Jesús Hernández, el primer Ministro comunista de la República, cuenta con un realismo patético el comportamiento de los líderes del PCE de aquellos días postreros de 1939

 

 

“A partir de ahora deberemos pensar que Moscú es Moscú y España es España, que los bolcheviques rusos tienen sus metas particulares y los comunistas españoles tenemos las nuestras propias… o deberíamos tenerlas”

 

 

“Lo más doloroso, lo más triste para los que nos íbamos hundidos y desmoralizados fue escuchar a nuestro alrededor gritos de ¡Arriba España! y ¡Viva Franco!

 

CAPITULO IX

 

EL Buró Político, reo de deserción. La obra de la «troika» Stepanov-Togliatti-Pasionaria. La lucha contra la Junta de Casado. El fin de la guerra. Camino del exilio.

 

Sonó el teléfono. Los camaradas del XXII Cuerpo de Ejército me indicaban que el general Menéndez deseaba hablar conmigo.

 

—Conectadme —indiqué.

 

—Buenas tardes, general.

 

—Buenas tardes, Hernández. Le llamaba para rogarle que autorice el paso de camiones con víveres para Madrid, pues me ha hablado uno de los dirigentes de la Junta diciéndome que la falta de víveres se hace angustiosa en la capital.

 

—Diga usted a la Junta que en cuanto ponga en libertad a Pedro Checa, detenido en Alicante, y le provea de un salvoconducto para llegar hasta el puesto de mando del XXII Cuerpo, ordenaré abrir la carretera.

 

—¿Puedo transmitir esa proposición?

 

—Totalmente.

 

—Voy al teletipo. En seguida le comunicaré el resultado.

 

—Le espero, general.

 

La ansiedad y la angustia me consumían. Nunca he esperado con tanta inquietud e impaciencia como esperaba en aquellas horas el regreso de Montoliú de Madrid.

 

Larrañaga había salido para Valencia, vestido de simple soldado para evitar molestias y poder informarse de lo que acontecía por la ciudad. Zapiráin dormía sobre un sofá. Mena, con su espíritu tan leal como crítico, me decía:

—Has hecho mal en perder tanto tiempo. Yo, en tu situación y con tu autoridad, hubiera mandado a hacer gárgaras a toda esa taifa de cobardes, que lo único que han hecho ha sido entretenerte para evitar la lucha contra la Junta. Ahora estamos maniatados. Todos nuestros actos son como palos de ciego. No sabemos qué rumbo es el conveniente. Y la Junta nos ha ido cercando. Nuestros propios hombres están desmoralizados. Y nosotros también. Dentro de un par de días, todo habrá terminado. La autoridad de la Junta será acatada hasta por nuestras células de Partido. Ese manifiesto que has ordena- do distribuir da fe de que tú estás aquí, pero no puede desmentir que el Gobierno y la dirección del Partido han salido huyendo. Hace cuarenta y ocho horas aún era tiempo; ahora es tarde.

 

—Todavía no está todo perdido. En Madrid se está luchando —dije, aterrándome a la última posibilidad—. ¡Ese Montoliú que no llega!

 

Volvió a sonar el teléfono. El general Menéndez me informaba que la Junta no sabía nada de Pedro Checa, que en Madrid no estaba y que en Ali- cante tampoco.

 

—Pues mientras no aparezca no pasará un solo camión para Madrid — dije enfadado.

 

—Su actitud puede hacer inútiles las conversaciones entabladas entre la Junta y sus camaradas de Madrid, para cesar la lucha —dijo Menéndez.

 

—¿Conversaciones?...

 

—Eso acaban de decirme por el teletipo —explicó Menéndez.

 

—De todas formas, indique usted a la Junta que necesito a Checa vivo a mi lado para autorizar el paso de camiones con víveres.

 

—Comprenda usted que la población civil es la que sufrirá las conse- cuencias.

 

—Lo comprendo y desearía evitarlo. Precisamente por ello advierta usted a la Junta que para mí no tendrán validez ninguna clase de acuerdos para el cese de la lucha que no impliquen la libertad de todos los presos co- munistas, el restablecimiento de la prensa de nuestro Partido, la libertad de acción y de palabra y, sobre todo, la aparición de Pedro Checa.

 

—Volveré a llamarle.

 

—Gracias, general.

 

Me desplomé vencido. No me cabía duda de que el general no había in- ventado la especie de las «conversaciones entabladas» entre nuestros camara- das en Madrid y la Junta de Casado. La obra de Togliatti se redondeaba. Ha- bíamos llegado al fin más inaudito. No nos vencían las fuerzas de la Junta, nos vencía la puñalada desleal de los agentes de Moscú.

Hasta el día siguiente por la tarde no llegó Montoliú. De su relato deduje lo siguiente:

