El próximo día de Reyes habrá un hueco de luto en una fachada sencilla del Puerto Camaronero, frente a la Torre del Oro. En la otra acera, una plancha de hierro recientemente desaparecida decía que allí tenía el tranvía su parada terminal. Guiños fatales de la vida, última pareja de la muerte delante del paso de Manuel que cruza el río lanzando al cielo perdido de Triana y Sevilla una eterna expiración, como un ayayay salido de lo hondo de la Cava. Ha muerto Aquilino Duque, con quien tanto quería, y es como si los versos de Bécquer al otro extremo del río, allá por la Barqueta de sus días iniciales se hubieran echado a las aguas a navegar hasta la casa natal de uno de sus más grandes epígonos, casita que sobrevive al poeta, como los poemas mismos. Por San Jerónimo quería Gustavo que le enterraran, donde habitara el olvido y el agua de Heráclito lamiera sus huesos. Tremenda coincidencia. Esas mismas aguas pasarían por delante de la casa donde se crio la madre de los Machado, doña Ana—“Antoñito, hijo, ¿falta mucho para Sevilla?”—, en la misma acera de la casa natal de Aquilino, al otro extremo de la calle Betis—entonces “Del Río”. Cuando paso por allí me gusta imaginar a aquella niña contemplando desde su balcón el flamante puente de Triana, inaugurado dos años antes de su nacimiento. Ahora soñaré también con un Aquilino de pantalón corto mirando la Torre del Oro, la Giralda y allá al fondo el mismo puente que aún recordaba doña Ana, aquel entonces en el tan lejano Madrid. Por si fuera poco, en este diálogo de orillas, estaba Rafael Montesinos en un balcón de Reyes Católicos o en los jardines que hoy llevan su nombre y donde saboreara el agridulce y perdurable fruto del amor germinal.

Hablé por última vez con el poeta recién fallecido hace cuatro días, literalmente. Teníamos apalabrado grabar en vídeo sus vivencias. Con noble esfuerzo, me habló de su futura operación, que nos obligaba a postponer nuestra cita. Ahora, la gran traicionera —“nadie es libre de morir su muerte”— aplaza su voz para siempre. Pero como Aquilino Duque era poeta de justicia, creo preciso dejar constancia de algo que empaña este adiós con la vileza de la condición humana de la que él fue señalada víctima. El Ayuntamiento de Sevilla aprobó en su día colocar un azulejo en su casa natal, y encargó la obra. Ejecutada ésta, se produjo uno de esos vuelcos volanderos de la política y la placa concilió el sueño de los justos en un almacén municipal. Porque Aquilino Duque cometió un inmenso error, que se sumaba al de haber nacido en la España de 1931: el de ser uno de los españoles más soberanamente independientes que haya habido, y como tal, polémico e insobornable. De modo que cuando, en fecha muy reciente, algún munícipe volvió a poner sobre la mesa la colocación del testimonio artesanal, la junta municipal del distrito de Triana lo discutió, lo sometió a votación, y se produjo un empate —imaginen entre quiénes—. Sólo el voto “de calidad” de la delegada —obviamente, socialista—resolvió que la placa continuara sine die sin poner. Entonces, Aquilino vivía entre nosotros en carne mortal. Hoy vive de una manera que ningún enredador encaramado en las demagogias podrá nunca encarnar. Aquilino no necesita ya placas, porque su mirada desde el Puerto Camaronero ha vencido al tiempo: “Reloj de arena, tu cuerpo./ Te estrecharé tu cintura/ para que no pase el tiempo”.