“Franqueada salida, dos tarde; fresco Nordeste, buena mar, ¡Adiós¡ Villaamil”.  Así telegrafió el comandante de la Fragata de la Armada española “Nautilus”, el 30 de noviembre de 1892, al emprender la expedición alrededor del mundo.

Para el comandante Villaamil, casado con el mar, fue como un viaje de novios. Le acompañaron 300 voluntarios. El itinerario del viaje trazado por el marino comprendía catorce travesías; 40.000 millas a recorrer a 6 por hora, según cuadrasen los tiempos.

Atravesó el Atlántico dos veces a la ida, para buscar América, una del S y otra al E, hasta alcanzar el Cabo de Buena Esperanza. Pasó luego al Índico para llegar a Australia y desde Nueva Zelanda trazar una enorme diagonal para atravesar el Pacífico entero hasta San Francisco (California). Navegaría después en dirección al Meridiano, de N a S, hasta los 60º de latitud S, a la altura del Cabo de Hornos, entrando después de nuevo en el Atlántico para cruzar en dirección E hasta Santa Elena. De ahí buscó nuevamente la costa occidental de América hasta Nueva York. Y por último puso proa a Europa, tocando en el S de Inglaterra y en el NO de Francia.

Tal fue el itinerario fijado por el comandante Villaamil para el clipper “Nautilus”, barco mixto de madera y de hierro, con aparejo de fragata, gavias dobles, branque acerado y dura y reluciente jarcia.

Llevó el comandante a Joaquín Barriere como segundo; a 6 oficiales de guerra, médico, capellán y contador; 40 guardiamarinas, 90 aprendices de contramaestre, 85 marineros gallegos, guipuzcoanos, vizcaínos, santanderinos y asturianos; 5 contramaestres y la maestranza propia de un barco de vela. Toda la tripulación estaba formada por voluntarios; el más viejo de la tripulación tenía 23 años.

La reforma más destacada realizada a bordo fue la que los marinos llaman mamparos de colisión: un tabique de hierro, colocado a corta distancia de la proa, para evitar vías de agua en caso de choque con bancos de hielo flotando en el mar.

Como el agua se marea con facilidad y la sed es uno de los peores enemigos y más temidos por los navegantes, dispuso la caldera del bote de vapor para hacer agua dulce.

Incluso, esta fragata, portaba dinamita por si tenían que picar los palos de hierro del clipper en la batalla que debería librar el casco y el aparejo durante los fuertes temporales que pueden azorrar al barco en mejor temple.

Formaba parte de la dotación del barco cinco botes, uno de ellos de vapor, cuatro cañones de tiro rápido y una ametralladora, que completaban la defensa de la fragata.

Pero el comandante Villaamil no descuidó otras necesidades morales de la tripulación: llevaba gaita y tamboril, así como guitarras y acordeones para confortar a la tripulación de la tediosa calma chicha, cuando las velas cuelgan inertes por falta de viento y los rizos semejan lágrimas, reza el autor.

Aquel viaje iba a costar a los españoles: 30.000 duros.

La primera celebración a bordo consistió en una misa a la Virgen del Carmen, patrona de la gente de mar. El comandante del barco quiso encomendarse a María ante las borrascas, para que nadie a bordo pudiera decir que no se habían acordado de Santa Bárbara a la hora de los truenos. Villaamil deseó fervientemente que la Virgen del Carmen guiara al “Nautilus” y acompañase a los 300 marineros que habían dejado desiertos sus hogares durante año y medio, y curtir su alma y cuerpo para honra de la Armada española, que estaría a merced del viento y de los mares, afrontando toda clase de peligros, arriesgando sus vidas a cada instante, pero portando como escudo su amor a España, llevando por enseña el pabellón nacional.

De este viaje relataremos para ustedes algunas de sus travesías, apoyándonos en el trabajo que dejó escrito el comandante Fernando Villaamil.

Así volvió a escribir el comandante del “Nautilus” desde Brest, el 13 de julio de 1894: “Salgo hoy; llegaremos lunes o martes probablemente”.

Todos pensaban que fondearían en el puerto de Pasajes, pero la orden del Ministerio de Marina fue tajante: el viaje terminaría en San Sebastián. El sarampión se había hecho presente en Pasajes.

El mar estaba limpio de toda vela; no se divisaba una trainera, ni una lancha: de la fragata para allá, nadie; del “Nautilus” para acá, el Rey y la Reina esperando. Los cañonazos de popa rompieron la calma con 21 salvas de cañón. Así saludó la fragata a su Rey y a la nación española al rendir allí su inolvidable viaje, desde el 30 de noviembre de 1892 al 16 de julio de 1894: un año, 8 meses y 16 días de travesía del buque-escuela de guardiamarinas. Y así dieron las últimas órdenes, al estilo antiguo, dadas desde el puente de mando en las viradas.

  • ¡Listo a virar! ¡Larga escota de foque!
  • ¡Allá va con Dios!
  • ¡En buena hora sea la vuelta!