VIII

Salí aquella misma tarde para Prats de Lluçanés, donde cogí algunos efectos y una manta tapaboca catalana para abrigarme y sin pérdida de momento, emprendí mi viaje para el Maestrazgo. Durante éste me uní  un grupo de otros oficiales que con un Jefe hacían el mismo camino, y juntos anduvimos toda aquella noche, hasta legar a Súria en donde descansamos unas cuantas horas, siguiendo luego el camino, como la noche anterior, hasta que pasamos a la provincia de Tarragona, haciendo jornadas diarias de quince y hasta diez y ocho leguas, dando grandes rodeos para no pasar cerca de los pueblos fortificados y evitar por todos los medios el encuentro con las tropas del Ejército enemigo. Llegamos cerca del caudaloso Ebro, y pernoctamos en Flix, donde encontramos al famoso Cura, llamado D. José Agramunt, con quien conversamos y confieso que no vi en él nada de cuanto decían sobre el Cura de Flix los periódicos enemigos de nuestra causa. Por el contrario le encontré hasta simpático, aunque el carácter sea un poco brusco.

 

Al día siguiente, pasé el río burlando la vigilancia de los cipayos de Mora del Ebro, que ejercían gran vigilancia en ese paso. Llegamos a Prats del Compte, descansando una par de días. Continuamos la marcha, pasando los puertos de Beceite, tan famoso en la guerra anterior, permaneciendo en el pueblo que lleva su nombre, visitando el fuerte que tuvo Cabrera y del que no queda más que algunas ruinas.

 

Seguimos internándonos en el corazón del Maestrazgo, hasta Cantavieja, en donde había un cuartel de concentración Carlista, continuando la marcha más tranquilos para saber que el terreno que pisábamos era amigo, parando en la ciudad episcopal de Segorbe en donde decidimos quedarnos unos cuantos días, para disfrutar de las fiestas de la Concepción, que por cierto estuvieron muy animadas.

 

Al saber que había llegado del Norte el General Carlista D. Salvador Palacios para ponerse al frente de las fuerzas Carlistas que operaban en Valencia y en el Maestrazgo, por orden espacial del propio D. Carlos, salí a su busca, encontrándole en Onda, hermoso pueblo de Castellón de la Plana. Una vez frente al General, que me saludó muy cortésmente y haciéndome varias preguntas, me destinó con el mismo empleo de Teniente al batallón de Valencia con el cargo de Ayudante.

 

Como todos los Jefes eran paisanos me hice notar pronto, adquiriendo gran influencia entre ellos.

 

Éste país era muy diferente a Cataluña. Lo pasé muy bien teniendo un vida magnífica por ser los carlistas dueños de grandes territorios y porque transcurrían los meses sin ver al enemigo. Y así llegó el mes de marzo de 1874, día en el cual se recibió en mi batallón la orden de hacer una expedición a la Huerta de Valencia. Formamos columna con otro batallón y estuvimos en los pueblos de Sueca y Cullera, llegando hasta la orilla del mismo mar Mediterráneo por la desembocadura del río Júcar. De regreso se cogieron muchas armas, dinero y efectos estancados de los pueblos guarnecidos por voluntarios de la república y a pesar de estar dentro de murallas y poseer cañones, tan pronto como nos acercábamos, antes de resistir, hacían entrega de las armas, huyendo a esconderse los más comprometidos, a Valencia.

 

En todos ellos nos recibían con entusiasmo dándonos muestra de alegría y haciéndonos toda clase de obsequios. Así continuamos la expedición hasta la ciudad de Gandía, patria de San Francisco de Borja, que tiene unas murallas de más de seis metros de altura. Algo me impusieron creyendo nos iban a dar quehacer; más grande fue mi alegría al ver que las puertas permanecían abiertas y que sus habitantes nos esperaban a la entrada del pueblo en masa, con una banda de música, dando entusiastas vivas. Entre aplausos llegamos a la plaza principal.

