(palabra del condestable Carlos de Borbón Conde de Montpensier y general de os ejércitos franceses)

“Madre, de todo no me ha quedado más que el honor…y la vida, que está salva”

(Carta del prisionero Francisco I a su madre, la regente Luisa de Saboya)

 

 

El 12 de agosto de 1525 se inició el cautiverio de Francisco I de en Madrid. Ese día llegó a la villa del Manzanares, cuando aún no era capital del reino. Pero sí era una de las ciudades más importantes, tanto que esos días el emperador Carlos se encontraba en ella.

Por eso trajeron aquí al prisionero. Por eso, y porque alguien decidió que había edificios adecuados para retenerlo. Durante mucho tiempo se ha dicho que el primero de ellos fue la Torre de los Lujanes, en la plaza del Salvador, hoy Plaza de la Villa.

La Torre es un lugar adecuado para la reclusión. Pero a la vez era edificio principal, propiedad de la familia de los Luján, una de las más poderosas de la villa. Construidas en el siglo XV, hoy la Casa y Torre de los Lujanes componen el edificio civil más antiguo de Madrid.

Pero los investigadores no están seguros de que el cautiverio de Francisco I tuviera lugar aquí. Algunos apuntan que la Torre de los Lujanes sólo sirvió de primer acomodo en espera de que le acondicionaran una estancia en el Alcázar. En cualquier caso la leyenda de la Torre como prisión ha permanecido.

 

Francisco I en el Alcázar

Donde sí debió de residir Francisco I durante su cautiverio fue en el Alcázar. Aquí tendría a su disposición unos aposentos acordes con su rango. Por eso se dice que más que un prisionero a veces parecía un invitado. El propio Carlos I se interesó por la comodidad de su homólogo francés.

El Alcázar era a principios de siglo XVI el palacio más importante de la villa. Por entonces estaba inmerso en obras de ampliación y mejora, que continuarían incluso con Felipe II. Fue Felipe quien, una vez acondicionado el edificio para su familia y la Corte, decidió establecer la sede de la monarquía en Madrid. Era 1561 y desde entonces Madrid sería la capital del reino, con un pequeño interludio de cinco años en Valladolid.

Con las mejoras y ampliaciones, el Alcázar llegaría a ser un palacio digno de una corte europea. Tenía espacio para vivienda regia, fiestas cortesanas, capilla y dependencias de gobierno. En siglo XVIII el edificio ardió en llamas y aún los investigadores se preguntan cómo ocurrió. En su lugar se levantó el Palacio Real, que hoy podemos visitar en la Plaza de Oriente.

Durante su cautiverio, el rey francés disfrutaba de libertad de movimientos en Madrid. Acompañado por una guardia española, podía salir al campo, seguramente a los bosques cercanos, y cazaba cuando quería. Tampoco tendría mucha prisa Francisco I en volver a París, donde le esperarían mil asuntos y responsabilidades. Eso y el sonrojo de haber sido derrotado y capturado.

 

Bien, pues fue durante su estancia como prisionero en Madrid cuando le escribió a su madre, Luisa de Saboya, que ya actuaba como Regente de Francia, la carta que se haría famosa en la Historia y de la frase que tantísimas veces se ha hablado: “Madre, de todo no me ha quedado más que el honor… y la vida, que está salva”… pero también se pudo saber, por las memorias inéditas del condestable Carlos de Borbón, Conde de Montpensier y general de los ejércitos franceses que había sido antes de romper con la Corte de París, al parecer por unos amoríos que tuvo con la propia madre del Rey, y pasarse a las fuerzas del Emperador español, Carlos I.

Se cuenta que a pesar de haber estado en frente en los campos de Pavía el condestable tenía gran respeto y amistad con su primo Francisco I y por ello le visitó en la Torre de Luján. Al parecer, fue allí donde Francisco I, hundido, desmoralizado, le pidió consejo y el condestable sin dudar le dijo: “Mi Rey, siento deciros lo que os voy a decir, pero UN REY DERROTADO, HUMILLADO Y PRISIONERO DE SU PRINCIPAL ENEMIGO NO PUEDE REINAR… mi  consejo es que abdique en su hijo Enrique y se olvide de Pavía”.

Naturalmente, Francisco I no le hizo caso, y aunque firmó el deshonroso Tratado de Madrid, nada más volver a Francia volvió a enfrentarse con Carlos I. Vaya como dato curioso que el Tratado de Madrid le obligaba a renunciar a sus derechos el Milanesado, Génova, Borgoña, Nápoles, Artois, Tournai y Flandes en favor del emperador Carlos. Además, se comprometía a casarse con la hermana de Carlos, Leonor, y a enviar a dos de sus hijos a España como garantía del cumplimiento del tratado.

La verdad es que Francisco I nunca ocultó que en cuanto recuperara la libertad, y a pesar de que sus hijos estuvieran en España como rehenes rompería el Tratado y actuaría como Rey de Francia… y ese fue el error fundamental del Emperador: prestar sinceridad a Francisco I, pues repetidas veces había declarado, tanto a Lannoy, como a Pescara y Alarcón (los hombres del Rey Carlos) que no aceptaría las condiciones impuestas por el vencedor, apretado por la necesidad y con el decidido propósito de eludir su compromiso. “pensando obligarle a lo pactado, exigía Carlos I de aquel Príncipe palabra de Rey y caballero, y el monarca galo se avenía todo, consentía las cesiones territoriales antes mencionadas, entregaba a sus dos hijos, el Delfín y el duque de Orleans, prometía ratificar el pacto en el plazo de mes y medio a contar de la fecha de su liberación, y hacerlo confirmar por el Parlamento y los Estados antes de 4 meses, sopenas de reintegrarse a su prisión. Pero el día anterior a la firma ya declaraba todas las clausulas del convenio nulas por completo y sin efecto”.