“EN ESPAÑA TODOS SOMOS ABSOLUTISTAS”

“Un pueblo que no tiene sentido, no puede tener imaginación”

Lo que vengo diciendo, este encierro por el “virus comunista” me está dando la oportunidad de leer y releer todos los libros de mi biblioteca perdida. Anoche me lo he pasado bomba releyendo las “Troteras y danzaderas” de mi admirado Ramón Pérez de Ayala, ese gran escritor que por su modestia tal vez no consiguió brillar tanto como los grandísimos que tenía a su lado.

Y curioso fue encontrarme en el capítulo IX de la Tercera Parte a un personaje llamado Antonio Tejero (¡la Historia tiene estas cosas!, porque instintivamente se me vino a la cabeza el admirado y polémico Antonio Tejero del “23-F”). Ya sé que el personaje de Pérez de Ayala no tiene nada que ver con el personaje que fue don Antonio Tejero, el Teniente Coronel de la Guardia Civil que España entera conoce. Quizás por eso me entretuve leyendo lo que hablaba y lo que pensaba el “Anton Tejero” de don Ramón y eso es lo que les transmito para que, como yo, se pasen un rato agradable y se den cuenta de las curiosidades que tiene la Historia. Al parecer, el Antonio Tejero de Pérez de Ayala no era otro que su amigo, el filósofo don José Ortega y Gasset, y hay que resaltar un detalle que confirma la independencia de criterios que tuvo siempre el asturiano. Como se puede comprobar en la descripción que hace del personaje: “Antón Tejero era un joven filósofo con ciertas manifestaciones tentaculares de carácter político, que había arrastrado a la zaga de su persona y doctrina una pequeña mesnada de secuaces. Aunque sus obras completas filosóficas apenas si llegaban a dos docenas mal contadas de artículos, habíale bastado tan flojo bagaje para granjearse la admiración de muchos, la envidia de no pocos y el respeto de todos, sentimiento este último de mejor ley y más difícil de inspirar que la admiración.”.

Ahora pasen y lean:

 

Antonio Tejero era un joven filósofo con ciertas manifestaciones tentaculares de carácter político, que había arrastrado a la zaga de su persona y doctrina una pequeña mesnada de secuaces. Aunque sus obras completas filosóficas apenas si llegaban a dos docenas mal contadas de artículos, habíale bastado tan flojo bagaje para granjearse la admiración de muchos, la envidia de no pocos y el respeto de todos, sentimiento este último de mejor ley y más difícil de inspirar que la admiración. Filósofo, al fin, era demasiadamente inclinado a las frases genéricas y vanas. Era también muy entusiasta, y como toda persona entusiasta, carecía de la aptitud para emocionarse. De talentos retóricos nada comunes, propendía a formular sus pensamientos en términos donosos, paradójicos y epigramáticos, por lo cual se le acusaba en ocasiones del defecto de oscuridad. Por ejemplo, había anticipado el remedio de los males que acosan a España, con estas palabras: «España se salvará, alzándose a la dignidad de nación civilizada, el día que haya nueve españoles capaces de leer el Simposio o banquete platónico en su original griego.» A esto, Luis Muro, el poeta cómico, había respondido en la sección «Grajeas» del diario La Patria:

 

Dan gusto nueve al garguero

en el festín de Platón;

mas, diga el señor Tejero,

¿y el piri, coci o puchero

del resto de la nación?

 

Sancho Panza, que no andaba mal de filosofía parda, y Juan Ruiz habían asomado en el tintero del poeta jocoso.

La admirable pureza intelectual de Tejero trasparecía en sus ojos, de asombrosa doncellez y pureza, sobre los cuales las imágenes de la realidad resbalaban sin herirlos. Contrastaba con la doncellez de los ojos una calvicie prematura. La forma y tamaño del cráneo, entre teutónicos y socráticos; la armazón del cuerpo, chata y ancha; los pies producían la ilusión de estar abiertos en un ángulo mayor de noventa grados, de tal suerte que la figura parecía descansar sobre recia peana. Trataba a todo el mundo con magistral benevolencia, y la risa con que a menudo irrigaba sus frases era cordial y translúcida.

Hablaba ahora con Alberto, acerca de la última crisis política y le proponía celebrar un mitin de protesta.

 

—Tenemos que hacer muchas cosas, Alberto —decía, y su corazón rezumaba caricioso óleo de esperanza—. Este mitin dará mucho qué hablar. ¿Qué dice usted de la idea del mitin?

—Hombre, la verdad, yo no sirvo para orador. De seguro haré un triste papel.

—¡Qué disparate! Yo le aseguro que tiene usted grandes condiciones, y si no, al tiempo.

