No conozco un solo ejemplo histórico de régimen político sin corrupción ni cohechos, ignorancia que me gustaría ver corregida con aportaciones de mis amables y bondadosos lectores. Siempre encontré corrupción tanto si los regímenes o personajes que mandan fueron de derechas o de izquierdas, tradicionales o revolucionarios...

Cuando se escriba la Historia de la Corrupción (¡vaya tesis!), hasta hoy inexistente, cabrán muchos matices y teorizaciones. En especial sus cuatro grandes categorías, de más a menos, o sea:

I. El expolio absolutista.

II. El gobernante que se lucra indebidamente.

III. La corrupción de funcionarios y prepotentes que se tolera o que se corrije escasamente por el Gobierno.

IV. Los gobiernos y funcionarios limpios que luchan, impotentes, contra la corrupción del sistema.

Aunque hoy el tema está desvirtuado por pasiones, topicazos, sectarismos y mixtificaciones, no creo descubrir ningún secreto diciendo que creo existió también corrupción en el sistema del Movimiento Nacional que presidió Francisco Franco. Las tres primeras categorías han sido habituales en la Historia de España y no voy a esquematizar siquiera nuestra historia de la corrupción: Ponga el lector nombres y apellidos de Reyes, Nobles, Eclesiásticos, Políticos y funcionarios que abundaron por estos pagos.

¿Cuál fue la corrupción que se dio en el período franquista?...

Estoy absolutamente seguro de que no existió la de los dos primeros grupos. La primera, por ser anacrónica e imposible en el siglo xx; y la segunda porque Franco, funcionario y militar siempre, carecía por completo y desde siempre de receptividad a los estímulos y atractivos económicos. Creo que ni siquiera entendía lo que era la posesión de dinero, ni le importaba, ni lo necesitó jamás. Austero por temperamento, se adaptaba perfectamente y sin violencia alguna, a los sueldos o retribuciones que legalmente le llegaban. Y no precisaba más. Las facilidades que le proporcionó su acceso a la Jefatura del Estado sobrepasaban, generosamente, su menguado cupo de aficiones o necesidades. Ni siquiera hallé rastro de que la familia —esposa y una hija— le incitara a cubrir económicamente un futuro, que él consideraba asegurado.

El lucro le molestaba profundamente y era reacio a entenderlo y aún admitirlo o justificarlo en quienes, con arreglo al Código de Comercio, lo ejercían y buscaban profesionalmente.

Por otra parte, carecía por completo de aficiones estéticas que le impulsaran, por ejemplo, al coleccionismo de arte, mientras su espartanismo temperamental le inducía a ignorar y prescindir de la totalidad de estímulos que llevan al ser humano a querer y a poder disponer de dinero y atesorarlo. Estoy seguro de que la avaricia le producía verdadera repugnancia mientras se reía de los ricos manirrotos, viendo a todos los que tenían mucho como a raras especies de coleópteros, ajenos, por completo, a su manera de ser y de sentir. En tales condiciones ¿puede pensarse en un Franco "metido en negocios" para lucrarse?: a nadie se le ha ocurrido la idea.

Así se explica que abundando las posiciones hostiles y denigratorias que le acusan de todo lo acusable, nadie haya sido capaz de inventarse un Franco negociante, aprovechado o prevaricador. Estoy convencido de que van a intentarlo en  la previsible fase de radicalización del antifranquismo sectario, del mismo modo que necesitan inventarse una querida o bien atribuirle gratuitamente una falla sexual: Esto es lo habitual en este país de bestias cainitas.

Pero les va a resultar difícil desvirtuar la radical indiferencia de Franco ante el dinero y su lógica limpieza personal. De ahí que ya desde antiguo y no pudiendo morderle a él, los tiros fueran dirigidos hacia sus hermanos Nicolás y Pilar, personajes con manera de ser poco o nada espartana, que quizá fueron utilizados por algunas gentes que buscaban medros al simple amparo de su apellido y jugando el equívoco que en determinados funcionarios, de poca categoría moral, podía producirles la aparición de aquellas personas empleadas en la gestión o concesión de ventajas administrativas.

Franco sabía perfectamente el juego, pero se limitó a reaccionar, no dándoles o quitándoles todo cargo o encaje oficial y alejándoles de su trato, aún sin llegar a un rompimiento. No creo que quepa duda en cuanto al disgusto y contrariedad que le producían los negocietes de sus hermanos, así como a los períodos de frialdad con que les castigaba e, incluso —sin que tenga prueba alguna— estoy convencido de que entre ellos debieron existir durísimas reconversiones y tensiones.

Descartadas las corrupciones de los dos primeros grupos, quedan los III y IV que sí creo se dieron en el régimen franquista.

