Francisco José Rodríguez de Gaspar Dones (Toledo, 1980) es licenciado en Ciencias de la Información, en la especialidad de Periodismo, y académico numerario de la Real Academia de Bellas artes y Ciencias Históricas de Toledo. Ha trabajado en radio, televisión y prensa escrita. Desde 2007 es redactor jefe en el periódico La Tribuna de Toledo, centrando su actividad en la información local de la capital de Castilla-La Mancha. Ha realizado decenas de artículos de divulgación del patrimonio de la ciudad de Toledo y es también autor del libro ‘El enigma de la Espada de San Pablo’ (Almuzara, 2018).

¿Quién fue el coronel Otto Skorzeny y qué papel tuvo en las filas de Hitler?

El coronel Otto Skorzeny fue un austriaco miembro de las SS que destacó durante la Segunda Guerra Mundial como impulsor y pionero de las tácticas de comando. Perteneció al SD, el servicio de inteligencia de las SS, y su trabajo consistió en labores de sabotaje y contrainteligencia. A raíz de la operación de rescate de Mussolini (él fue el encargado de la operación de inteligencia de encontrar dónde le escondían los italianos, pero no era responsable de la operación de rescate) fue ensalzado por el régimen nazi como un gran héroe. Desde entonces se le pasó a conocer como ‘jefe de comandos de Hitler’ y ‘hombre de acción favorito del Führer’, y pasó a protagonizar todo tipo de misiones, la mayoría con éxito.

¿Por qué fue denominado por los norteamericanos como ‘hombre más peligroso de Europa’?
Fue a raíz de una operación de sabotaje en la Ofensiva de las Ardenas, la conocida como Operación Greif. Skorzeny recibió la misión de instruir a un grupo de hombres para infiltrarse en las filas de los Aliados y realizar todo tipo de sabotajes. Esos hombres sabían inglés, y Skorzeny, que dominaba seis lenguas, les enseñó el acento norteamericano. Se infiltraron y sembraron tanto el caos, desviando convoyes principalmente, que se llegó a pensar en el bando norteamericano que la intención final de Skorzeny era asesinar al general Eisenhower. Generó tanto pavor entre los Aliados que la prensa norteamericana pasó a denominarle “el hombre más peligroso de Europa”; e incluso, “el más endiabladamente listo”.

¿Por qué no fue juzgado como lo fueron otros dirigentes nacionalsocialistas después de la Guerra?

Fue juzgado en los conocidos como Juicios de Dachau, que formaron parte de un conjunto de procesos jurisdiccionales entre los que los más conocidos son los juicios de Núremberg. Se le intentó aplicar la pena capital, por crímenes de guerra, pero quedó totalmente libre de cargos gracias a la buena labor de defensa de sus tres abogados norteamericanos. Se le condenó a un campo de desnacificación, pero ahí ya mantenía relaciones con los Aliados y, aunque él siempre afirmó que se escapó, todo apunta a que le ayudaron a marcharse.

Destaca el hecho de que siguió defendiendo el nacionalsocialismo hasta el fin de sus días.

Fue nazi hasta el fin de sus días. Al menos así lo expresaba él mismo siempre que tenía oportunidad. En múltiples entrevistas en medios de comunicación españoles e internacionales, siempre defendió la figura de Hitler y al fascismo como única forma de parar al comunismo. Skorzeny siempre se consideró a sí mismo como un soldado, que cumplió con honor su deber. Y siempre trató de mantenerse alejado del Holocausto. Nunca se le encontró prueba alguna de que participara en ‘la cuestión judía’, y eso le sirvió para salvarse de ser juzgado por más cargos y, posteriormente, de ser perseguido.

¿Qué tipo de negocios hizo después de la guerra?

De todo tipo. Legales e ilegales. En España abrió una oficina de intermediación con empresas alemanas. Era ingeniero de formación y eso le sirvió para trabajar en varios proyectos y dar conferencias en nuestro país. Pero el dinero lo hizo con la venta de acero. Intermedió con las grandes empresas acereras alemanas y el gobierno de Franco, destacando contratos multimillonarios con Renfe. Y luego lo hizo con los norteamericanos, intermediando en la compra de acero para la construcción de las cuatro bases militares que construyeron en España. También intermedió para que España pudiera tener su primer caza de combate, haciendo de enlace entre el ingeniero alemán Willy Messerschmitt y el gobierno franquista. Luego volvería a hacer lo mismo para vender los planos de ese caza, ‘el saeta’, a Egipto.

 

En el lado ilegal estuvo implicado en la venta de armas y fue pionero de lo que hoy en día llamamos contratistas de guerra. Soldados privados o, como se denominaban entonces, mercenarios. Además, asesoró a gobiernos del Tercer Mundo en temas de inteligencia militar. Hizo mucho dinero.

¿Hasta qué punto fue un personaje conocido en el Madrid de la época?

Era una celebridad. Le paraban por la calle para pedirle autógrafos. En la España franquista tenía su halo de héroe de la Segunda Guerra Mundial. A él le gustaba eso. No se ocultaba y lo utilizaba en su faceta de hombre de negocios. Le encantaba ir a los mejores restaurantes y participaba de la vida nocturna del Madrid de los años 50. He llegado a cuantificar más de 500 entrevistas y noticias sobre él en todo tipo de periódicos de la época, tanto nacionales como provinciales, desde el Lanza de Ciudad Real al Imperio de Zamora.

Llegó a crear un ejército secreto de antiguos soldados de las Waffen-SS en España, bautizado como la Legión Carlos V. ¿Hasta qué punto tuvo relevancia?