—Aparte de las condiciones, es que lo considero tiempo perdido; me falta el entusiasmo, la vehemencia del que se propone algo asequible. Porque, ¿qué nos proponemos nosotros?

—¿Qué? Muchas, muchas cosas; enormidades. Despertar la conciencia del país; inculcar el sentimiento de la responsabilidad política; purificar la ética política...

—Está muy bien; pero no veo la necesidad de un mitin. Todo eso hay que hacerlo, pero en otras partes y de manera más eficaz. ¡Discursos!... Ese pobre D’Annunzio, de quien se dicen tantas y tan necias perrerías, me parece a mí que ha dado en el clavo cuando asegura que la palabra oral, dirigida directamente a la muchedumbre, no debe tener como fin sino la acción, y ella a su vez ha de ser acción violenta. Solo, añade, con esta condición, un espíritu algo seguro de sí propio es capaz, sin disminuirse, de comunicarse con la plebe por medio de la virtud sensual de la voz y del gesto. En cualquiera otro caso, concluye, la oratoria es un juego de naturaleza histriónica. No perdamos el tiempo, querido Antón, en romanzas de tablado. ¿A qué esforzarnos en dar a España una educación política que no necesita aún, ni le sería de provecho? Lo que hace falta es una educación estética que nadie se curó de darle hasta la fecha. Mire por una vez siquiera, querido Antón, alrededor suyo y hacia atrás en nuestra literatura, y verá una raza triste y ciega, que ni siquiera puede andar a tientas, porque le falta el resto de los sentidos. Labor y empresa nobilísimas se nos ofrece, y es la de infundir en este cuerpo acecinado una sensibilidad; despertarle los sentidos y dotarlo de aptitud para la simpatía hacia el mundo externo. Hay un fenómeno rudimentario en psicología, y es que, cuando por cualesquiera circunstancias los sentidos nos han informado mal o a medias de una cosa, creemos conocerla más profundamente y hallarnos en vísperas de algún descubrimiento genial, porque aquel esfuerzo nebuloso que el intelecto hace por desentrañar el sentido de los datos insuficientes y la desazón que en consecuencia sentimos nos provocan una a manera de misteriosa emoción, como si alguna inteligencia trascendental obrase en aquellos momentos a través de nosotros, otorgándonos un don divino de presunta adivinación. Esto y no otra cosa es el misticismo: el parto de los montes. Somos una raza con los sentidos romos, a través de los cuales la realidad apenas si se filtra a intervalos y deformada, por donde la inteligencia está de continuo en aquel punto de esfuerzo nebuloso y desazón gustosa, como decían los místicos, como si Dios en persona estuviera para revelársele en su interior morada. Todo español es un místico en este sentido: un hombre en vísperas de la omnisciencia, y esta adquirida por vías infusas. El idioma que hemos de usar los escritores es un idioma elaborado, batido y ennoblecido por los místicos, un idioma a propósito para expresar aquel esfuerzo y desazón gustosos, para expresar lo inefable; es decir, para decir que no se tiene nada que decir, y si acontece que se tiene algo que decir, cuesta Dios y ayuda dar con la forma sobria, exacta y sugestiva. Un pueblo que no tiene sentidos no puede tener imaginación; por eso, con solo una ojeada a través de nuestras antologías líricas, se viene a dar en la cuenta de que imágenes y tropos, siempre los mismos, en nuestros poetas no nacen directamente de la contemplación de las cosas o confundidas con las emociones del cantor, sino que son prendas de vestir o botargas que ya existían de antemano y que el poeta toma al azar o después de precipitada elección, porque sus ideas y sentimientos no salgan desnudos y en vergonzosa entequez; son, en resolución, como calzado de bazar que cría callos, y así anda la poesía de encallecida y coja. Y para concluir, sin sentidos y sin imaginación, la simpatía falta; y sin pasar por la simpatía no se llega al amor; sin amor no puede haber comprensión moral; y sin comprensión moral no hay tolerancia. En España todos somos absolutistas.

 

Tejero sonreía, condescendiente:

—No le falta razón en muchas de las cosas que dice; pero son algo desordenadas, necesitan mayor objetividad —a Tejero le mareaba el que su interlocutor discurriese con ímpetu. En tales casos, el reproche que acostumbraba hacer era la falta de objetividad, de cientificismo, como un aviador que definiera los pájaros: «Aficionados a la aviación»—. Pss... no está mal. Sí; es necesario colocar bien el problema de la estética. En Alemania se preocupan mucho de estética. ¿De dónde hace usted arrancar la estética?

