El hombre de Piltdown es hoy en día uno de los mayores fraudes de la paleoantropología moderna. El misterio duró cuarenta y cinco años. Durante ese tiempo se dio por bueno que aquellos restos arqueológicos pertenecían a un antepasado nuestro.

 

Vayamos al origen del fraude. En la localidad de Piltdown-Sussex (Inglaterra), Charles Dawson aseguró haber descubierto unos restos óseos -un cráneo parcial, un diente suelto y una mandíbula con dientes- que correspondían al eslabón perdido.

 

He ahí la clave del fraude. El eslabón perdido o, dicho de otra manera, unos restos de transición en la evolución del hombre. El origen del llamado eslabón perdido está relacionado con Charles Darwin y su teoría de la evolución de las especies, publicado en 1859. Sin embargo, Darwin no trató sobre la evolución humana hasta 1871 cuando publicó La ascendencia del hombre. Con anterioridad Thomas Huxley, en 1863, publicaba Evidencias del lugar del hombre en la naturaleza. En él, a través de una comparativa llegaba a la conclusión que el hombre estaba en estrecha relación con los grandes monos africanos. Fue Huxley el que apuntó la idea que el homo sapiens había evolucionado del mono. Si esto era cierto se tenía que demostrar y encontrar el eslabón perdido entre el simio y el ser humano.

 

La búsqueda de este eslabón perdido se inició en 1865 con el hombre de Neandertal. Sin embargo, se ha demostrado que no lo es, sino una especie a parte del homo sapiens, que había evolucionado paralelamente a este, con antepasados comunes lejanos. Piltdown debía convertirse en un lugar tan famoso como el Valle de Neander en Alemania.

 

Charles Dawson era un arqueólogo aficionado. Según contó, un obrero localizó en una cantera de Piltdown estos restos y se los entregó. Para hacer real aquel descubrimiento los presentó, junto con el paleontólogo Smith Woodward, del Museo Británico, en la Sociedad Geológica de Londres. Los restos fueron bautizados como Eoanthropus dawsonii.

 

Uno se pregunta por qué la comunidad científica aceptó, sin un profundo análisis, aquellos restos. La respuesta viene dada del hecho que eran perfectos e idénticos a la idea que se tenía, en 1912, sobre el eslabón perdido. Se creía que el hombre de transición, que había evolucionado del simio, tendría un gran cerebro, aunque presentara rasgos simiescos, evolucionando a una apariencia humana. El hombre de Piltdown se adecuaba a esa idea. De ahí que el fraude se mantuviera hasta 1953. A todo esto, tenemos que añadir que la prensa ayudó positivamente a mantener vivo el fraude.

 

Charles Dawson nació en Inglaterra en 1864. Era un arqueólogo aficionado. Recolector de fósiles para el Museo Británico. Al tener un cierto prestigio y al parecerse los restos más a la idea preconcebida, le fue fácil darlos a conocer. Lo que aún resulta un misterio es porqué quisieron engañar al mundo científico internacional. Dawson falleció de septicemia en agosto de 1916.

 

Arthur Smith Woodward nació en Macclesfield, Cheshire (Inglaterra) el 23 de mayo de 1864. Estudió paleontología en la Universidad de Owens (Manchester). Fue nombrado director de geología en el Museo de Historia Natural, en 1882. Era un experto mundial en fósiles, sobre todo de peces, publicando un catálogo sobre los mismos del Museo Británico, entre 1889 a 1901. Su extraordinaria contribución al mundo de los fósiles le supuso un gran reconocimiento. Recibió la medalla de la Sociedad Real de Londres para la mejora del conocimiento natural; la medalla Lyell, la medalla Wollaston de la Sociedad Geológica; la medalla de Linnean de la sociedad Linnean; y la medalla Clarke de la Sociedad Real de Nueva Gales del Sur. Su prestigio quedó enturbiado por el hombre de Piltdown. Se jubiló en 1924. Smith Woodward falleció el 2 de septiembre de 1944 sin reconocer el fraude cometido en 1912.

