Un caso de conciencia

“El lazo se rompió y nosotros quedamos libres”

Con motivo del bombardeo de Guernica los clérigos vascos enviaron una carta al Santo Padre, de la que resaltamos unos significativos párrafos.

Beatísimo Padre. El clero vasco de la Diócesis de Vitoria, sometido al Gobierno de Euskadi, postrados a los pies de Vuestra Santidad, representados por los sacerdotes que suscriben, testigos oculares algunos  y todos con pleno y absoluta certidumbre de los hechos notorios  que se exponen a Vuestra Santidad, con el más humilde acatamiento, dicen; que desde que el Gobierno vasco ejerce  su autoridad (7 de octubre de 1936) en esta zona de la Diócesis de Vitoria, el clero no sólo ha sido respetado en sus derechos y en su acción sacerdotal, en el ejercicio del culto y en su vida e intereses personales, sino que ha recibido el apoyo del Gobierno para todo ello, como ha podido apreciarse en la organización del Seminario Conciliar, en la exención de los sacerdotes  del cumplimiento de las leyes militares en los frentes de guerra, en las garantías  y defensa que ha prestado para el ejercicio de la vida eclesiástica, aunque es cierto que, antes del advenimiento de este Gobierno, se cometieron atentados contra sacerdotes o lugares sagrados  singulares, y alguno también del 7 de octubre, burlando la vigilancia de la autoridad”.

Los hechos, según el clero vasco

Tras esta introducción, prosiguen: “Que el 31 de marzo último fue bombardeada la importante villa de Durango, destruyéndose en gran parte, derrumbando su magnífica iglesia parroquial de Santa María y la iglesia moderna de los PP Jesuitas, causando la muerte de dos sacerdotes que en aquel momento ejercían su ministerio y a multitud de fieles que asistían a Misa, arruinando el convento de religiosas Agustinas y matando a trece de ellas y causando innumerables víctimas”.

“Que, asimismo, el día 26 de abril la aviación del Gobierno del general Franco bombardeó y ametralló horriblemente la venerada villa de Guernica, incendiando la iglesia de San Juan, dejando maltrecha la de Santa María, reduciendo a escombros casi todos los edificios de la villa, ametrallando sin compasión a sus habitantes cuando corrían despavoridos, huyendo de derrumbamientos e incendios que les circundaban, y causando centenares de muertos. Los aviones, que volaban impunemente, casi a flor de tierra, veían perfectamente las ruinas y víctimas que causaban, a los cuales perseguían con conciencia plena de lo que hacían…”.

“Estos hechos que aquí consignamos, de firme y sereno ante Vuestra Santidad son los mismos que en sus informantes oficiales ha publicado el Gobierno vasco, cuya verdad se ha querido negar, atribuyendo ruinas e incendios a los soldados del mismo Gobierno; y ante esta difamación de nuestro pueblo, nosotros, el clero vizcaíno, se cree en el deber de hacer llegar a Vuestra Santidad, nuestro Padre común, a quien necesitamos decir nuestro dolor y nuestra tribulación en estos días de guerra cruel…”.

La carta está fechada en Bilbao el 11 de mayo de 1937. Firman, entre otros, el Vicario General, Ramón Galbarriatu, chantre de Vitoria; Pedro Menchaca, ecónomo de los Santos Juanes (Bilbao); Agustín Isasi, ecónomo de San Antón (Bilbao); Enrique Ledesma, cura encargado en San Nicolás; José María Marcoartu, ecónomo de Deusto; José de Elordi, cura de Begoña; Fortunato Unceta, coadjutor de Guernica y testigo ocular, y 21 firmantes más.

La réplica del Vicario de Vitoria

Pero el Cabildo de Vitoria lo desmiente en otro documento elevado al Primado, cardenal Gomá. Lo más significativo es que el principal firmante del documento anterior, el Vicario General de Vitoria, Ramón Galbarriatu, contesta con lo que titula “Mi caso de conciencia”: “Laqueus contritus est et nos liberati sumus” (El lazo se rompió y nosotros quedamos libres).

Resaltamos algunos de los párrafos más concluyentes de la declaración del clérigo vasco: “Al repasar ahora en mi mente las impresiones recibidas y contrastar alegrías presentes y tristezas pasadas, yo necesito, ante todo, hacer una solemne protesta contra aquella coacción abusivamente ejercida sobre mi y sobre otros compañeros míos de sacerdocio, por el titulado Gobierno provisional del País Vasco poniéndonos en trance de tener que firmar, contra toda nuestra voluntad,  un malhadado escrito acerca de los sucesos de Durango y Guernica…”.

“Esa coacción abusiva, que, en vano, forcejeando, traté de superar, ha sido y sigue siendo aún lo que más ha acibarado mi corazón en el desempeño de mi comprometido cargo de Vicario Delegado que las circunstancias y la voluntad de Dios pusieran sobre mis hombros…”.

“Pues bien, el consejero de Gobernación primeramente, de palabra y por escrito; el de Economía, después, en visita especial, y, por último, el propio Presidente, me propusieron diversas intervenciones, a fin de salvar el honor, según decían, del Gobierno calumniado sobre ese punto y de la religión misma. Y acabaron por exigirme –‘es necesario’ decía la última comunicación- que suscribiese el clero, y yo en primer término, un documento dirigido al Santo Padre, relacionado con los sucesos de esas dos villas vizcaínas arruinadas”.

“La negativa mía a tal propuesta hubiera tenido consecuencias desastrosas y daños que yo estaba obligado a evitar”.

“Todos saben las tragedias del ‘Quilates’ y ‘Altuna Mendi’ y de las cárceles de Bilbao y Durango, ocurridas en diversas fechas anteriores en represalia a los bombardeos aéreos; cómo cientos de hombres inocentes y honorables -entre ellos no pocos sacerdotes…; cómo los elementos del encumbrado Frente Popular, amenazaban un día y otro con repetir aquellos horrores si volvían a hacer víctimas los aviones…”.

“Los edificios religiosos de Durango… lejos de ser lugares exclusivamente sagrados, eran manifiestos objetivos militares”.

“La parroquia de Santa María -donde murió un sacerdote- hasta media semana antes había estado cerrada al culto y convertida en depósito de Intendencia militar. La capilla de San José -donde ocurrió la muerte de otro- era el centro del edificio de los PP Jesuitas, principal cuartel entonces de las Milicias vascas, y el convento de Santa Susana, en el que fallecieron catorce religiosas, sólo en parte mínima de él residía la comunidad de Madres Agustinas, y pared por medio, allí convivía el ejército de Euskadi en pie de guerra. Conste también que en Guernica no fue destruida ni deteriorada la hermosa y única iglesia parroquial, ni la histórica Casa de Juntas, ni el convento de las Clarisas… y que esta villa, tiene también desde hace años una importante fábrica de armas y era actualmente el lugar de concentración de las fuerzas militares de Euskadi”.

“A última hora el gobierno agonizante de Euskadi… nos ofreció, también a mí, el pasaje al extranjero; como no tenía nada que temer de la humana justicia, rehusé tal oferta y quedeme aquí, donde la voluntad de Dios me había colocado”.

El escrito aparece firmado por Ramón Galbarriatu, arcipreste. Bilbao, junio de 1937.

Como colofón, recordamos esta frase del documento elevado al Papa por el Gobierno de Euskadi: “El clero vasco de la Diócesis de Vitoria, sometido al Gobierno de Euskadi…”. Esa es la gran verdad de los hechos.