Por su interés, voy a reproducir algunas páginas estos días de su obra "Horas del Madrid rojo" (aunque yo en lugar de horas les llamaría "Escenas"), en las que cuenta lo que vivió en los 3 meses que vivió en el Madrid rojo, entre el 18 de julio y el mes de octubre cuando pudo salvar su vida y huir al exilio
Son escenas de película (y algunas de sus obras también han sido llevadas al cine), son relatos apasionantes y tétricos, trágicos, en los que como periodista va recreando lo que fue y vivió aquel Madrid rojo, republicano, constitucional y legitimo (cuando un Gobierno LEGÍTIMO permitió que grupos desorganizados, descontrolados, y vengativos sembraran la muerte y el terror en Madrid)

Les aseguro que estos relatos del "Caballero Audaz" debían ser divulgados por un Gobierno que dice ser constitucionalista y legítimo como aquel.

Pasen y lean. Son escenas muy cortas pero muy expresivas y eminentemente gráficas:

 

Biografía

 

José María Carretero Novillo (Montilla, 1887-Madrid, 1951) fue un escritor y periodista español más conocido por el seudónimo de "El Caballero Audaz" .

Estudió en el instituto de Cabra (Córdoba) y se trasladó a Madrid. Muy joven empezó a trabajar en el Heraldo de Madrid y en Nuevo Mundo del que pasados los años llegó a ser director. También colaboró, entre otras publicaciones, como redactor en Mundo Gráfico, pero donde más éxitos tuvo, alcanzando gran fama, fue en la revista La Esfera en la que popularizó el seudónimo de "El caballero audaz".

 

Gran corpachón, metro noventa de estatura y espadachín conocido por sus varios duelos. De vida azarosa, arrogante y beligerante fue maestro de la entrevista y del género interviú, defensor de que, además de las declaraciones del entrevistado interesa el perfil del propio personaje. Escritor de novelas folletinescas de fondo erótico, alcanzó en vida tiradas millonarias.

 

Ardiente propagandista de la facción nacional en la Guerra Civil, como periodista nos legó una serie de reportajes históricos de personajes y de sucesos de la Guerra Civil española de 1936, de la que fue protagonista en Madrid. Camuflado con barba y unas lentes ahumadas de los milicianos que le buscaban, organizó, en diciembre de 1936 y junto a otros amigos, un sistema que les permitió crear y difundir bulos y extender por Madrid el fantasma del derrotismo. Su campo de acción fue la calle de Alcalá, donde se estableció una especie de rastro apócrifo donde se vendía de todo, especialmente libros que lo mismo servían para ser leídos como para ser utilizados como materia combustible con la que poder cocinar.

 

Fue completamente olvidado tras su muerte, incluso en los ambientes profesionales y académicos. Al decir de Torrente Ballester en el prólogo a un libro de entrevistas, «su recuerdo nos hace volver la cara».

Escena 18 LA DEL «METRO»

 

 

Se disputaban dos mujeres aquel pedazo de suelo, al fondo de la estación, junto a la pared de azulejos.

Una de ellas traía en brazos a un chico dormido, envuelto en una manta, y un catrecillo doblado. La otra había tendido una colchoneta sucia en el rincón y en ella había sentado a dos pequeñas astrosas.

La del chico en brazos reclamaba el ángulo, por un derecho de antigüedad. Llevaba seis tardes ocupando aquel sitio, que ahora le usurpaba la de la colchoneta...

-Pues haber madrugao, rica -decía ésta-. Aquí no se guarda la vez. La que antes llega se coloca...

-Eso será la que no tenga na que hacer -protestaba la primera-. A ver si te crees que me he estao tocando las narices... Vengo de la «cola» de la leche pa mi pequeño. Desde las once de la mañana estoy allí, y ¡que si quieres!... Hoy tampoco me ha llegao... Pa que encima me quites tú el sitio, que vengo rendía... Yo me pongo ahí, con el chico en brazos, y apoyá en el rincón puedo dormir un poco... Como tú tienes colchón, igual te da en otro lado...

