Ignacio Fernández Candela es ensayista, novelista y poeta con quince libros publicados y cuatro más en ciernes. Crítico literario y pintor artístico de carácter profesional entre otras actividades. Ecléctico pero centrado. Prolífico columnista con miles de aportaciones en el campo sociopolítico que desarrolló en varios medios de comunicación.

Dotado de una gran intuición analítica, es un damnificado directo de la tragedia del coronavirus al perder a su padre sin poder velarlo y enterrado en soledad. En menos de un mes fue su mujer quien pasó por el mismo trance. Lleva pues consigo una inspiración crítica que abrasa las entrañas. 

Fernández Candela, colaborador de El Correo de España, fue la mano derecha de Ruiz Mateos en los últimos años de su vida, puesto que el famoso empresario lo buscó, como quién busca a un ángel salvador y acabó confiando en él como en un hijo por su valía y honradez.

¿Cómo conoció a Ruiz-Mateos?

 Con el paso del tiempo y desde su fallecimiento, con el privilegio del cariño implícito que forjó el duro batallar diario en esos años que nos encontraron, diría que el destino nos unió. Tanto es así que mi mujer me recordó que hace casi treinta años nos sentamos al lado de él en una sala del Hotel Cuzco, su centro preferido de negocios fuera de las propias instalaciones de Rumasa, aunque al comentármelo tuve que escudriñar en mi memoria para reconocer que fue así.  Décadas después, amanecí con un presentimiento muy sólido al despertar, tan real que comenté a mi padre la convicción de conocer a José María Ruiz-Mateos. Son ese tipo de sensaciones intimistas que uno silencia para su coleto, pero en esa ocasión me pronuncié por la singular convicción de aquella intuición. Para sorpresa mía, unos pocos años después fui presentado al emblemático empresario y financiero a través de su hija Begoña.

En febrero de 2012, a raíz de un artículo periodístico intitulado "Traición bancaria contra Nueva Rumasa" donde enunciaba los pormenores extraños del cierre de un grifo crediticio que imposibilitó la continuidad de la gestión empresarial del Grupo, contactó Begoña Ruiz-Mateos a través de mi correo personal con una elegante y sentida carta en defensa de su padre donde me brindaba la oportunidad de conocer al verdadero José María Ruiz-Mateos más allá de cualquier apariencia pública. Además, me sugirió que su padre estaba buscando a alguien como yo para defender públicamente su inocencia frente al laberinto de la quiebra y ayudar en la búsqueda de posibles soluciones a los múltiples problemas generados desde el año 2009. Francamente, se iniciaba sin saberlo una etapa de mi vida cuyo vértigo iba a superar con creces cualquier previsión al aceptar convertirme en una especie de adalid público y privado en defensa de los Inversores y del propio José María Ruiz-Mateos, cuyo afán de Justicia conllevaba remontarse al año 1983 cuando su patrimonio de 18.000 millones de los actuales euros fue expoliado a punta de metralleta, sin justificación jurídica para menoscabo de la fiabilidad democrática que retorcidamente ha desembocado en estos tiempos aberrantes de corrupción sin disimulo. En 1996 él fue exculpado de toda imputación y en 1999 hubo dos autos del Tribunal Supremo por los que se debía devolver el patrimonio saqueado a falta de una consolidación de balances que jamás se produjo; de ahí que siempre reivindicara la celebración de un juicio justo que la connivencia de los expoliadores y sus muchos cómplices beneficiados se encargaron de negar haciendo pasar por loco a la víctima. Sin embargo José María Ruiz-Mateos fue un hombre sabio que era consciente en todos sus movimientos populares del grado superlativo de corruptela que pretendía enterrarle en el olvido. De ahí que actuara, con nobleza, en la proporción esperpéntica que le obligaba la maldad y la codicia de sus enemigos; otro habría pasado por las armas al país y a los responsables de tamaña traición, pero él era un hombre providencialista y amaba a España.

 Lo cierto es que respondí a Begoña que para tal función había personas cualificadas como Andrés Aberasturi o algún profesional que había defendido a su padre en algún momento puntual de la crisis. Sin embargo, las dotes de persuasión de Begoña fueron lo generosamente convincentes para aceptar entrevistarnos previamente en su casa: su padre me buscaba expresamente a mí. Allí fui amablemente recibido por ella y por su marido Antonio Biondini en lo que fue la antesala de esos años de lucha al lado de José María Ruiz-Mateos, un personaje histórico, notoriamente maltratado por la envidia y la traición, que conocí al día siguiente.