Otto Skorzeny trató de articular en España un proyecto de ejército secreto de retaguardia que también se quiso llevar a cabo en Alemania por otros antiguos militares. Los historiadores lo denominaron ‘Plan Skorzeny’, y recientemente se conoció que llevaba por nombre Legión Carlos V. Trataba de ser una suerte de División Azul a la inversa, pero nunca llegó a demostrarse el verdadero poder de convocatoria y articulación real de ese ejército por parte de Skornezy. No por nada, sino porque no llegó a estallar una Tercera Guerra Mundial que en 1951 se veía inminente. Hay que ponerse en el clima prebélico de esos años para ver que muchos excombatientes de las Waffen-SS que habían servido con Skorzeny aún estaban listos para la guerra. Sólo habían pasado seis años desde la rendición de Alemania y compartían un enemigo común con los norteamericanos: la URSS.

Hay documentación que señala que las autoridades francesas retuvieron en la frontera a centenares de alemanes que acudían al acto en Toledo. El gobierno franquista conocía todas esas intrigas, porque Skorzeny y su entorno les trató de implicar, y sus servicios secretos denominaron a la reunión ‘Cuestión Alcázar’.

La elección de Toledo no era al azar, ya que la ciudad era para los nazis un nexo entre lo alemán y lo español. Principalmente confluyendo en la figura de Carlos V, emperador del I Reich, pero también evocando su pasado como capital del Reino Visigodo.

Igualmente fue uno de los promotores de una reunión de todos los partidos de extrema derecha europeos en septiembre de 1951 en Toledo. ¿Qué importancia tuvo ese encuentro?

Fue una delegación especial de la Internacional Fascista de Malmoe. En esa reunión de todos los partidos de extrema derecha europeos se decidió viajar a Toledo para conocer “al hombre hecho leyenda, el general Moscardó”. La gesta del asedio del Alcázar se ensalzó también por parte del régimen nazi y se decidió acudir a España por ese motivo y para seguir articulando lo que se conoce como el Movimiento Social Europeo (MSE), que trataba de aglutinar a todos los partidos de extrema derecha de la época como una tercera fuerza ante el comunismo y el capitalismo.

En esta reunión estuvieron presentes figuras del fascismo europeo como Per Engdahl, político sueco de extrema derecha; Maurice Bardéche, exponente del neofascismo francés; Karl-Heinz Priester, jefe de propaganda de las Juventudes Hitlerianas; Paul van Tienen, oficial de las Waffen-SS que fundó un partido de ultraderecha en Holanda; o fray Branko Marić, fraile franciscano vinculado al movimiento nacionalsocialista del croata Ante Pavelić. Además, también se contó con la presencia de miembros de la Guardia de Hierro rumana y la Cruz Flechada húngara.

La reunión en Toledo sirvió para que todas esas personas siguieran colaborando, principalmente a través de editoriales (libros y sobre todo revistas), para ensalzar la labor de las SS. Otto Skorzeny siempre mantuvo relaciones con sus antiguos camaradas y su faceta de relaciones públicas le hizo actuar como una especie de faro sobre el que orbitaron muchos de ellos.

¿Qué cree que le motivó a colaborar con la CIA y el Mossad israelí?

Supervivencia y negocios. Skorzeny fue reclutado por los norteamericanos como informador de inteligencia. En EEUU se sirvieron de muchos cerebros de la Alemania nazi, como Von Braun para llegar a la luna, y Skorzeny fue una pieza más de ese reaprovechamiento; aunque en otra área. En un primer momento, hasta los años 60, los americanos no se fiaban mucho de Skorzeny. Le vigilaban por todas esas conexiones que tenía con elementos neonazis y neofascistas. Luego la relación se consolidó, y Skorzeny comenzó a ganar mucho dinero con la venta de armas y el asesoramiento mercenario bajo el visto bueno de la CIA.

Finalmente, tanto trabajar para los americanos le acercó a sus socios judíos del Mossad. Hay versiones muy distintas de por qué y cómo entró a trabajar para ellos, pero lo cierto es que lo hizo. Su actuación más conocida hoy en día fue en la Operación Espada de Damocles, en la que colaboró con el Mossad para traicionar a los científicos alemanes que él mismo llevó a Egipto para construir el programa de misiles del general Nasser.

Se dijo de el en su momento que Otto fue el autentico modelo en el que se inspiró Ian Fleming para el mítico personaje de James Bond.

Esa inspiración puede ser muy factible, pero yo lamento no poder demostrarla. Sí que es cierto que Fleming tuvo mucho contacto con el mundo del espionaje internacional, ya que trabajo para el MI6, y en una ocasión alabó cómo “una de las innovaciones más sobresalientes de la inteligencia alemana” la inclusión de unidades de comando realizada por Skorzeny en la Batalla de Creta (mayo de 1941). Sin duda, y no hay más que repasar las novelas de James Bond, hay mucho de Skorzeny en ellas.

¿Cómo fueron sus últimos días y su muerte?

Murió víctima de un cáncer, con fuertes dolores. La metástasis le saltó a la columna vertebral, y tuvo que ser operado en Austria. Le dijeron que no volvería a andar y lo hizo, pero finalmente falleció en Madrid en julio de 1975.

Su funeral fue todo un acontecimiento, con un séquito de coches de procesión hasta la Almudena y una ceremonia en la que estuvieron algunos miembros del gobierno franquista que pertenecían al ‘bunker’, la rama que se negaba a cualquier aperturismo y cambio.

Sobre su ataúd se colocaron los colores de la bandera de guerra de Alemania, y sus condecoraciones fueron exhibidas. Fue incinerado y sus restos se enterraron en su Austria natal. La prensa de la época destacó que no se veían en suelo austriaco tantos miembros de las SS desde la Segunda Guerra Mundial.