 

La veracidad del descubrimiento siempre estuvo en entredicho. La sociedad internacional se vio sometida a dos guerras mundiales. Esto ayudó a que el fraude se dilatara en el tiempo. Un de las personas que en primer lugar certificaron que aquellos restos eran dudosos fue A.T. Marston. Este dentista determinó que los dientes hallados en realidad pertenecían a un orangután, el diente suelto a un mono y el cráneo a un homo sapiens.

 

Aquellas conclusiones alertaron a la comunidad científica mundial. Se realizó un análisis del contenido en flúor de los huesos determinaron que el enterramiento de aquellos huesos había sido intrusito. Esto es, que alguien los había colocado allí en una época moderna. El análisis también demostró que el color ferruginoso oscuro de los huesos se debía a un tratamiento químico. Esto se realizó para uniformar las posibles diferencias de color entre la mandíbula y el cráneo.

 

¿Qué indujo a esos hombres a cometerlo? Todos los descubrimientos antropológicos se hicieron en Alemania, Francia y Asia. La presencia de nuestros antepasados en Inglaterra no podía demostrarse. Los países rivales, por decirlo así, tenían sus restos menos el Imperio. Esto no es una excusa, pero les sirvió de pretexto a Dawson y sus correligionarios. Para reparar aquella injusticia se inventaron al hombre de Piltdown. Así, entre 1912 a 1915 se localizaron dos cráneos, un diente, una mandíbula, una herramienta tallada de un colmillo de elefante, y dos dientes fosilizados de animales del pleistoceno. Con estos hallazgos Inglaterra se ponía a la cabeza de la paleontología.

 

Existen algunos puntos oscuros. Desconocemos cuando Dawson y Woodward se ponen en contacto. Todo hace suponer que fue después de los primeros descubrimientos, pero no conocemos el momento preciso. Tampoco se dio a conocer el lugar exacto donde se localizó Piltdown II. Se sabe que Dawson lo encontró cuando estaba con un amigo. El nombre del cual es un misterio y el supuesto yacimiento.

 

El escepticismo fue una constante durante los años posteriores. Si bien los paleontólogos británicos estaban entusiasmados con el hallazgo, por lo que hemos explicado anteriormente, los franceses y americanos no dudaron en poner en tela de juicio el descubrimiento. Encontrar ciertos elementos juntos podía ser obra de un animal. Esto es, Dawson localizó la mandíbula y el cráneo a poca distancia. Supuestamente su localización o colocación ahí era obra de algún animal de la época. Una vez hubiera podido ser admitida por los escépticos. Ahora bien, en Piltdown II ocurrió lo mismo. Demasiadas casualidades en un mismo descubrimiento paleontológico. Las sospechas se intensificaron.

 

Existe otro hecho que puso en tela de juicio el descubrimiento. Si nos encontrábamos ante el eslabón perdido, eso quería decir que era tan inteligente como el hombre, aunque más desarrollado cerebralmente que el mono. Siempre hablamos según los esquemas de la época. De ahí que se localizara una herramienta tallada. Esa era la prueba irrefutable de la evolución del hombre de Piltdown con respecto a los monos. Aunque en un primer momento todo estaba a favor de ellos, posteriores descubrimientos dieron al traste con él.

 

La única herramienta encontrada fue unos dardos del austrolopithecus. Asimismo, se descubrieron homínidos cercanos y lejanos. Se descubrió el homo erectus y el austrolopithecus. Todos estos hallazgos no encajaban con el hombre de Piltdown. Dicho de otra manera, gracias a aquellos descubrimientos se estaba acotando la evolución del hombre. Los científicos se dieron cuenta que no había que buscar un eslabón perdido, sino que la evolución se llevó a cabo durante años y que no existía un único hombre. Que habían existido otras evoluciones. El ser humano había llegado hasta hoy en día de una manera determinada y otras se habían quedado en el camino. Es decir, el eslabón perdido era una utopía. No había evolucionado una única especie, sino varias. Sólo la más fuerte o las más fuertes sobrevivieron y siguieron evolucionando hasta convertirse en seres humanos.