Formaba parte de la silenciosa intuición, más allá de las palabras, aquel encuentro con él. Departimos horas todos juntos y José María fue muy inquisitivo en sus constantes preguntas. Aquella persona seria y carismática contravenía solemnemente la apariencia grotesca que muchos tenían de él. Su mirada decía tanto sobre la experiencia del dolor que sentí encontrarme ante un alma muy evolucionada, con la misma intuición rala con que me levanté aquel día con la convicción de conocerlo. Y allí compartimos todo el día, más de ocho horas sin descanso para él, profundo y cercano en la medida que me otorgó la confianza para explicarme sobre muchos temas. Aquella primera entrevista estaba rodeada de un halo de empatía que iba más allá del espacio y del tiempo y así fue que nos citamos al siguiente día, con su hija Begoña, en la tantas veces filmada residencia de Alondra, 2.

Apenas daba tiempo a asumir lo que acontecía y sopesé  declinar aquella invitación soterrada de acompañar a un hombre que había admirado toda mi vida. Él me esperaba en una de las muchas oficinas del sótano; se levantó al verme entrar y me abrazó. Con una sonrisa de niño me dijo que era un enviado del cielo, la respuesta a sus oraciones y que había llegado para ayudarle a pagar a los Inversores. No supe cómo reaccionar ante aquella inverosímil escena de mi vida que se producía como una película de ficción y solo acerté a exclamar con simpatía un "a sus órdenes mi General", `prescindiendo de todo pensamiento añadido, quizá obligadamente prudente, sabiendo lo que implicaba mi decisión. Me dejé llevar por la emoción que me produjo conocer a una gran persona, escaparate equívoco de una apariencia muy distante del hombre que Dios me había dado la oportunidad de conocer. Sin darme tiempo a reflexionar acerca de la transformación que podía sufrir mi vida, me remangué las mangas del alma y me entregué a la odisea que distaba mucho de las expectativas siendo todo mucho más intenso, desconcertante y avasallador. Alea jacta est.

¿Qué supuso trabajar para él y ser su hombre de confianza?

Un antes y un después en mi vida que ha convertido aquellos años a su lado en una huella luminosa a pesar de las muchas dificultades y tristezas que arraigaron profundamente en mí,  Aquellos años con él fueron una genuina aventura del alma, de las que fortalecen o desintegran. Un modo de comprender que la apariencia fútil es demasiado incierta frente a las genuinas verdades que no se perciben: ese trasfondo de la existencia que posee raíces más allá de lo terreno, de sus adversas emociones y erráticas formas. Mi vida a su lado fue un privilegio de ese fondo de evolución que circunscribe a los secretos de la vida y sus muchas dificultades. Seguro que nada cae en saco roto a la hora de cualificar los méritos desconocidos. Él era un Maestro con circunstancias de mártir, manchado de existencia terrena pero con el espíritu de su Fe en Dios a flor de piel.  

fb9cf645-55a2-4cc4-8319-f17866c6aff0

¿Cuál era su función exacta?

Lo primero que hizo D. José María fue organizar una reunión con sus hijos varones, menos Alfonso a quien conocí después, con el fin atraerlos hacia el padre, de aglutinar los esfuerzos en una sola dirección de soluciones. En aquella reunión, donde estuvo también Begoña, diserté sobre las condiciones problemáticas que se arrastraban con el tiempo y la importancia de la comunicación abierta y sin fisuras para sortear las dificultades propias de una gestión hasta entonces diversificada. Del mismo modo en que arengué sobre el compromiso primario del pago a los Inversores, espoleé la motivación en pos de encontrar respuestas dinerarias y trabajar efectivamente en una misma dirección. Insuflados de nueva energía, mi primera función consistió en motivarlos junto a al padre como un equipo de trabajo reorganizado.

