De los 5 años vestido "con la misma ropa" de Felipe V, el francés que llegó a España por la fuerza, a las "películas pornográficas" de Alfonso XIII, el Rey que batió el récord de amantes, pasando por los “cuernos” de Carlos IV el “pene asesino” de Fernando VII, la “ninfomanía de Isabel II, la “tuberculosis sexual” de Alfonso XII, las Corinas de Juan Carlos I y las novias de Felipe VI.

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Hoy  FELIPE V "EL REY RANA" (2)

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El Museo  de Bellas Artes de Valencia exhibe desde los años 50 un retrato de Felipe V boca abajo. la obra está firmada por el pintor local Josep Amorós. Y la decisión de girar el cuadro la tomó Carlos Sarthou Carreres, por haber atacado al pueblo en una de las batallas de la Guerra de Sucesión.

Señores, amigos míos, como escritor sé que no es demasiado correcto romper el hilo narrativo del biografiado, pero me ha llamado tanto la atención una de las escenas que saldrán después en su momento que no me resisto a trasmitírsela a los lectores de entrada. Según uno de sus biógrafos, como ya adelantábamos el otro día, padecía desde muy joven una pasión sexual que rayaba en la ninfomanía que le obligaba a hacer el amor sin cansarse y parece ser que su primera mujer, María Luisa de Saboya, supo seguir los pasos de su marido (no hay que olvidar que en ese momento el Rey tenía 17 años y ella 12) hasta el punto que los médicos tuvieron que intervenir para evitar alguna enfermedad al joven Rey. Y a tal punto llegó el tema que se celebró una reunión del Consejo de Estado (Consejo de Ministros de hoy) para deliberar cuántas veces al día se le debían permitir a Sus Majestades hacer el amor… ¡increíble, pero cierto! ¡un Consejo de Ministros estudiando las veces que los Reyes deben o pueden hacer el amor! ¿Cómo, pues, podría ser, fue, aquel Reinado que duró 46 años?

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Pero sigamos, porque para poder juzgar a Felipe V y sus 46 años de Reinado hay que comenzar, naturalmente, por conocer al Duque de Anjou, el nieto del poderoso Luis XIV de Francia que vendría a reinar en España.

 

¿Quién era y cómo era aquel duquesito francés que con 17 años se iba a transformar en Rey de España, todavía a esas alturas de 1700 uno de los grandes Imperios del mundo?

 

La Historia se limita a decir que era el segundo hijo del Delfín de Francia (el heredero de la Corona) y hermano, por tanto, del futuro Rey de Francia y nieto de Luis XIV… y que era un joven muy despierto e inteligente, aunque algo aniñado por haberse criado entre mujeres.

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Pero la Intrahistoria dice de él que era “un joven ciclotímico” con alteraciones fugaces descritas por sus contemporáneos como el “mal de los vapores” (trastornos y crisis de tristeza o ansiedad o ráfagas de cansancio o abatimiento)

 

El doctor Cabanés (1927) incorpora a la descripción del «mal de los vapores» del niño o adolescente futuro monarca de España los síntomas somáticos siguientes: la sensación de cabeza pesada o vacía como si fuera a estallar, la dificultad de la respiración y la agudización del temor a la muerte alentado por una actitud hipocondríaca. Una serie de quejas coincidentes con la sintomatología somática de la depresión, pero sin encajar en esta rúbrica diagnóstica dada su brevedad.

 

El duque fue atendido de estos síntomas por Helvecio, el médico de confianza de Luis XIV. En algún lugar se nos dice que su abuelo, Luis XIV, había sufrido de síntomas semejantes en sus años infantiles.

 

Y también hemos de mencionar que Felipe comenzó a sufrir ligeras fluctuaciones espontáneas entre la exaltación y el decaimiento, o sea, .entre la elevación y el descenso del tono vital. Estas fluctuaciones que se reflejaban en el estado de ánimo o en el impulso de acción son el rasgo definidor del temperamento ciclotímico, el terreno personal más propicio para la incidencia del trastorno bipolar. No está de más, por tanto, dejar señalado que la ciclotimia comenzó a mostrarse en Felipe muy precozmente, en la edad escolar o en la adolescencia precoz, y que imprimió a su perfil personal una impronta de inestabilidad.

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La cadena de sus episodios depresivos vueltos sucesivamente más graves y prolongados, se inauguró cuando el joven Felipe de Anjou estaba a punto de ser coronado como rey de España. Gradualmente su historia existencial fue reemplazada por su historia clínica y el rey valeroso y animoso de joven fue dejando el paso al REY MARIONETA primero y al REY FANTASMA después, según veremos más adelante.

 

En realidad, y a decir de los biógrafos, no hubo un Reinado sino dos:

 

Uno, el que va desde su proclamación en 1700 hasta tu abdicación, y otro el que va desde su vuelta de la abdicación hasta su muerte en 1746.