Veamos como. Así como en los párrafos anteriores me moví en una pura conjetura reflexiva, apoyada en escasas observaciones, ahora me desenvuelvo en un terreno bastante conocido y que podría llenar de nombres y apellidos. Yo he conocido tres tipos de inmoralidades,

— la de funcionarios parapetados en el autoritarismo del sistema y la falta de controles, que se aprovecharon de ella,

— la de hombres de presa que buscaron entre aquellos y entre algunos políticos, facilidades y ventajas para sus negocios,

— y la más grave, representada por algunos altos puestos que, en convivencia con los anteriores, se lucraron indebidamente.

El Poder corrompe siempre y yo no sé si más gravemente en sistemas democráticos que en los autoritarios. Y mucho más en un país de lampantes y trepadores, sin estratigrafía social, sin clases establecidas con tradiciones respetables y morales. Tanto más si se entra en un período de grandes transformaciones y movilidad socioeconómica progresista como fue el período 1939-1960.

Franco conocía la corrupción y los cohechos que se produjeron en las campañas africanas, en especial con algunos abastecedores de la intendencia militar, tema casi tradicional aquí y en todo el Mundo. Siempre me intrigó la amistad que unió a Franco con Natalio Rivas, allá por los años 20, porque Don Natalio fue miembro del consejo de administración de Ségarra, el destacado fabricante —entonces— de alpargatas y luego zapatos, importante suministrador de la Intendencia; pero lo cierto es que Don Natalio me habló siempre con sincero y profundo respeto del General Franco, aunque a veces se le transparentara una cierta y lejana punta de amargura, por no haberse reanudado la amistad de antaño.

Presiento que aquellos lejanos contactos de un hombre idealista como Franco con quienes se lucraban de las campañas bélicas marroquíes, sellaron indeleblemente su manera de ser y marcaron su reacción antimercantil y antilucro. El conocimiento y contacto con las corrupciones que se producían en el sistema del Movimiento Nacional, debió resultar terriblemente descorazonador para él y contribuyó a crear y solidificar el mal concepto que tenía de buena parte del pueblo español.

Pero no tenía opción y debía jugar con las cartas que le tocaron en suerte. No había otras.

Franco, realista siempre, adoptó una línea de conducta que se podría dibujar a base de tres coordenadas:

— Distinguir con su aprecio fiel a los puros.

— Tolerar o ignorar aquellas inmoralidades que no le constaran oficialmente.

— Castigar por la vía ordinaria y legal a los transgresores comprobados.

Lo que no hizo fue sentirse y obrar como un inquisidor y juez apocalíptico, saneador implacable... ¿le faltaron ánimos? ¿carecía de convicciones íntimas? ¿estimaba que las correcciones espectaculares eran peores y más dañinas que los efectos de los males?...

¡Quién sabe! Yo he conocido un par de Ministros de Comercio, señalados como corruptos por la "vox populi", pero hombres eficaces. ¿Hemos de pensar que Franco —que conocía indudablemente sus tretas— les toleró, maquiavélicamente, a pesar del daño moral y político que causaban? Lo único cierto es que fueron sustituidos por un hombre íntegro y ejemplar como es, Alberto Ullastres.

Y la verdad estricta es que los inmorales fueron una minoría, tanto entre los funcionarios, como entre los políticos y los altos dignatarios. Tentado estoy de anotar una larga lista de ejemplares y si no lo hago es por miedo a la injusticia de las omisiones. ¡Cuántas docenas y docenas de hombres dignos he conocido y recuerdo, a quienes he visto luego, después de sus cargos, en oscura posición, en ínfimos empleos y hasta con los trajes raídos o con sus viudas acogidas a las Residencias de la S.S.!

La existencia de una cierta veta inmoral —aún siendo de escaso perjuicio para el interés general y el Bien Público— fue magnificada por los instintos corruptos de buena parte del País que, al igual que en los timos clásicos buscaba y sólo entendía el beneficio lucrativo a través del cohecho, con la complicidad de su ánimo delictivo. Ved unos ejemplos que me ocurrieron a mí, en los tiempos de cupos e intervenciones textiles:

—Un industrial, que tenía buenas referencias mías, me visita y me denuncia a un funcionario que le exigía determinada cantidad, utilizando mi nombre, a cambio de la resolución favorable de una instancia. Hecha la investigación policial, descubrimos que un ínfimo funcionario del registro de salida, detenía las resoluciones favorables y procedía al chantaje de los afectados que, en general creían el infundio y pagaban lo que se les pedía. ¡Y cuántos desaprensivos dedicados a la gestión vivieron del timo de supuestas entregas de dinero a funcionarios!