Pero la primera, no se daba a partido y la discusión degeneró en gresca... Otras mujeres tomaron parte en la disputa, divididas en dos bandos... La gritería era ensordecedora...

Un viejo harapiento, traza de mendigo, que con su zurrón y su manta estaba tumbado en el único banco de madera de la estación, se despertó refunfuñando:

-¡Malditas mujeres!... Debían de darlas el «paseo» a toas...

-Eso -le replicó, procaz, una arpía desgreñada-. Y que te quedaras tú solito aquí, tan ricamente, matándote los pipis...

Se burló socarrón el viejo:

-Que atrasá vives... Yo no los mato... Soy de la protectora y les agradezco el gusto que me da rascarme... Los tengo de toas castas. ¿De dónde los quieres?... ¿Del campo o caseros?...

Una anciana vestida de negro, sentada en el suelo, sostenía, echada en su falda, a una muchacha de aspecto enfermizo que se quejaba:

-¿Y si nos volviéramos a casa, abuela?... Se me parte de dolor la cabeza con este ruido.

-Eso es de la debilidad, hija... Si luego, a la madrugada, suenan las sirenas y hay que bajar, es peor, con el frío... Aquí, por lo menos, estamos calentitas... Y no quiero verte como anteanoche con aquel ataque que te dio.

-Aquello fue del susto, abuela...

Los andenes de la estación del «Metro» estaban llenos de refugiados. Unos eran vecinos de las casas próximas, que habían convertido el túnel en dormitorio permanente en previsión de los bombardeos nocturnos... Otros, evacuados de los pueblos de la cintura de Madrid que no habían encontrado albergue en la ciudad...

Desde mucho antes de anochecer ocupaban casi totalmente los andenes, dejando apenas espacio en los bordes para los viajeros que entraban y salían... Algunos, para reservarse el sitio, dejaban durante todo el día a los chicos en la estación, y arrimados contra la pared, bultos de mantas, colchonetas, almohadas y sillas... Traían de sus casas los cacharros con la cena y comían allí, arrojando los desperdicios a las vías...

La estación tenía un aire tétrico de aduar subterráneo... Con la aglomeración, la atmósfera se enrarecía de tal modo, que un vaho espeso y pestilente nimbaba como una sucia aureola las luces.

Tardaban  los trenes, porque el servicio, desorganizado por la afluencia de público, se hacía siempre con retraso.

La estación se había llenado de viajeros impacientes, malhumorados, que regañaban con los refugiados que les estorbaban.

Un grupo de milicianos, borrachos, cantaban a toda voz obscenas canciones de las trincheras... Los coreaban gritos coléricos de mujer y llantos desesperados de chicos... Olía agriamente, a miseria, a humanidad sucia, a las hierbas que quemaban los fumadores...

Al filo de los andenes, los más decididos se preparaban al asalto del tren próximo a llegar... Los viajeros, arracimados en filas, se daban codazos, discutían, blasfemando, insultándose...

Llegó el tren... Entró despacio, porque el fluido era débil y los vagones venían sobrecargados. Antes de que se detuviera, ya la primera masa de asaltantes chocó con las puertas, aún cerradas...

Cuando se abrieron éstas se inició la batalla... Los que querían apearse protestaban porque no les dejaban salir los que pugnaban por entrar...

Ante cada puerta se formaba una «mêlée» grotesta y dramática... Se oían gritos de dolor, protestas frenéticas... Los milicianos se abrían paso hendiendo con las culatas de sus fusiles la masa humana... El forcejeo era espantoso... Se había perdido todo freno moral y los más fuertes imponían su ley a empellones, a patadas, a puñetazos...

Gritaban las mujeres, protestando que las asfixiaban; salían de entre los grupos en pugna, despeinadas, gesticulando de dolor, con las ropas en desorden. Algunas alzaban sobre sus cabezas, como banderas que en vano pedían clemencia, a chicos desgañitados de llanto...