 

Eso es lo que dice la Historia.

 

Pero, la Intrahistoria ajusta esos dos Reinados a sus dos matrimonios, por las diferencias abismales que hubo entre uno y otro, el primero con María Luisa de Saboya que va desde 1701 cuando se casa a 1714 cuando muere ella. Y el segundo, con su segunda mujer, Isabel de Farnesio, que va desde 1715 hasta su muerte. Ella le sobrevivió varios años más.

 

Y hay quién advierte (el biógrafo y psiquiatra, Don Francisco Alonso Fernández, para mí el hombre que más estudió la personalidad del Rey francés)  que su Reinado se segmentó en tres periodos totalmente distintos.

 

  • En la primera etapa (1701-1714), Felipe se mostró como el «rey héroe», el salvador de la unidad nacional española, el guerrero valiente, el gobernante generoso, el libertador del pueblo del yugo del clero y de la Inquisición, el monarca españolizado hasta la médula que renunció a la Corona francesa para permanecer como rey de España.

 

  • En la segunda etapa (1715-1724), fue el «rey muñeco». Corroído por el trastorno mental, secuestrado por la acerada reina, dominado por el confesor y manipulado por el cardenal Alberoni, permitió dar un giro total a su orientación política y religiosa en forma de hacer guerras innecesarias y tolerar una reactivación terrible de los tribunales de la Inquisición a partir de 1715, recrudecida entre los años 1720 y 1725.

 

  • En la tercera etapa (1725-1746), se configuró como el «rey fantasma»: un monarca perdido en el laberinto de sombras de su trastorno mental, un gobernante invisible y un rey roto, un rey al que se le obligaba a seguir siendo rey.

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En tanto, en la primera etapa gobernó desde sí mismo, en la segunda y tercera fue víctima de dos tremendas desventuras biográficas. Una de ellas encarnada en la imagen de una segunda esposa dominante y pérfida, y la otra, inducida por un trastorno mental bipolar polivalente y progresivo. Ambas etapas de desgobierno fueron el producto de su eclipse como monarca.

 

El 20 de mayo de 1721, Felipe V llenó de horror su biografía, aunque con la impronta de irresponsabilidad, al asistir a un auto de fe, donde se quemaron vivos un hombre y una mujer, fueron exterminados con garrote un hombre y dos mujeres, librados del fuego «por haberse convertido», y se azotó por las calles a un hombre y cinco mujeres, casi todos ellos castigados por criptojudaísmo. Al gran poder adquirido por el Santo Oficio en «el segundo reinado de Felipe V», contribuyó, como pone de relieve Menéndez Pelayo, «la protección de Isabel de Farnesio, fervorosísima católica».

 

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Con María Luisa de Saboya, la primera mujer

En el mismo año de 1701 – escribe Alonso Fernández- en que Felipe de Anjou, un joven inexperto de diecisiete años, fue atrapado para sentarlo en el trono de España, sin haber recibido una preparación específica para ello, se le asignó como compañera .nupcial a María Luisa Gabriela de Saboya, una niña despierta de doce años, prima del que iba a ser su esposo, hija de los duques de Saboya, Víctor Amadeo II y Ana María de Orleans y sobrina nieta de Luis XIV. La ventaja masculina de cinco años de edad existente entre ambos era la diferencia mínima considerada como idónea en aquel tiempo para que el hombre pudiese ejercer la tutela de la mujer en una forma conveniente o adiestrarla en la conducta sexual. 

Se aceleró el casamiento con el propósito de facilitar al rey una esposa adecuada, contando con que su compañía le serviría para encontrarse mejor en una tierra extraña para él como era la española y además para ahuyentar los «vapores depresivos» que le venían acometiendo desde la edad escolar, con una tendencia progresiva. Más que una esposa se trataba, por tanto, de proporcionarle una pareja que le sirviera de compañía y de alivio terapéutico mediante el desahogo sexual. Con mucha frecuencia la gente de aquel tiempo relacionaba las crisis de Felipe con la contención sexual, tanto más cuanto se contaba con la observación de que era un muchacho hiperlibidinoso.

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Para cubrir ambas funciones podía servir cualquier mujer de la masa media de la población. Pero la coyuntura nupcial invitaba a aprovechar el momento en pro del interés político, buscando una nueva alianza, como solía disponerse el matrimonio de los reyes en aquellos tiempos. Inmediatamente, el espíritu despierto de Luis XIV, el abuelo del rey, propuso como candidata a María Luisa de Saboya, llevado por su interés en estrechar los lazos con el duque de Saboya, padre de la princesa elegida y gobernante de una plaza estratégica.