Mis objetivos fueron muy concretos originándose en estar a su lado para apoyarle en cuanto mi humilde persona pudiera aportar. Pero con el paso de los días vislumbré el complejo laberinto que implicaba seguir las directrices obligadas del momento. Según se fue dilatando este proceso de apoyo, mis funciones se ramificaron para poder cubrir las muchas necesidades que obligaban a tomar decisiones. En ese sentido D. José María me dio carta blanca para organizar las muchas vertientes de mi gestión que pasaron principalmente por buscar soluciones al drama de los Inversores, atrapados con la emisión de pagarés; averiguar qué había sucedido previamente en la gestión de Nueva Rumasa, pues él había entregado en el 2004 su herencia empresarial cuando le diagnosticaron Parkinson. Permanecía como Presidente honorífico de Nueva Rumasa y tomaba decisiones en función de las coordenadas que recibía para seguir gestionando en última instancia el Grupo. Una de mis primeras misiones, digamos de campo, consistió en entrevistarme con numerosos directivos, abogados, los propios hijos varones, y cuantos tuvieran influencia directa, legal o empresarial, en la orientación de Nueva Rumasa que la llevó a la quiebra. D. José María necesitaba conocer las causas  del fracaso, el porqué del sorpresivo cierre crediticio del Banco Santander y la negativa de Botín; la errática emisión de pagarés cuando le aseguraron que los problemas de Nueva Rumasa poseían solución con una autofinanciación etc.

Otra de mis funciones fue abrirme paso para llegar a los principales presidentes de la banca española para poder negociar un pago a los Inversores, su principal preocupación que no le permitía dormir buscando posibilidades hasta de madrugada, muchas de las cuales acompañé cuando me llamaba para madurar alguna idea que le había surgido.

Inicié aquel periplo de reuniones cuando conseguí una entrevista, a través de la Secretaria de Presidencia, con el Director de Presidencia del Banco Popular, mano derecha de Ángel Ron y otras gestiones partiendo desde cero. La confianza de D. José María en mis valores personales y profesionales me impulsaba para conseguir cualquier empeño. Otra de mis repetidas funciones privadas fue crear las condiciones para que algún fuerte de la banca se aviniera a pactar para pagar a los tenedores de pagarés. También organicé reuniones con los mismos Inversores para ponerles al corriente de dichas gestiones cuando el vórtice de la desesperación engullía a tantas personas desesperadas que hasta entonces no habían sido atendidas. D. José María sufría con la imagen personal que estaba dando y le convencí de que estábamos obligados a dar la cara, aportar esperanza con el conocimiento objetivo del trabajo arduo que estábamos realizando en secreto. No podíamos dejar en la estacada a quienes pedían explicaciones sobre los ahorros de toda una vida. Así lo entendió y organicé reuniones en Alondra.

Como muestra de los innúmeros trabajos que desarrollé como su hombre de confianza, un día me encomendó con tristeza que parase el lanzamiento de desahucio por parte del  nuevo propietario de Alondra, 2, el BNP Paribas. Llamé a un máximo responsable y después de exponerlo desde un punto de vista de conciencia y humanidad, fue tan amable de aplazarlo por dos años.

Más funciones que desarrollé fue la de concitar de nuevo la atención de los medios de comunicación hacia D. José María, pues se había vertido el bulo de que padecía entonces demencia senil, cuando con sus medicamentos podía mantener sus capacidades, naturalmente menguadas por la edad en comparación con años pasados, pero todavía potenciales para procurar y solventar problemáticas. Lo llevé de nuevo a los grandes medios para darle oportunidad de explicarse y defenderse. Redactaba los comunicados rápidamente y al ritmo frenético de los acontecimientos. Fui su portavoz y director de comunicaciones a todos los efectos públicos. Asimismo, en las entrevistas y debates en que participé, consideré exponencial reavivar el recuerdo sobre la injusticia del expolio de 1983, haciendo hincapié en la exoneración de culpa y la falta de indicio delictivo declarada en 1996 y los dos autos del Tribunal Supremo en 1999. Siendo la batalla pública muy delicada, nada se pareció en ingrata la que me obligó la privada en defensa e D. José María inmerso en un avispero de intereses ajenos y confrontados.

En lo privado me encargué de escudriñar posibles soluciones con el horizonte del pago a los Inversores. Generé el interés en D. José María,-reacio por las muchas traiciones padecidas, me costó tres meses convencerlo-para emprender un proyecto presentado por un lobby internacional, de carácter patrimonial, con capital alemán, suizo y canadiense, para generar beneficios con una Trading Count con la específica garantía de los derechos de litigio de Rumasa antigua por valor de tres mil millones de euros. También se contempló la cesión de los derechos de litigio y aparecieron compradores como la bolivariana Venezuela a quien se negó porque D. José María hubiese considerado una traición a España.

D. José María dejó firmadas una treintena de documentos financieros y jurídicos-cuyas rúbricas me costaba mucho obtener-que siguen en posesión de aquel lobby. Con cláusulas de confidencialidad estrictas se me hizo harto difícil mantener el equilibrio de conservar la esperanza del pago públicamente y mantener a su vez en secreto un proyecto muy serio cuyo asesoramiento legal en España llevaba D. Antonio García Trevijano, con quien me entrevisté para que participara en la planificación internacional con sede en España.

