En el verano de 1917 tuvo lugar una crisis política muy grave en España: La Asamblea de Parlamentarios y la huelga general revolucionaria de agosto de ese año. Fue una alianza en favor de la República entre el catalanismo conservador y todas las fuerzas de la izquierda española. Estaban la Lliga de Cambó, el PSOE, los anarquistas de la CNT, los republicanos de Lerroux y los liberales de izquierdas de Melquiades Álvarez (quien, ironías de la vida, en 1936 moriría asesinado por el Frente Popular, al haberse opuesto entonces a la deriva estalinista de la izquierda). En agosto se produjo una huelga general revolucionaria, con la que PSOE, UGT y  CNT, intentando imitar los acontecimientos de Rusia en ese año, intentaron hacer caer la monarquía liberal de Alfonso XIII, huelga general revolucionaria, que dejó en toda España 127 muertos.

Ya dedicamos un artículo a este tema. Fue muy llamativo el hecho de que este desafío en toda regla contra la Monarquía liberal de la Restauración y contra el Gobierno liberal conservador de Eduardo Dato, estaba encabezado por los catalanistas conservadores de la Lliga Regionalista de Prat de la Riba y Cambó. La Lliga no compartía los objetivos revolucionarios de la izquierda, pero sí la idea de implantar una República o en todo caso una Monarquía con una nueva Constitución, que instaurase una España confederal, en la que Cataluña tuviese una autonomía máxima.

El historiador Roberto Villa García, probablemente el mayor experto en lo referido a los procesos electorales de la España de la Restauración y de la II República, acaba de publicar el libro: “1917. El Estado catalán y el Soviet español” (editorial Planeta), que posiblemente es, con mucho, el mejor estudio publicado hasta ahora sobre la Asamblea de Parlamentarios y el intento de revolución en España, de 1917.

Es el retrato de una época convulsa en España, con grandes desigualdades sociales, una España al borde de la revolución, en la que  los partidos y sindicatos revolucionarios contaban además con la colaboración de una parte del Ejército, representada por las llamadas Juntas de Defensa, una especie de sindicato militar, parte del cual era de izquierdas (de hecho muchos de los oficiales que años más tarde lucharían en el ejército de la República durante la Guerra Civil, procedían de las Juntas de Defensa). El ejemplo de la Revolución rusa ese año se había extendido rápidamente por Europa, en plena Primera Guerra Mundial, y tanto Alemania, (cuyo gobierno imperial se vería derrocado por una revolución al año siguiente) como Austria Hungría se vieron sacudidas por las huelgas obreras. Y en Francia un gran motín de sus soldados inmovilizó a la tercera parte de su ejército ese año durante varios meses (solo el hecho de que, increíblemente los alemanes no se dieron cuenta de ello, salvó a Francia y a los Aliados, entonces, de la derrota). También los neutrales como España se vieron muy afectados por la onda expansiva de lo ocurrido en Rusia.

Del libro de Villa García, extraordinariamente documentado, emerge un Cambó muy distinto al que se suele retratar actualmente. Es un Cambó nacionalista y supremacista, que se presentaba como regenerador en Madrid, pero cuyas proclamas en Barcelona eran de un nacionalismo radical. Un Cambó cuyo objetivo era construir un Estado catalán, con lo que entonces se llamaba “autonomía integral” o sea, que Cataluña tuviese todas las atribuciones de un estado, en una España confederal cuyo Gobierno solo controlase el Ejército, las Relaciones Exteriores, la moneda y la legislación penal y mercantil. La autonomía integral se extendería a todas las regiones. Eso lo pactó Cambó con el PSOE.

Cambó aspiraba a que una Cataluña casi independiente gobernase toda España. “Hemos de mandar en Cataluña y en España ya que los españoles han demostrado su absoluta incapacidad para regirse medianamente. Cataluña, con autonomía integral, será la Prusia de los estados íberos, con la misión de hacer de España un pueblo habitable. Madrid no podrá intervenir en nuestros asuntos. El separatismo es una tontería ya que necesitamos el mercado español. Autónomos en nuestra casa y mandando en casa de los otros, sería la mayor imbecilidad el querer separarnos”, dijo Cambó.” Per Catalunya lliure en una Espanya Gran” era el lema de la Lliga entonces (lo de “lliure” hoy se suele recortar por aquellos a quienes interesa mostrar una imagen edulcorada de Cambó)

Cambó se lanzó a una frenética actividad para formar alianzas con una serie de partidos regionalistas por toda España, con los que soñaba formar un grupo con 130 diputados en las Cortes que le convirtiese a él en presidente del Gobierno. Pero sus sueños se hundieron cuando, más tarde, en las elecciones generales del 24 de febrero de 1918, las más limpias de la Restauración, sus aliados regionalistas no obtuvieron ni un solo escaño y la izquierda fracasó en toda España. Se demostró que los españoles de entonces no querían una España confederal, y menos, gobernada por los catalanistas. Cambó y la Lliga no iniciarían una auténtica moderación, abandonando el nacionalismo, hasta 1921, acuciados por el conflicto social y terrorista en Barcelona.

 Alfonso XIII, apoyado por Dato y Maura, se negó a convocar Cortes Constituyentes como le exigía la Asamblea de Parlamentarios. Finalmente, toda la violencia izquierdista de agosto de 1917, cuya huelga revolucionaria fracasó al ser sofocada por el Ejército, se solventó por el Gobierno con una amnistía, algunos meses más tarde, después de una gran campaña por la amnistía por parte de toda la izquierda. La prensa conservadora protestó en vano y al final toda la crisis se cerró en falso. Vale la pena recordar lo que editorializó entonces La Vanguardia,   sobre esa amnistía a los políticos de izquierda, pidiendo al menos arrepentimiento (que no mostraban) a los condenados y que se comprometieran a  no volver a hacerlo, como recuerda el libro de Villa García:

El país, inagotable en su clemencia, ha concedido a los revolucionarios, indulto tras indulto, amnistía tras amnistía; hora es ya de que los revoltosos concedan su indulto, su amnistía al país”…

Y ya había pasado antes de 1917. Y lo mismo ocurriría en 1934 con los miembros de la Generalitat y del PSOE condenados tras el golpe federalista separatista de Companys, de 1934, condenados por el Tribunal Supremo y amnistiados solo un año y medio después. Y lo mismo ocurriría en 1977 cuando la nueva democracia liberal española amnistió a todos los miembros de ETA, incluyendo a los responsables de delitos de sangre.

 Los argumentos de los Gobiernos siempre han sido los mismos:  el “diálogo, quitar argumentos, la generosidad y la reconciliación...”. Pese a tanto buenismo, la realidad es que en todas las ocasiones en que se han aplicado indultos y amnistías políticas en España, el resultado ha sido desastroso. Por cierto, en 1977 las encuestas también mostraban que la gran mayoría de los españoles estaban en contra de amnistiar a los etarras, pero los partidos mayoritarios y la prensa sermonearon a los españoles diciendo que esa amnistía iba a pacificar el País Vasco y era necesaria para acabar con la violencia, en la nueva etapa democrática. La violencia solo era una “secuela del Franquismo”, se dijo. En realidad, el resultado de esa amnistía fue que al año siguiente, 1978, los asesinatos etarras se multiplicaron por 10 y se entró en el negro período de los “años del plomo”. Nadie pidió cuentas por tamaña irresponsabilidad a los políticos de la época.

Ahora, todo indica que lo mismo va a ocurrir con los condenados del “procés” separatista. En España no aprendemos de la historia.