En la planta baja del palacio Loredan Vendramin Calergi, en Venecia, figura grabada en piedra la leyenda: Non nobis, Domine, Non nobis, tomada del salmo 115 (113 B en la Vulgata), que reza: “No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre damos la gloria”.

Tal inscripción no era sino una muestra de humildad por parte del dueño del palacio, el dux Leonardo Loredan (1436-1521), en la riquísima ciudad de los canales del siglo XV. Sin embargo, como es bien sabido, otros ilustres venecianos, haciendo ostentación de su fortuna, erigieron iglesias a mayor gloria de sí mismos o de su apellido. Recuérdese a este respecto la crítica inmisericorde del escritor, artista y crítico inglés John Ruskin (1819-1900) en su obra Las piedras de Venecia (1851) a la impía vanidad que motivó el monumento al almirante Vincenzo Capello sobre la puerta principal de la iglesia de Santa Maria Formosa; la fachada de la iglesia de Santa Maria Zobenigo –también conocida como Santa Maria del Giglio–, erigida a mayor gloria de la familia Barbaro; o la iglesia de San Moisés, costeada por Vincenzo Fini y dedicada igualmente a la exaltación de su estirpe. La notable ausencia de alusiones o referencias sagradas en las fachadas de algunas casas de Dios o la preeminencia de lo pagano sobre lo sagrado, relegando las imágenes religiosas a un papel secundario, fue denunciada explícitamente por el británico como manifestación de un “ateísmo insolente”. (Op. Cit., capítulo 10, “Mene”, Editorial Evergreen, 2016, p. 257). Algo muy evidente en Santa Maria del Giglio, donde incluso los ángeles parecen conmemorar la majestad terrenal de los Barbaro: “cumplen la misión de llevar hasta el cielo, por medio de sus trompetas, la fama de la familia”. (Op. Cit., p. 258).

Dicha primacía de lo profano sobre lo sagrado es igualmente llamativa en la iglesia de San Moisés, si atendemos a la privilegiada ubicación dada en la fachada a los bustos de Vincezo (1606-1660), su hermano Girolamo (1621-1686), y su hijo homónimo (1662-1726). O si nos fijamos en las alusiones al comercio sobre la puerta principal, o en la posición y tamaño del ángel –sobre la clave de la ventana termal central– respecto al enorme relieve heráldico de los Fini que también parece festejar con su añafil.

Sin negar en absoluto la extraordinaria belleza de los edificios eclesiásticos mencionados –no en vano fueron diseñados por magníficos arquitectos–, no es de extrañar que, a la luz de la marcada soberbia de quienes los mandaron construir, el Vaticano viese con recelo y hostilidad a la poderosa república veneciana. Aunque posiblemente fuera y aún sea la ciudad del mundo que acoja más iglesias por metro cuadrado, y aun cuando también hubo papas venecianos –Gregorio XII (1406-1415), Paulo II (1464-1471), Alejandro VIII (1689-1691) o Clemente XIII (1758-1769)–.

Tampoco los Papas del Renacimiento –véase el citado Paulo II, Alejandro VI, Julio II, León X, Clemente VII, Paulo III o Julio III– fueron precisamente ejemplares en lo tocante a su conducta privada ni en cuanto a las muestras externas de su poder. Sin embargo, su labor de mecenazgo de las artes no se vio ensombrecida por una vanidad tan ciega como para olvidar toda humildad ante Dios, la Virgen y los santos. Acaso fustigadas sus conciencias por las palabras del profeta Jeremías sobre la ingratitud: “Como una jaula llena de pájaros, / así están sus casas llenas de rapiñas. / Con eso se han hecho poderosos y ricos, / grandes y gordos, / y sobrepasan la medida del mal […]” (Jeremías, 5, 27-28).