La organización del Partido reaccionó con lentitud frente al golpe de la Junta. La detención de uno de sus miembros de enlace con los frentes, deter- minó la pérdida de toda la noche del cinco y de casi todo el día seis. En esas horas las fuerzas militares de la Junta ocuparon los locales y las imprentas del Partido y pusieron en huida al Comité Provincial, que no sabía por qué no lle- gaban las fuerzas preparadas para sofocar la sublevación. Esta situación desorientó a toda nuestra masa de militantes en Madrid, muchos de los cuales se vieron sorprendidos en sus lechos por la policía de Casado. El día 6 se mo- vilizaron algunas fuerzas del II Cuerpo al mando de nuestro camarada Asca- nio, ocupando Fuencarral y llegando al Hipódromo y a los Ministerios. En Alcalá, fuerzas de tanques y guerrilleros, avanzaron sobre el cuartel general de la Junta, situado en la carretera de Aragón, donde, tras breve combate con las fuerzas de la 70 Brigada, afecta a la Junta, ocupaban la posición y llega- ban a Las Ventas, dominando enteramente la carretera desde Alcalá a Ma- drid, y, al fin, se unieron con las fuerzas de Ascanio a través de la carretera de la Ciudad Lineal, quedando toda aquella zona en manos de nuestras fuerzas. En el interior de la ciudad, la situación de la Junta era apurada. Todas sus fuerzas se concentraron en torno a los puntos estratégicos para defender los accesos al Ministerio de Hacienda, en cuyos sótanos se instalaron los juntis- tas. Cuando el Partido se disponía a liquidar el refugio de la Junta, las tropas de Franco desencadenaron un furioso ataque en toda la línea del II Cuerpo de Ejército, desde Carabanchel hasta el enlace con el I Cuerpo, frente guarneci- do por tropas adictas al Partido Comunista. La situación se hizo gravísima, pues el enemigo había roto nuestras líneas. Nuestros .mandos decidieron re- peler el ataque de Franco, dejando para después sus asuntos con la Junta. Esto permitió un respiro a Casado.

 

Refiriéndose a este episodio, Edmundo Domínguez, comisario en el Cuartel de Casado, escribe en su ya citado libro: «El martes la situación se hizo más crítica. El I Cuerpo de Ejército, que hasta aquel día se había mante- nido en una actitud pasiva, se unió a las fuerzas que combatían al Consejo (Junta). El primer acto de hostilidad hacia él se llevó a cabo por la 200 Briga- da. Las fuerzas de Carabineros que dominaban hasta la calle de Alcalá perte- necían al III Cuerpo de Ejército y se habían sumado también a los que com- batían al Consejo.

 

«Casado ordenó al jefe de la 7.ª División que enviara la artillería gruesa y un batallón de ametralladoras. Esta unidad, mandada por un jefe comunista, no había participado en la lucha, atento éste a la defensa de las líneas de la Casa de Campo y de Rosales, y esta circunstancia la consideró suficiente Ca- sado para creerle disciplinado a su mando.

 

—«González, mándame tu artillería y un batallón de ametralladoras —le ordenó por teléfono.

 

—»Ven tú por ellas, traidor —fue la contestación.

 

»Indignado y enfurecido, Casado ordenó que las fuerzas que defendían al Consejo, y que estaban situadas en la Puerta del Sol, avanzasen por la calle del Arenal y atacasen el puesto de mando de la División, que estaba instalado en el Paseo de San Vicente, cerca de la plaza de España.

 

»Simultáneamente a este ataque, esta División se vio acosada por las fuerzas de Franco.

 

»Esta sospechosa coincidencia llenó de ira y de coraje a González y dis- puso la defensa rápidamente.

 

»Sin gran esfuerzo puso en fuga a las fuerzas de Casado hasta la misma Puerta del Sol, de donde habían salido, haciéndoles bastantes bajas y cogién- doles armamento. Pero esta acción había debilitado su línea de combate fren- te a los fascistas y se vieron obligados a replegarse hasta la puerta de la Casa de Campo, cerca de la Cuesta de San Vicente.

 

»Vencidas las fuerzas de Casado, organizan un ataque y al día siguiente recuperan las posiciones perdidas y hacen noventa prisioneros y más de tres- cientas bajas al enemigo.»

 

Este episodio que relata el comisario del Ejército del Centro, testigo de todas aquellas horas de hondo dramatismo, pone de manifiesto cómo los co- munistas se vieron obligados a hacer frente a dos adversarios, el del interior y el del exterior, a la Junta y a Franco. No obstante, les sobraban medios para acabar con la Junta, y hubieran acabado con ella fulminantemente, de haber tenido una dirección militar más enérgica y una comprensión más polí- tica de la lucha. Les faltó en los primeros momentos lo que Togliatti y Pasio- naria quisieron que les faltara. De cualquier manera la derrota de los juntistas era cuestión de unos días. La Junta se salvó por la orden de Togliatti.

 

—Yo mismo —seguía explicándome Montoliú— he sido comisionado por Diéguez para hablar con Casado. Está dispuesto a negociar. Después de esto he visto nuevamente a Diéguez (secretario del Comité Provincial del Partido en Madrid) y se disponía a salir en dirección a Madrid para entrevis- tarse con Casado. Entendí que nada me quedaba que hacer allí y rápidamente he venido a informarte.

 

Cuando llegó Larrañaga reunimos el Buró. Todos coincidimos en que habíamos llegado al fin. Las noticias que teníamos de los distintos frentes eran desastrosas. La disciplina se estaba rompiendo. Muchos soldados y com- pañías enteras, convencidos de la inminencia del triunfo de Franco, deserta- ban al campo enemigo con propósito de salvar sus vidas. Los mandos les de- jaban hacer. Ya no había moral combativa. El desplome podía ser vertical. Se trataba, pues, de intentar lo imposible: rehacer la situación, condicionando el reconocimiento de la Junta a la previa aceptación por la misma de algunos principios mínimos. Y escribí una carta a Diéguez en la que decía: «Nuestro reconocimiento de la Junta deberá condicionarse al restablecimiento de la normalidad, al cese de la persecución contra nuestro Partido, a que se restitu- ya a sus puestos a cuantos mandos y comisarios se han destituido por el solo hecho de ser comunistas, a que se abran cuantos locales de nuestro Partido han sido clausurados, a que se autorice la publicación de nuestra prensa, a que se ponga en libertad a todos los camaradas detenidos y se reanude la convivencia y unidad de todas las fuerzas antifascistas.»

