Es un hecho que hoy en España apenas se conoce ni interesa nuestro siglo XVIII. Y, si bien puede alegarse que dicha ignorancia se extiende a cualquier otro período de la Historia –y que tampoco se conoce el siglo XIX, ni el XX por tantos de los que en él nacieron–, me atrevo a decir que menos aún se sabe del Siglo de Las Luces. En cualquier caso, no tiene objeto establecer aquí un orden de ignorancia ni recrearse en ello. No es ese mi propósito, sino explicar las razones de por qué la Ilustración española ha sido tan maltratada, manipulada y poco divulgada; y por qué, viéndose como un punto muy lejano de nuestra Historia, muchos lo consideran minúsculo y, por ende, despreciable.

Desde luego, llama la atención que el siglo XVIII, siendo tan fecundo en todos los ámbitos del pensamiento, las ciencias, las letras y las artes, permanezca oculto a la mayoría. Recordemos que es el siglo de las grandes expediciones científicas españolas dedicadas a la investigación, catalogación y estudio de especies vegetales y animales en América: la Expedición Botánica al Virreinato del Perú –iniciada en 1777 y prolongada hasta 1811–; la Real Expedición Botánica del Nuevo reino de Granada –iniciada en 1783 y culminada en 1813–; la Real Expedición Botánica a Nueva España –emprendida en 1787 y extendida hasta 1803–. Empresas colosales todas ellas, como también el Viaje científico y político alrededor del mundo de Alejandro Malaspina y José Bustamante entre 1789 y 1794.

En la misma centuria se acometió otra empresa notabilísima y pionera: las excavaciones arqueológicas en Pompeya, Herculano y Estabia. Iniciativa real emprendida en 1711 y finalizada en 1792, plasmada en los ocho volúmenes de Las antigüedades de Herculano expuestas.

Así mismo, fue éste el siglo del célebre músico Vicente Martín Soler (1754-1806); de excelentes escultores como Francisco Salzillo (1707-1783), Luis Salvador Carmona (1708-1767), Manuel Álvarez El Griego (1727-1797), Isidro Carnicero (1736-1804), Juan Adán (1741-1816) o José Álvarez Cubero (1768-1827); de pintores extraordinarios como Luis Egido Meléndez (1716-1780), Antonio Rafael Mengs (1728-1779) o Goya (1746-1828). Y de sagas de artistas, como los González Velázquez –Luis, Alejandro y Antonio– o los López Enguídanos –José, Vicente y Tomás–. Un siglo de grandes tratadistas de las artes como Antonio Palomino, Gregorio Mayans, Celedonio Nicolás de Arce o Juan Agustín Ceán Bermúdez. Y, por supuesto, un período luminoso para nuestras letras en géneros como el ensayo crítico, la fábula, la guía pedagógica, la comedia heroica, la sátira, la poesía, el relato de costumbres o el libro de viajes. Un terreno poblado de nombres dignos de memoria: Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Diego de Torres Villarroel (1694-1770), Ignacio de Luzán (1702-1754), José Cadalso (1741-1782), Ramón de la Cruz (1731-1794), Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811), Tomás de Iriarte (1750-1791), Félix María de Samaniego (1745-1801), Vicente García de la Huerta (1734-1787), Leandro Fernández Moratín (1760-1828), Nicasio Álvarez Cienfuegos (1764-1809) o Manuel José Quintana (1772-1857).

Expuesto lo anterior, constatamos cuán injusto es el olvido al que se ha condenado a la mayoría de los citados, si no a todos ellos. Aunque, si analizamos las causas de tal ocultación, entenderemos por qué persiste este olvido.

Vayamos al grano: La causa principal de esta ciertísima y lamentable ignorancia de la Ilustración española en nuestro país es, fundamentalmente, ideológica. Y aquí el peso recae fundamentalmente en las mal llamadas elites intelectuales. No vamos a descubrir ahora la responsabilidad política y la evidente complicidad del aparato educativo en la degradación de la enseñanza, desde la Escuela hasta la Universidad. Ni el papel de las elites académicas, como cómplices y guardianas de la “corrección política”, en la rebaja de contenidos y en la falsificación de la Historia.

Así, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que la negación, minusvaloración y tergiversación de la Ilustración española por parte de una secta docente que carece de espíritu nacional –que detesta y evita el mismo nombre de España–, obedece, principalmente, a la consideración negativa del acendrado patriotismo de sus protagonistas. Luzán, Feijoo, Cadalso, Cienfuegos, Jovellanos, Moratín, Quintana o Blanco White, todos reivindicaron su amor a la Patria. Y en ese factor solo reside hoy la gran falta, el estigma imperdonable para su conocimiento y enseñanza. Más aún que la Fe cristiana profesada también por todos ellos. Porque el patriotismo de nuestros ilustrados, tan relevante y evidente que no se puede soslayar sin mutilar su pensamiento y su obra, resulta tan odioso a nuestra “intelectualidad” que condiciona por completo la perspectiva del período.

