a) Las elecciones fueron convocada de forma ilegítima por el dúo (derechista o centrista, como se prefiera) Alcalá-Zamora- Portela. Portela había prorrogado ilegalmente los presupuestos, por lo que iba a ser enjuiciado por la Diputación Permanente de unas Cortes que ellos habían suspendido arbitrariamente, y para escapar a la acusación tuvieron que disolver las Cortes y convocar elecciones. He expuesto el proceso que desde la insurrección del 34 llevó a esta salida, pero aquí basta con señalar el dato.

b) A las elecciones se presentaron una izquierda unida en el Frente Popular,  más, de hecho, los separatistas catalanes. Estos partidos se habían sublevado contra la república en octubre de 1934,  con un programa de guerra civil. El Frente popular se proponía “republicanizar” el estado, es decir, depurarlo y transformarlo de modo que la derecha no pudiera gobernar ya más. En su lenguaje pervertido, “republicanizar”  consistía en abolir la democracia o lo que  quedaba de democracia en la república del 31.

c ) La propaganda del Frente popular fue desde el primer momento de una virulencia calumniadora y un odio realmente feroz, acompañada de violencias físicas, que, junto con el precedente de 1934, presentado como hazaña progresista, no podía presagiar más que lo que efectivamente vino después.

d) La decisión de fraude y violencia quedó bien explícita en las palabras de Largo Caballero y del “moderado” Azaña advirtiendo que de ningún modo admitirían una victoria de la derecha en las urnas.  Estos propósitos fueron públicos, demostrando que estaban dispuestos a intentar el golpe y la guerra civil como en 1934.

d) Sobre el transcurso de las elecciones, Azaña confiesa la verdad en carta a su cuñado Rivas-Cherif: “Los gobernadores de Portela huyeron casi todos. Nadie mandaba en ninguna parte y empezaron los motines”. Los gobernadores eran los encargados de velar por el escrutinio, y los motines y algaradas callejera empezaron, efectivamente, apenas se hicieron públicos unos primeros resultados favorables a las izquierdas. 

e) El propio Portela huyó literalmente, en un ambiente de inseguridad de los recuentos y de preguerra civil, después de traspasar apresuradamente el poder a Azaña. Las, llamémoslas, irregularidades (violencias e imposiciones) no hicieron más que aumentar en una segunda vuelta, en una “revisión de actas”  consistente en el robo de diputados a la derecha y en la repetición de dos elecciones provinciales. El propio Azaña aclaró enseguida que el poder no saldría ya más del Frente Popular.

f) El fraude generalizado concluyó en abril con la expulsión de la presidencia de Alcalá-Zamora, un suceso esperpéntico muy descriptivo de todo el proceso demente del Frente Popular. La izquierda estaba en el poder gracias a que Alcalá-Zamora había disuelto las Cortes unos meses antes, ¡y  los mismos beneficiarios de la disolución declaraban que dicha disolución había sido improcedente! Por lo tanto estaban en el poder de modo improcedente. Había en ello cierta justicia poética, pues el derechista Alcalá-Zamora, destituido por sus beneficiarios,  había sido el gran destructor del centro derecha y causante de aquellas elecciones nefastas. Las causas las he analizado en mis dos últimos libros.

g) Desde el mismo proceso electoral no cesaron de aumentar las violencia, asesinatos, incendios y arbitrariedades, la independencia judicial quedó abolida y los cuerpos de seguridad fueron infiltrados por delincuentes de izquierda. El asesinato final de Calvo Sotelo por una mezcla de guardias de asalto y milicianos socialistas  capitaneados por un guardia civil muestra hasta qué punto la propia policía se había convertido en una terrorista. Pero este es ya otro proceso, aunque  paralelo al  electoral.

h) Está clara, entonces, la voluntad y manejos  del Frente Popular para  violar la legalidad republicana y la democracia. Y  asimismo que esa voluntad y manejos se vieron coronados por el éxito, y no solo por los fraudes concretos demostrados por  Villa y Tardío. Aunque estos, por una rarísima circunstancia, no se hubieran producido, y hubieran ganado sin fraude preciso, el delito era brutal y flagrante.

i) Hay dos equívocos que deben disiparse al analizar estas cuestiones. La izquierda y los separatistas nunca basaron su supuesta legitimidad en aquellas elecciones ni en ningunas otras. La han basado siempre en su presunción de representar “al pueblo” (aunque la mayoría del pueblo no les  votara), “a los trabajadores” (aunque les trajeran desempleo, miseria y tiranía, como ocurrió inmediatamente),  al “progreso” (aunque fuera hacia el abismo), a  la “raza vasca” o “catalana” (aunque solo aportaran violencia y opresión a vascos y catalanes) etc. Esa “legitimidad” farsante y fanática con un fondo de “estupidez y canallería” denunciado por  Gregorio Marañón,  les hacía sentirse autorizados para sublevarse en guerra civil si ganaba la derecha, o para falsear las elecciones e impulsar el terror una vez ganadas de ese modo.

j) Un segundo equívoco no menos importante: cuando los memoriadores y políticos por el estilo hablan de “democracia”, entienden por ella precisamente lo que aquí he resumido: el liberticidio y el fraude.  Se trata de la perversión del lenguaje, que bautiza con palabras biensonantes las peores tropelías. Técnica en que es experto el gobierno actual. Si tenemos esto en cuenta nos evitaremos muchas trampas dialécticas y discusiones inútiles, y la repetición de una historia lúgubre.