—Un viejo "amigo" me invita a almorzar en un Hotel y al terminar me entrega un grueso sobre con la instancia y fotocopias anexas de un industrial que pretendía una resolución favorable de su petición. Sentado en la mesa de enfrente el interesado comprueba como el intermediario —y falso amigo— me entrega (previo cambiazo) la cantidad que le han timado... ¿Para qué seguir? La picaresca de este país es inagotable.

¿No vemos hoy como ilustres políticos siguen cultivando la amistad de los hombres de presa que fueron sus antiguos mandantes...? No pretendo exculpar ni justificar y me limito a reflejar. Adrede renuncio a tratar del caso Matesa, el más espectacular caso de inmoralidad o corruptela administrativa sin lucro para nadie y justificado por la finalidad de servir a la economía del País, conforme ha explicado — para mí convincentemente— el señor Vila Reyes.

Una de las personalidades acusadas, fue el Ministro de Comercio, señor García Moneó, de quien, por cierto, fue subsecretario Alfonso Osorio, yerno del Presidente de las Cortes Antonio Iturmendi y actual figura democrática, a quien las Cámaras de Comercio deben la sustitución de su tradicional régimen democrático por un engendro reglamentario antidemocrático... Carceller y Arburúa fueron señalados por la opinión pública. Yo supe muchos detalles de la juventud del segundo por su viejo amigo el ingeniero Aurelio Sol (E.P.D.) y de las juergas de ambos en Lérida cuando Arburúa era un modesto empleado de banca, así como cuando, ya en Madrid, era el contable de una sala de fiestas. Se decía en los mentideros que al fallecer la madre de Arburúa, persona modestísima, comentó su hijo que nunca pudo pensar cómo alcanzó a legarle tantísimos millones.

Franco le defendía siempre y alegaba que jamás había recibido una denuncia concreta contra él e incluso llegaba a decir que Arburúa era un inquisidor contra todas las inmoralidades... Lo cierto es que el formidable astro de Arburúa sobrevivió a Franco, y yernos suyos le sucedieron en los ministerios democráticos de su Majestad. Carceller era más auténtico y claro.

Hizo fortuna antes de ser Ministro, a mamporros y trabajando duro desde muchacho en la iniciativa privada: Sus ángeles malos fueron sus amigotes de Tarrasa. Yo fui, para ambos, una persona secundaria pero incómoda, dadas mis relaciones y paisanaje en el mundo textil: Molestaba.

Y Arburúa, ayudado por un gran amigo mío (?), Gerardo Salvador Merino, obtuvo de Pepe Solís mi apartamiento de la Presidencia del Sindicato Nacional Textil. Por cierto que en aquellos años, antes del saneamiento que introdujo Alberto Ullastres, quien siempre andaba interesado en pedir "cupos de artesanía" y licencias, era Fermín Zelada, que llegó a ser íntimo de Arburúa, y entonces todavía gran falangista y Delegado Nacional de Provincias en la Secretaría General de FET.

Hoy es demócrata de toda la vida y Senador de designación real. Los negocios de Nicolás Franco, fueron siempre suyos y nadie jamás se atrevió a atribuirlos a su hermano; incluso en esta inmunda hola de cieno que hoy pretende manchar al Caudillo, lo único que se atreven a intentar es el burdo juego de utilizar el equívoco de "los negocios de la familia Franco".

A Nicolás le conocí en alguna cacería y era un tipo simpático, listo y carota, capaz de pasarse tres noches sin dormir (le recuerdo así en el Parador de Bailen); jugaba insuperablemente el truco del apellido, como le he visto efectuar en la Comisaría de Abastecimientos y en el Ministerio de Comercio, años después.

Jamás exigía nada, ni daba a entender nada: simplemente, contaba hábilmente con la tontería y vanidad humanas de algunos funcionarios, así como con las esperanzas para utilizar una supuesta o posible influencia. Y digo supuesta, porque ni Nicolás la ejercía, ni nadie de las auténticas alturas le hacía ni puñetero caso. Yo diría que Nicolás fue utilizado y se dejó utilizar por muchos sinvergüencillas como "abridor de puertas" y obtentor de audiencias, amén de emplearlo para coaccionar con el apellido a cuatro desgraciados.

Y por el estilo es el caso de su hermana Pilar, si bien en tono menor y discreto. Todo esto es algo más viejo y habitual que el Mundo. Se hace constantemente en todas las democracias y nadie se molesta en denunciarlo porque ni de lejos suele aproximarse a la figura penal del cohecho. Imagino que hoy —con nuestra homologación a los parlamentarismos europeos— se desarrolla y ejerce en nuestra democracia.

Del libro de JOSÉ Mª FONTANA - FRANCO. Radiografía del personaje para sus contemporáneos