 

Lo primero que se me ocurrió fue ir a visitar la casa del Santo, que está convertida en una hermosa y rica iglesia. Le pedí fuerza y constancia bastante para seguir luchando hasta el último momento y acierto para los Jefes y, por último, el triunfo de nuestra Bandera Santa de Dios, Patria y Rey.

 

Permanecimos durante el día y al llegar la noche salimos en dirección a la provincia de Alicante, recibiendo contra orden, por lo que cambiamos de dirección volviendo a internarnos en la de Valencia, haciendo larga jornada, pasando por las inmediaciones de Játiva. Aquella noche descansamos en Benicasin.

 

A las primeras horas del amanecer continuamos la marcha, empezando, al poco rato, a llover en forma tal y tan obstinadamente, que no nos dejó ni un momento y como nuestro objetivo era pasar el río Júcar cuanto antes, para así evitar al enemigo, antes de que destrozara los puentes, para cortarnos la retirada, continuamos la marcha, pasando el peligro sin novedad alguna.

 

Muchísimo sentí el no haber podido admirar, como se merece, aquel Edén de España. Es de lo más hermoso que he visto.

 

 

IX

 

Llegamos a nuestro centro de operaciones sin disparar un tiro, después de haber cruzado en pocos días una de las comarcas más ricas de nuestra Nación, consiguiendo un gran triunfo moral y material, porque además de acopio de armas, caballos y dinero, se hizo fracasar el proyecto del Gobierno de invadir el Maestrazgo, teniendo que retirar sus fuerzas a Valencia.

 

Nos hallábamos en Segorbe en donde el General Santés tenía su caballería descansando cuando llegó el día de viernes Santo. Nos preparábamos para acompañar y dar escolta a la Procesión del Santo Entierro que salía de la Catedral, bien ajenos que estuviera tan cerca de nosotros el enemigo. Notándose algún movimiento por la carretera, se creyó que sería alguna fuerza de cipayos y no dándole importancia me ordenaron que escogiese ochenta números entre los que estuviesen bien armados y quisieran ir voluntarios a rechazarlos. Como todos quisieron ir escogí por compañías los que me pareció. Me dirigía hacia la salida de la población cuando recibo contra orden de acudir inmediatamente para formar toda la fuerza en la plaza.

 

Ya estaba saliendo la procesión, cuando de improviso se presentó la caballería enemiga por la carretera de Aragón, seguida de la columna del Brigadier Weyler, armándose tal confusión que estuve a punto de ser estrellado contra una pared por nuestra caballería que salía a las afueras de la ciudad para cortar el paso a los invasores. Gracias a la serenidad de los Jefes y al mismo General Cucala, a cuya brigada correspondía aquella fuerza, se evitó una verdadera catástrofe.

 

Con verdadero arrojo y gran precisión, acometieron al enemigo rechazándole y sosteniendo el ataque, mientras se daba tiempo para que se reunieran todas las fuerzas, sobre todo la caballería de la columna de Santés que estaba diseminada y esparcida entre el pueblo, muy lejos del peligro que se corría.

 

Como pudimos, la infantería que estaba formada y la columna que daba escolta a la procesión, acudimos en ayuda de la caballería, defendimos la entrada de la caballería enemiga que era la de Santiago, sosteniendo a raya a las fuerzas de Weyler.

 

Los valientes jinetes de Cucala lucharon con verdadero furor por saber el peligro que corría toda la fuerza carlista, sufriendo sensibles pérdidas, sobre todo entre los Jefes. Uno de los cuales, por salvar a uno de los voluntarios que le cercaban cuatro jinetes de Santiago, se lanzó entre éstos, dando muerte a uno e hiriendo a otro, y consiguió ponerle a salvo de una muerte segura. De pronto, le rodean más jinetes y, a pesar de la lucha heroica que sostuvo, cayó en tierra mal herido. Cuando le iban a rematar, llegó un jefe que se opuso, a la vez que decía: dejarle es un valiente.

