Sin duda, el viejo aserto de “no hay nada nuevo bajo el sol”, ha hecho siempre honor a la verdad y así nos encontramos con toda suerte de objetos y artefactos que, pese a parecernos novedosos, ya tuvieron, de alguna manera, un remoto antecedente muchos años atrás.

Vamos a retrotraernos más de cien años en el tiempo para situarnos en la Barcelona de 1910. Una ciudad que contaba con 581.823 habitantes, según los datos del Instituto Nacional de Estadística, correspondientes al año 1910.

Ciudad con un notable tejido fabril e industrial, sin duda el más importante de toda España, se había convertido, por estos años, en escenario de huelgas salvajes, luchas entre sindicatos de obreros y patronos y campo de actuación de grupos anarquistas que, en ocasiones, campaban a sus anchas provocando el terror en la población.

Un triste ejemplo de lo antedicho lo encontramos en el verano del año anterior, 1909, cuando la capital catalana fue escenario de las graves revueltas que pasaron a la historia con el nombre de “Semana Trágica”, provocando setenta y cinco muertos entre civiles, militares y personal policial, alrededor de medio millar de heridos y unas dos mil detenciones. Como ha sucedido muchas más veces desgraciadamente en nuestra historia reciente, las turbas descontroladas y sabiamente dirigidas por agitadores de la izquierda radical, incendiaron un total de sesenta y cuatro conventos e iglesias; se perdieron innumerables obras de arte; miles de libros fueron pasto de las llamas; las calles vieron con pavor muchos esqueletos de religiosos y religiosas de los que fueron profanadas sus tumbas; se volcaron tranvías y las barricadas aparecieron por doquier. 

La proximidad de la ciudad condal con la frontera francesa y su permeabilidad para la llegada de elementos extremistas de izquierdas procedentes de toda Europa, convirtieron a Barcelona en estos años en el lugar más peligroso de España por razón de los atentados terroristas que en ella tuvieron lugar.

Conocida como “la ciudad de bombas” o “la rosa de fuego”, nombre con la que la conocía el anarcoterrorismo internacional, sus calles fueron escenario de innumerables atentados por medio de la colocación de las tristemente famosas bombas “Orsini” que causaron gran cantidad de víctimas, obligando a que la población viviese acongojada por el temor a ser objeto de una acción terrorista en cualquier momento.

Para el recuerdo las dos bombas “Orsini” lanzadas desde uno de los pisos altos del Teatro Liceo, el 7 de noviembre de 1893, durante la representación de la Opera “Guillermo Tell” de Rossini, que causaron un total de cuarenta y ocho víctimas, de las cuales veinte fueron mortales, o la que hizo explosión, tras su lanzamiento desde una azotea de la calle Cambios Nuevos, al paso de la procesión de la Octava del Corpus, el 7 de junio de 1896, que se llevó por delante a doce personas y cincuenta más resultaron heridas.

Como resumen de estos años finales del siglo XIX, señalar que entre 1884 y 1900 estallaron en Barcelona un total de setenta artefactos que causaron treinta y ocho víctimas mortales, además de innumerables heridos de diferente consideración.

Tras un periodo de relativa calma, a partir de 1904 se reprodujeron estos atentados causando varias víctimas mortales; de hecho, si tomamos como ejemplo el año 1908, el Comisario Principal Antonio Viqueira Hinojosa, en su obra “Historia y anecdotario de la Policía Española 1833-1931”, señala que fueron colocados un total de diecisiete artefactos explosivos, quince de los cuales hicieron explosión, causando dos muertos y dieciocho heridos de diferente consideración. Otros autores elevan el número de muertos a tres. 

Por otros datos que poseemos, sabemos que entre 1908 y 1909, se contabilizaron entre veintidós y veintisiete incidentes con colocación de bombas o artefactos explosivos, causando al menos un muerto y varios heridos.

Todo ello obligó a la toma de una serie de decisiones, una de las cuales fue la compra por el Ayuntamiento de Barcelona de un carro blindado de tracción animal para el transporte de los artefactos y su posterior deflagración en un lugar seguro, evitando así causar daños a personas o propiedades. 