 

Mandamos un correo a Madrid con estas instrucciones. Cuando llegó, nuestros camaradas habían ya pactado más o menos en las mismas condiciones. Casado lo aceptó todo. Después se portó como un canalla.

 

Nuestro enemigo es Franco

Un día o dos después llegó hasta la posición donde me encontraba un coche de turismo y, con no poca sorpresa y alegría, vi descender de él a Checa.

Checa era un excelente camarada, cuyo único defecto era su extremada modestia. Jamás consintió que se publicase una sola fotografía de él en la prensa del Partido. Infatigable, dedicaba al Partido dieciocho horas diarias de silencioso trabajo al frente de la secretaría de Organización.

 

—Me he quedado para ver si estando solo puedo realizar lo que no me han dejado hacer en muchos meses —me dijo contestando a mi pregunta de por qué no había acompañado a los camaradas en la huida.

 

—¿Qué es lo que quieres hacer en esta situación?

 

—Preparar como pueda la organización del Partido para la lucha contra Franco.

 

—¿Y no es muy tarde?

 

—Haré lo que pueda. Mi propósito es dejar organizadas guerrillas, depó- sitos de armas clandestinos, imprentas, direcciones y enlaces desconocidos, asegurar medios económicos... estructurar el Partido para la etapa de terror que va a vivir España.

 

—Eso no es tarea de unos días, sino de meses —observé.

 

—¡Qué quieres! Hace tiempo que vengo planteando la misma cuestión a los camaradas del Buró y de la Delegación; les he pedido cien veces que me liberen de todo trabajo para ocuparme exclusivamente de éste, y siempre me han mandado con comisiones a un lugar u otro, trabajo que podía hacer cual- quier otro compañero.

 

—¿Y por qué no exigiste una decisión terminante sobre ese problema? —pregunté.

 

—Exigir... ¿Quién podía exigir en nuestro Buró? Como insistiera varias veces cerca de Stepanov y de Togliatti, llegaron a decirme que «estaba obse- sionado por el espíritu de la derrota». Y, francamente, tuve el temor de que me consideraran derrotista. Cuando los vi decididos a huir, hasta me alegré. Por eso no me opuse a la salida. ¡Claro que hubiera sido igual!, pero conside- ré que así me dejaban las manos libres. Después tuve la desgracia de que me detuvieran en Alicante. ¡A poco me fusilan! Te buscaban a ti. Me pusieron en libertad. Llegué hasta Albacete. Fui al aeródromo de «Los Llanos». Hablé a los camaradas. Les dije que estuvieran listos para luchar contra la Junta. Todo cuanto me prometieron fue que se negarían a luchar contra el Partido, puesto que ya habían aceptado la autoridad de la Junta. La salida de Negrín y de la dirección del Partido los había desmoralizado. En Albacete he dejado ya una organización clandestina del Partido. He hablado también con los camaradas de Murcia y de Alicante. He venido a Valencia con el mismo propósito y quiero salir lo antes posible para Madrid.

 

—¿Y qué sabes de Togliatti? —pregunté.

 

—¿Togliatti? ¡Está en Valencia! ¿No lo sabías?

 

—¿En Valencia y no ha venido a verme? —exclamé todo extrañado.

 

—Sí, está refugiado en una casa que le ha facilitado Familiari (Ettore Vani) y ha editado un manifiesto que se ha comenzado a repartir. Aquí lo tengo —dijo Checa mostrándome un larguísimo manifiesto.

Comencé a leerlo y comprendí que era el broche que faltaba a la obra de Togliatti, para acabar con toda posibilidad de lucha y de resistencia de nues- tro Partido a la Junta. El citado documento comenzaba diciendo que «Los co- munistas no somos enemigos del Consejo Nacional de Defensa»... «podemos aceptar su autoridad»... «es necesario ponernos de acuerdo para negociar la paz»...

 

—¿Cuándo se ha distribuido este manifiesto? —pregunté a Checa.

 

—Pues creo que ayer o anteayer.

 

—Todo está claro, Checa. Este documento lleva la firma del Buró Políti- co. El que yo he redactado también la lleva. Hay, pues, dos Burós Políticos que hablan dos lenguajes diferentes. El manifiesto de Togliatti está hecho para contrarrestar los efectos del manifiesto escrito por mí. Que su contenido pueda coincidir más o menos con las directivas privadas que hemos enviado a nuestros camaradas en Madrid no le resta gravedad al hecho. Togliatti escri- bió su manifiesto cuando sabía que el nuevo Buró Político apoyaba la lucha contra la Junta. ¡Por eso no ha querido venir a verme!

 

—Todo esto es incomprensible —murmuró Checa—. A veces pienso que hemos perdido todos la cabeza. Procedemos sin sentido y de forma anár- quica. Cada uno por nuestro lado...

 

—No, no hay tal anarquía. Procedemos con arreglo a un plan monstruo- so, pero metódico, calculado, estudiado.

 

—¿Quieres decir que nosotros...?

 

—Nosotros somos los ejecutores mecánicos, los instrumentos ciegos de ese plan. Sin remontarnos a otros acontecimientos anteriores, partamos del momento en que nos propusieron abandonar la colaboración gubernamental. Nos opusimos. ¿Por qué?...

