Mucho se ha escrito de los viajes políticos que Franco hizo a Hendaya (1940) para entrevistarse con Hitler y a Bordhiguera (Italia) para hablar con Mussolini... quizás porque interesaba presentar y fotografiar al Caudillo con los líderes del nazismo y el fascismo... pero poco, o nada, de los dos viajes de ampliación de estudios que hizo a la Academia de Saint-Cir francesa y a la de Dresde  alemana.

Y por eso vamos a hablar hoy de ello.

El primer viaje (invirtiéndolos) lo realizó a Alemania, donde siguió un curso para generales, de junio a julio de 1928, por invitación expresa del general Groener, a la sazón ministro de la Guerra. «Su viaje por Alemania -relata uno de los biógrafos- en el que le acompaña el capitán Gallego Velasco, buen conocedor del alemán, es bastante rico en experiencias: presencia en el Campamento de Dóveritz, próximo a Berlín, una serie de ejercicios militares a cargo de un batallón reforzado, visita Colonia y Leipzig y, sobre todo, conoce de cerca el funcionamiento de la Escuela de Infantería de Dresde, noción previa de cierta utilidad para las experiencias docentes que le esperan. Era la Alemania prehitleriana de la República de Weimar, ya sembrada por las ideas del nacional-socialismo. Franco regresó a Zaragoza con el tiempo justo de presidir el tribunal del examen de ingreso a los nuevos aspirantes de aquella recién creada Academia General.» Como se vería después, este viaje de estudios a Alemania tendría gran repercusión durante los conflictos venideros.

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Jorge VI el Rey tartamudo

El general Eduard Wilhelm Groener fue uno de los grandes generales que salieron de la academia militar de Dresde (o de Prusia). Groener destacó al comienzo de la postguerra y a finales de los años 20 por ser uno de los principales defensores de la unidad de Alemania y la convicción de que era tarea fundamental del ejército velar por esa unidad. Sin ser un demócrata y aun desconfiando de los políticos y de los Partidos, estaba dispuesto a aceptar la República y la Democracia siempre que las dos premisas se respetasen. Políticamente se encuadró en la derecha, siendo partidario de un gobierno de tecnócratas y de un ejército "apolítico" (nacionalista). Groener sucedió a Ludendorff como adjunto al jefe del Estado Mayor en el delicadísimo momento de la derrota alemana en la Gran Guerra. Consiguió convencer al emperador Guillermo de no oponer resistencia a la revolución democrática que sucedía en noviembre en Berlín. Fue dos veces Ministro de Defensa, la primera entre 1920 y 1923 y la segunda entre 1928 y 1930. En esos años se convenció, ante el avance de los nazis que, más pronto que tarde, el Gobierno se vería obligado a actuar contra Hitler y los suyos.

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Duques de Windsor

Groener recibió a Franco con respeto e incluso admiración, por su juventud y su preparación y, le apoyó durante su estancia en la Escuela Militar alemana e incluso en su diario llegó a escribir que "el general Franco es un hombre de gran capacidad profesional y llegará a los más altos puestos en su país, España"... quizás esta buena relación de Franco con el general Grouner y los altos cargos militares le servirían después, cuando la sublevación del 18 de julio, buscara "amigos" en la Alemania Nazi.

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General Groener

En la Academia de Dresde Franco tomó nota de que entre  los requisitos básicos de la formación de los oficiales estaba el nivel cultural que se les exigía, un título de bachiller superior, imprescindible para el acceso a la universidad, una distinción que puede parecer corriente hoy en día, pero no lo era tanto entonces. Tras acceder al curso de formación, el candidato recibía un primer baño de agua fría, pues los primeros seis meses iba a recibir entrenamiento de orden cerrado y otras materias exactamente igual que si fuera un soldado recluta, tras lo cual eran enviados a servir en un regimiento de tropas regulares (habitualmente había dos candidatos en cada compañía del mismo), donde eran tratados como soldados rasos, y cumplían exactamente las mismas tareas que estos, al menos durante los meses de primavera y verano. Durante este proceso, el candidato a oficial aprendía cómo era la vida de aquellos que dependerían de él en el futuro, lo que, sin duda, facilitaba que más adelante supieran exactamente a qué se enfrentaban y que podían exigirles, si querían.

