La Casa del Duende

El devenir histórico de la Policía Española, una Institución con casi doscientos años de historia a sus espaldas -13 de enero de 1824-, está cuajada de éxitos en los que sus hombres y mujeres, generalmente mal pagados, fueron capaces de resolver intrincados crímenes, poniendo a sus autores a buen recaudo; de hechos heroicos en los que muchos de sus integrantes entregaron su vida por España cumpliendo escrupulosamente son su deber, incluso más allá de los moralmente exigible y también, en ocasiones, afrontando extraños sucesos de difícil explicación que exigieron una minuciosa investigación que no siempre se culminó con el premio del éxito.

Hurgando en las páginas de la prensa de la época, nos encontramos con uno de estos casos, un hecho sorprendente que no solo atrajo la atención de todos los medios de comunicación nacionales y algunos extranjeros, incluso provocó que la Policía tuviese que tomar cartas en el asunto para tratar de esclarecer un conjunto de misteriosos y, en apariencia, inexplicables sucesos que tuvieron como eje la ciudad de Zaragoza y que sirvieron para ponerla en el primer plano de la actualidad durante algo más de dos meses.

El verano de 1934 acababa de terminar, aunque todavía los rigores estivales no se habían disipado de todo. Nos encontramos en la mañana del 27 de septiembre. Aquel día, sucedió algo que vino a alterar la monotonía habitual de una tranquila Zaragoza, que vivía sumida en una especie de letargo de primer otoño. 

Ocurrió en el inmueble número 2 de la calle Gascón de Gotor; un edificio de cuatro plantas, habitado por profesionales liberales y funcionarios, familias con una cultura media-alta, no propensos a creencias paranormales y mucho menos supersticiosas, debido a su contrastada formación intelectual. 

Aquel día, muchos de los vecinos del inmueble se despertaron sobresaltados al escuchar, procedentes de las escaleras, unas sonoras y siniestras carcajadas, capaces de helar la sangre a cualquiera, cuyo origen fueron incapaces de descubrir por más que lo intentaron, revisando toda la escalera y los descansillos. Allí no había nadie. 

Tras aquella primera extraña manifestación, de origen desconocido, las noches siguientes se sucedieron algunos ruidos que nadie fue capaz de identificar ni atribuir a vecino alguno, ruidos que provocaron la alerta de los inquilinos del edificio que vieron alterada su normal convivencia. 

Luego, con el paso de los días, aquellos molestos ruidos fueron desapareciendo y la tranquilidad y la rutina diaria volvieron a reinar en el inmueble, haciendo que todos se olvidasen de lo que habían escuchado días antes. 

Sin embargo, el hecho que podríamos calificar como el primero de los más graves sucedió en la mañana del 15 de noviembre, cuando la joven Pascuala Alcocer, criada del piso 2º derecha, habitado por la familia Grijalva -algún medio habla de la familia Palazón-, escuchó claramente, proveniente de la chimenea de la cocina, como una voz lastimera de hombre pronunciaba su nombre. 

Agentes del Cuerpo de Investigación y Vigilancia y Guardias de Seguridad en la cocina del inmueble (Crónica)

Aterrada ante aquel hecho y por temor a no ser creída, se lo ocultó a la familia para la que trabajaba, guardándolo como un secreto, tal vez convencida de que había sido una mala pasada de su imaginación. 

Sin embargo, con el paso de los días, la voz se fue manifestando delante de más personas, primero la familia para la que trabajaba Pascuala y, más tarde, el resto de la comunidad de vecinos del inmueble, provocando entre ellos un gran estado de alarma. 

Pese a la pretensión, por parte de los afectados, de mantener el asunto dentro del máximo sigilo para evitar atraer la atención y que fuesen objeto de mofa y burla por parte de la población, pronto llegó a oídos de la prensa, primero la local, más tarde la nacional y finalmente la internacional -The Times publicó la noticia- haciéndose profuso eco de estos misteriosos y enigmáticos acontecimientos. 

Finalmente, ante las proporciones que adquiría aquel asunto, la Policía inició gestiones con el fin de lograr el total esclarecimiento de los hechos. 

Desde el principio se descartó que estos sucesos fuesen fruto de la incultura o superchería de los testigos, ya que entre los vecinos del inmueble se contaban médicos, arquitectos, funcionarios, militares, etc., todos con un nivel cultural medio-alto que descartaba semejante posibilidad. 

También hubo que descartar que se tratase de un problema de sugestión colectiva pese a que, en una ocasión, encontrándose catorce personas reunidas, escucharon todos ellos a la vez la voz del supuesto “duende”, sin poder explicar su procedencia. 