 

—Porque aquello hubiera sido una deserción y, posiblemente, provoca- do la catástrofe —afirmó Checa.

 

—¿Crees tú que Moscú ignoraba las consecuencias de su «consejo»?

¿Crees que Stepanov, Gueré y Togliatti, no alcanzaban perfectamente a com- prender, como nosotros, los resultados que hubiéramos obtenido? Y sin em- bargo nos empujaban afanosos hacia la catástrofe. ¿Por qué?...

 

—Es cierto, es cierto —concedió Checa, visiblemente impresionado.

 

—Después fue el Ebro, la gran epopeya del Ebro. ¿Es que no sabían los «consejeros» militares soviéticos que imponernos aquella batalla de desgaste era empujarnos al suicidio? Lo sabían. No son genios, pero tampoco son ton- tos.

 

Ofrecí un cigarrillo a Checa, y proseguí:

 

—Ya en la zona Centro-Sur, ¿no comprendían Stepanov y Togliatti que sólo un esfuerzo titánico podía sostener la situación? Lo sabían y en vez de buscar el remedio fomentaron el caos. Dispersaron la dirección del Partido. José Díaz a Moscú, Martínez Cartón en Extremadura al frente de su División. Uribe, errante detrás de la sombra de Negrín por cualquier rincón de España. Mije en Francia. Tú, secretario de Organización, por el Sur de España organi- zando los preparativos de la evacuación al extranjero de la dirección del Par- tido. Yo en Valencia, en el Comisariado General del Grupo de Ejércitos. Quedaron en Madrid Pasionaria, Stepanov y Togliatti, formando la «troika» de dirección.

 

—Efectivamente. Así quedó la dirección —afirmó Checa.

 

—¿Crees que esa «dispersión» fue casual? —pregunté.

 

—Comienzo a creer que no.

 

—La «troika» dispersó la dirección del Partido. La «troika» no hizo nada para ayudar a Negrín a organizar su aparato gubernamental, sabiendo que Negrín no contaba con otra ayuda que la del Partido. La «troika» mantu- vo el secreto de la organización de la lucha contra el posible golpe casadista ante los propios miembros del Buró Político, cuando menos ante Cartón y ante mí, los dos camaradas que por estar en el ejército podíamos haber contri- buido más eficazmente a tomar las medidas preventivas que impidieran la su- blevación o el éxito del golpe que se gestaba...

 

—Cuando yo pregunté si se os había informado —aclaró Checa— me dijeron que habían encargado a Delicado el daros verbalmente conocimiento de lo acordado.

 

—Delicado estuvo en Valencia, en mi propia casa durante varios días y nada especial me dijo, ni Cartón sabe tampoco una palabra.

 

—¡Qué extraño es todo esto!

 

—Nada de extraño, Checa. Es una línea de conducta. Veamos, si no, cómo se van eslabonando los hechos. La «troika» decidió esperar a que esta- llara la sublevación en vez de tomar las medidas para hacerla abortar. La «troika» no denuncia los manejos de los conspiradores ante la opinión públi- ca: mantiene el «secreto». La «troika», dando por supuesto que en Madrid se fraguaba el golpe casadista, decide abandonar Madrid. Admitamos que lo hizo por prevención. Bien, pero ¿por qué retira de Madrid a Modesto, Líster, Tagüeña, Vega, etc., nuestros más prestigiosos militares, que por su capaci- dad política y militar eran los hombres que podían asegurar eficazmente la di- rección de la lucha contra los sublevados? ¿Tú crees que los acontecimientos en Madrid no hubieran tomado otro sesgo de encontrarse allí un fuerte núcleo de nuestros camaradas?

 

—Sin duda.

 

—Pues bien, la «troika» los retira para sepultarlos en Elda, junto al aeró- dromo de Monóvar, donde tenía los aviones preparados para huir de España. La «troika» inspira a Negrín la necesidad de destituir a toda una serie de man- dos militares y propone en sustitución de los mismos a un puñado de nuestros mejores camaradas. ¿Sabía la «troika» que eso era tanto como incendiar el polvorín de la sublevación? Tenía que preverlo cuando menos. ¿Qué medidas prácticas había adoptado en previsión de esa contingencia? ¡Ninguna!

 

—De eso soy yo testigo —dijo Checa—. Precisamente les hice observar la posibilidad de que se produjesen resistencias y me contestaron que nada sucedería.

 

—También yo les indiqué la necesidad de que inmediatamente se hicie- ran cargo nuestros camaradas de sus nuevos destinos, y también me prome- tieron que lo harían. Y nada hicieron. Galán llegó a Cartagena y comenzó la sublevación. Vega fue a Alicante y dos días después lo encarcelaron. Ni antes ni después salió nadie más. No tenían interés en desmantelar la sublevación. Al amotinarse Cartagena, fui yo, personalmente yo, quien tuvo que dar la orden a la 10.ª División para que se trasladara a Cartagena. La dirección del Partido estaba de paseo.

 

—Yo me trasladé a Cartagena —dijo Checa—. Me encontraba en Mur- cia y salí para allá inmediatamente.