El jefe del tren hacía sonar frenéticamente su silbato y golpeaba los cristales anunciando la puesta en marcha...

Esto aumentaba la violencia de la lucha... Las puertas, obstruidas por los viajeros, no podían cerrarse. En los topes traseros de los vagones se colgaban los más decididos, asegurándose a todos los salientes, con riesgo de ser lanzados en el túnel por un vaivén vio-lento.

Al fin arrancó el convoy, congestionado de gente que se debatía furiosa, a punto de asfixia...

Dos energúmenos que se habían quedado en tierra se pegaban a puñetazos... Huyendo de la gresca, los otros viajeros corrían por el andén, tropezando, pisoteando a los que dormían...

Empujada por el alud, una pobre mujer fue lanzada a la vía... Cayó de bruces sobre los rieles, lanzando un grito de espanto... Quedó inmóvil en el suelo negro... De su cabeza empezó a manar un torrente de sangre...

Nadie la hizo caso.

Unos soldados, tambaleándose, bailaban al son del himno revolucionario «La Joven Guardia»...

 

 

Escena 19 

 

LA DE LOS FORTIFICADORES 

 

 

 

¡Los albañiles semos la hostia! 

¡Semos la madre que nos parió! 

 

Los otros dos versos, irreproducibles, de la canción chabacana y brutal, se coreaban en la fila con un ímpetu jubiloso...

Lo coreaban tipos astrosos, vestidos de «mono» azul o en mangas de camisa, que eran como los animadores de la expedición.

Porque la columna que marchaba por la carretera de Aragón, bajo el sol implacable de una mañana de septiembre de 1936, era, nada menos, que un flamante batallón de fortificadores...

La toma de Toledo por las tropas de Franco había soliviantado a los dirigentes rojos, haciéndoles pensar en el avance de las fuerzas victoriosas sobre la capital de la República marxista.

Los periódicos y los oradores del Partido Comunista habían dado la voz de alarma y lanzado la consigna urgentísima:

«¡Hay que fortificar Madrid!»

«¡Madrid será la tumba del fascismo!» -gritaban en las fachadas los carteles multicolores y los altavoces de todas las «radios»...

Se quería hacer de Madrid, ciudad abierta, una fortaleza militar...

Los Sindicatos movilizaban a sus huestes... Todos los afiliados que no hubiesen ya empuñado un fusil como milicianos ni llamadas sus quintas, debían enrolarse en los batallones de fortificaciones que se organizaban en los diez distritos de la capital...

Para cumplir la consigna se hacían levas en las oficinas, en los talleres, en las calles, por patrullas de milicianos y mujeres...

El ramo de la construcción había suspendido todos los trabajos para dedicarse a los de la defensa de la ciudad. Y al mismo tiempo se había ordenado que todos los obreros y empleados, fuera cual fuese su oficio o profesión, debían colaborar en las obras de fortificaciones, dedicando a ellas las horas que les quedaran libres... Se había suprimido el descanso dominical y este día se formaban innúmeras columnas que, armadas de picos, palas y azadones, salían a los alrededores de Madrid para cavar fosos y abrir trincheras...

Las milicias comunistas y las bandas de mujeres rojas recorrían las calles, los cafés, se estacionaban a las puertas de los teatros y «cines» y reclutaban, por la fuerza, a todos los hombres que se les antojaban útiles para la ruda tarea de fortificar... Separaban a los jóvenes de sus novias, a los maridos de sus mujeres, montaban a los ancianos en los camiones preparados al efecto y se los llevaban a sitios donde los estrategas rojos fijaron las líneas de la improvisada defensa que había de convertirse en un baluarte...

Esta recluta desordenada y absurda originaba batallones de fortificadores tan inútiles y pintorescos como este que; saliendo por el puente de Ventas, caminaba por la carretera de Aragón.

