Según Diodoro Sículo, historiador griego del siglo I a. C., nacido en Agirio, hoy Agira, en la provincia romana de Sicilia, los egipcios convirtieron en dios al macho cabrío por la misma razón que los griegos deificaron a Príapo: por la excelencia de sus genitales. El cabrón era, según el hombre antiguo, animal rijoso, porque se anima con facilidad ante la presencia de una hembra. Este autor lo narra así en su Biblioteca histórica:

“En general el miembro masculino, no sólo los egipcios sino también no pocos de los demás pueblos lo han consagrado en ritos iniciáticos como causa de engendramiento. Así los sacerdotes en Egipto, que han recibido su dignidad sacerdotal por herencia paterna, son iniciados en primer lugar en los misterios de ese dios. Dicen también que tanto Pan como los sátiros son venerados por esto, por lo cual la mayoría consagra sus imágenes en los templos con el miembro erecto y aspecto de macho cabrío”.

En el trato dado en algunos lugares a este animal sagrado, al extremo de alimentarlo en los recintos del templo, siendo atendido por hombres ilustres con alimentos refinados, le bañaban con agua caliente, le proporcionaban lechos lujosos y ponían el mayor esmero en su apareamiento con las mejores hembras de su especie. Pero estas atenciones cambiaron con el triunfo del cristianismo, que valoraba más la castidad y la pureza, para equipararlo con el diablo.

En la Babilonia del siglo XVII arrojaban por la ventana un macho cabrío el día de Santiago, con cuya sangre remediaban la tisis, la pleuresía y el mal de piedra, además de considerarlo como elemento de buena suerte si se tocaba su piel para santiguarse.

En el ámbito rural europeo llegaron a sodomizar un hombre y un macho cabrío para curar la impotencia, aberración bestial a la que también sometieron a la mujer, a fin de asegurar una prole fértil, según decían, o también para que se mostrase más desenvuelta en la cama la que era frígida. Practicas que recogió el cine en la película “La semilla del diablo”, como algunos recordarán.

Las brujas en sus prácticas maléficas, llegaron a poner pelo de los genitales de este animal en contacto con el cuerpo humano para conjurar el ligamiento o maleficio esterilizante sobre los recién casados.

La voz latina “masculas”, diminutivo de “mas” (sexo masculino), en las primeras obras literarias medievales lo traducen por “maslo” y “masclo”; término que sustantivó, predicándose del pene y del cabrón, animal que tuvo mala reputación por tomar la figura del diablo en los aquelarres o “prados del macho cabrío”, donde montaba a las brujas: a las jóvenes y hermosas por delante, y a las viejas y feas por detrás.

Leonardo de Argensola escribe esta rima en sus Epigramas, durante la primera mitad del siglo XVII:

Mira que dais ocasión

a que da cualquier cabrón,

por la gran barba que cría,

aspire a ser algún día

otro Séneca o Platón.