 

—Lo sé, lo sé —dije—. Sé que te encontrabas por Murcia pero ¿con qué misión? Con la misión de organizar la evacuación por mar al extranjero de la dirección del Partido, por si fallaban los aviones de Monóvar. Luego quiere decir que la «troika» pensaba en la fuga antes de que las circunstancias se la impusieran. La «troika» estaba tranquilamente jugando a las cartas en Elda en los momentos en que Casado se sublevaba en Madrid, y no quiso recibir a Enrique Castro, enviado especialmente por mí para informarles de la situa- ción, como tampoco recibieron al día siguiente a Larrañaga, que se trasladó a Elda con el mismo objeto. Togliatti, a quien Larrañaga tuvo que ir a buscar hasta Murcia, al ser informado de que teníamos fuerzas suficientes a nuestra disposición para, sin mover  un solo hombre de los frentes, apoderarnos desde las puertas de Madrid hasta Almería, es decir, de casi todo el territorio leal, en vez de enviarnos di- rectivas, nos da la orden de que nos traslademos al cruce de Elda con Novel- da, para envolvernos también, sin duda, en sus planes de fuga.

 

—Yo no he sabido hasta ahora ni una sola palabra de cuanto me dices al respecto —confesó Checa—. Sabiendo todo eso es criminal haber procedido con tanta cobardía.

 

—No creo en la cobardía física. Prueba de ello es que Togliatti se quedó. Todo ha respondido a su plan. ¿Por qué la «troika» conociendo todos estos hechos, sabiendo todas nuestras posibilidades en Valencia no informa a los camaradas reunidos en el aeródromo de Monóvar? ¿Por qué no les dice que, obedientes a la disciplina del Partido, sin contar con las fuerzas leales de Ne- grín, que se hubieran puesto a nuestro lado, el Partido disponía de tres Cuer- pos de Ejército de los cuatro que guarnecían el frente del Centro? ¿Por qué no les dice que contábamos con la casi totalidad de las fuerzas de los frentes de Extremadura y Andalucía y con dos de las tres Divisiones que integraban el XVII Cuerpo situado en Tarancón y con el XXII Cuerpo de Ejército a caballo sobre la carretera de Madrid a Valencia? ¿Por qué no les dice que la «Agru- pación Toral», integrada por nueve divisiones que se mantenían fuera de línea en el frente extremeño, estaban mandadas casi en su totalidad por fuer- zas del Partido? ¿Por qué no les dice que el XIV Cuerpo de Guerrilleros lo in- tegraban fuerzas comunistas y que disponíamos de una influencia casi decisi- va en la aviación y en los tanques? ¿Por qué no les dice que contra este in- menso volumen de fuerzas, casi todas ellas fuera de línea, la Junta apenas si contaba con las fuerzas del IV Cuerpo de Ejército y alguna que otra unidad dispersa en los frentes? Pero no. Todo esto se oculta y se opta por la huida del país «POR QUE NADA SE PODIA HACER», según la declaración de To- gliatti.

 

—Estoy anonadado, Hernández; anonadado y avergonzado. Lo que hemos hecho es para que nos fusilen —declaró Checa—, cuyo rostro estaba pálido, con palidez de cera.

 

—La «troika» —proseguí—, sin duda, estaba en antecedentes de las di- rectivas que después había Togliatti de trasmitir a Madrid, para guillotinar la lucha de nuestros camaradas contra la Junta, para desarmarnos a todos y re- ducirnos al miserable papel en que hoy nos encontramos. Por eso, y no por otra consideración, no quiso comunicarse conmigo durante la madrugada del 5 al 6 de marzo, y por eso dejó salir a Negrín sin que dijera una palabra al pueblo y al Ejército. Por eso Togliatti redacta ese manifiesto que me has traí- do, replicando al manifiesto del nuevo Buró Político, que podía echarle abajo todos sus planes. Por eso Togliatti, estando refugiado en Valencia, a tres pasos de mí, no ha querido venir a verme.

 

—Ahora está claro, muy claro para mí todo el juego criminal de que hemos sido víctimas —dijo Checa, trémulo de indignación.

 

—Nosotros mismos hemos hecho a Casado vencedor cuando lo tenía- mos vencido. Y todo el destrozo del Partido, la persecución contra nuestros militantes, los encarcelamientos y fusilamientos que se han hecho de nuestros camaradas, y este desplome de los frentes a que estamos asistiendo, y todo cuanto de catástrofe tenemos encima, es de nuestra exclusiva responsabilidad, porque podíamos haberla evitado.

 

—Hemos luchado de buena fe. Hernández; hemos hecho prodigios de organización; hemos despertado el sentimiento de heroísmo en nuestros mili- tantes; miles, decenas de miles de nuestros mejores hombres han caído en la lucha y muerto por España y por su pueblo como los mejores y los primeros, bien ajenos a esa miseria que nos convertía en instrumento de intereses extra- ños. ¡Es monstruoso! —exclamó Checa.

—Las palabras son de lumbre, queman la boca al pronunciarlas, pero no hay otras.

 

—Pero en nosotros no ha habido conciencia de esa monstruosidad, hemos sido soldados leales de una causa a la vez que víctimas de un engaño incalificable, de una mentira trágica —dijo Checa.

 

—Cierto, estoy convencido de que en todos nosotros, salvo contadísimas excepciones, no ha existido el propósito preconcebido de luchar contra noso- tros mismos, contra nuestro pueblo, lo que implicaría la traición y nos con- vertía en abominables traidores; nosotros hemos sido dirigidos en muchos momentos a pisar terrenos colindantes con la traición nacional. Nuestra fide- lidad y obediencia a Moscú, nuestra fe en los hombres del Kremlin, la con- fianza en los «consejeros» políticos nos presenta hoy mismo ante España a la mayoría de los miembros de la dirección del Partido como reos de deserción, de huida cobarde ante el enemigo en los momentos más críticos de la lucha del pueblo español y en la guerra este delito se paga con la vida, por lo que tiene de cobarde y desmoralizador.

