Se han intensificado los ataques con las primeras luces de la mañana. Los harkeños, despreciando el peligro, se han aproximado a menos de doscientos metros de la posición, ocultos entre las rocas. Disparan a su capricho sobre nosotros. Derrochan la munición, esa misma que nosotros tenemos que empezar a economizar.

La Harka ha tomado la “Loma de los Arboles”. Era previsible para todos menos para el Mando que decidió no tomarla en su día; desde allí nos tienen a su antojo. Esto va a ser una carnicería. Hemos tenido la primera baja, el Sargento Antón de Cisneros, de mi Compañía. Era un hombre animoso y valiente. Lamento el poco tiempo que he tenido para estrechar mi relación con él. ¡Que Dios se apiade de su alma!

Hemos sido testigos de cómo una fuerte columna procedente de Annual, con nuestro apoyo artillero, ha tratado de recuperar, sin éxito, la “Loma de los Arboles”; creo que ha habido un número elevado de bajas entre los nuestros. Jamás debimos dar de lado aquella posición que debió ser asegurada desde el primer instante de nuestro asentamiento en Igueriben, pero no fue así y ahora estamos empezando a pagar las graves consecuencias de nuestro error.

Intuyo que la posibilidad de recibir refuerzos se torna cada vez más complicada y que le situación, muy pronto, será crítica.

Ya no puedo pensar. Esos sonidos guturales de la harka, frenéticos, ensordecedores, están comenzando a causar el efecto que pretenden. Hay que darles respuesta. La gente, animada por los Oficiales y Suboficiales, responden con gritos de ¡Viva España! que hacen temblar el mismo cielo africano.

 

Columna transitando por el Rif

La posición ha quedado fijada, cercada en todo su perímetro. Miro a lo alto del parapeto, allí está la Bandera, nuestra amada Bandera rojo y gualda; cuantas veces mi pobre madre me habló de esos colores en los años de mi infancia. “Ese amarillo es el oro de nuestra cultura, de nuestra religión, de nuestra lengua, de nuestra Historia –decía-, protegido por los ríos de sangre de los heroicos españoles que, a lo largo de los siglos, han sabido defender con sus vidas esos valores eternos”.

Su sola presencia, la de esos colores sacrosantos, justifica que yo esté aquí, dando la cara, aguardando un futuro más que incierto que tal vez no llegue nunca o simplemente llegue en forma de una fría bala que me atraviese el pecho.

Viene a mi memoria el solemne acto de Jura de Bandera en la Academia toledana; toda la promoción formada en el patio del Alcázar. Un silencio sepulcral, respetuoso, se adueña de columnas y capiteles. Suena el agudo cornetín que anuncia la inminente salida de la Bandera. La Música interpreta la Marcha Real mientras la sacrosanta enseña desfila ante nosotros buscando su puesto en formación. Luego la solemne y grave toma de juramento. ¡Sí, juro! El compromiso para la eternidad está firmado, sellado, ya no hay vuelta atrás. Hemos besado los pliegues de nuestra amada Bandera que luego nos ha acogido, como una amorosa madre, bajo sus colores. Un instante inolvidable que justifica, sobradamente, las penurias que estamos pasando aquí en esta alejada posición marroquí.

Otra baja, esta vez el Soldado Ramón Pérez. ¡Que Dios nuestro Señor lo acoja en su seno!

Comenzamos a tener sed. Este calor abrasador nos está matando.

Por la noche mis temores han aumentado. He visto el rostro, aniñado, de alguno de los Soldados de mi Sección y he comenzado a comprender como se escriben las páginas de la Historia de cada nación a base del sacrificio de unos pocos. Otros, a estas horas, estarán debatiendo sobre lo divino y lo humano en cualquier tertulia de casino. Incluso habrá quien critique nuestra falta de arrojo por no terminar de una vez por todas con el moro. Ellos también tendrían que estar aquí, con nosotros, defendiendo el honor de España.

Me vienen a la memoria ahora los trascendentales temores de mi amigo Gustavo a ser llamado a filas. Quizás a estas horas esté trabajando en algún agotador pleito que defender en el bufete de su padre, ajeno a la tragedia que estamos viviendo este puñado de españoles. El, al igual que el bueno de Álvaro tan preocupado por su vida en común con Rosa, su amor de siempre, estarán ahora en nuestra querida Coruña batiéndose contra sus enemigos cotidianos, esos que les provocan agudos dolores de cabeza; la posibilidad de perder un pleito por la posesión de unas tierras o no poder entregar a tiempo una camisa a un cliente que la precisa para su traje de etiqueta con el que asistir al baile de gala del Casino la noche de Santiago.

 

Cabo de Transmisiones con heliógrafo

Nada les reprocho ni les envidio, pero tampoco los admiro. Yo estoy donde debo estar, con mis compañeros de armas batiéndome por España en este rincón de nuestro protectorado.

He elevado la vista al cielo perdiéndola en un sensual y enigmático firmamento estrellado. ¡Las noches de África!, cuantas veces había oído hablar de su embrujo capaz de hechizar a cualquier hombre. Adela me había hablado de ellas en la lejana Almería.

  • Poseen una magia especial que te hace enamorarte de ellas. Ese cielo negro, inmensamente estrellado que parece absorberte bajo su oscuro manto. Si algún día vas a África te acordarás de mí contemplando sus noches.

Sin embargo, ya no deseo pensar en ella, ni tampoco encontrarla entre los pliegues del oscuro manto del firmamento africano. Solo deseo olvidarla para siempre, no volver a evocarla en mis pensamientos.

De nuevo pienso en Carmiña que hoy estará celebrando la Virgen del Carmen en unión de sus padres; ella y su madre, Dña. Carmen, habrán acudido a misa a San Jorge a postrarse a los pies de la imagen de la Reina de los Mares, seguro que han rezado por mí, y después, en su comedor de la casa de la Ciudad Vieja, celebrarán, junto a su padre, un día tan señalado. Pienso en las tardes de paseo por la calle Real y los Cantones, en sus ilusiones, en sus sueños de futuro. Sé que será la mejor madre, la mejor esposa, pero también sé que lo será de otro hombre ya que yo jamás saldré con vida de este infierno.

Luego, de vuelta a la realidad de la posición, de este pequeño corralito, me pregunto, ¿cómo nos juzgarán las generaciones venideras?, ¿recordarán al menos la posición de Igueriben?

Hemos valorado la situación real en la que nos encontramos. La reunión de Oficiales de la noche nos ha hecho comprender como están las cosas. Hemos evaluado con toda exactitud el estado de nuestro mermado depósito de víveres. La moral se ha ido elevando con el paso de los días sin duda por el contacto con el enemigo, pero el agua se ha convertido en nuestra principal preocupación. No hay de donde sacarla. Es impensable pretender hacer una descubierta con el fin de hacer la aguada por muy necesaria que sea. Sería una carnicería sin sentido.

De nuevo me han invadido las más terribles pesadillas. Extraños sueños plagados de oscuros rostros, de negros ojos refulgentes de odio. Casi no he podido conciliar el sueño en toda la noche. Tan solo, sumido de nuevo en una especie de duermevela, me ha venido a la mente el recuerdo de Jazmine, aquella egipcia de Melilla, y de las horas que pasé a su lado, haciendo mío su cuerpo de piel dorada, cimbreante y evocador de los más bajos deseos.

(Tomado de la novela “Tiempos de amor y muerte. El infierno de Igueriben”. LC Ediciones 2018, del mismo autor).