 

Las impresiones de este viaje fueron recogidas en un informe de una cincuentena de folios que se conserva unido a su expediente personal en el archivo del Alcázar de Segovia. Algunas de sus observaciones resultan bastante ilustrativas del contexto en que se movían Franco, el ejército español y el alemán durante la década de los años 20. Las circunstancias eran muy especiales en aquel momento para los ejércitos de los dos estados. Como es bien conocido, en 1928 la Wermacht debía someterse a los límites marcados en el tratado de Versalles, que imponían unas fuerzas armadas de tan solo 100.000 hombres con un máximo de cuatro mil oficiales. Estos límites también afectaban a la cantidad y variedad de su armamento, quedando excluidos, por ejemplo, los gases tóxicos, los blindados y los submarinos, entre otras armas.

Pero el autor centra su informe en acuerdos similares que también se gestionaron con el ejército español. Éste andaba desesperadamente necesitado de modernizarse, ya que las dificultades en Marruecos y la incómoda neutralidad durante la Primera Guerra Mundial habían puesto claramente de relieve su más que limitada capacidad de combate. Además, una dictadura constituía el entorno político ideal para este tipo de arreglos opacos. Así -y como también explica en detalle Juan Pando en el libro sobre Annual - España se ofreció para albergar una fábrica de gases tóxicos producidos por químicos alemanes. Se construyó asímismo un submarino experimental alemán que luego fue vendido a la marina turca, y se realizaron cursos 'clandestinos' de guerra química para oficiales españoles, por ejemplo. El encargado de gestionar todos estos asuntos era el agregado militar de la embajada española, Juan Beigbeder, futuro organizador de las fuerzas moras que ayudaron a la revuelta militar de 1936 y ministro de Asuntos Exteriores.

La Academia Militar General de Zaragoza era un proyecto muy querido tanto por Primo de Rivera como por Franco. Se les ofrecía la oportunidad de formar promociones de oficiales que compartieran su espíritu nacionalista y conservador y pusiesen fin a la tradicional división entre armas que había aquejado la organización militar española desde la instauración del régimen liberal.

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Academia General de Zaragoza

Franco deseaba inspirarse en el ejército alemán. Significativamente, no se dirigió hacia los modelos francés o británico, aureolados por la victoria en el último gran conflicto. El caso francés podía haber ofrecido la escuela de Saint-Cyr como modelo más próximo a lo que se deseaba crear, pero el general español decidió fijarse en la Escuela Militar de Dresde, fundamentalmente destinada a la infantería, cuerpo al que él mismo pertenecía.  Durante dos semanas se entrevistó con responsables de la enseñanza militar alemana, giró visita a las instalaciones de la escuela y presenció, a petición propia, las maniobras desarrolladas por un batallón de infantería de la guarnición de Berlín.

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Escuela de Saint-Cyr

A Franco le chocaron diversas cosas, algunas importantes y otras quizá más frívolas. Entre las primeras, observó que los alemanes simulaban el empleo de carros blindados en combate utilizando automóviles revestidos con planchas, y que los usaban de manera independiente a la infantería, planteamiento que le pareció incorrecto, tal como hubiera opinado también un gran número de oficiales de toda Europa. No se percató de que estaba asistiendo a los ensayos tácticos de lo que posteriormente sería conocido como bliztkrieg, lo que vendría a demostrar que la opción por el ejército alemán no era tan técnica como ideológica. En el apartado de aparentes frivolidades, incluye en el informe que los almuerzos oficiales que le ofreció la oficialidad germana eran exageradamente austeros, en claro contraste "con lo copioso de nuestros banquetes militares". En lugar de prestar tanta atención a celebraciones y ágapes, los generales alemanes se dedicaban a interrogar y corregir a los oficiales participantes en las maniobras, lo cual también causó cierta sorpresa en el futuro Caudillo.

El segundo viaje fue a Francia, y ello sucedió el 3 de noviembre de 1930 como consecuencia de una visita previa del ministro francés de la Guerra, André Maginot, a España y, en concreto, a la Academia General Militar de Zaragoza, de la que Franco era director. El ministro francés, además de aplaudir la labor que Franco venía haciendo en la academia y de imponerle las insignias de comendador de la Legión de Honor, invitó al general para que asistiese a un curso de mandos superiores en la Academia de Saint-Cyr. Franco salió para Versalles ese mismo día y permaneció allí un mes. En la famosa escuela militar francesa -según su biógrafo George Hills- Franco advirtió un espíritu, unos principios y unos patrones profesionales mucho más próximos a los que prevalecían en Zaragoza que los que había estudiado en la Escuela Alemana de Dresde. Franco comulgaba más, al parecer, con la doctrina francesa de la concentración y potencia de fuegos y disentía del esquema prusiano de academias separadas por armas y vinculación regimental de los oficiales.