Sumado a las viejas fricciones en la larga disputa entre Roma y Bizancio, y teniendo en cuenta que Venecia llegó a heredar la hegemonía bizantina en Oriente, las querellas derivadas de intereses políticos en colisión en el norte de Italia propiciaron una relación tirante entre Roma y Venecia. Para el Papado, la existencia de un estado poderoso en el Véneto –Vicenza, Verona, Padua y hasta Ferrara, al sur del Po, estaban en la órbita de influencia de Venecia– había impedido la expansión de los Estados Pontificios al norte del citado río. Además, Venecia era una sociedad de comerciantes excesivamente influida por Oriente, con vínculos estrechos con Bizancio e inclinada a la exhibición de su prosperidad. No sin razón, esta querencia por el lujo y la ostentación eran vistas en Roma como muestras de codicia, soberbia e impiedad.

En su larga historia de desencuentros, Roma promulgó numerosos interdictos contra Venecia: Inocencio III en 1202 por el desvío de la cuarta cruzada a la “pacificación” de la costa dálmata y conquista de Constantinopla, dirigiéndola, por lo tanto, contra otros cristianos en vez de contra los infieles; Martín IV en 1284 por la negativa veneciana a apoyar otra cruzada; y otros varios por razones políticas en conflictos estrictamente mundanos en 1308, 1483, 1509 y 1606. Clemente V sancionó a Venecia en 1308 en el marco de la disputa por el ducado de Ferrara; el papa franciscano Sixto IV decretó otro interdicto en 1483, también por la posición veneciana respecto a Ferrara; Julio II en 1509 a propósito de la disputa por la posesión de la Romaña, y Paulo V en 1606 por una razón de jurisdicción tras la detención por Venecia de dos poderosos religiosos, Escipión Saraceno, canónigo de Vicenza, y el conde Brandolino Valdemarino Furlano y la negativa veneciana a entregarlos a la autoridad papal.

 

Por otro lado, volviendo a la arquitectura “impía” veneciana, debe añadirse que la inclusión de efigies no sacras en las fachadas de las iglesias no siempre respondía al deseo del finado. Véase el caso de la iglesia de San Vidal, sita en el sestiere de San Marco, diseñada y completada en 1737 por Andrea Tirali (1660-1737), en cuya fachada figuran los bustos del dux Carlo Contarini (1580-1656) y su discretísima esposa Paolina Loredan, conocidos bienhechores del clero, esculpidos por Giuseppe Guoccola.

Con todo, esta “costumbre” de glorificar el poder terrenal de forma visible en los muros de los templos no deja de ser cuestionable. Y hasta cierto punto es lógico que tal osadía fuera vista como un gesto de soberbia. Aunque, como ya se ha dicho, la Iglesia de Roma o algunos de sus papas y pastores no estuvieran en la mejor situación para señalar la paja en el ojo ajeno.

Por último, aunque las comparaciones sean odiosas, resulta pertinente observar el contraste con España, donde el poder temporal nunca osó sustraer protagonismo a lo divino en la cara más visible de los templos. Pues incluso en iglesias construidas a iniciativa de la corona –máxima expresión del poder político–, como pueda ser el Convento de las Descalzas Reales o el Convento de las Salesas Reales de Madrid, no hay lugar en sus lienzos de piedra para la glorificación de los reyes. Ni siquiera en la aneja Iglesia de Santa Bárbara, erigida por voluntad de la reina consorte Bárbara de Braganza –esposa de Fernando VI– y bajo su protección, hay espacio alguno reservado para los monarcas en ninguno de los relieves ni en los nichos que albergan esculturas en todo el frente de fachada.

Es más, sólo encontramos un caso que podría guardar algún nexo con los cuestionados ejemplos venecianos: la gran escultura de Felipe IV –obra de Girolamo Lucenti y Gianlorenzo Bernini– ubicada en la entrada de la Iglesia de Santa María la Mayor en Roma, erigida en su honor por el cardenal Astalli. Teniendo en cuenta, eso sí, que, si bien el enorme bronce está en el exterior del templo, su ubicación a ras de suelo y no expuesta para su contemplación por el viandante desde la calle hace que no guarde paralelo con los casos previamente indicados.

A pesar de los siglos transcurridos, poco ha cambiado. Una necia presunción mueve a muchos a juzgar negativamente el pasado con los ojos del presente –desde una infundada superioridad moral auto-otorgada–… Mientras cifran su felicidad en la adquisición de objetos destinados a la ostentación y, a falta de otra virtud, se regodean en la vana exhibición de su riqueza.