—He pensado bastante acerca de ello; pero no lo he ordenado aún, como usted dice. Para mí, el hecho primario en la actividad estética, el hecho estético esencial es, yo diría, la confusión (fundirse con) o transfusión (fundirse en) de uno mismo en los demás, y aun en los seres inanimados, y aun en los fenómenos físicos, y aun en los más simples esquemas o figuras geométricas: vivir por entero en la medida de lo posible las emociones ajenas; y a los seres inanimados henchirlos y saturarlos de emoción, personificarlos.

—Hay sus más y sus menos; pero, en fin, ese es el concepto que domina hoy toda la especulación de la estética alemana, el einfühlung. Se ve que ha leído usted algo acerca de ello.

—No he leído nada.

—¿Que no? Pues, ¿quién se lo ha enseñado a usted?

—Hombre, la cosa es tan clara que hace tiempo que yo mismo lo había descubierto; pero quien me lo ha hecho penetrar más cabalmente ha sido... una prostituta.

Tejero se puso serio.

—¡Cuándo se dejará usted de hacer humorismo!

Alberto se encogió de hombros.

—Se hace tarde y yo tengo que irme. Quedamos en que usted será uno de los oradores del mitin.

—Ya le he dicho lo que pienso; pero, en último término, si usted se empeña...

—Sí, sí, me empeño; y lo hará usted muy bien.

 

En esto entró Angelón. Alberto presentó a los dos hombres, que no se conocían, y Angelón, así que camp. 146bió las acostumbradas fórmulas corteses, se retiró, mirando de través a Tejero y Alberto, y por las trazas muy malhumorado. Volvió a los dos minutos con un papel, que entregó a Alberto: era la carta de Teófilo. Alberto la leyó en voz alta:

 

—¿Qué dice usted?

—Hombre, bien. Pajares dará la nota pintoresca. Ea, adiós, querido Alberto.

Salieron al vestíbulo. Alberto tomó el gabán de Tejero y le ayudó a vestírselo.

—Hay que centrarse, Alberto —aconsejó Tejero, en tanto realizaba una flexión de riñones, a fin de acertar con el agujero de la manga derecha.

—¿Centrarme? Diga usted que lo que necesito, como todos los españoles necesitan, es descentrarme. ¿Conoce usted aquellos versos de Walt Whitman: I am an acme of things accomplished?

Tejero respondió:

—No.

—«Soy, dice, la cima de todas las cosas realizadas y el compendio de cuantas se han de realizar... A cada paso que doy piso haces de siglos; y entre paso y paso, más nutridos haces... Allá lejos, en lo pretérito, entre la enorme primera Nada, ya estaba yo allí... Inmensas han sido las preparaciones para mí... Centurias y centurias condujeron mi cuna a través del tiempo, remando y remando como alegres boteros... Todas las fuerzas han sido empleadas abundosamente para completarme y placerme, y heme aquí, en el centro del mundo con mi alma robusta.» Estos versos debieran titularse: Nací en la Mancha.

—Es usted tremendo —Tejero dio dos cariñosas palmaditas en el hombro de Alberto, y después de despedirse salió escaleras abajo y luego a la calle.

 

Sentía una rara impresión de ligereza e ingravidad. Iba pensando: «Ello es un sentimiento espiritual, sin duda; pero tan neto y determinado que casi parece una sensación física.» Las fuerzas expansivas de un entusiasmo sordo le acariciaban el espíritu, pero volvía insistentemente a requerirle la atención aquel sentimiento de ingravidad que era muy aplaciente e intenso. Se acordó de San Ignacio de Loyola, el cual acostumbraba conocer si sus visiones y pensamientos venían de Dios o del diablo, según el estado consecutivo que determinasen; si le traían serenidad y sosiego, es que habían sido inspiradas por Dios; de lo contrario, su origen era satánico. Y también de Epicuro, que decía: «¿Cómo conoceréis si es natural una necesidad y habéis de satisfacerla, o es contra naturaleza y habéis de extirparla? Por la sensación recibida: si a la satisfacción de lo que se juzga necesidad se le sigue placer, quiere decir que era necesidad conforme a naturaleza; si sufrimiento, es porque no era necesidad natural.» Y Tejero, sonriéndose, se preguntaba: «¿Qué divina inspiración, o qué acto meritorio, o qué necesidad natural he recibido, hecho o satisfecho sin haberme dado cuenta?» Hasta que al pasar por delante de un librero a quien debía una cuenta de libros dio con la causa de su ingravidad. «¡Caracoles! —exclamó a media voz, con la sangre helada—. ¡Ya lo creo que era sensación física!...» Recobrose en seguida, y pensó: «No me venían mal a mí; pero al que se las ha llevado de seguro le hacían mucha más falta. ¡Que le hagan buen provecho!» Y siguió adelante, con el mismo sentimiento de ligereza alada en el corazón, pero ahora más intenso y aplaciente aún.