En definitiva, fueron responsabilidades tan dispares, muchas quedan en un tintero para no explayarme, en lo público y privado que ejercí, digamos, de batallador profesional las 24 horas del día en un tiempo donde todo era posible al lado de un personaje, un gran hombre, sin parangón. Una auténtica aventura del espíritu al más alto nivel de dificultad.

¿Le hubiera gustado conocerlo más joven?

Él me decía mucho que lamentaba no habernos encontrado antes, que habríamos hecho cosas grandes juntos. Así lo hablaba cuando llamaba a mi padre con quien mantuvo conversaciones telefónicas. Comentaba que me admiraba por la celeridad de mis inspiraciones escritas y habladas y me sentía ridículo cuando lo decía, sabiendo yo de su tamaño universal. A veces me dicen que mi misión fue para con él cuando me pregunto el porqué a tanto sacrificio sobre trabajos extenuantes que aquel lobby emprendió con el objetivo de pagar las deudas que no contrajo moralmente D. José María. Creo que ese destino discreto del que hablaba nos presentó en el tiempo debido. Solo la venta de la Finca de La Almoraima hubiese servido para pagar a los Inversores. La Justicia  embargó bienes sin preocuparse lo más mínimo de los damnificados y sí de que el desastre fuese completo. No creo en la justicia terrena cuando observo en primera línea la gran mentira del poder encubierto que todo lo corrompe. Pero los jueces también son juzgados cuando marchan con el último suspiro. Que Dios perdone a tantos que no saben lo que hicieron.

Cuando después de tanto luchado y sufrido a diario con el sacrificio a contracorriente de los proyectos para pagar a los Inversores; las humillaciones públicas y privadas que me fortalecieron para no sucumbir; los muchos enemigos declarados, y traicioneramente no declarados; las querellas judiciales y los embates en los tribunales convertido en objetivo hasta de estafadores profesionales, porque con la guardia baja se me coló uno en Alondra a quien tuve que combatir para que no engañara a D. José María ni a los Inversores;  cuando rememoro la imposible aventura que viví en primera persona frente  el angosto espacio de las numerosas, agrias e inacabables, reuniones bancarias y de negocios, familiares y los coercitivos platós de televisión con todo en contra; cuando reavivo la llama de las emociones tan vivificadas por la presencia de tan gran hombre a quien tuve el privilegio de su amistad y su cariño, me pregunto qué habría sido vivir las mieles a su lado. Pero me respondo taxativamente que nuestro tiempo no estaba prefijado para el triunfo y sí por la grandeza de un fracaso que le ha hecho grande allá donde está con la conciencia muy tranquila, lejos de los engaños terrenos que yo pude ver con meridiana claridad.

¿Cómo era él como persona en el trato cercano?

Conocí a un gran ser en la zozobra de sus convicciones quebrantadas con la corta reacción que provoca sentirse traicionado en lo más hondo de su alma. Vivía los días con la tristeza de una rutina vertiginosa, consciente de la cuenta atrás de su vida en tan ignominiosa situación personal y profesional. Porque hizo de su persona una profesión entregada de pasión empresarial y financiera. Todas sus verdades edificadas con trabajo y esfuerzo sin parangón, se convertían en espejismos en un mundo demasiado consistente en la mentira. Disciplinado, consciente de la merma de salud, se entregaba al albur de los medicamentos y asomaba la fuerza de voluntad para mantener las formas del cuerpo y el hondo espíritu de su esperanza porque pudiera anunciar el pago a los Inversores. Sus ojos poseían una profundidad clara de espíritu íntegro y humanidad rota por lo sufrido toda una existencia incomprendida, y sin embargo conservaba un extraño y huidizo brillo de infancia. Le dolía la realidad y la expectativa y a veces yo conseguía que descansara de los embates crueles de una pesadilla constante. Veía la sonrisa de un niño cuando bajaba la guardia del trabajo y nos sincerábamos sobre este mundo de locos. Le leía mis novelas y me comparaba con su vida de injusticias. El amigo era maravillosamente asequible, el empresario sostenidamente severo consigo mismo, inagotable en la carga de su cruz, inflexible en la consideración de lo profesional e irreductible en el propósito de conseguir pagar.

¿Cómo valora la obra que realizó y su legado?