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André Maginot

Franco estuvo un mes en Francia. Durante el curso el joven general español llama la atención de los mandos militares franceses por su gran preparación intelectual y militar, y se preocupa por conocer a fondo los trabajos de la Escuela de Estudios Orientales aneja a la Universidad de la Sorbona. Por cierto, que fue durante esta estancia de Franco en Francia cuando su admirado Ortega y Gasset publica en el diario "El Sol" su famoso y trascendental artículo "El error Berenguer".

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Gouvion-Saint-Cyr

La Academia Especial Militar de Saint-Cyr es un establecimiento de enseñanza superior, que forma a oficiales del Ejército de Francia. Su divisa es "Ils s'instruisent pour vaincre" ("Se instruyen para vencer").

La escuela fue creada por la ley del 11 de floreal del año X por orden de Napoleón Bonaparte, quien ordenó su instalación en Fontainebleau el 28 de enero de 1803. En 1806 se trasladó a la ciudad de Saint-Cyr , en los edificios de la Casa real de San Luis, fundada por madame de Maintenon en 1686. Se transformó en Escuela Imperial Militar en 1804, aunque sólo a partir de 1818 empezaron a llegar alumnos de manera regular y constante. 

En la Academia Saint-Cyr (LaurEnt de Gouvion-Saint-Cyr destacó como general y como mariscal en los ejércitos de Napoleón y fue Ministro de la Guerra entre 1828 y 1830) Franco pudo ver claramente la diferencia de formación de los oficiales entre la Academia de Dresde y la Academia de París y frente a lo que él mismo creyó durante su estancia en Alemania le convenció más la formación de los oficiales franceses e incluso la formación de los grandes ejércitos. Para Franco, soldado convencido de infantería,  los ejércitos no pueden actuar por separado, la fuerza la da la actuación simultánea, como se había demostrado en la batalla de Alhucemas, precisamente por la que había recibido la Legión de Honor impuesta por el gobierno de París. En los anales de la Academia de Saint-Cyr el paso del general español figura como "un gran general, con una gran inteligencia y una gran cultura militar que dará que hablar en el futuro".

Hay otro viaje "oficial" de Franco que también se ha silenciado y que en su momento llegó incluso a salir en las portadas de los periódicos españoles. Fue cuando siendo ya Jefe del Estado Mayor Central del ejército, fue designado por el Gobierno como miembro de la misión española que iba a asistir a los funerales del rey de Inglaterra Jorge V y a la coronación inmediata de su sucesor, Eduardo VIII. Curiosamente en las fotografías que publicó la prensa de aquellos acontecimientos, Franco aparecía junto al mariscal soviético Yujachevsky y más curioso aun fue que la misión soviética estuviese presidida por Máximo Litvinov, el mayor conocedor de la situación política española y el hombre que tanta influencia indirecta tendría en la formación del Frente Popular.

Fueron unos viajes de gran prestigio para Franco, el general más joven de Europa.

Y ahora algunas opiniones sobre Franco

 Tras el "viaje" a Alemania y a Francia con Franco me van a permitir que recoja algunas de las opiniones que hombres de la izquierda y de la derecha tenían de Franco antes y después de la Guerra Civil.

Ramón Pérez de Ayala, por ejemplo, escribía:

"El respeto y el amor por la verdad moral me empujan a confesar que la República española ha constituido un fracaso trágico. Sus hijos son reos de matricidio. No es menos cierto que ya no hay republicanos en uno u otro lado.

Desde el comienzo del movimiento nacionalista, he asentido a él explícitamente y he profesado al general Franco mi adhesión, tan invariable como indefectible. Me enorgullece y honra tener mis dos únicos hijos sirviendo como simples sol­ dados en la primera línea del ejército nacional.

De Franco siempre he tenido la mejor opinión, lo cual vale bien poco, pues la opinión es sobremanera falible, singular­ mente la mía. Pero he tenido fe en él; y esto vale mucho más. Opinión o no opinión, fe o no fe, parece archievidente que España -Franco y España- esto es, libre, son una cosa misma."

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Por su parte Salvador de Madariaga, uno de nuestros intelectuales más finos y más cosmopolita, escribiría de Franco estas palabras

"Por estos andurriales de experiencia iba yo excursionando entonces cuando me aconsejó un amigo que me encontrase con el jefe de Estado Mayor, Francisco Franco. Quien me lo recomendaba era una de las personas que me merecían mayor confianza, mi ex subsecretario Ramón Prieto Bances. Como asturiano, conocía a Franco bien, pues aquel gallego, el más tarde famoso general, había rearraigado en Asturias al casarse con una ovetense. Y aquí, como gallego que yo soy también, con dos hermanos rearraigados en Asturias, tendré que digredir otra vez.