Iban en él como medio centenar de obreros: albañiles, mecánicos, carpinteros y peones... Pero el resto eran burócratas, oficinistas de los centros oficiales, contables, dependientes de comercio... Gentes que en su vida habían empuñado una herramienta: rostros pálidos, ojos abotargados por el madrugón, que andaban con desgana, llevados como reses en reata.

Al frente del batallón iba, como capitán y responsable, un maestro de obras, bien pertrechado de uniforme miliciano.

Anduvo el batallón largo rato... En las aceras, las mujerucas del arrabal les excitaban y se ensañaban en burlas contra los oficinistas, convertidos en fortificadores:

-¡Así se hace! -chillaban-. ¡Que trabajen también los señoritos!... ¡Ya es hora de que sepan lo que es tener callos en las manos!...

-Compañeros: ¿dónde habéis dejao las tirillas?...

Y a los obreros les azuzaban:

-¡Tener cuidao con los chupatintas!... ¡Que den el morro a to meter!...

La tropa mesócrata caminaba humillada y entristecida.

En los aledaños del viejo camino de Vicálvaro, el batallón echó campo atraviesa. Hicieron alto en un cerrillo...

Se unieron en grupo el jefe de la expedición y otros «técnicos» que mandaban las flamantes compañías. Albañiles veteranos y algunos mozalbetes de los Sindicatos.

-¿Qué os parece este cerro?... -dijo el maestro de obras-. Yo creo que aquí vendría como Dios una línea de trincheras... Fijarsus to el campo que domina... Aquí se parapetan cincuenta hombres y no pasa ni Cristo...

-Pero a mí me parece -interrumpió un peón- que la orden de los ingenieros es defender las carreteras... Tenía entendido, que las trincheras habríamos de hacerlas dando frente a Alcalá, a la entrada de la Ciudad Lineal.

-¡Déjate de historias de ingenieros! ¡A ver si van a conocer ellos como nosotros el terreno!... Yo soy de Madrid, ¿te enteras?... Y no necesito planos ni pamemas pa saber lo que conviene...

La autoridad del maestro se impuso en la cuestión:

-¡Manos a la obra!...

Se extendieron por el cerro los fortificadores... Empezaron a cavar a capricho, unos al lado de otros... Los profesionales azuzaban a los empleados novatos en la tarea:

-¡A ver, pipiolos, los reaños pa darle aire al pico!

Otro se burlaba:

-Miá éste. ¡Se ha creído que el azadón es una estilográfica!... Menos mimo, compañero... Hay que endiñarestopa de lo lindo...

El sol calentaba las espaldas de los trabajadores... A la hora de labor, se dieron cuenta de que no habían llevado agua y empezaron a quejarse de sed.

El capataz ordenó:

-A ver ,unos cuantos... Que bajen a la carretera o a Canillejas y vean de requisar unos cántaros...

Abandonaron el tajo un puñado de hombres, los vivales más destacados, que aprovechaban el hacer este servicio para no trabajar...

A los oficinistas, el roce de los mangos de las herramientas les hacían ampollas en las manos... Querían descansar, pero los mandones les arreaban soezmente:

-¡Duro ahí los antifascistas!...

-Aquí, al que se raje se le da una somanta...

Sudaban, extenuados, jadeantes. El rudo trabajo, al que no estaban habituados, era superior a sus energías... Pero se sentían acechados, vigilados por los obreros, y sacaban fuerzas de flaqueza...

La intensidad del sol les asfixiaba. El sudor les bañaba 1os rostros, lívidos ya de fatiga...

Al mediodía; cuando ya estaban extenuados, llegaron al corrillo varios hombres con uniforme... Uno de ellos, capitán de Ingenieros, traía en la mano unos planos...

Requirió la presencia del jefe del batallón y le interpeló malhumorado:

-Pero, ¿qué es lo que estáis haciendo?...

Un poco confuso, el maestro de obras murmuró:

-Ya lo ves, compañero: una línea de trincheras.

-¿Y quién os lo ha mandado?

-Como mandar, nadie... A mí se me ocurrió que éste era un buen sitio...