 

—¡Miserables!, ¡Miserables! —musitó Checa.

 

—Somos hombres de pensamiento dirigido. Así lo hemos aceptado. Esa degeneración de la disciplina, esa interpretación jesuítica de la obediencia, esa sumisión absoluta a la jerarquía superior «como cadáveres que se dejan llevar y traer a donde quiera y tratar como quiera», que reza el Código de los Jesuitas; disciplina que comenzando por la sumisión del Buró Político ante los «tovarich», y de los militantes ante su superior inmediato, ya no tiene nada que ver con el centralismo democrático, pues es una disciplina de burro uncido a la noria que no sabe a dónde va ni a dónde viene, disciplina cuarte- lera, que anula la facultad de pensar, que envilece la dignidad humana y que es negación del hombre; todo ese concepto humano, brutal, de los hombres, de nosotros mismos, que la hemos aceptado y practicado, nos ha conducido al olvido de que ante todo y sobre todo somos hijos del pueblo español.

 

Yo ya no hablaba, gritaba, pues entró Mena a decirme que procurásemos hablar más bajo ya que todo se oía en la habitación inmediata donde ellos se encontraban.

 

-Prepáranos un café; lo estamos necesitando —dije a Mena.

 

—Lo que no puedo comprender bien es la razón que han tenido para consumar esta infamia con nosotros —dijo Checa.

 

—La razón —dije— no la busques en motivos nacionales, sino fuera de nuestras fronteras. No sé aún qué es lo que se proyecta, pero cualquiera que pueda ser el objetivo que se busque, vista la conducta de Moscú, nuestra gue- rra dificultaba el propósito, y optaron hace tiempo por acabar con ella. A eso responde toda la trayectoria de nuestra disparatada política de los últimos meses.

 

—¡Es duro y cruel, tenerlo que admitir! —declaró Checa.

 

—También para mí tenerlo que explicar. Monto mis suposiciones a la vista de lo «inexplicable» de los hechos. Debemos buscarles un origen. ¿Cuál puede ser? No puedo admitir que la U. R. S. S. haya querido nuestra desgra- cia por las mismas razones que Alemania; los motivos han de ser distintos. Desde el punto de vista ideológico la U. R. S. S. no tiene razones para desear nuestra derrota, sería un absurdo suponerla de acuerdo con las potencias fas- cistas para luchar contra nuestro pueblo. Para ser objetivos deberemos admitir que al iniciarse nuestra guerra los intereses soviéticos coincidían en general con los del pueblo español. Y la U. R. S. S., en el orden político, se sitúa pú- blicamente junto a la República y, aunque tardíamente, comienza a suminis- trarnos armamento. Con todas las limitaciones y altibajos la «ayuda» soviéti- ca nos ha servido en la guerra contra los facciosos. Es decir, de cualquier ma- nera, la Unión Soviética ha sido una potencia aliada a la República, que aún para poder hacer su propio juego se ha visto obligada a auxiliarnos. En ese aspecto es en el que digo que los intereses soviéticos coincidían en general con los de nuestro pueblo. Ahora bien; es indudable que en un momento de- terminado —¿Munich?—, las conveniencias soviéticas han entrado en con- tradicción abierta con los intereses de España. El «caso español» ya no les sirve y les compromete19.

 

—Desde el punto de vista de las conveniencias soviéticas —seguí di- ciendo— no cabe duda de que algo pretenden ganar a cambio de nuestro abandono y de nuestro sacrificio. Y para lograrlo nos abandonan y nos sacri- fican. Esto sí está claro para mí, aunque no conozca la urdimbre, lo que se quiere salvar o ganar.

 

—Cierto, cierto —admitió Checa visiblemente impresionado tanto por sus palabras como por las mías. Quedó un momento pensativo y después dijo:

 

—Quizá has puesto el dedo en la llaga. Siempre hemos admitido como una verdad inconclusa que la U. R. S. S. es el cerebro y el baluarte de la revo- lución mundial y que lo que es conveniente para ella lógicamente ha de ser conveniente para el futuro de todos los pueblos. ¿No es posible que esa con- veniencia a que te referías hace un momento, aún pareciendo particular de la U. R. S. S., encierre un interés general?

 

—Esa es nuestra última esperanza —dije—. Si no ha sido esa la razón que les ha inducido a nuestro sacrificio, tendríamos que declarar a voz en grito que una de dos: o emprendíamos desde ahora mismo una implacable lucha para desenmascarar a los embusteros o deberíamos pegamos un tiro en la sien por insensatos.

 

—Quiero creer que en el fondo de esa razón reside el motivo de la indig- nante política de Togliatti y de la conducta de la U. R. S. S. —declaró Checa agarrándose al clavo ardiente de la postrera ilusión.

 

. —El futuro nos lo ha de decir. Pero admitiendo que nuestra catástrofe responda a ese interés supremo, la explicación puede en cierto modo conso- larnos a nosotros, a los comunistas, ¿pero qué español, qué combatiente repu- blicano, que no tiene por qué creer en esos destinos mundiales de la U. R. S. S., la aceptará como válida? —argüí.

 

—De cualquier manera que sea —admitió Checa— todo el esfuerzo y sacrificio de los comunistas en la guerra, se verá oscurecido por esta turbia nebulosa que nos desdibuja como auténticos españoles; toda la gratitud y ca- riño de nuestro pueblo por la ayuda recibida de la U. R. S. S. se trocará en desprecio al saber que se nos ha dado no por solidaridad antifascista, sino por conveniencia nacional soviética o por cálculo de la estrategia comunista mun- dial.

