Hace unos días, concretamente el 19 de julio, se conmemoraron doscientos catorce años del glorioso triunfo de nuestras armas en Bailén. El principio del fin del sátrapa Napoleón Bonaparte y de su malsana pretensión de dominar Europa. Una fecha que los españoles no deberíamos olvidar

Habrá quien trate de argumentar, incluso entre los nuestros, de que aquella victoria lo fue más por la climatología que por el arrojo de nuestras tropas; incluso habrá quien argumente que fue poco menos que casual a tenor de lo sucedido a partir de aquella memorable fecha. Sin embargo, ni el propio Napoleón lo interpretó así, hasta el punto de que, en otro ejercicio de su particular “memoria histórica”, ordenó que Bailén se computase como un triunfo de las armas imperiales, en lugar de una clamorosa derrota, la primera sufrida por el gabacho en campo abierto.

Este afán de cambiar la historia, de alterar su devenir para ocultar de forma deliberada la verdad, es, ni más ni menos, que la perversa e insana pretensión de la anti-España que nos mal gobierna, esa anti-España formada por sus enemigos seculares -socialistas, comunistas, podemitas, golpistas, separatistas, filoterroristas y perroflautas en general- cuya única pretensión -lo ha sido siempre- es llevarnos a la ruina, sumirnos en el caos, y que desaparezcamos como Nación.

Después de Bailén, nuestras armas sufrieron importantes reveses, algunos de ellos provocados por la negligencia de las Juntas, preocupadas más por la supervivencia de su demarcación territorial que por el supremo concepto de defensa nacional, único instrumento que, como se verá a lo largo de campaña, condujo al triunfo final de nuestros Ejércitos.

Sin embargo, tras cada revés, en lugar de darlo todo por perdido, como sucedió en otras latitudes, de las cenizas, cual ave fénix, renacía un nuevo Ejército que volvía a dar la cara frente al enemigo y así, una y otra vez hasta que finalmente se logró el triunfo definitivo.

No podemos dar de lado el aporte fundamental de los Guerrilleros -el pueblo en armas- que contribuyeron notablemente al triunfo final. Acción tras acción, escaramuza tras escaramuza, se fue debilitando al otrora invencible ejército napoleónico hasta lograr su derrota y, con ello, la conclusión de la guerra.

No quiero pasar por alto, en este ejercicio de patrióticos recuerdos, la acción de un antepasado directo mío, el padre de mi tatarabuelo paterno, al licenciado en leyes José Mª Ribera y Salgado, hijo de un Capitán del Regimiento Provincial de Tuy, quien en la localidad pontevedresa de “Puente de Hachas” (La Cañiza), al frente de un puñado de patriotas, derrotó a los franceses en febrero de 1809, cuando los gabachos huían de Galicia con el rabo entre las piernas.

Tal vez, el sátrapa corso no supiese, aunque al final lo comprendió, que los españoles somos un mal enemigo y que venir aquí, valiéndose de una burda excusa, iba a suponer el inicio de su declive. Somos un pueblo, al menos lo éramos, difícil de arredrar y por ello, pese a los siglos que nos costó, echamos al moro a patadas, al igual que, en épocas más recientes, hicimos con los comunistas y su perversa y genocida ideología, esa que ahora pretenden reeditar.

Volviendo a la gloriosa guerra de la Independencia, tras seis largos años de lucha en los que murieron miles de buenos españoles, en los que nuestra Patria quedó arruinada, al final, nuestras tropas, nuestra gloriosa Infantería de Marina puso pie en territorio francés, persiguiendo al enemigo hasta su propia casa.

Esos días, cualquiera de ellos, constituyen un buen momento para reflexionar sobre la efeméride que conmemoramos, sobre todo, por el significado que tuvo, tanto en nuestra historia reciente, como en la de otras potencias europeas que comprendieron que Napoleón no era invencible.

Los españoles somos muy especiales, a veces parecemos adormilados e indolentes, de ahí que algunos crean que pueden obrar con nosotros a su antojo hasta que el viejo león hispano se despierta de su sueño y entonces…

Aprovechando lo que celebramos en estos días, sería un buen momento, si estuviésemos gobernados por gente digna, para que, del callejero de mi ciudad, La Coruña, desapareciese, de una de sus calles, un nombre indigno de aparecer en el nomenclátor de cualquier ciudad española: Napoleón Bonaparte, un sátrapa que provocó la muerte de miles de compatriotas y la ruina económica de España y que, sin embargo, un alcalde socialista coruñés se atrevió, con desprecio total de nuestra historia, a colocar en nuestro callejero.

Sorprende que del callejero hayan desaparecido nombres heroicos por el mero hecho de no ser, al gusto de los que mandan, “políticamente correctos”, españoles que supieron entregar su vida por España o trabajar con honradez por ella a lo largo de sus vidas y, sin embargo, un enemigo visceral de la Patria, como fue el corso, siga dando nombre a una calle de mi ciudad.

Recuperemos la memoria histórica de verdad y no la que nos quieren imponer los socialistas.

¡Honor y gloria a los héroes de Bailén y a todos los que dieron su vida por España!