Las investigaciones las siguió muy de cerca el Comisario jefe del Cuerpo de Investigación y Vigilancia de Zaragoza, Pérez de Soto, quien, en principio, no descartó ninguna hipótesis, empezando por el uso de algún medio mecánico de propagación de la voz, hasta que el origen de estas voces proviniese de un ventrílocuo, y para ello comisionó a los Agentes de Vigilancia Miguel Rodríguez y José Buj quienes iniciaron las primeras gestiones para esclarecer los hechos. 

Guardias del Cuerpo de Seguridad inspeccionando el inmueble (Crónica)

Además de los Agentes, se comisionó a personal del Cuerpo de Seguridad para tratar de localizar el origen de tales voces. En una ocasión, una pareja de Guardias de Seguridad que concurrió al inmueble a verificar los hechos escuchó claramente como la misteriosa voz exclamaba “¡ya están aquí los guardias!” 

Iniciadas las pesquisas, se contó, como primera medida, con el concurso de un arquitecto con el fin de descartar que el origen fuese debido a problemas de edificación del inmueble. Iniciada la inspección, cuando el técnico comenzó a tomar medidas, la misteriosa voz exclamó, “¡mide 15 cm.!”. En ese instante, el pánico se apoderó de todos los presentes, pues efectivamente, los conductos de la chimenea que estaban inspeccionando medían, exactamente, 15 cm. 

Consecuencia de todo ello, el Comisario Jefe ordenó que personal a sus órdenes se trasladase de nuevo al inmueble con el fin de dar por terminada aquella broma de pésimo gusto. Sin embargo, el misterioso “duende” parlante, lejos de amilanarse por la presencia policial se tornó más desafiante, llegando a exclamar ¡para qué tanta policía!, lo que provocó que algunos de los actuantes desenfundasen sus armas en un acto reflejo ante el hecho insólito de que la misteriosa voz no tuviese origen conocido. 

Entre los días 20 y 23 de noviembre personal del Cuerpo de Vigilancia y Guardias de Seguridad, inspeccionaron el edificio, ante la expectación de los vecinos de Zaragoza que se agolparon en los alrededores con el fin de escuchar la misteriosa voz. Fue tal la concentración de público registrada que las autoridades tuvieron que ordenar que fuesen despejadas las inmediaciones del inmueble. 

Sin embargo, aquel hecho, de origen tan desconocido como inusual, se estaba convirtiendo en un problema para las Autoridades zaragozanas a tenor de la multitud de curiosos que, a diario, día y noche, se concentraba delante del inmueble, con la finalidad de ser testigos en primera persona de alguna de aquellas insólitas manifestaciones, lo que obligó, en más de una ocasión, a que la fuerza pública desalojase las proximidades de la casa, usando la fuerza. 

Pero si en la calle la expectación era máxima, algo similar ocurría en el interior del edificio, hasta el punto de temer, en algún momento, que pudiese venirse abajo por la cantidad de policías, personal técnico y curiosos que se encontraban dentro. 

Agentes del Cuerpo de Vigilancia junto a un niño que dijo haber hablado con el “duende” (Crónica)

Uno de los días, algunos de los curiosos que se hallaban en la calle, delante del edificio, trataron de asaltarlo, viéndose en la necesidad la fuerza pública de cargar para disolverlos; pese a todo, algunos, en número de una veintena, llegaron a encaramarse al tejado del inmueble comenzado a arrancar tejas en busca del escondrijo del “duende”, finalmente hubo que desalojarlos por la fuerza. 

Se procedió entonces a levantar el suelo e inspeccionar a fondo los techos, la instalación eléctrica, las tuberías del agua y los conductos de ventilación en busca de algún dispositivo que permitiese la propagación de la voz desde un lugar remoto, pero estas operaciones no se culminaron con éxito, allí no había nada. Al concluir la minuciosa inspección del inmueble, la voz del “duende” se hizo de nuevo patente exclamando “¡cuánta policía, que cobardía!”. 

En la jornada siguiente, se ordenó el desalojo del edificio, incluidos los inquilinos del 2º derecha. Una vez verificado se buscó, repetidas veces, cualquier enlace con el exterior, sin hallarlo. Entre tanto, varios policías permanecieron en la cocina en actitud de observación hasta que, finalmente, el “duende” volvió a exclamar “¡aquí estoy ya!, ¡cobardes, cobardes!”. 

El suceso se judicializó y el Juez de Guardia, encargado del asunto, ordenó la creación de una comisión facultativa para esclarecer aquellos hechos. Durante los trabajos de la comisión se percataron que en todas las ocasiones en que se manifestó la voz había una constante, Pascuala Alcover, presente siempre en la casa cada vez que el “duende” había tomado la palabra. 

Se habló de que esta joven podía padecer lo que se denomina ventriloquia inconsciente de orden histérica, motivo por el cual la joven fue trasladada a su localidad de origen fuera de Zaragoza, pese a lo cual, la voz continuó manifestándose. Sin embargo, desde el principio varios afamados forenses habían descartado semejante hipótesis.

