Desde siempre, conocer el sexo de un niño, aún no nacido, ha sido preocupación de los padres, especialmente de las mujeres. Solían decir que si la madre estaba aquejada de frecuentes dolores de cabeza, el bebé sería varón; hembra, si la madre tiene dolores en las caderas; si orina mucho, niña; si su vientre es picudo, varón; si sueña que será varón, será hembra, y viceversa; si las moscas importunan con frecuencia a la madre, será niña; si se ponen pegajosas, el parto será prematuro.

Cuando la mujer embarazada quiere saber el sexo de su criatura, puede sujetar con la mano derecha una cadena de la que cuelgue una medalla hasta que permanezca inmóvil y luego, si gira en círculos indicará que lleva en su seno una niña, y niño si su sombra proyecta una cruz.

En algunas localidades de Baleares se sumaba el número de sílabas de los apellidos de los padres: si era impar, sería varón. En pueblos toledanos se averigua el sexo del que va a nacer descarnando una sardina y echando la raspa a la lumbre, tras lo cual la madre se asoma a la puerta de la casa: el sexo será el de la primera persona que vea. En Huesca se echa una cuchara a lo alto y si cae por la parte convexa, será macho; y en Cáceres se pregunta de sopetón a la preñada: “Fulanita, ¿qué tienes en la mano?”, y si enseña el dorso, tendrá un varón.

En parte del archipiélago canario se cree que orientando el lecho conyugal hacia el mar, nacen varones, y si es hacia la montaña, hembras; copular estando alta la mar, origina niños, y en bajamar niñas. Si se concibe en luna llena, el feto será varón; y si cuajó la criatura en día de mucho viento, dicen en Lugo que la criatura será un niño.

También, en algunas localidades de Cataluña, para tener una hembra,  ponen en la panera una cinta roja y azul si desean tener un varón. Y cuando se desea traer al mundo el “hereu” (primogénito) varón, desde la boda, la novia rural adorna de terciopelo azul la silla de montar y viste de azul al paje que ha de llevar las bridas.

 Cuentan la curiosa anécdota del embarazo de la reina Isabel II, que dijo a su médico, Tomás del Corral: “he sentido pataditas en el lado izquierdo del  vientre”, a lo que respondió el doctor: “pues sepa Vuestra Majestad que va a parir a un varón, porque si las hubiera sentido al lado derecho sería hembra; todo saben esto en mi tierra” y acertó, por lo que, tras el nacimiento de Alfonso XII, fue nombrado marqués de Acierto, título que cambió por el de marqués de San Gregorio, por haber dado a luz la reina el 28 de noviembre de 1857.

El término latino de “nasciturus” es participio futuro de “nasci” (nacer), con el significado de: aquel que va a nacer. Es cultismo aplicado al feto. La voz sexo es latina, de sexus (condición de macho o hembra).

Antaño, como derivación de usos lingüísticos latinos, designó la vulva o partes íntimas externas femeninas, de uso léxico vivo entre los sefardíes, que se podía escuchar en la zona vieja de Jerusalén hasta en 1981.

Lo cierto es que, las costumbres populares de nuestros ancestros, ponen de manifiesto el convencimiento de unas creencias que suplen con imaginación las limitaciones propias de su bajo nivel cultural, pero que dan sentido a su vida y, sobre todo, esperanza.