Recibimos orden de retirarnos, como lo hicimos, apoyados en la margen del río que pasa a la izquierda, hasta que pudimos ponernos a salvo.

 

La caballería de Cucala tuvo trece muertos y varios heridos y perdimos algunos voluntarios que cayeron prisioneros por haberse quedado ocultos. Nada en comparación de lo que pudo haber ocurrido.

 

Se creyó, entre las tropas, que éste ataque inesperado de Weyler se debía a una traición de alguno de los Jefes. Algo debió de haber sido porque se formó consejo de guerra a alguno, destituyéndose al Coronel de mi Batallón a quien considero inocente. Otros había de más alta graduación y bastante más sospechosos y culpables. Poco tiempo después fuimos incorporados a la brigada del General Don Salvador Palacios.

 

 

X

 

El Brigadier Weyler, que por todos los medios trataba de apoderarse de nuestra caballería o, por lo menos, evitar que pudiese para a unirse al Ejército Carlista que operaba en la provincia de Valencia, no nos dejaba en paz ni un momento. En una de estas persecuciones, encontrándonos cerca de Segorbe, en el pueblo llamado Jérica, tuvimos una falsa alarma. Corrió por la población la noticia de que el enemigo entraba por dos puntos de la misma, produciéndose la confusión y el desorden que es de suponer entre nuestros voluntarios, toda vez que como no se esperaba tal ataque estábamos completamente desprevenidos y confiados en nuestros respectivos alojamientos, unos y otros diseminados por la villa.

 

Gracias a la serenidad del General Palacios, que supo imponerse al desorden, no ocurrió accidente alguno. Se puso al frente de su escolta que era la única fuerza que estaba formada y salió a las afueras con el ánimo de contener el supuesto ataque enemigo, no si haber dado las órdenes oportunas y acertadas disposiciones para que se formara la columna en la plaza mayor y fuera saliendo por batallones tomando posiciones en las elevaciones del terreno más cercanos. Así se hizo ordenadamente y aunque no resultó cierto el ataque, sin embargo, evitamos que nos sorprendieran, como indudablemente lo hubiéramos sido, toda vez que el enemigo se presentó poco después, pero al ver nuestra situación y las posiciones tomadas, creyó más conveniente dejar el ataque y retirarse sin disparar un tiro.

 

Al día siguiente, muy de madrugada, el General disputo una contramarcha atrevidísima con sólo su escolta y la caballería, pasando los llanos de Valencia y llegando a Chelva felizmente e hizo entrega de toda la fuerza montada a Santés, General en Jefe de la provincia, regresando enseguida.

 

Formó una columna acudiendo en auxilio del General Cucala que estaba cercando Líria, rica y grande población cercana a Valencia. Cuando llegamos ya tenía reducidos a los defensores de la villa que se habían hecho fuertes en una ermita situada en un alto en las inmediaciones de la misma. Entramos en la plaza descansando hasta la mañana siguiente bien temprano y estando formando en la plaza del pueblo, que por cierto es muy grande, sentimos los disparos de cañón que hacía el enemigo, que nos seguía de cerca.

 

También en ésta ocasión probó el General Palacios el dominio que tenía de la estrategia y, como siempre, nos demostró su serenidad ante los peligros. A pesar de la poca caballería con que contaba y que el enemigo era más numeroso y mucho mejor municionado y armado que la columna de su mando, así como la situación desventajosa en que se encontraba, dispuso que las tropas de Cucala con su escasa caballería, marcharon por la carretera de Villar del Arzobispo, mientras él, con dos batallones hizo una marcha a paso ligero por compañías en pla de batalla unas, dividiendo por secciones otras, según las condiciones del terreno, hasta llegar a un sitio por él de antemano escogido, en donde nos hicimos fuertes tomando posiciones, lo que visto por el enemigo nos dejó libre el camino, y llegamos a la citada población de Villar del Arzobispo sin más novedad y sin disparar un fusil.