Hay que consignar que ninguna otra capital española, ni tan siquiera Madrid, contaba con un vehículo de estas características lo que denota la gran incidencia del anarcoterrorismo en la ciudad condal.

Volviendo al carro de Barcelona, tenemos constancia de su existencia en los primeros días de enero de 1908 lo que nos lleva a suponer que cuando menos se contaba con él desde el año anterior, prestando valiosos servicios a la ciudad. Este primer carro resultó destrozado por una explosión que se produjo el día 27 de mayo de ese mismo año, cuando trasladaba un artefacto desde la calle San Pablo, donde fue hallado, al Campo de la Bota donde tenía que ser explosionado, siendo construido uno nuevo para sustituirlo.

Sin embargo, también este segundo carro resultó destrozado en una explosión acaecida la noche del 28 de junio de 1910 durante las tradicionales verbenas de San Pedro que se vieron entristecidas por una nueva acción anarquista que provocó la muerte de un ciudadano y heridas a varios efectivos de los Cuerpos de Seguridad y del Ejército.

Tal vez estos hechos fueron los que alentaron al personaje central de nuestra historia, el Capitán de la Escala de Reserva del Arma de Caballería, destinado en el Cuerpo de Seguridad de Barcelona, Enrique Pérez del Arenal, a construir su prototipo para la recogida de artefactos explosivos.

Pérez del Arenal, nació el 19 de octubre de 1859 e ingresó en el Ejército el 3 de diciembre de 1875. Asciende a segundo Teniente de la Escala de Reserva con fecha 27 de julio de 1895, hallándose destinado en el Ejército destacado en Cuba donde combatió en la campaña que tuvo a la isla como teatro de operaciones, observando un valeroso comportamiento y resultando herido de gravedad por un disparo enemigo que le atravesó el pecho, saliéndole por la espalda. Ya con anterioridad, con el empleo de Sargento, al que ascendió con fecha 1 de junio de 1886, prestó servicio en Filipinas, al menos hasta el 3 de junio de 1888, fecha en la que arribó a Barcelona a bordo del Vapor-correo “Isla de Panay”.

El 3 de julio de 1896 asciende a primer Teniente y pasa destinado al 14º Depósito de Reserva y, posteriormente, al 30º Depósito de Valladolid; con fecha 6 de junio de 1908, encontrándose destinado en el 1º Depósito de Reserva, es promovido al empleo de Capitán, manteniendo el mismo destino.

Con fecha 3 de julio de 1909, con el mismo empleo, pasa destinado al Cuerpo de Seguridad de Barcelona, donde creemos que asume al mando de la 1ª Compañía de guarnición en la ciudad condal, no teniendo constancia de que, en un principio, su destino fuese el Escuadrón de Caballería de la capital catalana, aunque creemos que finalmente ostentó el mando de esta Unidad al ser el único Capitán de Caballería que aparece destinado en Barcelona en noviembre de 1914.

Con fecha 11 de julio de 1915, es ascendido al empleo de Comandante, abandonando el Cuerpo de Seguridad y pasando destinado al Escuadrón de Cazadores de Gran Canaria (D.O. nº 285 de 19 de diciembre). Finalmente, alcanza el empleo de Teniente Coronel en situación de reserva, con fecha 29 de junio de 1918, falleciendo antes de 1921.

Lamentablemente, como en otras ocasiones, poco sabemos a cerca de los servicios prestados durante sus años de permanencia en las filas de la Policía Española, aunque si tenemos constancia de su valerosa conducta que tuvo ocasión de demostrar con motivo de las graves inundaciones sufridas por Barcelona en la segunda mitad de septiembre de 1910. 

La gran cantidad de lluvia caída la tarde-noche del día 19, provocó graves inundaciones en diferentes puntos de la ciudad, afectando a las oficinas y prevención de la 1ª Compañía del Cuerpo de Seguridad, al mando del Capitán Pérez del Arenal. Sin embargo, lejos de ocuparse prioritariamente de las dependencias de la Unidad bajo su mando, se dirigió con sus hombres a los lugares donde tuvo noticia que existía más peligro para la ciudadanía en aquellos graves instantes en que la tormenta arreciaba.