Comimos en el Hotel Nacional en octubre y estuvimos juntos los tres cosa de dos o tres horas.

Franco habló algo menos de lo que el español medio habría hablado en tales circunstancias, aunque sin manifestar reserva, desconfianza o suficiencia alguna. Me llamó la atención por su inteligencia concreta y exacta más que original o deslumbrante, así como por su tendencia natural a pensar en términos de espíritu público, sin ostentación alguna de hacerlo. Otros rasgos de su carácter que luego se manifestaron, no asomaron en la conversación."

Y el astuto, listo y sibilino Indalecio Prieto, el gran líder socialista, hizo en su famoso discurso de Cuenca, ya en 1936, la mejor semblanza que nunca se hiciera de Franco:

"Merece la pena, luego de haber remarcado el sentido de menosprecio que los elementos directores de los partidos derechistas acusan con la inclusión en sus candidaturas de los nombres del general Franco y del señor Primo de Rivera, consagrar unos minutos de atención a tan curioso fenómeno político. Ha desaparecido de la candidatura de Cuenca el nombre del general Franco. Yo me felicito sinceramente de tal desaparición. He leído en la prensa manifestaciones de este general, según las cuales su nombre se incluyó en la candidatura por Cuenca contra su voluntad, sin su autorización. No tengo por qué poner en duda la sinceridad de estas manifestaciones, aunque le he de decir también, no pudiendo recatar la sinceridad mía, que hubiese preferido que esa rectificación del general Franco se hubiera producido con anterioridad al justo acuerdo de la Junta Provincial del Censo, que le eliminó de la candidatura. No he de decir ni media palabra en menoscabo de la figura del ilustre militar. Le he conocido de cerca, cuan­do era comandante. Le he visto pelear en África; y para mí, el general Franco, que entonces peleaba en la Legión a las órdenes del hoy también general Millán Astray, llega a la fórmula suprema del valor, es hombre sereno en la lucha. Tengo que rendir este homenaje a la verdad. Ahora bien, no podemos negar, cualquiera que sea nuestra representación política y nuestra proximidad al Gobierno -y no lo podemos negar porque al negarlo, sobre incurrir en falsedad, concluiríamos por patentizar que no nos manifestábamos honradamente-, que entre los elementos militares, en proporción y vastedad considerables, existen fermentos de subversión, deseos de alzarse contra el régimen republicano, no tanto seguramente por lo que el Frente Popular supone en su presente realidad, sino por lo que, predominado en la política de la nación, re­presenta como esperanza para un futuro próximo. El general FRANCO por su juventud, por sus dotes, por la red de sus amistades en el Ejército, es hombre que, en momento dado, puede acaudillar con el máximo de probabilidades -todas las que se derivan de su prestigio persona- un movimiento de este género."

Y famosa fue la descripción puramente militar que hizo Arturo Barea en su famosa trilogía "La forja de un rebelde", en la que describe a Franco en batalla como nadie lo había hecho ni lo haría después.

-Naturalmente. Millán Astray es un bravucón. Se ha ganado la fama de héroe y ya no hay quien se la quite. Y precisamente el hombre que podría hacerlo es Franco. Sólo que esto es un poco complicado de explicar... Yo sé cuántos oficiales del Tercio se han ganado un tiro en la nuca en un ataque. Hay muchos que quisieran pegarle un tiro por la espalda a Franco, pero ninguno de ellos tiene el coraje de hacerlo. Les da miedo de que pueda volver la cabeza, precisamente cuando están tomándole puntería.

-Pero seguramente pasa lo mismo con Millán Astray.

-Ca, no. A Millán Astray no se le puede dar un tiro por la espalda. Ya tomó él buen cuidado de ello. Pero con Franco no es difícil. Se pone a la cabeza y... bueno, es alguien que tiene riñones, hay que admitirlo. Yo le he visto marchar a la cabeza de todos, completamente derecho, cuando ninguno de nosotros nos atrevíamos a despegar los morros del suelo, de espesas que pasaban las balas. ¿Y quién era el valiente que le pegaba un tiro entonces? Te quedabas allí, con la boca abierta, esperando a que los moros le llenaran de agujeros a cada momento, y a la vez asustado de que lo hicieran porque entonces estabas seguro de que echabas a correr. Hay además otra cosa, es mucho más inteligente que Millán Astray.