 

—Será inevitable. Los comunistas seremos, a los ojos de nuestros com- patriotas, miserables agentes de una potencia extranjera, aunque esa potencia sea el País del Socialismo.

 

—En lo inmediato de nuestra actuación deberemos pensar más en nues- tra misión de comunistas españoles que en la de cruzados de una problemáti- ca revolución mundial, revolución que, para hacerla viable, deberá tener, antes que otra cosa un origen nacional. Concebirla de otra manera es aceptar como bueno el fangoso camino por el que hemos caminado durante estos tres años de guerra —afirmó con vehemencia Checa.

 

—Estoy enteramente de acuerdo contigo. A partir de ahora deberemos pensar que Moscú es Moscú y España es España, que los bolcheviques rusos tienen sus metas particulares y los comunistas españoles tenemos las nuestras propias, sin que ello presuponga romper ni en poco ni en mucho con nuestros principios internacionalistas —precisé con profunda convicción.

 

—Eso no será posible sin provocar un enorme cisma —indicó Checa.

 

—El cómo, ya lo veremos; lo que ahora importa es la decisión.

 

—A mí no me ha de faltar —afirmó Checa.

 

—A mí tampoco —declaré.

 

 

La lucha en Madrid había cesado, pero la persecución contra los comunistas no. Casado, con la saña de un viejo rencor amasado en su torva mentalidad de «militar de casta» buscó la revancha en un crimen estúpido: fusilando al coronel Barceló y al comisario Conesa, dirigentes de la lucha de los comunistas de Madrid contra la Junta.

 

La disciplina se había hundido de cuajo. La Junta fue aceptada, pero no respetada. ¿No era la paz, no se iba a acabar la guerra de un momento a otro?

 

¿Para qué luchar, para qué exponerse a una bala estúpida cualquiera? Los soldados abandonaban los frentes, se iban a sus casas, llenaban las carreteras hacia sus pueblos, con sus fusiles inútiles ya, colgados en bandolera, en cara- vanas penosas y sombrías, en las que florecía alguna vez, con un eco extraño en el silencio oscuro del camino, una canción fresca y viril del frente.

 

El pueblo comprendía, con su instinto infalible, que algo muy querido y muy hondo se desmoronaba, que el tesoro de su fuerza se le deshacía en las manos como un muñeco de arcilla, que la noche comenzaba a cerrarse sin re- medio sobre una España que había empezado a amanecer.

 

Y los soldados en los frentes, los desertores por las carreteras, las vale- rosas mujeres en los hogares humildes, con la vida sin brújula, rompían lenta- mente, como si partieran pedazos de sus venas, el carnet antifascista, el folle- to de propaganda, el retrato del hijo o del esposo en uniforme militar. En las calles flotaba la pregunta que ya tenía la España popular hincada en la raíz de su alma:

 

¿Se ha firmado la paz?

 

La vida —aquella vida que tenía unos días antes toda la luz de la lucha, toda la aureola del heroísmo, toda la esperanza de un pueblo cicatrizado en mil combates —se había hundido de pronto. La olfateaban los piquetes de ejecución, los látigos, las uñas rapaces, el odio entrañable y furioso de los vencedores.

 

Se veían caras nuevas, una gente nueva por las calles. Los señoritos con palidez de cautiverio, en los escondrijos de treinta y dos meses, se paseaban ahora tranquilamente por las ciudades con el haz de flechas bordado de bajo de la americana, con sus «¡Arriba España!», fugaces en las esquinas del salu- do de los que abrazaban al salir de las cárceles franqueadas por la mano cóm- plice del que buscaba una amistad en la España de Franco.

 

García Pradas, juntista, nos relata lo que pasaba en Madrid:

 

«En la retaguardia crecía la quinta columna. Las "banderas” de falan- ge recibían a todos los miedosos, a todos los traidores. Se repartió un mani- fiesto fascista, de noche, a favor de la oscuridad, por Madrid. Tenía el mismo tono que la propaganda de las trincheras. En la confusión de la lucha de Ma- drid, muchos fascistas fueron sacados de las cárceles y puestos en libertad. Manuel Valdés (jefe de la organización falangista de Madrid) fue excarcela- do y luego no hubo manera de encontrarle ni policía dispuesto a hacerlo.

 

»Más del cincuenta por ciento de la gente de nuestra zona evitaba el "comprometerse”; por el contrario, se "situaba", haciendo a los fascistas los más diversos favores. Se veía inevitable el triunfo de Franco.»

 

Era verdad. Todo se desmantelaba como un oscuro castillo de naipes que derriba la mano de un niño.

 

La Junta emprendió negociaciones de paz. Franco no aceptó otras condi- ciones que la capitulación incondicional. No le interesaba, seguro ya de su triunfo, acabar la guerra con la menor apariencia de paz negociada o de rendi- ción pactada. Le interesaba una victoria «totalitaria».

 

En los últimos días de la República, el Buró Político me encomendó la difícil tarea de organizar la salida de España de lo que allí quedaba como restos de la dirección del Partido, de Togliatti, y de la dirección de las Juventudes Uni- ficadas.

