diluyendo ese sentimiento de coruñesismo militante del que siempre habíamos hecho gala.

Sin embargo, con la llegada de Francisco Vázquez al Ayuntamiento, todo aquello comenzó a cambiar hasta el punto de convertir a La Coruña en un foco que irradiaba libertad, pujanza y prosperidad ya que si algo distinguió la política municipal del Alcalde Vázquez fue su afán de sumar y no de restar como suele suceder cuando gobierna la izquierda.

Uno de los objetivos que se marcó aquel Ayuntamiento fue, según palabras del propio Francisco Vázquez, “la recuperación y posterior difusión de la historia de nuestra ciudad. Este anhelo incluye el rescatar del pasado todos aquellos ceremoniales, procesiones y actos representativos que singularizan la vida de La Coruña”.

Efectivamente, si por algo se había distinguido la ciudad a lo largo de su historia, había sido, precisamente, por su clase y categoría demostrada en la elegancia de sus actos y ceremonias, con una inmejorable puesta en escena, circunstancia esta que, por supuesto, se había eclipsado con la llegada al gobierno municipal del frente popular del que hemos hablado ya.

Dentro de esta voluntad recuperadora de costumbres y tradiciones y con el deseo de marcar una serie de pautas distintivas e identificadoras, nació el proyecto de recuperar del baúl de la historia dos Instituciones que tuvieron su impronta en la ciudad: la Milicia Urbana y la Milicia Honrada, convirtiendo su uniformidad, diseñada con auténtico rigor histórico por el Centro Técnico de Intendencia del Ejército de Tierra, bajo el asesoramiento del Coronel de Artillería Leoncio Verdera Franco, en la de gala usada por la Policía Local coruñesa.

La Milicia Urbana fue creada en 1762 por S.M. el Rey D. Carlos III tras la firma, el año anterior, del Tercer pacto de familia con los Borbones franceses lo que obliga a España a entrar en la última etapa de la guerra de los siete años al declararnos la guerra los ingleses. 

Fruto de esta situación bélica, se crean diferentes Compañías en los principales puertos de las fachadas atlántica y mediterránea, así como en una serie de plazas fronterizas con Portugal -tradicional aliado de los ingleses- y con Gibraltar que, al igual que sigue siendo ahora, era colonia británica.

En el caso de La Coruña, se forman un total de doce Compañías de 100 hombres cada una, realizando su recluta entre jornaleros, artesanos, gentes de los gremios, personas de vida honrada y empleados de la administración que reuniesen ciertas condiciones físicas tales como buena raza, entre 18 y 40 años y talla mayor a 5 pies, percibiendo mensualmente la cantidad de 25 reales.

A partir de 1763 -en el caso de La Coruña, en 1764- se les comienza a conceder el derecho al uso del uniforme y en 1770 se otorga a sus Oficiales y Sargentos el fuero militar del que nunca gozó la Tropa.  

Su función, además de la netamente militar de defensa de la plaza, especialmente con ocasión de la salida de las Unidades regulares a operaciones, era la de contribuir a la vigilancia y seguridad de la localidad donde estaban basadas, la represión del delito y la persecución de malhechores; igualmente asumían el patrullaje nocturno por la ciudad para así poder dedicarse a sus oficios el resto del día.

Con carácter general, y en concurrencia con las Unidades de Inválidos allá donde existían, sus funciones eran las siguientes:

Vigilancia de espacios públicos; mantenimiento del orden en concentraciones de personas; intervenir para resolver conflictos privados; evitar la comisión de hechos delictivos; la vigilancia y custodia de ciertos edificios y la prestación de auxilio en caso de calamidades públicas.

En cuanto a la Milicia Honrada, se crea en La Coruña en noviembre de 1808, con la guerra de la Independencia ya comenzada, con el objetivo de sustituir a las unidades del Ejército regular de guarnición en la plaza que tienen que partir al frente para combatir al francés.

Sus funciones, además de las netamente castrenses, también estaban dirigidas al mantenimiento del orden público, garantizar la seguridad ciudadana, aprehender a malhechores y desertores y evitar la comisión de delitos.

En este caso, estos Batallones, con una fuerza de 500 hombres, o Compañías sueltas, de entre 60 y 80 milicianos, estaban formados por caballeros, funcionarios públicos o por aquellos que gozasen de un sueldo fijo o disfrutasen de rentas, toda vez que no percibían salario alguno y los gastos de uniformidad y armamento corrían por cuenta de los interesados.

Por lo que respecta a La Coruña, en 1809 todavía no estaba operativa esta Unidad, si bien a partir de ese instante comenzó a organizarse y en 1812 se encontraba perfectamente activa.