La indicación de Luis XIV, como todas las suyas, fue tomada como una orden que exigía el inmediato cumplimiento. En este caso se trataba de una orden grata de cumplir, ya que la candidata elegida gozaba por doquier de la fama de ser una muchacha inteligente, culta, prudente y sobre todo simpática y encantadora. Por su parte, Felipe V vio que con esta elección se cumplía su ferviente anhelo, mantenido en secreto, de tener una mujer de características humanas análogas a las de su cuñada, la esposa de su hermano Luis de Borgoña, que tan bien le había caído cuando convivieron en la corte de Versalles. Circulaba con insistencia el rumor de que las dos hermanas eran afines en sus facultades y sus tendencias. Apurando la comparación entre ambas, se llegaba al resultado de que María Luisa Gabriela era por lo menos tan inteligente y agradable como su hermana mayor, la esposa del segundo heredero del trono de Francia, el hermano primogénito de Felipe, y que si esta había sido capaz de conquistar Versalles y ocupar un lugar de privilegio en los afectos del difícil rey francés, la futura reina española disponía de talento suficiente para desempeñar con el mayor éxito el complicado papel de esposa de Felipe V y convertirse en el ídolo de su pueblo. 

Así como el propósito político perseguido por el rey Luis XIV a través de este enlace nupcial se truncó algunos años después, a causa de la decepción ocasionada por el duque de Saboya pasándose al bando austriaco y tomando las armas contra su hijo político, las favorables previsiones sobre la imagen de Luisa Gabriela fueron desbordadas por una realidad todavía más afortunada.

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Quien quedó algo en evidencia con su severo juicio sobre María Luisa fue el Duque de Saint-Simon (1983-1988), cronista de la corte de Versalles y pluma poco pródiga en errores, cuando la presentó como «inteligente, pero de una ingenuidad pueril».

María Luisa sorprendió a todos con el rápido logro de una espléndida madurez personal femenina, que le permitió integrarse con celeridad en la corte española y ayudar al rey a regularizar su funcionamiento sexual y dar el salto mortal hacia la españolización, los dos grandes problemas que asediaban a Felipe. Y si él mereció el título del rey Animoso, ella no se le quedó a la zaga como persona resuelta.

La reina María Luisa de Saboya fue descrita por la gente de su tiempo como una mujer menuda, agradable y hermosa, aunque sin llegar a ser lo que se dice una belleza. Esta impresión se confirma en los retratos suyos que se conservan. Una mujer latina por los cuatro costados: de baja estatura, cabello castaño oscuro, ojos negros, brillantes y vivaces, pómulos algo abultados, boca pequeña con unos labios provocativos y sensuales. Una imagen física de mujer volcánica en el plano erótico que se complementó a la perfección con un rey desbordado por el torrente de su libido sexual. El lecho fue para ambos la cuna del amor y el acomodo de la amistad. No hubo entre ellos un vínculo de dependencia, sino un lazo de compenetración física y mental. A Felipe V le ocurrió con María Luisa lo contrario de lo que le sucedería con su segunda mujer, Isabel de Farnesio, mujer estrecha y autoritaria, que se sirvió de la exaltación libidinosa del monarca para convertirlo en un hombre dependiente suyo y manejarlo a su antojo.

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Después de haberse celebrado la ceremonia nupcial por poderes en Turín el 11 de septiembre de 1701 y en persona en Figueres (Cataluña) el 2 de noviembre de 1701, la reina niña reaccionó durante la cena con una rabieta de lo más infantil, a causa de haberse servido todos los platos confeccionados al estilo español, sin presencia alguna de la cocina italiana. La trifulca entre ambos esposos se prolongó al día siguiente impidiéndoles reposar juntos. Y no fue sino al tercer día cuando se olvidó el incidente y se consumó el matrimonio. Hay múltiples opiniones de que este cumplimiento erótico inaugural aconteció con toda fortuna, si bien el doctor Cabanés (1930) abduce haber tenido una confidencia de que, a causa de la corta edad de la reina, fue una noche blanca, entretenida con una conversación política. La información general es que, a causa de haberse proporcionado una profunda satisfacción mutua, los nuevos esposos permanecieron encerrados en el dormitorio durante una semana completa. A continuación pasaron cinco meses en Barcelona y otras localidades de Cataluña viviendo los agasajos en recepciones celebradas en su honor como un acicate para avivar la pasión amorosa recíproca. Desde entonces, su relación sexual funcionó a las mil maravillas, con una frecuencia de al menos un acto diario, salvo en las separaciones forzosas.