 

La operación resultó admirable. En toda la campaña no he visto retirada tan bien dispuesta, porque no sólo marchó la fuerza en el mayor orden, sino que nos condujo por un sitio lleno de algarrobas a derecha e izquierda del camino, que impedía maniobrar a la caballería enemiga, y, así, en orden de batalla, llegamos al sitio donde pudimos tomar posiciones, mientras el General venía a retaguardia, vigilando los movimientos del enemigo.

 

De Villar del Arzobispo volvimos a nuestro campo de operaciones, pasando la gran vida. Únicamente en una ocasión tratamos de sorprender a una numerosa partida de republicanos que intentaban entrar en nuestro territorio, pero no pudimos echarles el guante por haberse retirado a Sagunto en donde tenían la ratonera.

 

A los pocos días trató de sorprendernos una columna que operaba por la provincia de Castellón de la Plana, encontrándonos en el pueblo de Vall de Ujo, pero no sólo no lo consiguió sino que por el contrario salimos del pueblo y tomando buenas posiciones, los recibimos con descargas cerradas de fusilería, y, en su vista, tomaron las de Villadiego.

 

Otra vez, entre Chelva y Segorbe y acercándonos al pueblo de Alcublas, recibimos una confidencia de que en él estaba una columna con la caballería emboscada convenientemente para sorprendernos. Envista del peligro, tomamos posiciones esperando el ataque, y como no lo hicieron, avanzamos por nuestra izquierda, siempre apoyados en buenas posiciones. De pronto vimos salir del pueblo al enemigo huyendo camino de Líria.

 

 

XI

 

Fue pasando el tiempo sin otra novedad, hasta que S. A. el Infante D. Alfonso llegó para encargarse del mando del Ejército del Centro, acompañado de varios Jefes y Oficiales procedentes de los Ejércitos del Norte y Cataluña.

 

Con tal motivo, se varió por completo la organización de las fuerzas; destinando a mi batallón a la División de Valencia, Brigada de Segorbe, y se puso al frente del mismo a un Teniente Coronel, quien me quitó el puesto de Ayudante, destinándome al de Capitán Encargado a la Segunda compañía, porque los Capitanes que tenía carecían por completo de instrucción militar.

 

Como el enemigo no nos molestaba, nos dedicamos a instruir a los voluntarios, llegando a maniobrar y hacer los movimientos como el mejor batallón del Ejército.

 

Uno de estos días llegó un Jefe de una de las partidas volantes dedicadas a recaudar fondos para las tropas, quejándose que en dos pueblos cercanos al llano de Valencia se resistían a pagar la contribución de guerra y pidiendo dos compañías para que les auxiliaran. Le tocó a mi compañía y a la primera, poniéndonos en marcha inmediatamente, no llegando al primer pueblo hasta media noche. Antes de penetrar en él, hicimos alto para recibir instrucciones que me dio el Recaudador para poder sorprender a los principales contribuyentes, mientras él seguía con la otra compañía, como guía, por conocer los lugares. Penetramos en la población y distribuí a la compañía por grupos en puntos estratégicos, no sin antes sorprender al sereno, de que me apoderé e hice me siguiera como guía; y acompañado de una sección de voluntarios fuimos a la casa del Alcalde, a quien no encontramos por haber ido aquel día a Valencia.

 

Nos dirigimos a los domicilios de los principales vecinos, reuniendo a unos veinte en el ayuntamiento, después de algún trabajo, pero sin otro incidente que con uno que, como se encontraba acostado se negaba a levantarse, a pesar de los repetidos requerimientos, teniendo que valerme de todo el ascendiente que tenía sobre los voluntarios, que querían hacerle pagar cara su terquedad.

 

Una vez reunidos les hice saber la orden que tenía de reclamarle la contribución de guerra, que ascendía a 20.000 reales, requiriéndoles para que los tuvieran reunidos para las ocho de la mañana, y que en el caso de no hacerlo, me vería en el caso de tener que llevarlos detenidos. Después de muchas causas y protestas, efectuaron el pago, regresando luego al campamento.