Gritó iracundo el capitán:

-Pues se te ha ocurrido una idiotez... Aquí esto no sirve para nada... La línea fijada por el Estado Mayor está en la carretera, y mucho más lejos...

-Entonces, lo que hemos cavado aquí... -murmuró el jefe, que no se resignaba al fracaso.

-Pues lo tapas de nuevo o sembráis calabazas... ¿Quién os manda a vosotros tomar iniciativas?...

Y volviéndose a un teniente que le acompañaba, le dijo en voz baja:

-Como ves, con esta gente no hay nada que hacer...

-Pues yo que tú -le dijo el teniente sonriendo confidencial-, les hubiera dejado seguir descarnándose aquí hasta la noche... ¡A ver si así reventaban!...

Un grupo de peones, abandonando las herramientas, se tumbaban al sol y cantaban, con tono de chunga:

Los albañiles semos la hostia. 

Semos la madre que nos parió... 

 

 

Escena 20 

 

LA DE «LA COMIDA DEL FUGITIVO» 

 

 

 

Aún era noche cerrada, las cinco de la mañana, cuando el matrimonio salió de la casa. Las escaleras, a oscuras; los pasos, cautos y procurando no hacer ruido en los carcomidos peldaños de madera.

Aunque llevaban la llave preparada, no les hizo falta: alguien debió de anticipárseles, porque el portal, solo estaba entornado.

Un soplo helado batía la calle. Lloviznaba. Lluvia tozuda y fina, que deshacía la escarcha cuajada al filo de las fachadas y en el cerco de los árboles, esqueléticos por el invierno...

La mujer iba a la «cola» de la tienda, donde, según rumores del día anterior, iban a vender aceite... Así ganaba tiempo y tomaría la vez de las primeras en la panadería...

El marido aprovechaba esta hora indecisa, en que ya no era del todo de noche ni tampoco de día, para salir a respirar, como una caricia de libertad, el aire frío del arroyo.

Abogado con buen bufete, conferenciante que muchas veces elogiaron los periódicos, conocido por sus ideas conservadoras, estaba oculto desde el principio de la Revolución.

Para los marxistas, era reo de muerte. Huyó a tiempo de su casa, que fue saqueada por la partida de milicianos que iba a detenerlo.

Un pasante suyo, el más humilde, le ofreció asilo en su piso: un modesto interior. Al poco, el pasante, que tenía un pobre empleo oficial, fue trasladado a Valencia. Y dejó a su jefe y a la esposa de éste solos en el piso, como a dos parientes evacuados del Barrio de Argüelles...

Con nombres falsos seguían disfrutando de la cartilla de abastecimiento.

Para el abogado, esta hora de asueto por las calles desiertas, a la luz trémula del alba, era un respiro... Su única distracción también, tónico y ejercicio para no entumecerse demasiado en el forzoso encierro de su piso... Porque salir en pleno día, expuesto a ser conocido, equivaldría a una tentativa de suicidio.

Este amanecer, no era sólo un fin higiénico el que le guiaba en su paseo... En casa no había leña y pensó aprovechar su deambular por las calles desiertas de este barrio de las afueras para proveerse de un brazado de palitroques... Llevaba a prevención la pequeña hacha de cocina.

En el paseo de Ronda, cerca ya de la colonia de hoteles del Viso, vio un solar, cuya valla de madera había desaparecido... Y en él unos arbolillos enclenques y desnudos... Le pareció propicio para el despojo... La soledad y el silencio eran absolutos... Trémulo y receloso, como un delincuente, desgajó unas ramas finas. Tuvo que emplear el hacha... Falto de costumbre en el oficio de leñador, se dio un golpe dolorosísimo. Se tuvo que vendar con el pañuelo el dedo que le sangraba...

Y con unas cuantas varas finas bajo el brazo, huyó asustado, inquieto, como un ladronzuelo con su botín...

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Entraban por la ventana de la cocina los primeros resplandores de un sol amarillo y cobarde de triste invierno.