El conocimiento de las peculiaridades y el historial de ambos Cuerpos llevó al Ayuntamiento coruñés, presidido por Francisco Vázquez, a disponer el uso de esta uniformidad como la de gala para la Policía Local, contribuyendo de esta forma a crear un auténtico referente histórico asociado a la policía municipal heredera, en alguna medida, de las funciones de aquellos Cuerpos de voluntarios.

Tras una minuciosa y detallada investigación sobre todo lo relativo a la uniformidad y armamento de ambos Institutos, el Ayuntamiento coruñés, ordenó la fabricación de sus uniformes que se presentan oficialmente en nuestra ciudad en este año 1998, participando, a partir de ese momento, en todos los actos solemnes organizados por el gobierno municipal.

Hay que resaltar que, además de la uniformidad, armamento y correajes con que se dotó a los aproximadamente 50 policías locales integrantes de estas Unidades, se procedió a su adiestramiento en orden cerrado, siguiendo las instrucciones de este régimen vigente cuando ambos Cuerpos fueron creados históricamente, contribuyendo con ello a que su puesta en escena fuese en todo acorde al objetivo pretendido.

Tanto en la tradicional Función del Voto en recuerdo del asedio inglés de 1589, como en la Ofrenda a Nuestra Señora del Rosario el 7 de octubre, así como en aquellas visitas de honor que recibía en Ayuntamiento y en otros actos de relevante significado ciudadano -procesiones, recepciones, ofrendas y homenajes- la Policía Local estaba presente vistiendo estos uniformes históricos, proporcionándoles una dimensión histórica desconocida hasta entonces.

A todo ello, en aquellos vistosos actos, había que sumar la uniformidad, con más de cuarenta años a cuestas, de los Maceros, Heraldos, Clarineros y Timbaleros de la ciudad que, acompañando a la Corporación y al Pendón de La Coruña, se sumaban a estas celebraciones.

Pocos años más tarde, siendo todavía Alcalde Francisco Vázquez, se hizo una fiel reproducción de las Banderas de las Alarmas y las Milicias, depositadas en el Museo Histórico-Arqueológico de la ciudad en 1968, así como otra del 7º Batallón Peninsular, que partió a la campaña de Cuba a finales del siglo XIX, cuyo original conserva la Reunión Recreativa e Instructiva de Artesanos de La Coruña.

Fueron años en los que, realmente, La Coruña brilló con luz propia y si en lo que a pujanza y prosperidad se refiere la ciudad se había colocado a la cabeza de todas las del noroeste español, en sus manifestaciones públicas no contaba con rival no solo en Galicia, sino que en una buena parte de España.

Los uniformes, en mayor o menor medida, se continuaron usando hasta que en 2015 -año trágico para nuestra ciudad- irrumpió la malvada “podemía”, representada aquí por la sectaria y miserable marea que, en un gesto de desprecio a nuestra historia, a nuestras costumbres y a nuestro innegable estilo, los arrumbó hasta el punto de creer que, en la actualidad, algunos de ellos se han perdido para siempre.

Vinieron entonces los penosos tiempos del “tío la vara” y de aquella otra, a la que, por cierto, le negué la mano, de forma ostensible y descarada, el día que me impusieron la Cruz del Mérito Civil, acompañados de toda su camarilla de mediocres que, cual marea negra, inundaron la ciudad de sectarismo y oscuridad, perdiéndose el estilo, la elegancia y la clase que la habían caracterizado.

Pero todavía hubo más. Si los uniformes de nuestras Milicias fueron arrumbados, cuando no destruidos, algo similar sucedió con los reposteros con el discurso de la historia heráldica usada a lo largo de los siglos por la ciudad, confeccionados también en los años de Francisco Vázquez como Alcalde para engalanar la fachada del Ayuntamiento que, con la llegada de la miserable “podemía”, desaparecieron para siempre.

Incluso, por ese afán de inculto y miserable revanchismo, prueba de la inconsistencia moral y la mediocridad de estos personajillos populistas, un mal día ordenaron retirar una monumental cristalera que servía de bóveda a la escalera de honor del Palacio Municipal, por el hecho de que en ella aparecía un escudo de España con el águila de San Juan.

Esperemos que algún día, cuando al gobierno de La Coruña, vuelvan personas de peso y solvencia como Francisco Vázquez, a estos miserables de la malvada marea se les exijan, incluso judicialmente, las responsabilidades pertinentes por haber permitido el deterioro de unos bienes propiedad del pueblo de La Coruña.