El "Liberal" de anoche y un artículo de uno de sus más prestigiosos columnistas sembraron el pánico en Madrid. Don Mariano de Cavia informaba a los lectores con una noticia "bomba": El Museo del Prado está ardiendo... lo que provocó que miles de madrileños, familias enteras, se echaran a la calle y fueran corriendo hacia el Paseo del Prado. Según el periodista el incendio se había iniciado en una de las viviendas que ocupan los empleados y se había propalado rápidamente por ser los suelos y los techos y muchas paredes de madera vieja. Al parecer el fuego se corrió a gran velocidad y cuando llegaron las primeras dotaciones de bomberos muchas de las grandes obras que contiene y exhibe el Museo ya habían sido pacto de las llamas (Velázquez, Goyas, Grecos, Murillos, Tizianos)
         Pero, muy pronto se supo la verdad. La noticia era falsa y el autor lo aclararía al día siguiente con detalle. Todo había sido un modo de denunciar el abandono en el que las autoridades responsables tenían a la Pinacoteca más importante de Europa y como advertencia de lo que podía pasar en cualquier momento, viviendo como vivían y hasta cocinando en los altos del edificio las familias, incluso con niños, de los empleados, unas diez.
         Pero como, seguramente, querrán saber más de lo que fue aquello les reproduzco el mejor artículo que he encontrado sobre el acontecimiento:
                                           
EL INGENIO DE MARIANO DE CAVIA
(Fernando R. Quesada)
 

Antaño, los grandes museos europeos además de salas, galerías y almacenes, tenían algunas dependencias destinadas a que se alojara parte del personal con sus respectivas familias. Así ocurría en el Museo del Prado, pero también en el Louvre y en otros.

 

Durante la segunda mitad del siglo XIX, la plantilla de la pinacoteca nacional estaba formada por un director, un interventor, un secretario, tres restauradores, un mozo de restauración, un escultor, un carpintero, un conserje, siete celadores, tres porteros, cuatro guardas y un mozo. Parte de este prolijo personal, con sus correspondientes familias, tenía permiso para vivir dentro del propio museo. Ocupaban los desvanes, cuyos suelos eran de madera, y allí se alumbraban con velas, lámparas de aceite y quinqués alimentados con aceite de ballena o queroseno; cocinaban con leña o carbón; se calentaban con braseros de picón y con estufas de leña; y almacenaban los diversos combustibles en los sótanos. Incluso había un brasero en la sala donde los copistas guardaban los disolventes y las pinturas, a pesar de ser material altamente inflamable. Como es obvio, todo esto suponía un altísimo riesgo de incendio. Huelga mencionar, por evidente, el desastre que las llamas hubieran ocasionado tanto desde el punto de vista material como sentimental, patrimonial, cultural e histórico. Una auténtica catástrofe.

 

Por aquel entonces, dirigía el Museo del Prado el prestigioso pintor Federico Madrazo y Kuntz (1815-1894) quien, preocupado por el peligro, no cesaba de insistir ante las autoridades ministeriales para que adoptaran las medidas que eliminaran este grave riesgo. Sin embargo, las tales autoridades no le hacían el menor caso.

 

 

Sabedor de todo esto y consciente de la importancia de lo que estaba en juego, el famoso periodista Mariano de Cavia y Lac (1855-1920) acudió en su ayuda con un imaginativo recurso digno de su ilustre ingenio. El veinticinco de noviembre de 1891, publicó en la portada del periódico El Liberal, un impactante titular: LA CATÁSTROFE DE ANOCHE: ESPAÑA DE LUTO. INCENDIO DEL MUSEO DE PINTURAS, bajo el cual colocó un artículo en el que relataba cómo un pavoroso incendio iniciado en uno de los desvanes, había destruido por completo el Real Museo de Pinturas y Esculturas de su Majestad, hoy Museo Nacional del Prado.