En 1925 el exministro de Alfonso XIII Don Antonio Goicoechea, publicó en la "Revista de tropas coloniales" un artículo en el que entre otras cosas decía:

"Por su juventud, por su historia, por su triunfal carrera, el nuevo coronel Franco es un hijo del ambiente militar de la Legión y un singularísimo prototipo de ella.

Con la permanencia indestructible de los recuerdos gratos, ha quedado en mi alma impreso el del instante en que conocí al joven coronel. Comenzaba a halagarle y a circundarle con sus resplandores el aura popular. Sus primeros alardes de frío valor, de inteligencia cultivada y perspicaz, de conocimiento seguro y firme del arte militar, le habían ya granjeado merecida popularidad. Corría su nombre de boca en boca, emparejado con el de Millán Astray, su maestro, su camarada, su émulo en el sacrificio abnegado y heroico. Por pura y desinteresada simpatía hacía todo lo que aparece ante mis ojos como verdaderamente grande, acudí, sin conocerle, como uno de tantos, a un acto de homenaje celebrado en su honor.

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Revueltos y confundidos en afectuosa familiaridad, sentábanse a la mesa, sumando varios centenares, hombres civiles y oficiales y jefes de diversas armas. Una preocupación en que se mezclaban por iguales partes la amargura y el orgullo, do­ minaba todos los espíritus y se retrataba en todos los semblan­tes; sólo en África se pensaba y sólo se hablaba de África. Reciente la conquista de Xauen, la habilidad y el sereno valor desplegado para ganarla, era el palpitante asunto de las conversaciones.

Varios oradores dijeron con entonación y gesto solemne lo mismo que en voz baja habían dicho ya todos los comensales. Y, al fin, con el esperado pretexto de balbucear unas frases de gratitud, Franco púsose de pie.

En el ruido de aclamaciones incesantes y apasionadas, pude a mi sabor contemplarle, antes de oírle. Su prestancia airosa; la serenidad dulce de su mirada, en la que había algo a la vez de retador y de infantil, conquistó sin esfuerzo la general simpatía; cada uno de los comensales vio extendida ante sus ojos la carta de recomendación a que aludiera Schopenhauer en uno de sus pensamientos más felices. Dejase al cabo escuchar una palabra de estilo familiar y sencillo. Las frases rituales de agradecimiento y de modestia, no mayores ni menores en número de las estrictamente necesarias, sirvieron de breve introito a un discurso vibrante, inflamado, pletórico de pasión, más parecido a una arenga que a un brindis. Durante la noche habían dejado oír su voz hombres que por su procedencia y su oficio podían considerarse como profesionales de la oratoria: ninguno había producido el sincero entusiasmo, la intensa emoción que había despertado la palabra de Franco. Por centésima vez hubo de comprobarse que no es el orador quien fabrica con sujeción a formularios la emoción; sino la emoción verdadera quien hace los más perfectos y grandilocuentes oradores. En Franco, el himno entonado a la patria y a la bandera no era sólo un arrebato lírico y un re­ curso para una efímera finalidad suasoria: era algo que brotaba, según la recomendación de Quintiliano, del pecho mismo del orador, acompañado del mágico refrendo de una vida y una conducta.

Algún tiempo ha pasado desde entonces y la realidad ha colmado todas las profecías y encarnado en una vida, dichosamente plena de vigor, risueñas esperanzas. El soldado, audaz, se ha convertido en un caudillo; el orador inexperto ha ceñido en sus sienes doble diadema del saber y del valor. Franco ha permanecido fiel a su propio espíritu; su vida militar ha continuado siendo un esfuerzo incansable de desdobla­miento, en el que a cada hazaña sucedía otra nueva, y a cada acto de sacrificio, otro que lo superaba y lo oscurecía. Ni un segundo se le ha visto en su carrera vacilar, ni sentir ese íntimo desfallecimiento con que el egoísmo a menudo se disfraza de abatimiento y de pereza... En la juventud vigorosa de Franco hay encerrado un ejemplo y una enseñanza para los comba­tientes que le siguen y para los pacíficos ciudadanos que lejana y pasivamente le acompañan con su admiración y con su simpatía en todos sus resonantes éxitos." 

(Y resalto lo que se dice: "el soldado, audaz, se ha convertido en un Caudillo..." y esto lo dice el señor Goicoechea en 1925).         

Y lo dicho, yo ni quito ni pongo Rey, pero ayudo a mi señor...y mi señor es y será siempre la verdad y la Historia...(o la intraHistoria).

 

                                                Julio MERINO

Periodista y Miembro de la Real Academia de Córdoba