De nada valió que se demostrase que la joven Pascuala no se encontraba en el domicilio en todas las ocasiones en que la enigmática voz se manifestó, ni tampoco que las voces fuesen perfectamente audibles y comprensibles para todos los que las escucharon, empezando por la propia Policía. Tampoco el hecho de que, tras la marcha de la joven, la misteriosa voz continuase escuchándose, incluso una vez el edificio fue desalojado de sus moradores. 

Vecinos del inmueble en el que se produjeron los hechos (Mundo Gráfico)

Ni siquiera se tuvo en consideración el informe facultativo emitido por los forenses, los doctores Penella Murt y Rost Ojer, que descartaron totalmente la posibilidad de que Pascuala fuese, inconscientemente, la autora de estos fenómenos. 

Un gran estado de alarma se adueñó de la ciudad, lo que obligó al Gobernador Civil a redactar una nota de prensa conminando a la calma entre la población, asegurando que se daría con el responsable de aquellos sucesos y declarando como “reservada” tanto la investigación como las conclusiones a las que llegó la comisión de expertos.

Con el paso de los días y merced a la presión ejercida desde el Gobierno Civil, la prensa comenzó a relegar el asunto a un segundo plano hasta que, finalmente, se le dio carpetazo pese a que nadie pudo encontrarle una explicación física ni mecánica que lo justificase de forma fehaciente. 

Dicen que el llamado “duende de la hornilla” fue el responsable de la muerte de la médium Asunción Jiménez Alvarez, fallecida en la jornada del 2 de diciembre de forma repentina, tras haber realizado, el día 27 anterior, una sesión de espiritismo para contactar con el presunto “duende”. 

La última vez que el “duende” se manifestó públicamente fue, como se ha señalado, en la jornada del 3 de diciembre cuando, delante de varios Inspectores y Agentes del Cuerpo de Vigilancia, profirió la amenaza ya descrita. A partir de ese instante el “duende· desapareció para siempre. 

Ese mismo día el Juez del Juzgado Municipal nº 3, emitió su informe final con el que deja cerrado el asunto, señalando: “…Las experiencias realizadas demuestran con absoluta claridad que la voz es debida a un fenómeno psíquico que solo se produce en determinadas circunstancias… Bajo el punto de vista científico no puede ser más interesante y sugestivo, pues, aunque no es el primero que se produce, son muy contados los que se registran en la historia médica. Las actuaciones practicadas serán archivadas hoy, por no haberse encontrado persona responsable de la falta. El misterioso suceso ha quedado totalmente aclarado”. 

De igual modo, el Gobernador Civil de Zaragoza, Otero Mirelis, declaró públicamente lo siguiente: “…Con la habitación iluminada y a oscuras, el resultado fue satisfactorio… Todo lo que no sea reconocer esto, es deseo de sacar las cosas de quicio y adoptar posiciones falsas que no quiero calificar”. 

Tanto el informe final del Juez Municipal como las declaraciones del Gobernador están rodeadas de ambigüedad, con frases que parecen decirlo todo y, sin embargo, no dicen absolutamente nada, ni nada aclaran. 

Más enigmática resulta la información facilitada por el Dr. Gimeno Riera que, junto con el Juez y otros testigos, escuchó la misteriosa voz en la tarde del día 3 de diciembre, última vez que se manifestó. El Dr. Gimeno señaló, “…por fin, he oído la voz, si es que se puede llamar voz a un sonido apagado y que da cierta impresión de lejanía… Me ratifico en cuanto dije el primer día… Al punto que han llegado las cosas, lo mejor que yo debo hacer, es dar el asunto por terminado y callar… Mi posición en el asunto es peligrosa, puedo escudarme incluso tras el secreto profesional”. 

Sin embargo, cabría formularse algunas preguntas. ¿Qué significado real tienen las palabras del Sr. Gimeno?, ¿se le dio carpetazo al asunto por algún motivo concreto?, ¿por no encontrar una explicación razonable que lo justificase?; ¿existe, en alguna parte, algún documento que la censura de aquellos años -también la había entonces- no permitió que viese la luz?; ¿qué fue lo que realmente informó la comisión de expertos creada al efecto?; ¿dónde está el atestado policial de aquellos hechos? 

Fuera como fuese, poco a poco, aquellos extraños acontecimientos fueron quedando sumidos en el olvido pese a que jamás se pudieron aclarar las circunstancias que los rodearon. Nunca se supo, a ciencia cierta, quién o qué producía aquellas voces y mucho menos el motivo de su repentina desaparición. Un misterioso asunto que queda en el archivo de los “no resueltos”.

Hoy en día, de aquellos hechos queda el recuerdo en una placa colocada en el número 2 de la calle Cascón de Gotor, en un nuevo edificio que se construyó al ser derribado aquel que fue testigo de los hechos relatados, en la que se lee “edificio el duende”.