 

La noticia, voceada por los vendedores ambulantes, corrió por Madrid como la pólvora. La prosa del artículo era tan dramática y su descripción tan vívida y minuciosa, que la imaginación de los lectores se veía inmediatamente espoleada y su ánimo era presa de tremenda aflicción: ...coronado de llamas, lanzando columnas de humo hacia las nubes y de cuando en cuando haces de chispas, que semejaban luminosos residuos del espíritu de Velázquez, Murillo, Rafael, Rubens, Tiziano, Goya... No ardía solo el ala de Poniente ni el ala de Levante, ni el centro del edificio. Lo que ardía era el Museo todo, el Museo entero, el Museo por los cuatro costados. Solo al final del artículo don Mariano desvelaba que se trataba de un relato ficticio, aunque advertía: ...los tristes sucesos... pueden ocurrir aquí el día menos pensado..Esto es lo que ocurrirá si Linares Rivas no remedia en nuestro Museo lo que tanto le expone a un accidente de esa naturaleza.

 

Muchos fueron los lectores que, antes de llegar al desenlace de la historia, dejaron el periódico y corrieron al museo para ver la tragedia con sus propios ojos, comprobando que todo había sido un terrible artificio.

 

Al día siguiente, Cavia publicó un nuevo artículo titulado POR QUÉ HE INCENDIADO EL MUSEO DE PINTURAS, en el que explicaba su propósito de llamar la atención sobre el lamentable estado de conservación del Museo y sus pésimas condiciones de seguridad que lo ponían en permanente riesgo de incendio. De hecho, el dieciocho y el veintiuno de julio de ese mismo año de 1891, se habían producido en los desvanes que ocupaban los trabajadores sendos conatos de incendio felizmente atajados a tiempo. Resultaba evidente la perentoria necesidad de sacudir la desidia de las autoridades al respecto. Concretamente del presidente Cánovas del Castillo y de su gobierno a los que el periodista responsabilizaba de la situación, y a los que atribuía no pequeño grado de jettatura (gafe, maleficio, mal de ojo): Mi artículo de ayer, inspirado en lo que aquí está pasando todos los días y en lo que aquí puede pasar a todas horas, no es una broma, ni un camelo ni es una originalidad. Se refería don Mariano a una serie de desastres acaecidos tiempo atrás a otros tantos monumentos emblemáticos que también enumeraba en el artículo, por culpa de una deficiente conservación y de la incuria de las autoridades al respecto: los incendios del Alcázar de Segovia, de la Armería Real, del Monasterio del Escorial, o el derrumbe del transepto de la Catedral de Sevilla. Y concluía: Hemos inventado una catástrofe... para evitarla.

 

La conmoción y el revuelo que causaron estos artículos fueron de tal magnitud que por fin las autoridades (in)competentes actuaron. Concretamente, el Ministro de Fomento don Aureliano Linares Rivas, visitó el museo dos días después, el veintiocho de noviembre de 1891, y ordenó un conjunto de medidas de aplicación inmediata como desalojar los desvanes, vaciar los depósitos de leña y otros combustibles, y utilizar linternas en lugar de velas. Por otro lado se encargaron una serie de reformas arquitectónicas al arquitecto don Francisco Jareño y Alarcón (más conocido por ser al autor de la Biblioteca Nacional de España), como cambiar la estructura del tejado por un andamiaje de metal, sustituir las estufas por un sistema de calefacción oculto, construir una escalinata de seis tramos en el testero norte del edificio, reformar las salas de esculturas, sustituir la tribuna-galería construida por Colomer por un forjado completo y construir dos pabellones anexos pero exentos en la parte trasera del edificio, destinados a viviendas del personal.

¡Éxito total de don Mariano de Cavia!

Casi medio siglo después de este episodio, el domingo treinta de octubre de 1938, víspera de Halloween, a las 21:00 h el actor Orson Welles teatralizó en la cadena de radio CBS un episodio titulado LA GUERRA DE LOS MUNDOS y, al igual que Cavia, lo hizo de manera tal que muchos oyentes quedaron aterrados pensando que se trataba de hechos reales que estaban sucediendo en ese momento. A pesar de que, al final del programa, Welles se despedía aclarando que todo había sido una broma propia de la noche de Halloween, en Nueva York y en Nueva Jersey cundió el pánico en los hogares y en las calles, y la avalancha de llamadas telefónicas bloqueó las centralitas de las redacciones de los diarios y de las comisarías de policía.

Orson Welles tenía entonces veintitrés años y sus motivos fueron menos altruistas que los de Mariano de Cavia. Pretendía alcanzar el éxito personal y, ciertamente, lo logró. A raíz de esta emisión, el estudio cinematográfico RKO le firmó un suculento contrato para que realizara tres películas a su completo antojo y albedrío.

Por la transcripción Julio Merino