 

Para acercarme hasta Cartagena donde se encontraban las fuerzas de la 10/¹ División, al mando de nuestro camarada De Frutos, necesitaba burlar la vigilancia de la Junta. Me despojé de mi uniforme y me vestí con uno de ca- rabinero. Me vendé la cabeza y me hice colgar al cuello una etiqueta médica que me identificaba como el sargento Francisco de la Mota, herido de cabeza, con destino al hospital de Murcia. Una ambulancia del Ejército de Levante, al cuidado de dos camaradas enfermeros, vino a recogerme y de esta manera lle- gué sin dificultad a mi destino.

 

En Cartagena no quedaba ni una lancha de pesca. Por mar la evacuación era imposible. Por tierra estábamos separados de todas las fronteras por los ejércitos de Franco. Quedaba una sola posibilidad: el aire. Era el 25 de marzo. La Junta había ofrecido a Franco que ese día haría la entrega de toda la avia- ción republicana a modo de «rendición simbólica». Cerca de Murcia había una Escuela de Aviación que disponía de tres o cuatro «Dragones» franceses, que debieron hacer servicio en la primera guerra mundial. No lejos de este ae- ródromo se encontraba otro con diez o doce «Natachas» rusos. Por malos e inservibles, estos aviones no figurarían en la «rendición». Las guarniciones de ambos aeródromos la componían un centenar de soldados, con mandos adictos a la Junta y con pilotos que, lógicamente, los que no pensaban que- darse con Franco, tenían proyectado huir con sus familias en los propios apa- ratos.

 

Mandé un correo a Valencia llamando urgentemente a todos los camara- das que deberían salir. Al día siguiente comenzaron a llegar. Cuarenta y ocho horas después se habían concentrado no menos de cincuenta camaradas acompañados de sus esposas e hijos. Entre ellos, Diéguez, miembro del C. C. y secretario de la Organización de Madrid; J. Antonio Uribes, Diputado co- munista por Valencia y miembro suplente del Buró Político; Togliatti, a quien no había visto desde Elda; Checa, Zapiráin; Larrañaga, que decidió quedarse en España; Palau, y los camaradas más destacados de la Juventud.

 

Mi plan fue el siguiente: La dirección del Partido abordaría los «Drago- nes»; los jóvenes los «Natachas». Nos dirigiríamos antes de las primeras luces del día hacia los aeródromos acompañados de veinte o treinta compañe- ros de la máxima confianza de la División de De Frutos, sorprenderíamos a las guardias, nos apoderaríamos de los aeródromos y exigiríamos a los pilotos a conducirnos a Orán.

 

Entre Togliatti y yo no se había deshecho el hielo. Ni él ni yo teníamos ganas de discutir. ¡Tan claro estaba todo! De otro lado, Togliatti se había en- cerrado en un mutismo hermético, sombrío. Las horas que en España convivi- mos todavía juntos, las pasó ensimismado, silencioso. Cuando Checa le pre- guntó su opinión sobre nuestro plan, oí que le contestaba: «eso es cosa de us- tedes».

 

Aprobado el plan decidimos ejecutarlo al día siguiente. Silenciosamente salieron los coches de turismo precedidos de un camión donde iban treinta hombres portando fusiles ametralladoras. Los centinelas nos vieron sin extra- ñeza. Ya no sabían quién mandaba ni a quién tenían que obedecer. Fuimos re- levando uno por uno a todos los centinelas. En el pabellón donde dormía el resto de la guardia, situamos a dos compañeros con los fusiles ametralladoras listos. Nadie hizo resistencia. Rompimos los hilos telefónicos y nos dirigimos al pabellón donde reposaban los pilotos y mecánicos. Les hice un breve dis- curso invitándoles a seguirnos, puesto que Franco entraría al día siguiente en Madrid. El capitán del campo llamado Ramos, militante del Partido y otro pi- loto, también del Partido, se prestaron de buen grado. A un tercero le obliga- mos a punta de pistola a poner el avión en marcha. Abordamos los aparatos, saludados por última vez por aquellos sencillos camaradas que alzaban el puño cerrado deseándonos buen viaje, mientras ellos se quedaban en una tie- rra que les iba a servir de tumba y partimos rumbo a Orán.

 

Amanecía el día 28. Entre las brumas del mar distinguí inmóvil un ban- derín de humo. Era un navío de guerra franquista que trataba de impedir que ningún barco se acercara o saliera de España.

 

Miré hacia atrás. La tierra de España semejaba una enorme mancha obs- cura, sus costas apenas si se distinguían en las sombras del incierto amanecer. Al día siguiente Franco tenía anunciada su entrada en Madrid, en la capital del mundo antifascista durante algunos años, que desangraba y tendida sobre sus piedras, con los muñones de sus escombros, mutilada y vertical, como un héroe, había hecho imposible la conquista militar del enemigo, que dentro de unas horas desfilaría con los negros fusiles cargando la pólvora de la revan- cha, de la venganza implacable y feroz, insaciables al botín de sangre y de dolor republicanos.

 

Mi imaginación me mostraba a «los triunfadores», con un resplandor de bayonetas, con sus oficiales a caballo y el ruido ronco de las piezas de artille- ría. Pasaban por las calles vacías, desiertas, cerradas, sin una mirada humana en los balcones, sin una mano tendida en sus calles, sin una voz en las plazas mutiladas por las bombas de quinientos kilos. Nadie, nadie, nadie. Los gritos de «¡Arriba España!» y «¡Viva Franco!», sonaban sin eco, desesperados, en la soledad y en el silencio de la ciudad hermética.

 

Franco había podido ganar la guerra.

 

Franco no podría jamás conquistar a España.