 

Pues bien, ante esta nueva teoría el hombre de Piltdown no encajaba. Los restos encontrados probaban una evolución y que el tamaño cerebral era inferior al pensado. Ahí estaba el gran error de Dawson. Estructuró una fábula basándose en el pensamiento científico del momento. Quiso darles la razón con una prueba fehaciente. Cuando el pensamiento científico evolucionó el castillo de naipes se desmoronó.

 

Por esto se puede afirmar que el fraude fue descubierto mucho antes. Por qué no se dio a conocer antes es paradójico. Durante las décadas siguientes el descubrimiento de Dawson-Woodward fue marginado y no tenido en cuenta. El mundo científico sabía del fraude. Sin embargo, algunos aún los daban por bueno. Fue referenciado en algunos libros dándoles la categoría de fósiles homínidos. Para despejar cualquier duda, en 1953 se decidió poner fin a aquel hallazgo erróneo de la evolución humana.

 

Hasta ahora hemos hablado sobre los fósiles bautizados como Piltdown I y II. Hemos explicado qué se encontró allí y a quién pertenecían. Ahora bien, ¿qué antigüedad tenían? Si en un primer momento se dieron por buenos, las pruebas de flúor hicieron que se dudara sobre su veracidad. También es cierto que la tecnología no estaba lo suficientemente evolucionada. No fue hasta la década de los cincuenta cuando Sir Kenneth Oakley puso los puntos sobre las íes y dató los restos. Los resultados fueron estos:

 

  • Cráneo de Piltdown I: si bien era humano tenía una antigüedad de 620 años.
  • Cráneo de Piltdown II: era de la misma época.
  • Mandíbula de Piltdown I: pertenecía a un orangután, con toda probabilidad procedente de Sarawals, isla de Borneo (Malasia), con una antigüedad de 500 años.
  • Herramienta: fósil genuino, probablemente de Túnez.
  • Dientes de hipopótamo: fósil genuino, probablemente de Malta o Sicilia.
  • Diente canino: fósil pleistoceno de chimpancé.

 

Los huesos fueron tratados para parecer antiguos. Hicieron servir una solución de hierro para mancharlos. Antes de aplicarles la solución férrica fueron tratados con ácido crómico para facilitar la implantación de la solución. Según se cree los cráneos pudieron ser hervidos con sulfato de hierro. El diente canino fue pintado después de ser tratado. La mandíbula fue rota para que no se notara que no encajaba con el cráneo. En fin, hubo un preciso trabajo previo a los descubrimientos.

 

Como ocurre siempre en estos casos, se quiso buscar un culpable o culpables del fraude. En un primer momento se acusó a Dawson, Woodward y Teilhard. Era lógico, se había apuntado el descubrimiento. Ahora bien, ¿hubo más?

 

Supuestamente sí. Hay que tener en cuenta que estamos ante un hecho único y, por supuesto, la teoría de la conspiración se extendió hasta límites insospechados. Alguien tuvo que preparar los restos, enterrarlos y esperar que los descubrieran. Los dos primeros factores eran fáciles. Sólo se necesitaba tiempo. Lo tercero era más complicado. Enterrar algo y esperar que un arqueólogo lo descubra es una tarea caso imposible. Por eso se apuntó directamente a los descubridores. O, en su defecto, el promotor del fraude les dio pistas de dónde podían encontrar restos fósiles. Si tenemos en cuenta que Dawson no dio a conocer el lugar donde descubrió Piltdown II, el círculo se estrechaba en contra de ellos.