De hecho, semejante incompatibilidad de nuestra casta docente y periodística con la idea nacional se manifiesta tanto en la incapacidad de explicar la Ilustración española como en la íntima y furiosa necesidad de matizarla, interpretarla y tergiversarla de acuerdo a parámetros e ideas actuales o, cuando menos, posteriores al propio siglo XVIII. Es decir, según criterios propios del siglo XX derivados de una determinada interpretación favorable de la Revolución Francesa. ¡Qué chasco para algunos que un afrancesado como Leandro Fernández Moratín mostrase su desencanto y horror respecto a la Revolución anotando en su Diario las terribles barbaridades presenciadas en París en agosto de 1792! “Tuileries ataque, massacre Esguizarii (en Los Inválidos), ego pavor. / cum Chabanot, rue San Antonio y Boulevard, têtes in lanzas, pavor”. (Sic. Diario. Mayo 1780 – Marzo 1808, 10 de agosto de 1792). O los delitos de todo tipo y atentados contra el patrimonio: “vidi habitaziones saqueadas, estatuas de Luis XIV, XV, derruidas”. (Sic. Ibíd., 12 de agosto de 1792).

Pero esto no se enseña y santas pascuas. ¿Acaso no hemos visto sostener la matraca de una España tenebrosa dominada por la Inquisición hasta antesdeayer? ¿Y seguir hoy achacando a la religión cristiana el pretendido atraso secular de nuestra patria, sojuzgada, al parecer, desde el origen de los tiempos, por el poder omnímodo de una Iglesia siempre con el ceño fruncido? ¡Pues eso mismo se dice de la Ilustración española en nuestras aulas! Que no existió, o que llegó tarde, o que su introducción fue lenta, o insuficiente, o que fue una ocasión perdida… Oportunidad malograda, por lo visto, por la oscura confabulación de la Iglesia y la Corona, caricaturizadas respectivamente como simple superstición y despotismo.

¿Cómo explicar entonces las iniciativas de la Monarquía para la creación de las Reales Academias y Fábricas de vidrio, de porcelana o de tapices? ¿Cómo interpretar la extraordinaria labor del padre Feijoo en defensa de la razón en su colosal Teatro Crítico Universal? ¿Y el respaldo explícito de los reyes Fernando VI y Carlos III a su persona y trabajo? ¿Qué eran sino clérigos el Padre José Francisco Isla (1703-1781), el Padre Martín Sarmiento (1695-1772) o el Padre Pedro Montengón (1745-1825)? ¿Es que la obra Fray Gerundio de Campazas del Padre Isla no está impregnada de un hondo sentido crítico, pero también de humor? ¿Acaso la novela didáctica Eusebio (1786-88), escrita por Montengón, no guarda semejanza con el Emilio (1762) del suizo Juan Jacobo Rousseau? ¿No jugó el Padre Sarmiento un papel fundamental en la creación del Real Jardín Botánico de Madrid? ¿A qué ese empeño en hablar de atraso, minimizando, por ejemplo, que Las noches lúgubres (1789-90) de Cadalso anticiparon el Romanticismo decimonónico?

Pero como la obra de los citados y su misma existencia son un obstáculo para el relato maniqueo de una España siempre oscura sometida por una horda de monjes incultos y fanáticos, pues se ignoran los hechos, se deforma la realidad y se sigue con la cantinela. Una monserga que pretende enlazar con aquella farsa aún vigente del “páramo cultural” del franquismo y que en el fondo es el mismo cuento. ¿Por qué tantos profesores ignoran por completo a nuestro Premio Nobel Camilo José Cela? Porque su obra gigantesca desmiente el mito del páramo. ¿Por qué son tan incómodos los artículos de Julián Marías titulados “La vegetación del Páramo” (La Vanguardia, noviembre de 1976) y “¿Por qué mienten?” (ABC, 16 de enero de 1997)? Pues por lo mismo.

Todo lo apuntado revela que ni el olvido del siglo XVIII en España, ni su reinterpretación sesgada, son casuales, sino producto del dominio de una ideología que, en nombre del progresismo, se ha apropiado con total desvergüenza de la Ilustración, no como modelo, sino para su empleo como arma arrojadiza.

Por supuesto, no puede sorprender que en la mayoría de las cátedras universitarias occidentales –laminada hace tiempo cualquier pluralidad– imperen hoy las tesis “revolucionarias” de aquéllos que vivieron la Guerra Fría con el corazón al otro lado del telón de acero. Ni que los dinosaurios que prosperaron entonces merced a su oportunismo y militancia política, nombrasen herederos en virtud de su fidelidad al mismo ideario, perpetuando un determinado relato. ¿O vamos ahora a negar que la izquierda occidental en los años sesenta, setenta y ochenta observaba con simpatía los movimientos terroristas financiados por Moscú, idealizándolos como una suerte de “rebeldes”, “inconformistas” o, incluso, como “luchadores por la libertad”?

Ya lo vemos todos hoy mismo: el PSOE de la mano con los comunistas, con los asesinos de ETA y con los separatistas. La negación misma de toda Ilustración.