Más de un metro y treinta centímetros alcanzaba el nivel del agua en las calles Guardia y Arco de Palacio lo que hacía muy complicado el desplazamiento por la zona y el salvamento de las personas que se encontraban en serio riesgo de perder la vida. Sin embargo, lejos de amedrentarse por condiciones tan adversas, con el agua a la altura del pecho, el Capitán Pérez del Arenal, junto al Sargento Salvador Herrero y cuatro Guardias de la 4ª Compañía de Seguridad, apoyados por algunos bomberos puestos a las órdenes del policía, lograron salvar a cincuenta y seis personas, entre ellas muchas mujeres y niños, de una muerte segura. 

Incluso el pánico de los habitantes de la zona se vio acrecentado por la explosión de un depósito de carburo de calcio, localizado en un sótano, producida por el contacto con el agua que provocó un pavoroso incendio que vino a incrementar las dificultades de rescate que, sin embargo, el Capitán y sus hombres realizaron con valor y eficacia, logrando rescatar incluso la recaudación del día de algún establecimiento comercial de la zona que fue reintegrada a su legítimo propietario.

Cuando finalmente, pasadas las tres de la mañana, el nivel de las aguas comenzó a descender, al Capitán Pérez del Arenal se le apreció una importante herida en una rodilla, lo que obligó a su traslado, primero a una farmacia próxima y más tarde a un centro asistencial, en evitación de posteriores complicaciones.     

También tenemos conocimiento de la preocupación de este Oficial por mejorar las condiciones del servicio del personal a sus órdenes, mejorando sus conocimientos y eficacia, circunstancias estas que quedaron plasmadas en el original diseño de una cartera y una cartilla-prontuario, diseñada para los efectivos del Cuerpo de Seguridad. 

De este ingenioso proyecto tenemos noticia por medio de la revista gráfica barcelonesa “La Actualidad” que, en su número correspondiente al 16 de agosto de 1910, refiere, con grandes elogios, el diseño de esta cartera. De igual modo se manifiestan “La Vanguardia” y el “Heraldo de Madrid” que elogian, en similares términos, la iniciativa de este Oficial.

Sin embargo, pese a lo innovador de esta cartera, de la que no vamos a entrar en detalles pues escapa de la razón de ser de este trabajo, el Capitán Pérez de Arenal, se distinguió por un invento mucho más revolucionario y sin duda de gran utilidad para los Cuerpos policiales.

Hay que considerar que si bien el carro blindado, encargado del transporte de los artefactos encontrados, ofrecía ciertas garantías a la hora de desplazar el objeto por las calles de la ciudad, no sucedía lo mismo con el personal encargado de trasladar la bomba desde el lugar de su hallazgo hasta el citado carro ya que no se disponía, que sepamos, de protección alguna para realizar tal operación lo que entrañaba un grave riesgo para su integridad física, algo que se pudo contrastar, desgraciadamente, en varias ocasiones.

De hecho, si nos remitimos a los datos que poseemos, sabemos, por ejemplo, que la bomba localizada, en la noche del 28 de junio de 1910, en la puerta del inmueble nº 117 de la calle Conde de Asalto de la ciudad condal, fue introducida en el carro blindado por el Guardia Pío Sánchez del Cuerpo de Seguridad, ayudado de un Agente del Cuerpo de Vigilancia, utilizando como protección unos colchones entre los que se colocó el artefacto con el fin de que, en caso de explosionar, se viese amortiguado su demoledor efecto.

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Por ello, un invento como el del Capitán Pérez del Arenal, suponía un notable avance para garantizar esta operación de recogida con el menor riesgo para el personal encargado de verificarla.

El invento, que podríamos denominar como prototipo para le recogida de explosivos, no deja de ser, aunque rudimentario y totalmente manual, un antecedente de los actuales robots utilizados por los Equipos TEDAX, al menos en lo que a su objetivo final se refiere, preservar la integridad física del Policía encargado de retirar el artefacto.