 

Teniendo en cuenta esta tesis, se tenía que buscar la persona que tramó el fraude. Y es aquí donde aparece una pléyade de nombres. Se pensó en Lewis Abbot, dueño de una joyería en Hastings, experto en geología y amigo de Dawson. Se acusó a Carolina Grigson, guardián del Museo Odontológico. Una propuesta que no se tuvo en cuenta. A Butterfield, guardián del Museo de Hastings, lo cual tampoco se pudo demostrar.

 

Por supuesto Dawson tenía todos los números de ser el autor material del fraude. Además de Piltdown se vio involucrado en otros incidentes: la estatuilla de Beauport, el arma de pedernal de Blackmore, el barco de Bexhill, la herradura de Uckfield, la cara de reloj de Hastings, el ladrillo de Perensey, entre otros. A esto se añadió, según confesión de Woodward, que la mandíbula fue hallada sin dificultad, esto es, rascando un poco la grava apareció. Según algunos investigadores Dawson era el único culpable del fraude. Cierto o no murió sin confesar la verdad.

 

Siguiendo con la teoría de la conspiración son interesantes las conclusiones a las que llegó Ian Langham. La base de la investigación fue un artículo aparecido en un diario médico británico el 21 de diciembre de 1912. En él se avisa del descubrimiento en una reunión geológica. Es un artículo que contenía la información de la localización exacta del sitio y la historia del descubrimiento. El autor del artículo era Arthur Keith. Langham averiguó que lo había escrito tres días antes de la reunión. Eso significaba que Dawson tenía algún tipo de relación con Keith. Afirmaba que conoció a Dawson en 1913, pero se descubrió que tuvieron varios contactos entre 1911 y 1912. Asimismo, destruyó toda la correspondencia con Dawson. Langham llegó a la conclusión que Dawson empezó a preparar el fraude entre 1905 a 1910. Keith preparó los restos entre 1911 y 1912. Una vez en poder de Dawson, los enterró para descubrirlos posteriormente. Hargreaves, la persona que cavó al lado de Dawson, fue acusado sin pruebas.

 

Y así podríamos seguir. Incluso se quiso implicar a Arthur Conan Doyle, el autor de Sherlock Holmes, vecino de Dawson y aficionado a buscar fósiles. Se pensó en él porque en una de sus novelas -The lost World- describe la ejecución de la broma en términos velados.

 

Hemos podido ver que ha pasado casi un siglo desde el descubrimiento del hombre de Piltdown y, sin embargo, todavía es un misterio quién llevó a la práctica el fraude. ¿Por qué duró tatos años el fraude?

 

En primer lugar, por el excelente currículum de Dawson, Woodward y Teilhard. Nadie pensó que pudieran poner en peligro su prestigio. Se creyó en ellos ciegamente por lo que eran y nadie se planteó que aquello fuera obra de varios impostores. En segundo lugar, se debe achacar una cierta incompetencia en la comunidad paleontológica británica, pues dieron como buenos los restos sin realizar ningún tipo de análisis. Si Dawson, Woodward y Teilhard certificaban lo que decían, aquello iba a misa. En tercer lugar, los análisis aún no estaban perfeccionados. Con lo cual no se podía datar con exactitud la antigüedad de los restos. En cuarto lugar, fueron muy hábiles falsificando los restos. En quinto lugar, los restos se adecuaban a las teorías dadas por buenas hasta ese momento. Es decir, los científicos creían que el eslabón perdido tendría unas características muy específicas y ellos les dieron lo que querían ver. Si bien fue una planificación perfectamente premeditada, el fraude se consolidó y aguantó tantos años porque, con él, los científicos podían reafirmarse en sus teorías. No pensaron en ningún momento que estaban equivocados. Luego, con los nuevos hallazgos, se dieron cuenta de su error. El mal ya estaba hecho. El hombre de Piltdown fue un fraude, pero amparado por la comunidad científica. Esa es la realidad. Los errores han hecho evolucionar la ciencia. Piltdown ha sido uno más de estos errores.