Irrepetible para una España ignorante, inmerecida para una ciudadanía que no supo lo que hizo al juzgarlo tan ligera como injustamente. Su legado es la vergüenza para todo español que se precie de buena persona. La evidencia de su valía no reconocida está en el reconocimiento de todos los miserables que llegaron alto como beneficiarios o cómplices del latrocinio. Pero como dije, nada cae en saco roto y los secretos del espíritu no son de esta tierra de engaños. Mientras él puede brillar con el alma entregada a los providencial en vida, muchos pobres diablos que se enriquecieron y cobraron prestigio asesinándolo lentamente, tendrán la recogida de una siembra de sombras que solo temerán en el último suspiro. Él murió aliviado y seguro que quiso llevarse la carga de su cruz por su generosa responsabilidad, acometiendo aquello de lo que no fue culpable.

Al margen de su creación de 23 bancos, con sus 1.000 sucursales que se repartió la Banca, 800 empresas a cada cuál magnífica, de reflotar sociedades y conjuntar un legado de más de dos billones de las antiguas pesetas... aparte, para quien lo sepa valorar, pasó por la tierra un alma generosa, espontánea y sencilla cuya grandeza nuclear estaba en esa declaración de amigo que me hacía con ojos emocionados: "Nacho, por muy duro que sea si Dios lo quiere así, Amén".

¿Qué anécdotas recuerda con él?

Muchísimas. Por contar una que dice mucho de su carácter y el conocimiento de su entorno que tenía radiografiado cada instante, así como a los que le rodeaban, un día desperté y al poner la televisión encontré a D. José María a las puertas de Alondra frente a una cámaras de Espejo Público y  la Sexta. No era el hombre que yo conocía y que trataba a diario: estaba absolutamente incontrolado tanto en sus espasmódicos movimientos como incongruentes declaraciones. Parecía ido, emocionalmente debilitado y lo acompañaba su hija Begoña que intentaba excusarlo e introducirlo en la casa.

No daba crédito a lo que había visto y no comprendía el estado físico y mental de la persona con la que trataba a diario, incluso comentando valores bursátiles. Ni siquiera el tono de su voz, la dicción era de él. Me dirigí rápidamente a Alondra. Los medios de comunicación se habían apostado en busca de más exclusivas. Sorteé a un ejército de periodistas que me habían preguntado sobre el estado de salud de D. José María y me dirigí a su despacho. Allí estaba bien tranquilo, examinando los documentos que solían poblar su mesa de trabajo. Inquirí sobre lo que había sucedido y me respondió que había salido, sabiendo que había periodistas, sin tomarse la medicación imprescindible del Parkinson.

Cuando exclamé que cómo había hecho eso estando todo como estaba de delicado, me respondió taxativamente: "Que se lo crean, Nacho, que se lo crean".

¿Cómo aceptó el sufrimiento y la enfermedad?

 Como solo puede hacerlo un hombre de honor y cuya dignidad pisoteada en público mantenía en privado con absoluta templanza. Su talón de Aquiles fue el carácter providencial de voluntad y obras por donde penetraron los traicioneros para abismarlo en una tortura sin fin que llevó con la cabeza bien alta en privado.  El dolor de la traición fue más mortal en vida que la causa física que lo condujo al último y aliviado suspiro.

¿Cómo fue el momento de la despedida?

Nuestro último día juntos me había llamado para despedirse, quizá sin que él ni yo lo supiéramos. Se encontraba en el domicilio de la calle Rigel cuando ya lo desahuciaron después del plazo de dos años convenido. Estuvimos allí dos horas y quizá involuntariamente hicimos un balance emotivo de tanto vivido durante los años pasados. Cuando me fui a despedir para, pensaba, ver al día siguiente, me dijo: " Gracias Nacho, eres un buen hijo, tu padre está muy orgulloso"· Luego me abrazó y apoyó su mejilla sobre la mía. Dios mío, solo él podía despedirse así.

¿Cree que España no ha hecho justicia a su figura?

 No, España se condenó con tamaña injusticia. Esa Justicia a la que aspiraba no se la iba otorgar la corrupta de lo terreno. Creo que España recoge la mala siembra de la indolencia y la insensibilidad; la hipocresía sobre la que fue construida una democracia ficticia.  Él, afortunadamente, descansa en Paz, una Paz que no heredarán los muchos culpables de su sufrimiento terreno. Se revolverán en sus tumbas los ricos epulones que engañaron a todo un país siempre víctima de los mismos demonios. Él descansa muy merecidamente en Paz.  

 

200420134195_-_copia