El prototipo, así como los dibujos que lo ilustran, apareció publicado en la precitada revista gráfica “La Actualidad”, en su edición correspondiente al 21 de junio de 1910.

De acuerdo con la descripción pormenorizada que ofrece, el prototipo se compone a una chapa de acero angular de 70x35 cm., llevando en la parte inferior delantera cinco dientes que son los que sirven para recoger, mediante un pequeño impulso del Guardia que lo maneja, el artefacto o bomba objeto del servicio.

La chapa inferior tiene 35 cm. de diámetro, igual que la superior y tiene por objeto evitar que algún cascote que pueda producir una fortuita deflagración y se proyecte de forma horizontal, cause daños al usuario del ingenio, al propio tiempo que deterioros en el prototipo.

La parte del vértice lleva una grapa de dobles goznes, amachambrada a la campana que ha de servir para cazar la bomba o artefacto explosivo.

La referida campana se compone de alambre laminado, corcho y un tejido de ramas de avellano en combinación con una antecapa de arena, teniendo en su superficie 150 orificios para facilitar la salida de gases y llevando uno de 3 cm. de diámetro en la parte superior de un aro de acero con dos pasadores-fallebas, que con un pequeño movimiento de una manivela por parte del usuario, hacer caer la campana quedando la bomba o el artefacto que se pretende retirar perfectamente aprisionada, toda vez que las fallebas laterales atraviesan instantáneamente la plancha de acero por los orificios existentes en la parte inferior del aparato.   

En el supuesto caso de estallar el artefacto en el instante de su recogida, circunstancia esta que desgraciadamente se dio en varias ocasiones causando daños a personas y enseres, toda la metralla quedaría recogida en el corcho y mallas de alambre y detenida por las composiciones combinadas del tejido de avellano.

En la parte angular de la chapa de acero va un tubo amachambrado donde se enchufa el asta del prototipo que, en forma de “Z”, se disloca al ser introducido en el carro blindado encargado de transportar el artefacto a un lugar seguro donde poder proceder a su deflagración controlada.   

El asta, tiene una longitud de 5,50 metros y está fabricada de bambú o majagua, superpuesto sobre un tenedor y adaptado a dos ruedas de bicicleta, susceptibles de ser corridas hacia delante o atrás, a la medida que se las quiera utilizar. En el extremo del asta y a la altura necesaria lleva una horquilla con dos manivelas para poder, con un impulso del usuario del aparato, introducir la bomba o artefacto explosivo en la campana.

Adaptada a las manivelas va una chapa de aluminio, a modo de escudo, con un orificio de mira en la parte superior para poder dar la dirección deseada al aparato. Este escudo o coraza mide 1,10 m. de altura, suficiente para cubrir la mayor parte del cuerpo de usuario.

En la manivela derecha lleva un tirador que sirve para abrir y cerrar el aparato y en la izquierda otro que disloca el dispositivo. 

Una vez introducido el artefacto en el interior del carro blindado, puede un Guardia Ciclista desarmar el asta, reduciéndola a la mitad de su longitud, desmontar la coraza o escudo protector, adaptar las manivelas a la espalda, pasar la correa por delante y circular con el prototipo hasta el lugar donde vaya a realizarse la explosión controlada del artefacto para asumir también la operación de extracción del interior del carro y conducción de la bomba hasta el punto exacto de su deflagración.

El peso total del prototipo se estima en 30 kg. y su coste de fabricación en 125 pts., cuantía que se nos antoja perfectamente asumible.

Un ingenioso artefacto, sin duda, del que desconocemos si llegó a construirse, ni tan siquiera si llegó a ser utilizado el prototipo; sin embargo, al igual que en otras ocasiones, queda puesto de manifiesto las capacidades y la inventiva de los miembros de la Policía Española, a lo largo de su dilatada historia, preocupados, en diferentes campos, en mejorar las condiciones del servicio, especialmente en años tan convulsos como los que le tocó vivir al Capitán Pérez del Arenal mientras permaneció vinculado a la Policía Española.