 

A este respecto, el doctor Cabanés describe un diálogo entre el consejero íntimo del rey, el marqués de Louville, y su confesor, el padre jesuita Daubenton, que parece extraído de una escena de vodeville. Daubenton se lamenta ante Louville de haber encontrado al rey más tonto que nunca, con una acumulación de «vapores» que él atribuía a la excesiva pasión de Felipe V por la reina. Al tiempo, el padre jesuita lamenta encontrarse perplejo dada su incapacidad para distinguir en la esfera sexual el uso del abuso y pide consejo a su interlocutor. Louville le responde que tampoco él estaba casado, por lo que sus conocimientos sobre este asunto no sobrepasan a los del jesuita, pero que había oído decir a los médicos que en estas cosas no existen reglas fijas, sino que los hábitos dependen de la constitución de la persona, la edad, el clima y la estación del año. Llevado por el atrevimiento del momento, el padre jesuita plantea a su amigo la pregunta siguiente: «Si el Rey Católico tuviera dos actos por día ¿habría abuso? Porque es lo que ocurre en este caso». De mutuo acuerdo, ambos decidieron aconsejar al rey moderación sexual y que durmiera solo en una habitación, consejo desde luego no aceptado ni cumplido. 

Aparece la Princesa de los Ursinos 

María Luisa contó en todo momento con el apoyo de su camarera mayor, la princesa de los Ursinos, tanto en la vertiente personal como en la pública. El apoyo prestado en ambas vertientes por la de los Ursinos, como amiga y como asesora de gobierno, sirvió para disipar los momentos de soledad de la reina niña y para aportarle una experiencia política de la que ella carecía.

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La princesa de los Ursinos, Ana María de la Trémoille de nombre de pila, era la hija primogénita del duque de Noirmontiers y de su esposa Renata Julia Aubry. Había nacido en Francia en 1641. Casada a los quince años con el príncipe de Chalais. Enviudó catorce años después, en 1670, sin haber tenido descendencia y quedando en situación económica precaria. Volvió a casarse con el príncipe italiano Orsini, de donde le viene el nombre castellanizado por el que se la conoce habitualmente. Viuda por segunda vez en 1698, retornó a Francia y allí se ganó la confianza de Luis XIV. Esta distinguida mujer jugó un papel decisivo en la causa sucesoria española determinando el vuelco del cardenal Portocarrero hacia el bando francófilo poco tiempo antes de la muerte de Carlos II.

 

La de los Ursinos anudó con la reina niña una profunda amistad sellada con la impronta de la tutela maternal, dada la dilatada diferencia de edad entre ambas. Nunca hubo un entendimiento tan perfecto entre una mujer italiana y una francesa. Cuando María Luisa se vio desasistida por su padre, el duque de Saboya, enfrentado con Felipe V por un interés político, la veterana francesa la consoló y protegió hasta un límite inconcebible. Formó con la pareja real una especie de trinidad de poder, en la que su dilatada experiencia política la convirtió muchas veces en la cabeza rectora de la corte española.

 

El triunvirato configurado por Felipe V, su esposa María Luisa y la dama de los Ursinos estaba animado por la circulación de confidencias, el intercambio de ideas y la proyección mutua de sentimientos de amistad y estimación. Dentro de la complejidad de su dinámica, uno de los elementos clave fue subsanar la indecisión proverbial de Felipe V con la intervención de la impetuosa reina y el asesoramiento de la enérgica camarera mayor. Pero no se trataba de una cadena lineal de sumisión: princesa de los Ursinos → reina → rey, sino de un influjo personal recíproco Fruto de esta reciprocidad, sobrevino el cambio funcional en la camarera mayor, quien al comienzo del reinado era una mera transmisora de las influencias de Luis XIV, y finalmente se convirtió en fuente de influencia propia, tomando una actitud cada vez más independiente.

 

Cuando en 1708 Luis XIV, el llamado «rey cristianísimo», apodado así desde luego sin consentimiento divino que se sepa, retiró su apoyo militar a Felipe V y le dejó solo en el campo de batalla al frente del ejército español, con objeto de concertar una paz traidora por separado con la coalición, la experimentada camarera no dudó en enfrentarse a su protector francés asumiendo una actitud españolista que formaba un compacto cuerpo de lo más consistente con la postura del rey y la reina. Fue entonces cuando madame de Maintenon, la esposa morganática de Luis XIV, le reprochó: «Muchas personas os recriminan ser más española que francesa». En el momento felipista más crítico de la guerra sucesoria, ocasionado por la debilidad o la traición de Luis XIV, el triunvirato hegemónico español funcionó a la perfección y el rey se vio asistido por el ímpetu solidario de la reina y por la vasta experiencia de la dama de los Ursinos.

 

Según otros biógrafos, a partir de ese momento el Gobierno del Estado lo tuvo en sus manos la Princesa de los Ursinos, porque el Rey y la Reina bastante tenían, el uno con sus guerras y los dos con sus implacables amoríos y las guerras del amor.

 

Lo que quiere decir que durante 3 años España y su Imperio estuvieron  gobernados por la inteligente, pero ambiciosa Princesa de los Ursinos.

 

Continuará.