El abogado; sin quitarse el gabán, pretendía encender lumbre en el fogón...

El día anterior, por influencia de unos vecinos y como misterioso contrabando, le habían vendido un saco de carbonilla. Una estafa más de los logreros de la guerra. Porque la carbonilla era, simplemente, tierra negra, cogida en vertederos de la Fábrica del Gas, donde antaño se depositaban las escorias del carbón.

Para intentar que ardiese, le añadió pedazos de la leña cogida en el solar. Pero las ramas, verdes, se resistían al fuego y un humo denso y negro empezaba a hacer insoportable el ambiente de la casa.

El hombre se desesperaba... Sus manos finas, que jamás habían sostenido otro instrumento de trabajo que la pluma, estaban ennegrecidas... Veía frustrado su deseo de entretener su ocio, ayudando en algo a la pobre esposa, que a aquella hora tiritaría de frío en las «colas»:.. Para cuando ella volviera, él quería tener encendida la lumbre, tostado el puñado de cebada, llamado enfáticamente malta, cuya infusión amarga debía servirles de desayuno...

Porque hoy era un buen día. Casi de banquete, comparado con otros de extrema miseria. Había unos coscurros de pan, ahorrado durante la semana, y su mujer traería aceite de la tienda. Lo bastante para condimentar unas suculentas sopas de ajo, del que les había ofrecido un diente una vecina compañera.

Y de segundo plato, una novedad culinaria de la guerra. Las mondas de unas cuantas patatas que comieron el día anterior y que, bien lavadas y fritas, estaban riquísimas...

Pero la lumbre se obstinaba en no arder. Mientras lo conseguía, el abogado fregó concienzudamente los tres platos sucios por la parca cena de la noche anterior.

Deseoso de cumplir su cometido, hizo una rebusca de probables combustibles... Sillas ya no había que quemar. Se habían quedado reducidas a dos; las menos deterioradas de la pobre casa... Quemaron ya libros viejos, periódicos, el cajón de la mesa de cocina, que estaba roto...

En la leñera quedaban alpargatas deshechas, con la suela de goma casi intacta.

Las echó a la lumbre; pero el caucho se socarraba, sin hacer llama, y producía un humo negro, de hedor insoportable...

Entonces tomó una resolución heroica. A duras penas, porque el dedo herido le impedía hacer fuerzas, arrancó la tabla que cubría la taza del retrete... Con el partidor de la carne logró, después de gran trabajo, hacerla astillas...

Se avivó el fogón... Las llamas brotaron, rojas y gualdas, como banderas de victoria...

Colocó sobre el fuego la sartén con los granos de cebada...

Satisfecho de su obra, se dedicó a lavarse las manos. Tarea difícil, porque la tizne se resistía a disolverse y el jabón hacía mucho tiempo que era una entelequia.

De pronto llegó hasta el cuarto de baño un olor acre y denso... Corrió a la cocina. La malta, promesa del desayuno, se había achicharrado y de la sartén salía una humareda apestosa... Abrió la ventana para despejar la atmósfera... En este instante su mujer entraba de la casa...

Venía aterida, extenuada, pálida de cansancio y tristeza.

Se dejó caer en una silla y dijo, con voz saturada de amargura y desaliento:

-Hoy estamos de mala suerte... Después de aguardar en la «cola» más de tres horas, resulta que lo de dar aceite en la tienda es un bulo... Y no sé qué avería ha ocurrido en la fábrica de electricidad, que no han trabajado en la tahona... Así que, por lo menos hasta la tarde, no tendrán pan...

El hombre le miró entre malhumorado y compasivo, pensando en la rica sopa de ajo, en la fritura de mondas de patatas, que se esfumaban como los fantasmas de un bello sueño...

No sabía si reír o llorar.

Pero haciendo de tripas corazón, exclamó, resignado:

-¡Que se le va a hacer, mujer!... ¡Sea lo que Dios quiera!...