Los amantes de la Historia y la cultura habíamos tirado la toalla hace tiempo. Ya habíamos comprobado cómo el quinto centenario de la muerte de Fernando el Católico o del Cardenal Cisneros había pasado sin pena ni gloria, al igual que los cinco siglos desde que el todopoderoso Carlos I pisó suelo español para coronarse rey del territorio que habría de ser punto de partida de un imperio nunca antes visto. Sin esperanza alguna vislumbrábamos otro gran aniversario, como fue el de la Guerra de las Comunidades, sin ningún acto o conmemoración que trajera a la memoria del español medio uno de los episodios más significativos de nuestra Historia. Y de repente, el Alcalde de Madrid nos sorprende con la magnífica noticia de que la ciudad contará con un monumento a los Comuneros, y se nos despierta una curiosidad incontrolable por conocer más sobre este proyecto.

Hasta ayer. Hasta que nos encontramos con una sensación de desconcierto provocada por la revelación del diseño del cacareado monumento a los Comuneros: una reina Juana I de Castilla. 
 
En este mismo momento comprendo el cortocircuito mental del lector.
 
No vamos a relatar aquí una sucesión de los acontecimientos que sucedieron allá por 1521, y tampoco vamos a entrar en detalles de lo acaecido hace 500 años; seré breve: la reina Juana jamás se enfrentó a su hijo ni apoyó ninguna revuelta contra él. Las muy comprensibles reivindicaciones de los nobles castellanos al joven rey no encontraron en Juana I más que comprensión y buenas palabras, pero no debemos olvidar que la reina era madre y, a pesar de todo, tenía un alto sentido de Estado. Pues bien, mientras todos esperábamos un monumento que reflejara a los caudillos castellanos Padilla, Bravo y Maldonado enfrentándose a las magníficas tropas imperiales, aguerridos, valientes y convencidos de lo justo de la empresa que habían emprendido, el Ayuntamiento de la Capital, entiende que la protagonista fue Juana I de Castilla. Que no digo yo que no fuera un personaje a tener en cuenta en toda esta historia, pero desde luego no puede considerarse protagonista. Quizá el consistorio quería imponer algún tipo de cuota de género, ahora tan de moda, pero a poco que se escarbe en la Historia, nos encontramos con una María Pacheco, una Leona de Castilla que ella sola consiguió que Toledo resistiera nueve meses tras la muerte en Villalar de su marido Juan de Padilla y de los otros dos paladines de la libertad: Juan Bravo y Maldonado. Hace tiempo que la alcaldesa de Toledo nos había prometido un homenaje escultórico a aquella mujer capaz de capitanear la resistencia a golpe de coraje y de pagar a las tropas con sus joyas y las del Tesoro de la Catedral, pero aún seguimos esperando que tanto ella como el obispo Acuña, principales actores de aquel episodio completen el elenco de estatuas erigidas en honor a la revuelta comunera.
 
Y mientras continúo esperando a que la Historia llegue a nuestra calles, bien contada y en forma de monumento que trascienda a los tiempos actuales, me viene a la memoria la frase de uno de los directores de cultura que ha tenido el Ayuntamiento de Madrid en las últimas décadas: "El Ayuntamiento de Madrid no paga monumentos". Y doy fe que han cumplido hasta que llego Manuela Carmena y su monumento a los Refugiados o a los fusilados por Franco. Lo que me ha sorprendido es que Almeida haya seguido esa estela comunistoide de encargar a dedo, sin concurso público ni exposición de méritos, y de adjudicar el incomparable Parque del Retiro a una obra de una artista novel y de la que sólo sabemos que ha realizado el boceto con un programa de ordenador. No hace falta ser un lince artístico para darse cuenta de que en el Parque del Retiro están las esculturas precisas conformando una ruta coherente en cuanto a obras y artistas. Allí encontramos a los mejores, a los clásicos, a los que realizaban esculturas incontestables y eternas. Pues el Ayuntamiento ya nos coló un gol instalando el monumento a Mingote (obra realizada con financiación privada en la época de "el Ayuntamiento de Madrid no paga monumentos"), y parece estar dispuesto a colarnos otro instalando una contemporánea en el Paseo de las Estatuas realizadas en tiempos de Fernando VI. 
 
No se Uds., pero yo me he desinflado. Y más, viendo que la presentación de la estatua ha corrido por cuenta del Alcalde, de la Concejal, del Jefe de Patrimonio, y hasta del Presidente de Castilla y León, pero ni rastro de la artista. Y en este punto me vuelve a la memoria otro recuerdo: cuando en la inauguración del monumento a los Héroes de Baler (financiada mediante suscripción popular), no fueron invitados ni el escultor ni el artífice del boceto mientras que en las primeras filas había tortas políticas por ver quién se ponía la medalla de un monumento impulsado, promovido y llevado a término por el Ejército. 
 
Quizá algún día veamos como las instituciones fomentan la cultura con plena conciencia de su importancia, y lo hacen con base a criterios objetivos y rigurosos. Quizá algún día las Academias de la Historia y de las Bellas Artes tengan algo que decir en cuanto los políticos tiran de dineros públicos para hacer intervenciones culturales y artísticas. Y quizá algún día podamos hacer las cosas bien, desde el principio hasta el final, sin peros que sacar, ni reticencias ante la gestión de lo público; más que nada porque todos podemos aportar y todos tenemos algo que decir sobre nuestros dineros.